La verdadera historia de Pulgarcito: el niño que nació del hambre

Rosa Amor del Olmo

No fue únicamente la aventura de un muchacho diminuto, sino la memoria feroz de una época en la que unos padres podían abandonar a sus hijos, el bosque hacía las veces de verdugo y la infancia terminaba en cuanto se acababa el pan.

Pulgarcito no existió. Al menos, no hubo un único niño, minúsculo y astuto, del que podamos encontrar una partida de bautismo, una casa natal o una tumba. La investigación sobre el cuento no conduce hasta un personaje histórico concreto, sino hacia algo bastante más inquietante: una multitud anónima de niños cuya vida dependía de las cosechas, del precio del trigo, de la caridad ajena y de que sus padres pudieran darles de comer un día más.

La historia verdadera de Pulgarcito no es, por tanto, la de un hombrecito del tamaño de un dedo. Es la historia del hambre.

El relato que hoy conocemos como Pulgarcito apareció en Francia con el título de Le Petit Poucet, dentro de las Histoires ou contes du temps passé, avec des moralités, publicadas en París en enero de 1697. La dedicatoria estaba firmada por Pierre Darmancour, hijo de Charles Perrault, circunstancia que dio lugar a una larga discusión sobre la autoría, aunque la tradición literaria ha terminado consagrando el nombre del padre. Conviene recordar además algo que las ediciones infantiles suelen ocultar: aquellos cuentos no fueron concebidos exclusivamente para los niños. Circulaban entre lectores adultos, aristócratas y habitantes de los salones mundanos, capaces de apreciar su ironía, su crueldad y sus dobles sentidos. Perrault no escribía desde una guardería, sino desde la Francia de Luis XIV.

Y esa Francia acababa de atravesar una catástrofe.

Entre 1693 y 1694, apenas tres años antes de la publicación del libro, el reino padeció una de las mayores crisis de subsistencia de su historia. Las malas cosechas, el encarecimiento de los cereales, las enfermedades asociadas a la desnutrición y las exigencias de una monarquía en guerra provocaron una mortandad extraordinaria. Las estimaciones históricas sitúan las pérdidas demográficas en torno al millón y medio de personas. No puede demostrarse que Perrault escribiera Pulgarcito como una crónica directa de aquella hambruna: los motivos del niño abandonado, el bosque y el ogro pertenecían a tradiciones orales mucho más antiguas. Pero resulta imposible leer el comienzo del cuento sin escuchar el ruido de aquella catástrofe todavía reciente. El propio texto no se anda con eufemismos: llegó un año terrible y «la famine fut si grande» que los padres resolvieron deshacerse de sus hijos.

Ahí empieza el verdadero cuento. No con un hada, una profecía o un palacio, sino con una familia que hace cuentas.

Un leñador y su mujer tienen siete hijos varones, todos demasiado pequeños para ganarse la vida. No pueden alimentarlos y deciden llevarlos al bosque. El padre no propone matarlos con sus propias manos. Su solución es más cómoda y quizá por eso más atroz: dejarlos allí para que la noche, los lobos, el frío o el hambre hagan el trabajo. Los padres externalizan la muerte. Quieren conservar la conciencia limpia mientras la naturaleza dicta sentencia.

Perrault, sin embargo, no los presenta como monstruos simples. El padre habla con el corazón encogido; la madre se niega al principio y termina aceptando mientras llora. La pobreza no los vuelve inocentes, pero sí reconocibles. El cuento no trata de unos padres excepcionalmente malvados, sino de personas corrientes empujadas hasta el punto en que el instinto de conservación derrota al amor. Esa es una de sus verdades más incómodas: el hambre no solo vacía el estómago, también altera la moral.

La primera vez, Pulgarcito escucha la conversación escondido bajo el taburete de su padre. Sale de madrugada, llena sus bolsillos de piedrecitas blancas y las va dejando caer por el camino. Gracias a ellas conduce de regreso a sus seis hermanos. Cuando todos llegan a la puerta, descubren que un señor del pueblo acaba de pagar a sus padres diez escudos que les debía desde hacía tiempo. La madre, después de pasar tanta hambre, compra tres veces más carne de la necesaria. Come, se sacia y entonces recuerda a los hijos que acaba de abandonar.

El detalle es magnífico y cruel. El arrepentimiento llega después de la cena.

