‘Bilbao’ en Galdós

El texto de Galdós sobre Bilbao se construye como una poderosa estampa de la ciudad industrial moderna. Si en San Sebastián el escritor encontraba el escenario del veraneo, la sociabilidad burguesa, la frontera francesa y la teatralización de la política, en Bilbao descubre otra forma de modernidad: la del trabajo, la minería, el comercio, la energía productiva, la transformación violenta de la naturaleza y la memoria liberal de las guerras carlistas. La ciudad no aparece aquí como lugar de recreo, sino como organismo económico y moral, como una villa que se define por su capacidad de hacer, producir, resistir y prosperar.

Desde las primeras líneas, Galdós fija una imagen muy nítida del carácter bilbaíno: trabajador, emprendedor, constante, formal y apto para la industria. Pero enseguida introduce una oposición característica de su mirada costumbrista: el bilbaíno, que no tiene rival trabajando, tampoco lo tiene divirtiéndose. Esa dualidad entre laboriosidad y expansión festiva estructura toda la primera parte. Bilbao es una ciudad del esfuerzo, pero también del exceso dominical, del grito, del canto, del chacolí, de la sidra, de la fiesta taurina y de la alegría ruidosa. Galdós observa al pueblo con una mezcla de admiración, ironía y paternalismo. Admira la energía popular, pero la contempla desde cierta distancia de clase cuando habla de la embriaguez de la “clase baja” o de esa jovialidad “febril e insana” que, sin embargo, no desemboca en violencia grave.

Lo interesante es que esa fiesta no se presenta como simple desorden. Para Galdós, el jaleo bilbaíno es casi una válvula de escape de una sociedad trabajadora. Los días laborables están dominados por la sobriedad, el orden, el ahorro y el esfuerzo; los días festivos, por el exceso controlado. La diversión popular aparece como complemento del trabajo industrial. En ese sentido, el texto no condena la fiesta: la integra dentro de una economía moral de la ciudad. Bilbao puede permitirse el ruido porque durante la semana trabaja. Puede entregarse al exceso porque ese exceso no destruye la disciplina social. La prosperidad minera, los altos jornales del puerto y de las minas, y una cierta estabilidad de la clase trabajadora explican, según Galdós, esa particular combinación de bienestar, energía y orden.

La segunda parte del texto desplaza la mirada desde la ciudad hacia los yacimientos mineros. Aquí Galdós alcanza algunas de sus páginas más visuales. La visita a Orconera, Triano o Somorrostro se convierte en una experiencia casi fantástica: el viajero entra en un territorio donde la tierra parece “amasada con sangre y petrificada en el fuego”. La descripción del transporte del mineral revela el asombro galdosiano ante la técnica moderna: ferrocarriles, planos inclinados, funiculares, tranvías aéreos, cables, cubos, cangilones. La industria aparece como espectáculo, como prodigio técnico, como una nueva mitología mecánica.

Galdós se deja fascinar por la ingeniería. Los tranvías aéreos parecen cosas diabólicas, enjambres, bandadas de seres misteriosos, norias suspendidas en el aire. La imaginación del escritor transforma los mecanismos industriales en imágenes animadas. No estamos ante una descripción fría de maquinaria, sino ante una poética de la industria. El cable, la polea, el hierro y el mineral son convertidos en materia literaria. La modernidad técnica produce maravilla, casi como antes la producían los mitos o las arquitecturas antiguas.

Pero esa admiración tiene un reverso inquietante. Galdós sabe que la industria minera implica una violencia radical sobre el paisaje. La frase en que afirma que “las montañas son demolidas y llevadas al mar” resume una de las imágenes más potentes del texto. La explotación del hierro es descrita como una “rectificación de la naturaleza”: el hombre desmonta la cordillera, borra perfiles, abre agujeros donde cabría una ciudad, convierte cimas en escombros y somete la materia a una nueva circulación económica. La montaña deja de ser forma natural para convertirse en mercancía, peso, cálculo, transporte, embarque y transformación industrial.

