1937: Juan Negrín, el canario que cargó con la República

Observatorio Negrín-Galdós

Hablar de Canarias en la historia contemporánea española suele conducir, casi de manera automática, a Benito Pérez Galdós. La asociación es comprensible, pero también insuficiente. La aportación canaria a la cultura y a la política españolas no se agota en la literatura del siglo XIX. Hay otros nombres que, desde ámbitos muy distintos, ocuparon lugares decisivos en la vida intelectual, científica y pública del país. Entre ellos destaca Juan Negrín López, nacido en Las Palmas de Gran Canaria el 3 de febrero de 1892: médico fisiólogo, socialista, ministro de Hacienda y presidente del Gobierno de la Segunda República en los años más duros de la Guerra Civil.

Negrín no fue novelista ni poeta, pero puede estudiarse como una figura de gran densidad histórica. Fue, en cierto modo, autor de una política: una forma de concebir la resistencia republicana, la organización del Estado y la responsabilidad del poder en plena catástrofe. Si hubiera que escoger un año para comprenderlo, ese año sería 1937. Entonces dejó de ser únicamente un científico brillante y un ministro eficaz para convertirse en uno de los personajes más discutidos, admirados y demonizados de la España del siglo XX.

Su llegada a la política no procedía de la retórica fácil ni del caudillismo. Negrín venía de la ciencia europea. Estudió Medicina en Alemania, primero en Kiel y después en Leipzig, donde se vinculó a la escuela de Fisiología de Ewald Hering y obtuvo el doctorado en 1912, con apenas veinte años. Ese origen importa mucho, porque explica una parte esencial de su personalidad pública. Negrín representaba un tipo poco común en la España de su tiempo: el político formado en el laboratorio, en la disciplina intelectual, en el rigor experimental y en una cultura internacional. No era un agitador de mitin, sino un hombre acostumbrado a pensar los problemas desde la organización, el método y la eficacia.

La Universitat de València lo presenta como introductor en España de la moderna investigación en fisiología y recuerda el impulso de Santiago Ramón y Cajal para que dirigiera un laboratorio en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Esa dimensión científica no fue un adorno biográfico. El Negrín gobernante conservó mucho del fisiólogo: la atención al funcionamiento de los organismos complejos, la necesidad de coordinar partes diversas, la preocupación por los recursos escasos y la convicción de que una estructura solo sobrevive si mantiene una dirección eficaz. Más tarde, en la guerra, esa mentalidad se trasladaría al Estado republicano.

Su entrada en el PSOE se produjo en 1929, durante la dictadura de Primo de Rivera, y en las primeras elecciones generales de la República fue elegido diputado por Las Palmas de Gran Canaria. El joven canario formado en Alemania pasó así a ocupar un espacio relevante en la política republicana. Sin embargo, su verdadero momento histórico llegó con la Guerra Civil. En septiembre de 1936 fue nombrado ministro de Hacienda en el gobierno de Francisco Largo Caballero, y desde ese puesto quedó asociado a una de las decisiones más polémicas de la República: la movilización de las reservas de oro del Banco de España para financiar la compra de armas y alimentos en defensa del régimen republicano.

Pero el año decisivo fue 1937. El 17 de mayo se constituyó el primer Gobierno presidido por Juan Negrín. Su llegada al poder ha sido explicada muchas veces por sus enemigos como resultado de maniobras comunistas o soviéticas, pero los testimonios de Manuel Azaña permiten matizar esa lectura: fue el presidente de la República quien le entregó el encargo de formar gobierno. Negrín no recibió un poder cómodo, sino una carga extrema. La guerra se estaba torciendo para la República, la retaguardia estaba dividida, el ejército necesitaba organización y la dependencia exterior se hacía cada vez más problemática. En él se concentraron las esperanzas de quienes aún creían posible resistir y las iras de quienes pensaban que la guerra estaba perdida.

La política de Negrín suele resumirse en una fórmula: “resistir es vencer”. La consigna no debe entenderse solo como obstinación. Detrás había una interpretación internacional del conflicto. Para Negrín, la Guerra Civil española no era un episodio aislado, sino parte de una crisis europea más amplia, marcada por el avance del fascismo y por la debilidad de las democracias occidentales. La Fundación Juan Negrín ha insistido en que, desde la presidencia del Gobierno, Negrín personificó la resistencia republicana frente a los militares sublevados y frente a las potencias fascistas europeas. Resistir no significaba simplemente alargar la guerra; significaba impedir que la República se hundiera sin capacidad de negociación y sin conservar su legitimidad política.

Esa posición tuvo, sin embargo, un coste enorme. Manuel Azaña y Negrín acabaron distanciándose. Azaña no planteaba exactamente el dilema como una oposición simple entre resistencia y rendición, sino como una diferencia de finalidad: Negrín veía la resistencia como la única política posible; Azaña defendía resistir solo en la medida en que esa resistencia permitiera concertar una paz. Ahí aparece la tragedia política de Negrín. Su estrategia podía parecer heroica o desesperada según el punto de vista. Para sus defensores, fue el hombre que comprendió antes que muchos que España era el primer campo de batalla de una guerra europea contra el fascismo. Para sus detractores, fue quien prolongó inútilmente un conflicto ya perdido. La grandeza y la controversia de su figura nacen precisamente de esa tensión.

