
El Mencey del viernes
«Estoy cansada de no saber dónde morirme. Esa es la mayor tristeza del emigrado. ¿Qué tenemosnosotros que ver con los cementerios de los países donde vivimos?» María Teresa León
Hay una forma de expulsión que no necesita decreto, ni policía, ni sentencia. No hace falta que nadie te señale la puerta con el dedo. Basta con que te miren como se mira a quien sobra. Basta con que cada gesto, cada silencio, cada negativa, cada sonrisa torcida, te vaya diciendo lo mismo: márchate.
Y una se marcha.
Se marcha de un trabajo, de una isla, de una casa que no llegó a ser casa, de una esperanza que parecía razonable. Se marcha como si hubiera hecho algo malo. Como si el delito fuera haber llegado. Como si la culpa fuera traer una vida entera a cuestas: una formación, una familia, una obra, una voluntad honrada de quedarse. Como si una buena persona tuviera que pedir perdón por no haber nacido ya dentro del círculo exacto de los aceptados.
Lo más desolador no es irse. Lo más desolador es irse sabiendo que no te echan por mala, sino por incómoda. Por preparada. Por trabajadora. Por no venir derrotada. Por no venir a pedir limosna, sino a aportar. Por no venir a hacer ruido, sino a echar raíces.
Hay lugares donde la envidia trabaja más que la justicia. Donde el mérito ajeno no despierta admiración, sino una rabia pequeña, amarga, venenosa. Lugares donde se prefiere destruir antes que reconocer. Donde el que llega con una responsabilidad, con un puesto, con una obra hecha, encuentra enseguida al enemigo agazapado: ese que no soporta que alguien venga de fuera y ocupe un lugar que él creía suyo por derecho natural, aunque no lo fuera.
Entré como directora de El Día, y en el sur apareció solo, solito, el enemigo. No hizo falta buscarlo. Salió como salen las humedades en las paredes viejas. Le daba rabia que yo hubiera venido a quedarme con un puesto mejor que el suyo. Él era listo, claro que sí. Pero era médico. Yo era filóloga. Y acaso la filología, la palabra, la escritura, la lectura profunda del mundo, tengan algo que ver con el periodismo. Acaso no era tan absurdo que una mujer formada en letras dirigiera un periódico. ¡Tantas anécdotas!

Pero no era eso lo que dolía.
Lo que dolía era que yo estuviera allí.
Nos volvimos a la Península después de una mala experiencia. Nos volvimos con el cansancio moral de quien ha visto demasiado pronto la mezquindad de cerca. Y a mi lado iba un médico que salvaba vidas, incluso vidas de quienes quizá no lo merecían. Porque esa es la tragedia de ciertas profesiones nobles: que obligan a dar lo mejor de uno mismo incluso a un mundo que no siempre merece tanta entrega.
Pasaron los años y volvimos a tierras guanches. Esta vez a Lanzarote. Volvimos con memoria, con esa obstinación casi absurda de quien todavía cree que hay lugares que pueden ser suyos si los ama lo suficiente.
Y otra vez las horas. Otra vez las guardias. Otra vez los desplazamientos. Otra vez un médico dejando a sus recién nacidos, ya canarios, para ir a atender turistas, cuerpos anónimos, urgencias de paso, vidas accidentales en las Verónicas, en Puerto del Carmen, en esos escenarios donde el paraíso de unos se sostiene sobre el cansancio de otros.
Era una profesión transmitida de bisabuelo, abuelo, padre e hijo. Una alegría antigua, una vocación casi hereditaria: curar, atender, responder cuando llaman. Había en eso una dignidad profunda, una continuidad familiar, una manera de entender la vida como servicio. Pero al final, ¿para qué? Para los turistas. Para una maquinaria que convierte las islas en decorado, a sus habitantes en servidores y a los que vienen con amor en sospechosos.
Porque ser extranjero en Canarias sigue pareciéndose demasiado a lo que era hace cuarenta años, cuando llegamos a Tenerife. Un lugar donde parecía importar, por encima de todo, el dinero. Un lugar lleno de turistas y vacío, demasiadas veces, de acogida verdadera. Un lugar donde se mira al que viene de fuera con una mezcla de utilidad y desprecio: sirve si trae dinero, molesta si trae pensamiento; sirve si compra, molesta si quiere pertenecer; sirve si pasa, molesta si se queda.
Yo también quise pertenecer.