Los niños regresan, son abrazados y alimentados, pero la alegría dura exactamente lo mismo que los diez escudos. Cuando se acaba el dinero, los padres vuelven a decidir que deben perderlos en el bosque, esta vez más lejos para evitar que regresen. La pobreza no ha desaparecido; solo ha hecho una pausa. Perrault incluye incluso una escena doméstica ferozmente cómica: la madre repite una y otra vez que ella ya había advertido que se arrepentirían, hasta que el marido amenaza con pegarle si no se calla. Esto no es literatura edulcorada para la hora de dormir. Es una casa pobre del siglo XVII, con hambre, reproches, favoritismos y violencia.

Pulgarcito es el menor, el más delicado y el hazmerreír de la familia. Todos lo consideran débil y algo tonto porque habla poco. Pero Perrault introduce una de las mejores definiciones de la inteligencia que ha dado un cuento: «s’il parlait peu, il écoutait beaucoup». Si hablaba poco, escuchaba mucho.

Su poder no consiste realmente en ser diminuto. Consiste en que nadie repara en él.

La insignificancia social se convierte en una ventaja. Como los adultos creen que no entiende, hablan delante de él. Como sus hermanos piensan que es débil, no le piden responsabilidades. Pulgarcito observa desde el margen y, cuando el mundo se derrumba, resulta ser el único que sabe qué hacer. Es el niño al que todos miraban sin verlo.

También aquí conviene aclarar una confusión. El nombre español Pulgarcito ha terminado reuniendo relatos diferentes. El Tom Thumb inglés y algunos Pulgarcitos de los hermanos Grimm son criaturas literalmente del tamaño de un pulgar: cabalgan dentro de la oreja de un caballo, son tragados por animales y viven aventuras determinadas por su pequeñez. El héroe de Perrault pertenece a otra familia narrativa: la de los hermanos abandonados que llegan a la casa del ogro. Su tamaño se menciona al principio, pero después apenas interviene en la acción. El Pulgarcito francés no vence porque quepa dentro de una cerradura, sino porque piensa más deprisa que quienes desean matarlo.

En el segundo abandono, los padres cierran la puerta con doble llave para impedir que el pequeño salga a recoger piedras. Pulgarcito recibe, como sus hermanos, un trozo de pan para el desayuno. Entonces decide utilizarlo para señalar el camino. Va dejando migas, pero los pájaros se las comen.

La diferencia entre las piedras y el pan contiene todo el cuento.

Las piedras permanecen porque no alimentan a nadie. El pan desaparece porque todo ser vivo lo necesita. Pulgarcito no fracasa por torpeza, sino porque la pobreza lo obliga a convertir su comida en mapa. En un mundo dominado por el hambre, hasta el camino de regreso es comestible.

Los hermanos quedan definitivamente perdidos. Llueve, sopla el viento y se oyen los lobos. Pulgarcito trepa a un árbol y distingue una luz. La sigue hasta una casa que parece ofrecer refugio, fuego y alimento. Allí vive un ogro con su mujer y sus siete hijas.

Fuera de la casa, los niños se mueren de hambre. Dentro, gira en el asador un carnero entero, se sirve vino en abundancia y esperan terneros, ovejas y medio cerdo. Las hijas duermen con coronas de oro. La vivienda del ogro es el reverso obsceno de la choza del leñador: donde unos no tienen pan, el otro posee tanta carne que puede permitirse comer niños.

El ogro es la fuerza bruta, desde luego, pero también es el hambre transformada en propietario. No pasa necesidad: la produce. Acumula alimentos, oro, poder y unas botas con las que puede recorrer enormes distancias. Su apetito no nace de la carencia, sino del exceso. Come seres humanos porque ya tiene todo lo demás.

Pulgarcito pide hospitalidad a la mujer del monstruo. Ella le advierte del peligro, pero los niños prefieren entrar: fuera los devorarán los lobos; dentro quizá el ogro se apiade de ellos. La elección es aterradora porque no existe una opción buena. Solo pueden escoger quién intentará comérselos.

El ogro descubre a los hermanos, afila un cuchillo y decide degollarlos, aunque su mujer logra convencerlo de que espere hasta la mañana. Los niños son acostados en una habitación donde también duermen las siete hijas del monstruo. Las niñas llevan coronas de oro; los muchachos, simples gorros. Pulgarcito comprende lo que va a ocurrir y cambia las coronas por los gorros. A medianoche, el ogro entra a oscuras, palpa las cabezas y degüella a sus propias hijas.

