
Observatorio Galdós-Negrín
En este artículo, Benito Pérez Galdós observa Santander y, por extensión, la cornisa cantábrica, no solo como paisaje, sino como una realidad social en movimiento. Su mirada se detiene en la disciplina administrativa, la paz política, la expansión de la instrucción popular, el crecimiento demográfico y, sobre todo, en el fenómeno de la emigración. Para Galdós, la salida de montañeses, asturianos y gallegos hacia América no debe leerse únicamente como pérdida, sino también como una corriente histórica que produce riqueza, movilidad social y retorno de capitales.
El núcleo del texto está en la figura del indiano: el emigrante que parte pobre, trabaja en América, acumula fortuna y vuelve a su tierra para fundar casas, industrias, obras públicas, escuelas o iglesias. Galdós no idealiza ingenuamente ese proceso, pero sí lo interpreta como una de las claves de la prosperidad visible en muchas villas cántabras. El artículo pertenece al volumen Fisonomías sociales, dentro de la sección “Ciudades de España”, publicado en la edición de Renacimiento de 1923 y digitalizado por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Santander
I
Esta región, y las que le siguen por Occidente a lo largo de la costa, es decir, Asturias y Galicia, son las más pacíficas de la península, las más sufridas y también las más disciplinadas, administrativamente hablando. En casi todas las provincias que se extienden desde los límites de Vizcaya hasta el Miño, dominan las ideas liberales; las contribuciones se pagan con la mayor puntualidad posible, lo mismo en sangre que en dinero, y las algaradas revolucionarias son insignificantes o nulas. La historia política en esta región es poco abundante en emociones, y nuestros gobernantes no tendrían tantos quebraderos de cabeza si no hubiera en España más que montañeses, asturianos y gallegos, porque seguramente viviríamos entonces en el mejor de los mundos posibles. Importantes industrias dan vida a las poblaciones de toda esta costa; aunque aún no se ha llegado a un grado de potente desarrollo, el camino está abierto para ello. La agricultura es pobre; pero la ganadería da buenos rendimientos; el comercio toma de día en día mayor vuelo y la minería no le va en zaga. La cultura general está más extendida que en ninguna otra región de España y la instrucción popular es aquí una realidad. Pero lo característico de estas provincias es la virtud prolífica de su raza, la extraordinaria fecundidad de las mujeres, el progresivo aumento de la población. Esta crece de tal modo, que no pudiendo sostenerse en el estrecho suelo en que ha nacido, se derrama fuera de él, se esparce y va a buscar medios de vida en países lejanos, determinando esas corrientes de emigración que tanto han dado que hablar y de las cuales quiero yo decir también alguna palabra.
Generalmente, se habla mal de las emigraciones. El patriotismo local ha agotado en contra de ellas todo el vocabulario de los términos ampulosos y lacrimatorios. Yo creo que las emigraciones son convenientes y que no debemos quejarnos de que nos toque una parte tan considerable en las pérdidas de población que anualmente sufre Europa. Pues si estas corrientes no fueran a crear riqueza en regiones apartadas, ¿de qué vivirían el comercio y la industria europea? El movimiento de emigraciones es tan antiguo como la historia, y con él se enlazan maravillosamente los más grandes progresos de la humanidad.
Concretándonos a nuestras poblaciones cantábricas, que son las que dan más contingente a las repúblicas americanas, vemos que gran parte de la prosperidad y del bienestar que hoy gozan estas nuestras provincias se debe al retorno de capitales. Porque en esta emigración cantábrica hay que notar un fenómeno que suministra argumentos para su defensa. El emigrante montañés, asturiano o gallego, conserva siempre un vivísimo amor a su país y durante su vida de fatigas alienta la esperanza y el deseo de volver a él y establecerse en su villa o aldea natal. Muchos realizan este deseo y así vemos por todas partes, desde aquí al Miño, irrevocables testimonios de que se ha realizado bien. Innumerables son las casas de campo que en todo este país declaran la repatriación de las personas y la introducción de grandes y pequeños capitales. Multitud de negocios, multitud de industrias se sostienen con dinero de indianos y en las poblaciones del litoral hay buen número de estos señores que hacen vida cómoda y patriarcal, algunos trabajando hasta la vejez.
Es curioso observar los distintos países a que con preferencia se dirigen las corrientes de emigración cantábrica. Los montañeses tienen especial querencia por Cuba y Méjico. En esta República es tal el número de montañeses, que las principales casas comerciales de la capital y de Veracruz, Tampico, Matamoros y Mazatlán, son santanderinas; y es raro allí el capital que no tiene su origen en el trabajo de un hijo de esta provincia. Los asturianos se reparten entre las Antillas y las repúblicas hispanoamericanas. Los gallegos van de preferencia al Uruguay y a Buenos Aires y los vizcaínos parece que tienen especial cariño a Chile y el Perú. No es de nuestra incumbencia hablar de los beneficios que estos diferentes países pueden recabar de las remesas de seres humanos que les hacemos anualmente. Tan solo nos corresponde juzgar las emigraciones desde el punto de vista puramente español y señalar el fenómeno extraño de que las provincias cantábricas, que son las más señaladas por la cuantía de las exportaciones de hombres, son al mismo tiempo las que tienen una población más densa. Pontevedra, que ocupa lugar preferente en nuestra estadística demográfica, está tan poblada como las regiones más ricas de Bélgica. Si la verdadera riqueza de un país consiste en su población, fuerza es confesar que las emigraciones no dañan de un modo ostensible el capital de vida humana que han creado allí la fecundidad de la raza, lo apacible del clima y la fertilidad del suelo.