Ahí aparece una ambivalencia muy moderna. Galdós admira el poder transformador del ser humano, pero no puede evitar sentir una emoción casi melancólica ante la caída de la peña que antes servía de nido a las águilas. Esa imagen es decisiva: la naturaleza majestuosa desciende “innoblemente” a las bodegas de los buques. La industria produce progreso, riqueza y civilización material, pero también desposesión simbólica del paisaje. El monte deja de ser monte para iniciar el camino que lo llevará a convertirse en llanta, herradura o alfiler. La materia entra en el ciclo de la utilidad.

La tercera parte intensifica esa dimensión épica. La explotación minera se describe mediante imágenes tomadas de la mitología griega. Los trabajadores aparecen como atletas rojos golpeando la peña, y la lucha entre el hombre y la roca se convierte en combate titánico. La dinamita ocupa aquí un lugar central: es un arma moderna, una fuerza robada a la naturaleza para vencer a la naturaleza misma. Galdós formula una verdadera épica industrial: el hombre inventa terremotos artificiales para dominar la piedra.

Sin embargo, esta épica no es puramente triunfal. La roca parece doler, gemir, abrirse en heridas. Galdós humaniza la montaña, la convierte en cuerpo que sufre. La explosión no es descrita solo como estruendo, sino como “gemido sordo”, como “rabia íntima”. El paisaje se dramatiza. La industria no es una abstracción económica: es una escena violenta, material, corporal. La mina se vuelve teatro de fuerzas: fuerza humana, fuerza natural, fuerza técnica, fuerza económica.

Después de la mina, el texto aborda el problema del puerto. La naturaleza, tan generosa con el hierro, no ha dado a Bilbao un puerto fácil. La ría del Nervión y la barra aparecen como obstáculos dramáticos para la vocación comercial de la villa. Galdós contrapone así dos formas de fuerza: la constancia bilbaína y la resistencia de la naturaleza. La barra de Bilbao es peligrosa, movediza, casi enemiga; los prácticos son héroes cotidianos que conducen las embarcaciones entre bancos de arena, corrientes y restos de naufragios.

Ese pasaje resulta muy significativo porque reproduce, en otro plano, la misma estructura que la mina: el hombre contra la naturaleza. Antes era la montaña; ahora es el mar. Bilbao se define como una ciudad que debe luchar con el suelo y con el agua para realizar su destino económico. La industria necesita arrancar el mineral a la tierra y sacarlo por un puerto que la naturaleza parece negar. La perseverancia bilbaína se mide, por tanto, no solo en la fábrica o en la mina, sino también en la capacidad de vencer obstáculos geográficos. La frase final de ese apartado, donde la naturaleza parece “más vizcaína que los vizcaínos”, condensa irónicamente esta idea: la terquedad humana se enfrenta a una terquedad natural todavía mayor.

La última sección introduce la “fisonomía moral” de Bilbao. Galdós reconoce el orgullo de los bilbaínos, pero lo presenta como un orgullo legítimo, nacido de la riqueza, del trabajo, de la industria y de la historia comercial. La ciudad aparece como una especie de “California del Hierro”, fórmula muy expresiva que une imaginario americano, riqueza minera, aventura económica y modernidad capitalista. Bilbao no es solo una ciudad rica: es una ciudad que se ha hecho a sí misma mediante empresa, comercio, navegación, minería, metalurgia y perseverancia.

Esta admiración económica se enlaza con la memoria liberal. Galdós recuerda los sitios sufridos por Bilbao durante las guerras carlistas y el título de “invicta” que la ciudad lleva en su escudo. La villa industrial se convierte también en símbolo político: ciudad liberal, resistente, odiada por el campesinado carlista, baluarte frente al absolutismo. En esta lectura, Bilbao no es simplemente un centro económico, sino un bastión de la modernidad liberal. La defensa de la ciudad contra el carlismo adquiere un valor casi nacional: si Bilbao resiste, resiste también una idea de España moderna, urbana, industrial y constitucional.

