
El Mencey del viernes
Hay un turismo que llega, come, pregunta, camina, se equivoca de calle, entra en una tasca, compra queso, paga un taxi, vuelve al mismo bar dos noches seguidas y acaba recordando el nombre del camarero. Y hay otro turismo que aterriza con código de acceso, coche de alquiler, nevera llena, piscina privada, supermercado de gran superficie, aplicación de reparto, candado inteligente y una casa que antes pudo haber sido vivienda de alguien.
El primero puede cansar. El segundo vacía.
Durante años se vendió a los canarios una promesa sencilla: el alquiler vacacional llenaría los bolsillos. La casa familiar, el apartamento heredado, el piso de la abuela, la segunda vivienda, el bajo reformado, todo podía convertirse en una pequeña máquina de ingresos. No hacía falta ser hotelero, ni empresario, ni crear empleo estable, ni levantar una recepción, ni contratar cocina, ni comedor, ni lavandería, ni mantenimiento regular. Bastaba con una plataforma, unas fotos bien iluminadas, una caja de llaves y el idioma universal del check-in autónomo.
Parecía democratización turística. En realidad, muchas veces era otra cosa: hotelización sin hotel, negocio sin estructura y presión urbana sin planificación.
Canarias conoce bien la paradoja. En 2024 cerró con 17,8 millones de turistas y unos 22.000 millones de facturación, sin contar el turismo interno canario; ese mismo año el archipiélago alcanzó 22,7 millones de plazas aéreas hacia las islas. Es decir, el turismo no es una anécdota: es el centro de gravedad del modelo económico. El problema es que un territorio puede facturar muchísimo y, al mismo tiempo, dejar a su gente sin casa, sin barrio, sin silencio y sin futuro.
El turismo en Canarias aporta casi el 37% del PIB regional, según Impactur. Pero esa cifra, repetida como si fuera un conjuro, no responde a la pregunta esencial: ¿cuánto de esa riqueza se queda de verdad en la vida cotidiana de la gente que sostiene las islas? (Turismo de Islas Canarias) Porque un modelo económico no se mide solo por lo que factura. Se mide por lo que permite vivir.
Y ahí empieza la grieta.
Entre 2009 y 2024, las plazas de alojamiento turístico en Canarias crecieron en 128.000. De ellas, 103.000 correspondieron al alquiler vacacional; las hoteleras aumentaron bastante menos, unas 25.000. (Turismo de Islas Canarias) Ese dato es una radiografía. No estamos ante un complemento simpático al turismo tradicional. Estamos ante una mutación del alojamiento turístico: cada vez menos camas concentradas en espacios pensados para turismo y cada vez más viviendas residenciales convertidas en piezas de una economía extractiva.

El argumento del propietario es comprensible: “Es mi casa, hago con ella lo que quiero”. Pero cuando miles de propietarios hacen lo mismo, deja de ser una decisión privada y se convierte en una transformación colectiva. Un piso puede ser una inversión. Un edificio entero deja de ser barrio. Una calle de viviendas turísticas deja de ser calle. Un pueblo sin vecinos acaba siendo una maqueta con wifi. Luego habrá que pensar en ese futuro, en los hosteleros, camareros, recepcionistas…mundo que trabajan en hoteles y restaurantes y que mucho ahora ya comienzan a echar el cierre. Porque ese turismo no desayuna en hoteles, se lo compra todo en el super. ¿No se dan cuenta las gentes? ¿A quién le ayuda y le sirve esta manipulación? ¿Son canarios quienes viven del alquiler vacacional o son los propios extranjeros que vienen con dinero y viven de este negocio?
Eso es lo que mucha gente no quiere ver. El alquiler vacacional no solo cambia quién duerme en una casa. Cambia quién puede vivir en un sitio.
Canarias ha vivido ya ese despertar. El 20 de abril de 2024, cerca de 200.000 personas se manifestaron en el archipiélago contra la pobreza, la escasez de agua, la destrucción del territorio y la falta de vivienda. En las pancartas había una frase que lo resumía todo: “Aquí vive gente”. (elDiario.es) No era una declaración folclórica. Era una advertencia política. Las islas no son un resort flotante. No son una postal climatizada. No son una app de reservas con volcanes al fondo. Son el hogar de una población que empieza a sentirse expulsada de su propio paisaje.
El fenómeno tiene cifras duras. En febrero de 2025, el registro autonómico alcanzaba 65.265 pisos turísticos censados, un 21% más desde que se anunció la nueva regulación. Las plazas de esos alojamientos crecieron un 25% y superaron ya a las hoteleras en el conjunto de las siete islas: 274.556 frente a 251.308, según los datos recogidos entonces por El País. (El País) Si las camas turísticas en viviendas superan a las hoteleras, ya no hablamos de “ayuda al propietario”; hablamos de un segundo sistema turístico instalado dentro del parque residencial.