Quisiera hacer un estudio de las cualidades y condiciones especiales de cada uno de estos cuatro tipos de emigrantes, a saber: el montañés, el asturiano, el vizcaíno y el gallego; pero me falta para ello un conocimiento exacto de las localidades y de los caracteres. Al montañés le conozco medianamente y a este me concretaré por ahora. Presumo que las diferencias entre este tipo y el de los vecinos no son muy grandes y que lo que de él se diga, sugerido por la observación, puede aplicarse a los demás sin ofender a la verdad.
II
El montañés es poco afecto a la agricultura y al trabajo sedentario. Su genio es el comercio y su pasión los cambios. En todos tiempos ha mostrado su espíritu aventurero, aplicándose a las arriesgadas excursiones de nuestros primeros navegantes. Ha sido guerrero, en tanto que la guerra se presentaba como exploración de comarcas propicias al comercio. Ha sido también gran marino, por cuanto ninguna otra vía parecía, como la del Océano, apropiada a la satisfacción de su anhelo. Difícil sería señalar una región donde la lengua española se hable, en la cual no hayan existido siempre montañeses dedicados al comercio. En España misma, rara es la localidad donde el montañés no ha plantado su tienda; y hay comarcas, como Andalucía, donde todo el pequeño tráfico está en sus manos. Según la índole de cada uno, así se dedican a las grandes empresas o a las pequeñas; pero es justo reconocer que los primeros capitales del país se han condensado en la firma de algún montañés ilustre. Casi todos los que aquí han labrado grandes fortunas han traído de América la base de ellas. Otros la traen redonda y completa de allá. Son muy pocos los que vuelven con las manos vacías. El que tal hace es la deshonra de la raza.
En Santander abundan de un modo considerable los buenos capitales, labrados en América y aumentados después aquí. Los hay de distinta importancia, algunos muy grandes, muchos que podrían clasificarse en la áurea mediocritas, como producto de una ambición limitada y hasta cierto punto filosófica. En el resto de la provincia abundan del mismo modo. Todo el país está sembrado de fortunitas sanas, que se manifiestan claramente en hermosas y cómodas casas de un aspecto particular. Los habitantes de ellas proceden de las diferentes clases sociales, pues aquí no hay ninguna que exclusivamente dé su contingente a la emigración. En las clases más pobres, así como entre los señores o infanzones, rara es la familia que no tenga su indiano. Recorred todas las casas viejas y nuevas del país y no hallaréis una en que no se os hable del hermano, del tío o del hijo que está en América. Ha llegado a ser la emigración como una función social, una necesidad doméstica. Cuando en alguna vivienda no se habla del hijo o del hermano expatriados, es que ha vuelto ya y anda por aquí disfrutando tranquilamente del fruto de su trabajo.
Pero acontece que aquellos que han llegado a los más altos escalones de la fortuna, atesorando riquezas en ese grado que causa vértigos, proceden de la clase más humilde. Los grandes capitalistas del último tercio de siglo han tenido una niñez bien triste.
Uno de ellos, muerto hace poco en la plenitud del bienestar y de los honores, propietario, naviero, industrial, senador y no recuerdo bien si marqués, contaba, con mucha gracia, que la primera moneda de plata que tuvo en su vida la recogió del suelo con los dedos del pie. De este modo significaba que el calzado fue para él un lujo desconocido en aquella tierna edad.
III
Comillas, Castro-Urdiales, Laredo, pueblos de esta provincia, son residencia de opulentos indianos, siendo la primera de estas villas la más caracterizada por la extraordinaria riqueza de los que han venido a ser sus señores. Comillas ostenta palacios en los cuales han tenido albergue los reyes y todo el personal de la corte. Allí se han dado fiestas de una suntuosidad verdaderamente regia, en las cuales los refinamientos del gusto y los derroches de la riqueza han llegado al extremo.
Aquí viene como de molde una anécdota que oí referir ha poco tiempo y reproduciré en confirmación de lo que antes he dicho.
Uno de los señores avecindados en esta alegre y venturosa villa de Comillas, hombre opulentísimo, generoso y afable, y que, además, posee una cultura nada común, padre de numerosa familia, bienquisto en el país, que le debe no pocos beneficios, adquirió no ha mucho una casa situada a media legua de la villa. Era lo que aquí se llama vulgarmente una casona, o sea, palacio infanzón, solar de la nobleza del país, edificio que un tiempo fue morada de señores de abolengo, y que después, con el transcurso de los años y las mudanzas sociales, vino a gran decadencia, precursora de la ruina total.