Como ocurría en el texto sobre San Sebastián, esta posición liberal lleva a Galdós a formular una oposición muy marcada entre ciudad y campo. La capital representa cultura, industria, comercio, liberalismo y progreso; el mundo rural aparece asociado al clericalismo, al absolutismo, al resentimiento por la abolición de los fueros y a la persistencia de los “gérmenes” de la guerra civil. Desde una lectura actual, esa visión debe ser matizada: Galdós utiliza categorías muy propias del siglo XIX, como “raza”, “raza viril” o “fisonomía moral”, que tienden a esencializar los caracteres colectivos. Pero su centro de interés no es tanto étnico como histórico-político: está pensando el País Vasco desde la herida de las guerras carlistas y desde la oposición entre modernización liberal y reacción clerical.

El cierre es inequívoco: la cultura de las capitales funciona como baluarte contra las acometidas teocráticas. Galdós imagina un posible tercer sitio de Bilbao y afirma que la ciudad tampoco sería tomada, aunque se unieran “todos los fusiles y todos los rosarios de Carlos VII”. La frase tiene una gran fuerza simbólica: fusil y rosario representan, para el liberalismo galdosiano, la alianza entre violencia política y fanatismo religioso. Frente a ellos se alza Bilbao como ciudad de industria, cultura, trabajo y resistencia.

En conjunto, este texto es una de las grandes estampas galdosianas de la España industrial. Bilbao aparece como ciudad total: trabaja, comercia, se divierte, arranca minerales, desafía al mar, fabrica riqueza, recuerda sus guerras y se afirma como bastión liberal. Galdós mira la ciudad con entusiasmo, pero también con una lucidez que permite ver sus contradicciones: la prosperidad nace de una violencia ejercida sobre la naturaleza; la fiesta popular convive con la disciplina laboral; el orgullo económico se mezcla con la memoria bélica; la modernidad urbana se define contra un mundo rural presentado de forma problemática como clerical y absolutista.

La diferencia con San Sebastián es muy elocuente. San Sebastián era para Galdós una ciudad de recreo, frontera, veraneo y política teatralizada. Bilbao, en cambio, es una ciudad de hierro. Allí domina la playa; aquí, la mina. Allí, el boulevard; aquí, el barreno. Allí, el Madrid marítimo; aquí, la California del hierro. Pero ambos textos responden a una misma operación literaria: Galdós observa una ciudad concreta para leer en ella los grandes conflictos de la España de su tiempo. En Bilbao descubre la promesa de una nación moderna, industrial y liberal, aunque esa promesa aparezca atravesada por heridas antiguas: la guerra civil, el clericalismo, el localismo foral, la desigualdad social y la violencia del progreso sobre la naturaleza.

Transcripción propia a partir de Benito Pérez Galdós, “San Sebastián” y “Bilbao”, en Fisonomías sociales, Obras inéditas, vol. I, prólogo de Alberto Ghiraldo, Madrid, Renacimiento, 1923, pp. 15-25 y 27-38.

Bilbao

I

Son los bilbaínos trabajadores, aptos para toda clase de empresas industriales, aplicadísimos a los negocios, constantes, emprendedores y de una formalidad intachable. Por estas cualidades ha prosperado tanto la villa en que estoy, y no hay sitio en ella que no declare la laboriosidad y aplicación de sus habitantes. Pero si el bilbaíno no tiene rival trabajando, tampoco lo tiene divirtiéndose; y dudo mucho que en otra región de nuestra península, ni aun en la misma Andalucía, haya una población que con más calor y entusiasmo se entregue a las expansiones de un día de fiesta.