Ese es el momento que destruye cualquier lectura sentimental del cuento. Pulgarcito no empuña el cuchillo, pero sabe perfectamente hacia dónde lo está desviando. Para salvar a sus hermanos, entrega a otras siete criaturas. Las hijas del ogro tienen dientes afilados y han empezado a morder niños, pero siguen siendo niñas. Perrault no absuelve ni condena al protagonista. Se limita a mostrar la lógica de la supervivencia: cuando el mundo adulto convierte la vida en una carnicería, la inocencia deja de ser una opción disponible.

Pulgarcito y sus hermanos escapan. El ogro descubre el cadáver de las niñas, se calza sus botas de siete leguas y sale en persecución de los fugitivos. Termina agotado y se duerme precisamente sobre la roca en la que ellos se esconden. Pulgarcito manda a sus hermanos a casa, se acerca al monstruo dormido y le roba las botas.

Las botas poseen la facultad de adaptarse a la pierna de quien se las pone. Este detalle parece menor, pero encierra otra intuición formidable: el poder no pertenece por naturaleza al poderoso. Puede cambiar de dueño. El instrumento que permitía al ogro perseguir niños sirve ahora al niño perseguido. Pulgarcito no destruye la fuerza; se apropia de ella.

Y entonces llega el final que casi nadie recuerda completo.

Perrault ofrece dos desenlaces. En el primero, Pulgarcito regresa a la casa del ogro y encuentra a su mujer llorando junto a los cuerpos de sus hijas. Le cuenta que unos ladrones han capturado a su marido y que lo matarán si ella no entrega todo el oro y el dinero. Para demostrar que viene de su parte, muestra las botas. La mujer, aterrorizada, le entrega la fortuna. Pulgarcito vuelve a casa cargado con las riquezas del monstruo.

Es decir: engaña y despoja a una mujer que acaba de perder a sus siete hijas.

El narrador reconoce inmediatamente que algunas personas niegan semejante versión porque no quieren admitir que Pulgarcito cometiera un robo. Y, con una ironía deliciosa, afirma que esos informantes lo saben de buena fuente porque incluso han comido y bebido en casa del leñador. Perrault introduce así una segunda posibilidad, como si estuviera recogiendo testimonios contradictorios sobre un suceso real.

En esta versión alternativa, Pulgarcito utiliza las botas para presentarse en la corte. El rey necesita noticias urgentes de un ejército situado a doscientas leguas y el muchacho se ofrece a traerlas antes de que termine el día. Se convierte en correo real, transporta órdenes militares y recibe dinero de las damas que desean saber cómo se encuentran sus amantes. Las esposas también le encargan cartas para sus maridos, pero —añade Perrault con malicia— pagan tan poco que apenas merece la pena contarlo.

Después de enriquecerse, Pulgarcito compra cargos públicos para su padre y sus hermanos y consigue establecer a toda la familia. El niño abandonado termina convertido en servidor de la monarquía, intermediario de la guerra y comprador de oficios. No hay un final más propio del Antiguo Régimen.

En cualquiera de las dos versiones, Pulgarcito escapa de la pobreza adoptando las reglas del mundo que casi lo destruyó. O roba la riqueza del ogro o pone su velocidad al servicio del rey. No acaba con el hambre, no reforma la sociedad y ni siquiera reprocha a sus padres que intentaran matarlo dos veces. Simplemente logra que su familia ascienda.

El sistema permanece intacto; lo único que cambia es la posición de Pulgarcito dentro de él.

La moraleja oficial de Perrault afirma que las familias desprecian a menudo al hijo débil, silencioso o poco agraciado, aunque quizá sea precisamente «ce petit marmot» quien termine proporcionándoles la felicidad. Es una reivindicación del pequeño, del apartado, del que parece inútil. Pero el relato dice mucho más de lo que reconoce su moraleja.

Dice que los adultos construyen el bosque y luego obligan a los niños a encontrar la salida.

Dice que hay infancias que terminan la noche en que un niño escucha a sus padres decidir su desaparición.

Dice que la inteligencia puede nacer del miedo, que la astucia no siempre es una virtud sino una cicatriz, y que quien ha sido abandonado aprende muy pronto a desconfiar de las puertas abiertas, de las luces en la distancia y de los hombres que prometen protección.

La verdadera historia de Pulgarcito no es la de un ser diminuto. Es la de un niño al que todos creyeron demasiado pequeño para comprender y que, precisamente porque comprendió demasiado, consiguió sobrevivir.

Las piedras blancas eran su memoria. Las migas, su hambre. Las botas, el poder arrebatado a quien lo perseguía.

Pulgarcito regresó finalmente a casa, sí. Pero nunca regresó a la infancia. Ese es el auténtico final del cuento y también su crueldad más profunda.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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