Y tal vez ese fue mi error.

Quise trabajar por Galdós. Quise hacer una revista independiente sobre Galdós. Una revista obrera, nacida desde Madrid, hecha desde la devoción, desde el estudio, desde la paciencia. Y entonces apareció otra forma de indiferencia: la de quienes se creen guardianes de una herencia cultural, pero no soportan que alguien sin su permiso ame más, trabaje más, publique más.
A nadie pareció hacerle gracia que yo hiciera una revista independiente sobre Galdós. No gustó que una investigadora venida de fuera dedicara su vida a un escritor canario al que, paradójicamente, tantos canarios no parecen considerar suyo. Publicamos cuarenta y dos números. Cuarenta y dos. Y setenta traducciones del mismo escritor. Setenta esfuerzos por abrirlo al mundo, por sacarlo de las vitrinas, por devolverlo a la circulación viva de la inteligencia, porque aquí sencillamente les da igual.
Nada ha cambiado, pero ha quedado atrás.
Invitan antes a Tarzán que a quien ha trabajado durante años por SU autor. Se prefiere el exotismo, la ocurrencia, el amiguismo, el nombre conveniente, antes que la labor seria. Así es España demasiadas veces: ingrata con quienes sostienen una obra, generosa con quienes hacen ruido, cruel con quienes no pertenecen a la tribu correcta.
Y luego nacieron nuestros hijos. Canarios. Hijos de estas islas. Hijos de esa tierra que una quiso considerar propia. Pero ni siquiera eso basta. Ni siquiera que tus hijos nazcan allí te concede pertenencia. Porque la pertenencia, en ciertos lugares, no la da la sangre, ni el trabajo, ni los impuestos, ni el amor. La da una autorización invisible que nunca llega.
¿Adónde vas entonces?
Vas a Francia. Vas a donde se pueda. Vas atravesando un periplo largo, porque la vida no se detiene por la falta de hospitalidad de los demás. La vida obliga a seguir, a levantar a los hijos, a educarlos, a pagar, a trabajar, a pagar impuestos, muchos, a que se olviden de ti hasta tu familia de Madrid y tus amigos dicen que ya no sois de Madrid, que ya sois canarios, aprendes a resistir, a convertir la intemperie en una forma de costumbre. ¡Ya samos canarios! ¿Porqué? No lo sé.
Y después, contra toda prudencia, vuelves.
Vuelves por tercera vez.
Y en esa tercera vuelta ya no había inocencia posible. Porque si una ha tenido experiencias profesionales así, si una ya ha conocido la envidia, el desprecio, el recelo, la indiferencia y la puerta entornada, tampoco cabía esperar que esta vez sucediera algo mucho mejor. Eso ya se sabe. Hay cosas que la vida enseña con tanta dureza que nose puede fingir sorpresa. Cuando una ha sido mirada como intrusa demasiadas veces, reconoce enseguida el aire del rechazo. Lo reconoce antes de que le digan nada. Lo reconoce en el tono, en la demora, en la excusa, en el silencio.
Pero aun así vuelve.
Porque hay amores que no son inteligentes. Hay lugares que se nos quedan dentro aunque no nos hayan tratado bien. Hay tierras que una sigue considerando suyas no porque la hayan acogido, sino porque allí dejó hijos, años, trabajo, cansancio, dinero, memoria, ilusiones y deseo de futuro.
Volvimos a lo que considerábamos nuestro lugar para volver. Volvimos pensando que acaso, al final, habría una posibilidad de echar raíces. Volvimos con la idea humilde de envejecer, de quedarnos, de morir quizá mirando una tierra que, a pesar de todo, seguía importándonos. Volvimos pensando que nuestros hijos podrían empujar estas islas que no cuentan para nada en casi ningún lugar —dicho sea de paso—, pero que a nosotros sí nos interesaban.
Y entonces llegó la realidad con su contabilidad miserable.
No traíamos dinero para comprar casas.
Y en estos tiempos parece que no traer dinero para comprar casas es casi una forma de indecencia. Como si una vida dedicada a trabajar, pagar impuestos, educar hijos, sostener carreras, idiomas, música y formación no contara. Como si gastar más de ochocientos mil euros en educar a tus hijos fuera una torpeza, no una inversión moral. Como si no tener varias propiedades fuera señal de fracaso y no, sencillamente, la consecuencia de haber puesto el dinero donde una creía que debía ponerlo: en las personas y en el país donde trabaja, a pesar de todo.