La alegría del bilbaíno es ruidosa y atropellada, sus cantos frenéticos, su embriaguez más estrepitosa que agresiva. En las huelgas de los días festivos, el bilbaíno de la clase baja, se embriaga con chacolí, un artículo de producción local más parecido al vinagre que al vino. La sidra, o sea vino de manzanas, añade sus efectos a los del ácido chacolí, y con uno y otro ingrediente se ponen aquellas honradas cabezas en un estado de febril e insana jovialidad. Pero hay que confesar que los bilbaínos, al intoxicarse de esta suerte, permanecen tan bonachones e inofensivos como en estado normal. Todo se reduce a gritar mucho, a lanzar al aire exclamaciones que parecen cohetes, a agitarse sin cesar en frenética danza. Las pendencias resultantes de esta disposición especial del temperamento no toman nunca un carácter sensible; la sangre no corre; las navajas no salen a terminar una contienda empezada con las lenguas, y al fin todo es paz, volviendo los hombres al trabajo con el pensamiento de armar otro jaleo mejor el próximo domingo.

Cuando a las disposiciones naturales del pueblo bilbaíno se une el interés de sus celebradas fiestas de agosto, cuando se verifica la suspensión general de todo trabajo en minas y fábricas, en el puerto y en el campo, Bilbao toma el aspecto de un manicomio suelto. No creo que pueda existir pueblo alguno que con más fervor se divierta ni que sepa desempeñar esta obligación con más refinado sibaritismo. Podrá creerse, juzgando con sana crítica, que Bilbao tiene una plaza de toros. El que tal crea se equivoca. Bilbao no tiene una plaza de toros, tiene dos que funcionan a competencia, rivalizando en la importancia de sus cuadrillas y en el valor de las reses que se lidian. Del entusiasmo con que los vizcaínos celebran la fiesta nacional no se puede dar idea. En otras partes estarán más generalizados los conocimientos tauromáquicos y se apreciarán mejor las diferentes suertes; pero en ninguna asiste el público a la plaza con más ardientes propósitos de palmotear, silbar y producir todas las especies de ruidos posibles.

La entrada en la plaza y la salida son, quizás, espectáculos tan animados como el espectáculo mismo. Es imposible suponer en la humanidad mayor grado de exaltación ni mayor gracia para desprenderse filosóficamente, durante unas cuantas horas, de todas las penas y cuidados de la existencia.

En esto influye, además del carácter bilbaíno, de suyo expansivo y generoso, la gran prosperidad de esta villa y el bienestar que en ella goza la clase trabajadora. Los crecidos jornales de las minas y de las faenas del puerto dan a las clases populares un desahogo que no tienen en otras partes. En los días laborables, la sobriedad y el orden reinan en los barrios habitados por jornaleros. El ahorro no es aquí tan desconocido como en otras provincias, y la diversidad de industrias, correspondiendo a una gran variedad de aptitudes del pueblo, moraliza y contiene a éste, llenando hasta cierto punto los vacíos de la educación. Las provincias del Norte son las que ofrecen un progreso mayor en los rudimentos de la enseñanza. Es raro el campesino de estas tierras que no sabe leer y escribir; pero aquí concluyen sus conocimientos. Sus hábitos morigerados y su apego al hogar doméstico suplen en cierto grado lo incompleto de la educación, atenuando las desventajas de su inferioridad social y haciéndole motivo de envidia por parte de los habitantes de regiones menos favorecidas.

II

Imposible dejar de visitar los afamados yacimientos de tierra que avaloran el territorio de esta provincia. El viajero no puede reprimir la curiosidad de visitar estas colosales explotaciones y se encamina a la orconera Triano o Somorrostro dispuesto a dejarse transportar por todas las clases de vehículos conocidos hasta que llega a poner su planta sobre aquel suelo en que la arcilla parece amasada con sangre y petrificada en el fuego.