También por eso resulta insuficiente verlo solo como un político de partido. En 1937 Negrín intentó reforzar el poder del Estado republicano porque entendía que, en una guerra civil, el Estado no combate únicamente contra el enemigo exterior: también lucha contra su propia descomposición interna. La República debía resistir frente a Franco, pero también organizar una retaguardia atravesada por tensiones entre socialistas, comunistas, anarquistas, republicanos, nacionalistas y otros sectores políticos. Sin disciplina, sin mando, sin economía de guerra y sin una administración capaz de actuar, la resistencia era imposible. Esa voluntad de centralización lo hizo imprescindible para unos y sospechoso para otros. En el fondo, 1937 fue el año en que Negrín aceptó una misión casi imposible: convertir una República asediada y dividida en una maquinaria capaz de sobrevivir.

No se puede hablar de Negrín sin abordar la acusación que lo persiguió durante décadas: la de haber sido un instrumento del comunismo soviético. La cuestión es compleja. La República dependió en buena medida de la ayuda de la URSS porque las democracias europeas mantuvieron una política de no intervención que, en la práctica, perjudicó más al bando republicano que al sublevado. Esa dependencia dio al Partido Comunista una influencia creciente y convirtió a Negrín en blanco de ataques desde la derecha, pero también desde sectores republicanos y socialistas que desconfiaban de esa orientación. La Universitat de València señala que su política de resistencia aumentó la dependencia internacional respecto de la URSS y favoreció un protagonismo inusual del PCE en la historia española.

Ahora bien, reducir a Negrín a “agente de Moscú” empobrece gravemente el análisis. Su figura fue más contradictoria y más interesante. Era socialista, no comunista; científico europeísta, no dogmático soviético; hombre de Estado, no mero ejecutor de órdenes ajenas. Su problema fue gobernar en una situación tan extrema que cada decisión parecía destinada a convertirse en acusación. Si aceptaba la ayuda soviética, se le reprochaba sumisión; si resistía, se le acusaba de prolongar la guerra; si reforzaba el Estado, se le veía como autoritario; si intentaba negociar desde una posición más fuerte, se le juzgaba ilusorio. Negrín quedó atrapado en el punto exacto donde la política deja de ofrecer salidas limpias.

Su condición canaria no debe tratarse como una nota secundaria. Negrín nació en Las Palmas de Gran Canaria y fue diputado por esa ciudad en las legislaturas republicanas. Su trayectoria muestra una Canarias conectada con Europa, con la ciencia, con la política nacional y con los grandes conflictos del siglo XX. Frente a la imagen tópica de las islas como periferia, Negrín representa lo contrario: un canario situado en el centro mismo del drama español. Su vida va de Las Palmas a Leipzig, de la Residencia de Estudiantes al Ministerio de Hacienda, de la presidencia del Gobierno republicano al exilio. En él se cruzan la ciencia, la política, la guerra, la diplomacia y la memoria histórica.

Por eso puede ser una excelente alternativa a Galdós en un trabajo sobre figuras canarias. Galdós permite hablar de novela, realismo y sociedad del siglo XIX; Negrín permite hablar de ciencia, República, Guerra Civil, exilio y responsabilidad política en el siglo XX. Uno pertenece sobre todo a la historia literaria; el otro, a la historia trágica del Estado español. Ambos, desde registros completamente distintos, muestran que Canarias no fue solo una periferia geográfica, sino también un lugar de procedencia de figuras centrales para entender España.

El año 1937 condensa todo lo que hace de Negrín un personaje fascinante. En mayo llega a la presidencia del Gobierno. En septiembre denuncia en Ginebra la intervención de las potencias fascistas en la guerra española. Ese mismo año se define su gran apuesta: mantener viva la República, reforzar el Estado, resistir militarmente y esperar que la situación internacional cambiara. La paradoja es que Negrín fue más comprendido después que durante su propio tiempo. En vida fue atacado desde muchos frentes. Tras la derrota republicana, el franquismo lo convirtió en una figura maldita, y parte del exilio también lo juzgó con dureza. La Universitat de València habla del silencio que cayó sobre él tras su muerte en París en 1956 y de la necesidad de reparar una memoria histórica mutilada.

Ese silencio revela mucho. Negrín fue incómodo porque obligaba a mirar de frente el fracaso de la República, la soledad internacional de la España democrática, las divisiones internas de la izquierda y la eficacia militar del franquismo. No era un personaje fácil de convertir en estatua. Era demasiado contradictorio, demasiado denso, demasiado vinculado a una derrota. Precisamente por eso sigue siendo históricamente importante. Su figura no admite lecturas cómodas: ni héroe puro ni villano simple, sino un hombre de inteligencia poderosa colocado en el peor lugar posible, al frente de una República en guerra, dividida por dentro y abandonada por buena parte de Europa.

Juan Negrín en 1937 es, en suma, la imagen de un gobernante enfrentado a una responsabilidad desmesurada. Canario, científico, socialista y jefe de Gobierno, asumió la dirección de la República cuando casi todas las salidas eran malas. Su lema, “resistir es vencer”, puede leerse como una consigna de esperanza o como la expresión dramática de una política sin alternativas claras. Pero esa ambigüedad no reduce su importancia; la aumenta. Estudiar a Negrín en 1937 no es solo estudiar a un político canario. Es preguntarse qué debe hacer un gobernante cuando la derrota parece probable, pero rendirse equivale a entregar la legitimidad, la esperanza y la memoria. Ahí está la verdadera enjundia de Negrín: en haber convertido la resistencia en una forma extrema de responsabilidad histórica.

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