Y ese sistema tiene una característica muy peligrosa: privatiza beneficios y socializa costes.
El propietario cobra. La plataforma cobra. El gestor cobra. El turista disfruta. Pero el coste lo paga el barrio: basura, agua, ruido, limpieza, movilidad, precios, presión sobre el alquiler, pérdida de comercio cotidiano, desaparición de vecinos, comunidades convertidas en pasillos de maletas. Lo paga también el trabajador turístico que sirve desayunos en el sur de Tenerife pero no puede vivir cerca de su trabajo; la enfermera que encadena alquileres imposibles; el joven que no se emancipa; la familia que abandona el municipio donde nació porque su salario local compite contra rentas europeas.
Y aquí conviene decir algo incómodo: no todo turista que duerme en una vivienda vacacional gasta igual en el territorio. El turista de hotel, con todos los defectos del modelo hotelero, participa de una estructura: comedor, lavandería, recepción, limpieza, proveedores, mantenimiento, cocina, bares, restaurantes, transporte organizado, empleo directo e indirecto. El turista de vivienda vacacional puede llegar con la compra hecha, cocinar en casa, lavar en casa, desayunar en casa, cenar en casa, usar la piscina de casa, resolverlo todo en la pantalla y abandonar el municipio sin haber dejado mucho más que residuos y una reseña.
No siempre ocurre así, claro. Hay visitantes responsables, curiosos, generosos, que consumen en negocios locales. Pero el diseño del modelo empuja hacia otra cosa: autosuficiencia turística. Una vivienda vacacional bien equipada reduce la necesidad del entorno. Ese es precisamente su atractivo comercial: “siéntete como en casa”. El problema es que, si el turista se siente como en casa, el residente puede acabar sintiéndose extranjero.
Esa es la ironía brutal: el alquiler vacacional promete integrar al turista en la vida local, pero muchas veces lo aísla de ella. No viene a formar parte del barrio. Viene a usarlo como atmósfera.
El caso de Planes, en Alicante, sirve como metáfora perfecta de una tentación que en Canarias se conoce de sobra. Allí, una influencer noruega y su pareja compraron una finca de 640.000 metros cuadrados junto al embalse de Beniarrés para impulsar una “aldea ecológica moderna” de unas 500 viviendas, con casas, villas, comercios, escuela, espacios comunitarios y promesa de autosuficiencia. El pueblo de Planes ronda los 700 habitantes. Si el proyecto se completa, no se añadiría una urbanización al pueblo: se crearía otro pueblo encima del pueblo. (El País)
La palabra “eco” funciona aquí como incienso. Lo tapa todo. Se tala, se urbaniza, se hormigona, se privatiza paisaje, se atrae capital exterior, se crea una comunidad paralela, pero se le pone huerto, energía solar, yoga, vida consciente y una narrativa de armonía. El resultado puede ser una paradoja grotesca: destruir territorio en nombre de la conexión con la naturaleza.
Canarias no necesita una ecoaldea de 500 casas para entender esa lógica. La sufre en versión dispersa: apartamentos que salen del alquiler residencial, fincas rurales convertidas en alojamiento boutique, pueblos que empiezan a hablar más inglés inmobiliario que vida local, calles donde ya no se sabe quién es vecino y quién está de paso, edificios donde la comunidad no decide nada porque la comunidad real ha sido sustituida por huéspedes rotatorios.
El nuevo colonialismo turístico no siempre llega con uniforme ni con bandera. A veces llega con una esterilla de yoga, una cámara, una membresía, una promesa de sostenibilidad y dinero suficiente para convertir el metro cuadrado local en fantasía internacional.
Y no: esto no va de odiar al extranjero. Va de defender al residente.
La trampa consiste en presentar cualquier crítica al modelo como xenofobia o turismofobia. Es una forma cómoda de no discutir lo importante. La cuestión no es si el visitante viene de Noruega, Alemania, Inglaterra, Madrid o Milán. La cuestión es si viene a convivir o a extraer. Si acepta la lengua, los ritmos, los límites y la fragilidad del lugar o si quiere rediseñarlo como prolongación soleada de su poder adquisitivo. Si contribuye a una economía viva o si participa en una economía de sustitución.
Porque eso es lo que está ocurriendo en muchos lugares: no llega simplemente más turismo; llega una sustitución.
Se sustituye vivienda por rentabilidad.
Se sustituye vecino por huésped.
Se sustituye comercio cotidiano por consumo de temporada.
Se sustituye plaza por terraza.
Se sustituye pueblo por decorado.
Se sustituye cultura por “experiencia”.
Y al final se sustituye el turismo mismo.
Porque el turismo que devora barrios acaba devorando aquello que venía a buscar. Nadie viaja para ver una isla convertida en catálogo inmobiliario. Nadie cruza Europa para entrar en una urbanización sin alma, un supermercado global y una playa saturada. Nadie recuerda con emoción un destino que ya no tiene vida propia. El atractivo de Canarias no está solo en el clima. Está en la mezcla: paisaje, acento, bares, mercados, caminantes, pescadores, pueblos vivos, fiestas, contradicciones, agricultura, memoria, calles donde todavía pasa algo que no ha sido diseñado para el turista.