Desde que el opulento indiano de nuestro cuento —que no es cuento— regresó de Méjico manifestó deseos de adquirir aquella casa; pero no pudo satisfacerlos porque los poseedores de ella no querían venderla a ningún precio. Pasaron años y más años sin que en ninguno de ellos dejase el tal de renovar sus proposiciones de compra, poniendo en práctica cuantos medios le sugería su astucia para vencer la resistencia del propietario de la finca. Por fin, la casa fue a poder de personas que creyeron buen negocio el deshacerse de ella, y, apenas indicado este deseo, el rico indiano se apresuró a celebrar la escritura y a entrar en posesión de la codiciada casona.
Cuentan los que le vieron que en ningún tiempo se había mostrado nuestro hombre tan expansivo, tan satisfecho como en la ocasión memorable de tomar las llaves de la casa y considerarse absoluto dueño y señor de aquellas piedras venerables, que no tardarían en caerse si la mano cariñosa del nuevo propietario no se apresurara a dar vida nueva al edificio con una inteligente restauración.
Antes de poner manos a la obra, el señor quiso celebrar su negocio con una gran fiesta. Hechas las obras provisionales para poder recibir en la casa a los convidados, invitó a lo más granado de la villa. Todos los hijos del propietario estaban presentes, y también sus nietos, que eran, según creo, en número considerable; también tomaba parte en la dichosa fiesta otro indiano de Comillas, amigo íntimo del anfitrión, pero mucho más rico que él y que todos los indianos habidos y por haber: un hombre cuya firma iba unida a considerables empresas marítimas y terrestres; el más afortunado y quizá el más hábil y atrevido de los negociantes españoles contemporáneos, hombre, en fin, que ha disfrutado en vida de los más grandes honores sociales, y que, a poco de morir, ha tenido el extremado homenaje de una estatua.
Hubo en la casona gran comida, y cuando llegó la ocasión del champagne, el feliz propietario hizo levantar de la mesa a toda la concurrencia, y a todos, hijos, nietos, amigos, los llevó… a la cocina. Es esta una destartalada pieza, que no tiene interés alguno arquitectónico, pero alguna clase de interés muy hondo debía tener para el señor de ella cuando de modo tan solemne reunía en la innoble pieza a sus convidados; ¿y para qué? Ahora lo veremos.
—Esta casa —les dijo entre jovial y conmovido— tiene para mí el interés inmenso de los recuerdos de la infancia. Cuando yo era muchacho, venía todos los días, descalzo, desde la plaza, a traer el pescado a esta casa. Tal comisión fue mi primer jornal durante más de dos años… ¿Veis el poyo que hay en aquel rincón? Allí me sentaba yo a descansar de la fatiga del largo paseo a pie, a escape por tan mal camino, sin zapatos para el fango ni paraguas para la lluvia. Y los señores de esta casa eran tan buenos, que todos los días me daban de comer en aquel mismo sitio. La cocinera me alargaba el plato y yo lo ponía sobre mis rodillas. Excuso decir que despachaba su contenido con un apetito voraz, que después no he vuelto a tener en mi vida.
—Bien me acuerdo de todo —esto dijo uno de los presentes, rompiendo el silencio general con que las palabras del dueño de la casa eran oídas—. Los más de los días le acompañaba yo… Sólo que me daba vergüenza de subir, y quedábame en el portal, esperándole. Por esto, rarísima vez participé de la comida. Cuando nos volvíamos solos, charlando y riendo, hacia Comillas, dábamos rienda suelta a la imaginación, y, considerando que aquella vida no era la más halagüeña para nosotros, hacíamos nuestros planes de emigración a América para trabajar, reunir dinero, volver ricos a nuestro pueblo… y comprar la casona.
El que esto dijo, poniendo tan agudo e interesante comentario a la revelación del rico indiano, no era otro que el opulentísimo capitalista de quien hablé antes, el hombre de extraordinario genio comercial que ha tenido, entre otros privilegios, el de que se le haya erigido una estatua poco después de su muerte, hombre que llegó a las vertiginosas alturas del poder financiero después de una vida consagrada al trabajo constante en diferentes empresas, y que dejó a sus hijos la enorme herencia de cuarenta millones de pesos, cifra hasta el presente no alcanzada por nadie en nuestro país.
He referido esta anécdota para demostrar el humilde origen de muchos que han venido a ser orgullo y sostén de estas humildes villas montañesas, y para que se vea que, generalmente, no se avergüenzan ellos de su humilde nacimiento.
Al mismo tiempo debo hacer constar que en esta provincia se ven a cada paso muestras muy prácticas del cariño que a su país conservan los montañeses ricos establecidos en lejanos países. Hay aquí muchas carreteras construidas con dinero de americanos. Rara es, aquí, la iglesia que no ostenta algo debido a la piadosa munificencia de estos señores, y algunos han dotado de escuelas al pobre vecindario de sus aldeas. Pero donde más se echa de ver la influencia saludable del dinero de ultramar es en el caserío de las poblaciones. Bajo este punto de vista, las villas cantábricas tienen mucho que admirar, y ofrecen un aspecto hospitalario y alegre, que en vano buscaríais en otras comarcas de la península.