Por eso no tengo casas.
Tengo hijos formados. Tengo obra. Tengo años de trabajo. Tengo números publicados. Tengo traducciones. Tengo una biografía entera de esfuerzo. Tengo impuestos pagados, mudanzas, renuncias, noches sin dormir, decisiones tomadas pensando más en el porvenir de mis hijos que en mi comodidad. Pero no tengo las llaves que hoy abren la única puerta que parece importar.
Y descubres entonces que donde querías vivir no puedes vivir. Que donde querías morir no te dejan envejecer en paz. Que la tierra elegida puede convertirse en una oficina de rechazos, en una sucesión de puertas cerradas, en una humillación repetida.
La gente prefiere tener las casas cerradas antes que alquilarlas.
Y no hablo solo de grandes propietarios ni de especuladores sin rostro. Muchas casas de la gente de aquí también están cerradas. Casas cerradas durante años, casas que podrían cobijar una vida, una familia, una vejez, un comienzo. Casas con persianas bajadas, con polvo en los muebles, con llaves guardadas en cajones, con habitaciones que no oyen pasos, con cocinas donde nadie enciende una luz.
Casas muertas en islas llenas de gente buscando dónde vivir.
A veces porque tienen más herederos que una tribu bíblica. A veces porque están todos peleados. Porque un hermano no habla con otro, porque una prima reclama, porque un tío no firma, porque una familia entera prefiere dejar pudrirse una vivienda antes que ponerse de acuerdo. La casa cerrada se convierte entonces en monumento a la discordia. No es solo una propiedad inmovilizada. Es un cadáver familiar con ventanas.
Y mientras tanto, hay personas sin casa.
Hay jóvenes que no pueden emanciparse. Hay familias que se marchan. Hay trabajadores que sostienen la vida diaria de las islas y no encuentran dónde dormir dignamente. Hay médicos, profesores, investigadores, empleados, hijos de aquí y venidos de fuera, todos atrapados en el mismo absurdo: una tierra llena de viviendas cerradas y de gente expulsada por no poder pagarlas.
Eso también es falta de solidaridad.

No solo es miedo. No solo es burocracia. No solo es herencia complicada. Es falta de solidaridad con la gente y con el problema enorme de la vivienda. Es una forma de egoísmo social disfrazado de prudencia. Es preferir la sospecha al vínculo, el cierre al riesgo, la propiedad al prójimo. Es mirar el drama colectivo y decir: mi casa no. Mi llave no. Mi problema no.
No se alquila porque no se confía. No se confía porque cada cual mide al otro con su propio miedo. Y así las casas permanecen vacías mientras las personas se quedan sin lugar. Ventanas cerradas frente al mar. Habitaciones sin respiración. Propiedades esperando una venta mejor, un precio más alto, una herencia resuelta, una oportunidad más rentable, una reconciliación familiar que nunca llega.
Y mientras tanto, quienes querían quedarse se van otra vez.
Marcharse.
Otra vez marcharse.
Marcharse de todos los sitios como si una fuera una delincuente. Como si la delincuencia no estuviera, precisamente, en la falta de humanidad. En la envidia. En la cerrazón. En el desprecio al que trabaja. En la crueldad de no acoger a quien viene con las manos limpias. En esa violencia social sin sangre visible que consiste en hacer sentir a alguien que no tiene derecho a estar.
“Godo eres y godo serás”, aunque vengas, aunque trabajes, aunque pagues, aunque quieras integrarte, aunque tus hijos hayan nacido allí, aunque hayas amado la tierra más que muchos de los que se llenan la boca con ella.
Godo serás porque hace falta que sigas siendo extranjero para que otros puedan sentirse dueños.
Godo serás porque tu exclusión confirma su pertenencia.
Godo serás porque algunos necesitan una frontera interior para no mirar su propia pobreza espiritual.
Qué lástima de país. Qué lástima de gentes cuando no saben perdonar el mérito ajeno. Qué tristeza esa forma de resentimiento que no les permite ser felices ni dejar vivir. Qué pobreza la de quien no soporta que otro llegue, trabaje, levante algo, ame una tierra, escriba una revista, eduque a sus hijos, salve vidas, traduzca a un escritor, quiera quedarse.