Cuando todo eso desaparece, queda el sol. Y el sol también lo tienen otros.
La gran estupidez estratégica del alquiler vacacional descontrolado es que confunde rentabilidad inmediata con riqueza duradera. Llena algunos bolsillos hoy, pero encarece la vida mañana. Hace subir el precio de un piso, pero baja la calidad del destino. Aumenta la ocupación, pero reduce la comunidad. Genera ingresos privados, pero deteriora el producto turístico colectivo. Es pan para unos pocos y hambre territorial para todos.
Incluso desde una lógica puramente económica, es suicida. Exceltur ha señalado en sus estudios que las viviendas de uso turístico generan bastante menos empleo directo por cada 100 plazas que los hoteles, por la menor cantidad de servicios asociados: entrega de llaves, limpieza puntual y mantenimiento, frente a una estructura laboral mucho más amplia. (Exceltur) Podrá discutirse la óptica de Exceltur, que representa intereses empresariales turísticos concretos, pero el argumento de fondo es difícil de negar: una cama turística no vale lo mismo en términos sociales según dónde esté, cómo tribute, qué empleo produzca y qué vivienda destruya.
Ahí está el núcleo del problema canario. No basta con contar turistas. Hay que contar consecuencias.
¿Cuánta agua consume el modelo?
¿Cuánta basura genera?
¿Cuántos trabajadores necesita importar o desplazar?
¿Cuántos residentes expulsa?
¿Cuánto comercio local sostiene realmente?
¿Cuánta fiscalidad se queda?
¿Cuánta identidad destruye?
¿Cuántos jóvenes se marchan porque ya no pueden alquilar en su propia isla?
El debate no es turismo sí o turismo no. Ese marco es infantil. Canarias vive del turismo y no puede fingir que mañana despertará con otro modelo productivo completo. Pero precisamente porque vive del turismo, debería cuidarlo mejor. Y cuidar el turismo no significa atraer más visitantes a cualquier precio. Significa proteger aquello que hace que el destino siga siendo deseable y habitable.
El turista inteligente también debería entenderlo. Una isla donde los trabajadores no pueden vivir, donde los restaurantes cierran porque no encuentran personal, donde los barrios se vacían, donde el paisaje se urbaniza hasta la náusea y donde la población local siente rechazo hacia quien llega, no es un destino sano. Es una bomba lenta.
El alquiler vacacional descontrolado es una forma de turismo contra el turismo. Parece ampliar la oferta, pero reduce el valor. Parece democratizar el alojamiento, pero concentra rentas. Parece revitalizar pueblos, pero a menudo los convierte en espacios sin pueblo. Parece moderno, pero repite la vieja lógica colonial: llegar, ocupar, extraer, marcharse.
La solución no puede ser cosmética. No basta con pedir “turismo sostenible” mientras se permite que el parque residencial se convierta en alojamiento turístico. No basta con campañas de respeto al entorno si el entorno se vende por habitaciones. No basta con apelar a la responsabilidad individual del visitante mientras la arquitectura económica premia la expulsión del vecino.
Hace falta una política dura, clara y valiente: límites reales por zonas, inspección efectiva, fiscalidad transparente, protección del alquiler residencial, sanciones al fraude, moratorias donde la presión sea insoportable, prioridad del uso habitacional en suelo residencial y una pregunta previa antes de cualquier licencia: ¿esto mejora la vida de quienes viven aquí o solo mejora la rentabilidad de quienes poseen aquí?
Esa debería ser la línea roja.
El derecho a hacer negocio con una vivienda no puede estar por encima del derecho de una comunidad a seguir existiendo. Una isla no es una cartera de activos. Un pueblo no es una oportunidad de inversión. Una vivienda no es solo un producto financiero con vistas al mar. Una vivienda es la condición material para que haya panaderos, maestras, camareros, enfermeras, mecánicos, músicos, agricultores, niños, viejos, vecinos. Sin vivienda no hay comunidad. Sin comunidad no hay cultura. Sin cultura no hay destino. Sin destino no hay turismo.
Y entonces se habrá cumplido la profecía: el turismo habrá devorado al turismo.
Canarias está todavía a tiempo de decidir si quiere ser un archipiélago habitado o una sucesión de cajas de llaves. Si quiere visitantes o consumidores de clima. Si quiere riqueza compartida o rentismo de plataforma. Si quiere pueblos vivos o decorados con supermercado. Si quiere turismo o una industria de sustitución residencial.
Porque el verdadero peligro no es que vengan turistas.
El peligro es que, cuando se vayan, no quede nadie en casa.
