Una de las cosas que más nos sorprenden al visitar estos admirables trabajos es, como dejo dicho, la variedad extraordinaria de vehículos que se han inventado para transportar el mineral; o lo que es lo mismo, para poner las montañas deshechas a bordo de los buques o al pie de los altos hornos de Nubella e Ibarra. Estos ingeniosos medios de acarreo se adaptan maravillosamente al terreno en que se desarrollan.

Cuando éste es llano, los ferrocarriles comunes resuelven con facilidad el problema; pero cuando los grandes desniveles ofrecen resistencia, aparecen los planos inclinados, en los cuales funcionan trenes por el sistema funicular, bajando cargados y subiendo vacíos por pendientes enormes. Para vencer las mayores alturas existen los tranvías aéreos, cuyo aspecto tiene mucho de original y algo de fantástico. Por elevada maroma, que sostiene de trecho en trecho armaduras como torres, se deslizan trenes de cestos o cubos.

No siendo fácil comprender a primera vista el mecanismo de esta vía suspendida en los aires, parece cosa diabólica. En otro tiempo, los autores de tan sutil artificio habrían sido acusados de hechiceros. Comprendo muy bien el estupor con que los forasteros de tierra adentro contemplan el ir y venir de los cangilones de estas misteriosas norias. Los cables por donde corren se extienden desde lo alto de las montañas hasta el embarcadero en longitudes de dos y tres kilómetros. Desde el suelo aparecen las largas filas de vagones colgantes como si los transportaran genios invisibles.

Hay sitios donde se reúnen tantos cables aéreos, que los vehículos vacíos y llenos que por ellos corren forman un verdadero enjambre. Hay quien los compara a bandadas de misteriosos seres que vuelan en dos direcciones contrarias, remedando las ordenadas precauciones que en el suelo hacen las solícitas hormigas. De las alturas donde estas atrevidas máquinas funcionan, desciende un rumor de poleas y un rechinar de alambres que, a poco que trabaje la imaginación, bien podría ser tomado por roce de élitros y batir de alas.

Por tales ingeniosos medios las montañas son demolidas y llevadas al mar. Es como si se derribara un viejo edificio para transportar sus materiales a otra región. Jamás el hombre intentó más atrevida rectificación de la naturaleza y esas soberbias torres geológicas que por tantos siglos han desafiado las tempestades, son ahora abatidas y arrasadas con admirable paciencia. De año en año se desfigura el perfil de cada monte, y las ingentes alturas pierden su fisonomía.

Por todas partes la dinamita amputa miembros a la cordillera; aquí cae un trozo, allí se abre un agujero donde cabría muy bien una ciudad; y corrientes vertiginosas que parecen ríos de piedra deslízanse a lo largo de los carriles. A orilla de la vía se ven montones de mineral formando cerros. Aquellas masas que fueron cimas y ahora son escombros, pasan en sucesivas porciones por la báscula antes de ser embarcadas. De este modo, el minero sabe hallar los adarmes que arranca a la tierra.

Es imposible ver sin emoción cómo cae innoblemente en las bodegas de los buques la peña en que hicieron su nido las águilas. La imaginación se deja llevar hacia el insondable abismo de las transformaciones industriales, y considera el largo camino que tiene que andar la materia para pasar de la piedra informe a la llanta del carro, a la herradura del corcel y al alfiler de la dama.

III

Después de ver los medios de transporte conviene admirar la explotación propiamente dicha, el acto de arrancar el mineral del suelo. Hay lugares allí que nos traen al pensamiento las más soberbias creaciones del arte griego en la mitología. Todo cuanto se ha dicho de los titanes es aplicable a esta decoración grandiosa.

Lo maravilloso del arte griego, las luchas entre deidades que simbolizaban fuerzas de la naturaleza, tienen ahora un traslado fiel en estos combates del hombre con la piedra: ésta, defendiéndose con la inercia y la gravedad, aquel atacándola con su genio y con su paciencia, valido de un arma formidable robada a la naturaleza, la dinamita, la fuerza expansiva de un simple gas. El hombre ha ideado terremotos artificiales para domeñar a la roca, para vencerla, hacerla suya, romperla en mil pedazos y entregarla a los que con ella y el fuego han de hacer nuevas maravillas.