Porque el rechazo, cuando se repite durante años, acaba convirtiéndose en una especie de clima. Una vive dentro de él. Lo respira. Lo reconoce antes de que llegue. Está en la mirada del propietario que no alquila, en el silencio del que no invita, en la sonrisa del que finge no saber, en el funcionario, en el vecino, en el heredero, en el mediocre que no perdona que alguien haya hecho algo más que quejarse.
Y entonces una comprende la verdad más triste: que no siempre se pertenece al lugar que se ama. Que se puede haber vuelto una y otra vez, haber tenido hijos allí, haber dado trabajo, pensamiento, salud, cultura, dinero, años y vida, y aun así seguir siendo extranjera. Extranjera no por el acento que también, ni por el origen, ni por el documento, sino porque otros necesitan que lo seas para no sentirse menos.
Yo ya sé lo que es marcharse. Lo he hecho demasiadas veces. Marcharse de un sitio donde una trabajó. Marcharse de una isla donde quiso vivir. Marcharse de una esperanza que parecía casa y terminó siendo intemperie. Marcharse como si una hubiera cometido una falta, cuando la única falta fue creer que las buenas personas serían reconocidas por buenas.
Pero no.
Aquí, como en tantos lugares de España, al bueno se le exige paciencia, silencio y retirada. Al trabajador se le envidia. Al que aporta se le mira con recelo. Al que viene de fuera se le recuerda siempre que no es de aquí, aunque haya dejado aquí media vida. Y al que quiere quedarse se le enseña, con exquisita crueldad, que no basta con querer.
No basta con trabajar.
No basta con pagar.
No basta con amar.
No basta con volver.
Ni siquiera basta con que tus hijos hayan nacido allí.
Porque hay tierras que no expulsan de frente. No tienen ese valor. No te dicen “vete” con claridad. Hacen algo peor: te dejan fuera poco a poco. Te cierran una puerta, luego otra, luego otra. Te niegan una casa. Te niegan un sitio. Te niegan el reconocimiento. Te niegan hasta la posibilidad de haber querido bien.
Y mientras tanto, las casas siguen cerradas.
Cerradas para quien quiere vivir. Cerradas para quien quiere arraigar. Cerradas para quien no viene a especular, ni a enriquecerse, ni a conquistar nada. Cerradas para quien solo pide lo más elemental: un techo bajo el que no sentirse intrusa. Pero no. Antes vacías que habitadas. Antes llenas de polvo que abiertas. Antes muertas que compartidas.
Esa es la verdadera pobreza. No la falta de dinero, sino la falta de grandeza. No la escasez de viviendas solamente, sino la abundancia de miedo, de pelea, de herencia envenenada, de egoísmo quieto. No la defensa de la tierra, sino su encierro en manos de quienes la convierten en propiedad, en sospecha, en resentimiento.
Una patria pequeña, cerrada sobre sí misma, incapaz de abrir la puerta sin preguntar primero cuánto traes, de dónde vienes, quién te avala, qué sangre tienes, qué apellido te protege.
Una patria con casas cerradas.
Una patria con ventanas cerradas.
Una patria con corazones cerrados.
Y una mujer delante de la puerta, otra vez con la maleta invisible de los que han sido expulsados sin sentencia.
Yo ya no espero acogida. Una se acostumbra a casi todo, incluso a la intemperie. Hay una edad en que se deja de pedir justicia a quienes no sabrían reconocerla aunque la tuvieran delante. Una recoge sus papeles, sus libros, sus recuerdos, sus heridas. Una aprende a no esperar llamadas, ni invitaciones, ni disculpas, ni puertas abiertas.
Pero hay una tristeza que no se domestica: la de comprobar que, después de tanto volver, una sigue sin poder quedarse.
Porque morirse lejos es triste.
Pero más triste es querer morirse en la tierra que una eligió y descubrir que esa tierra nunca terminó de elegirte a ti.
Y entonces queda Galdós, siempre Galdós, con esa lucidez suya que parece escrita para todas las épocas de España. En Cánovas, uno de sus Episodios nacionales, dejó dicha una frase que no consuela, pero coloca las cosas en su sitio:
“Adiós, Reverendo, vive y triunfa, que ya te llegará tu hora”.
Eso mismo habría que decirles a tantos. Vive y triunfa.
Cierra la puerta.
Guarda la llave.
Llama extranjero al que quiso quedarse.
Di otra vez, si quieres, que godo será.
Pero tranquilo.
Ya te llegará tu hora.






