Mientras no funciona la dinamita, las cuadrillas de trabajadores abriendo barrenos forman un hermoso espectáculo. En empinado risco de color rojizo, ante cuya grandeza la fachada de la mayor catedral parecería mezquina, centenares de atletas, rojos también, hieren la peña por diferentes partes. Creeríase que de lo profundo de la sólida masa sale un ay producido por el dolor de tantos y tan fieros golpes. Cuando los barrenos están hechos y cargados de dinamita y los obreros se retiran y se preparan las pilas para hacer la descarga, lúgubre silencio sucede a la algazara del trabajo. La atención de todos, las precauciones solemnes que se toman, indican que algo grande va a pasar. La explosión del gas se verifica instantáneamente con formidable conmoción del suelo y de la montaña. No es el estrepitoso estallar de la pólvora, sino más bien un gemido sordo de la peña, una rabia íntima y sofocada. Ábrese la masa granítica en profundas grietas y resquebrajaduras, viéndose desgajarse y caer rodando peñascos como torres, otros como murallas de fortaleza y algunos que, afectando la forma de monstruosos animales, descienden por la ladera hiriendo el aire con rumores semejantes a un salvaje bramido.

Deshecha la roca, el minero la trabaja aún más para dividirla en pedazos manejables, aparta la tierra de la piedra, clasifica ésta por tamaños y organiza enseguida el transporte por los medios de que antes hablé. La naturaleza tan pródiga en esta región no ha querido completar sus dones concediendo a Bilbao un puerto. La vía del Nervión es estrecha y su barra una de las más peligrosas de esta costa cantábrica tan llena de peligros. Porque en pocas partes del globo es el mar tan bravo y sañudo como en el golfo de Gascuña, tan temido de navegantes. Verdad que ese mismo mar, por su excepcional inquietud, es la gran escuela de náutica y el discípulo que la domina y alcanza aquí un regular grado en la ciencia de las tempestades, ya puede lanzarse sin miedo a otros mares. Demasiado conocido es el marino vasco en la navegación histórica y en la contemporánea para que me detenga a encomiar sus aptitudes. Volviendo a los peligros de la barra de Bilbao, diré que la entrada y salida de este puerto exponen a un sinnúmero de precauciones y habilidades que rayan en lo increíble.

Hay días en que el paso por dicha boca parece un verdadero milagro. Los movedizos bancos de arena, llevados de aquí para allí por las corrientes, son la desesperación de los prácticos, muchos de los cuales han perecido en este trabajo heroico de conducir las embarcaciones al través del hervidero de la barra. Recuerdo haber visto, hace dos años, cinco cadáveres de buques, embarrancados y hechos pedazos a un lado y otro de la ría, algunos de ellos completamente comidos de las olas; mostrando la osamenta de sus cuadernas. Este lastimoso espectáculo impone miedo a los que entran por primera vez. Los siniestros se suceden con bastante frecuencia, y, hoy mismo, dos víctimas recientes estorban el paso y obligan, con su triste ejemplo, a que redoblen sus precauciones los barcos que no han encallado todavía.

Considerables sumas se han gastado en este puerto para mejorarlo. Los bilbaínos, que tienen en altísimo grado la virtud de la perseverancia, esperan que sus colosales esfuerzos tengan, al fin, buen resultado. ¿Lo conseguirán? Mucho puede la constancia de una raza viril; mucho pueden los recursos de una plaza comercial tan rica como emprendedora; pero es de temer que pueda más que esto la naturaleza, quien, poniendo tantos obstáculos a las obras de esta barra, parece más vizcaína que los vizcaínos, o, en otros términos, más terca que la misma terquedad.

IV

Antes de abandonar a esta noble villa quiero hacer patentes algunos rasgos de su fisonomía moral. Los bilbaínos no suelen disimular el engreimiento que emana de su riqueza y de las extraordinarias ventajas de aquel suelo. Verdad es que el éxito no ha dependido solamente de las condiciones naturales del país, sino que buena parte de él es debida a las aptitudes de la raza, por lo cual aquel orgullo resulta legítimo. Él ha sido quizá el impulsor de empresas industriales que en sus comienzos parecían temerarias, y por él los habitantes de la California del Hierro han vencido dificultades que en otro país y entre otra gente habrían sido insuperables. Aun mucho antes de que la explotación minera tomase en este país la importancia que hoy tiene, el comercio bilbaíno era considerable y las naves del Nervión se habían familiarizado con los mares más remotos. ¿Quién no sabe que al antiguo y afamadísimo consulado de Bilbao debemos quizá lo mejor de nuestra legislación comercial? Hoy, al lado de la minería, la industria metalúrgica adquiere carta de naturaleza en este suelo. Los altos hornos de Múdela y los grandes talleres de Ibarra son establecimientos de tal magnitud, que nada tienen que envidiar a sus equivalentes de Inglaterra y Alemania.

También se envanecen mucho los bilbaínos de la resistencia que su querida villa ha sabido oponer en memorables ocasiones a las tropas carlistas. Los apretados sitios que Bilbao ha sufrido le valieron el dictado de invicta que lleva en su escudo. Una gran parte de la población profesa opiniones liberales, y ninguna de las capitales vascongadas es tan odiada y execrada de los campesinos como ésta. Tomarla fue el principal empeño de los jefes carlistas en las dos guerras civiles. Para conseguirla emplearon toda su fuerza, toda su astucia y aquella contumacia feroz que tan bien se aviene con la índole especial del principio absolutista. En la mente de los campesinos armados era como un artículo de fe que, tomada Bilbao, tenían en sus manos las llaves de España entera. Desde que las tropas de Concha y la constancia de la guarnición y del pueblo bilbaíno les obligaron a levantar el cerco, decayeron grandemente los ánimos carlistas y empezaron a disiparse las esperanzas.

Por todas partes aparecen aquí los lugares cuyo nombre ha quedado escrito en nuestra historia, en páginas elocuentes pero que no deben, quizá, enorgullecernos por tratarse de guerras civiles. Luchana, Dandera, Muñecas, Somorrostro, nos recuerdan carnicerías horrorosas y la pérdida de muchas vidas españolas. Dios quiera que en estos lugares no vuelvan a sonar otros ruidos que los de los barrenos.

Muy probable es que la guerra civil no se repita entre nosotros, por el cansancio del elemento absolutista, siempre vencido, y por la creciente solidez de las instituciones y prácticas liberales. Pero aún no se han extirpado los gérmenes del conflicto, como puede observar el que viaje por este país, prestando alguna atención a las cosas y a las personas. Aún hay combustible para la hoguera: aún domina el clero los corazones, abrazando y conteniendo en apretada muralla toda la población rural. Y si el absolutismo ha perdido aquí terreno, a causa de los repetidos desengaños, el resentimiento que ha dejado tras sí la abolición de los fueros devuelve su calor y su fiereza a las almas que parecían dispuestas ya a amansarse y enfriarse.

Felizmente, el espíritu de cultura que reina en las capitales es un baluarte contra las acometidas teocráticas. Si Bilbao sufre un tercer sitio tampoco será tomado, aunque se aúnen contra ella la guerra y el fanatismo, todos los fusiles y todos los rosarios de Carlos VII.

Bilbao: Benito Pérez Galdós, “Bilbao”, en Fisonomías sociales, Obras inéditas, vol. I, prólogo de Alberto Ghiraldo, Madrid, Renacimiento, 1923, pp. 27-38.

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