La calima en las islas: el día en que el aire se vuelve enemigo

El Mencey del viernes (aunque no sea viernes)

En Canarias, la calima no es solo polvo en suspensión. Es una manera de torcer el día. Llega y cambia la luz, borra el horizonte, apaga los colores, ensucia las casas y, sobre todo, altera el cuerpo. Se respira peor, se duerme peor, se vive peor. El aire, que debería ser lo más natural y más invisible, se convierte de pronto en una presencia hostil.

Quien no vive en las islas suele imaginar la calima como una rareza exótica, casi pintoresca: una neblina africana, un velo ocre sobre el paisaje, una nota curiosa del clima atlántico. Pero aquí sabemos que no tiene nada de postal. La calima es cansancio, sequedad, irritación, calor pegajoso, ojos molestos, garganta áspera y esa sensación de encierro que se sufre incluso con las ventanas abiertas. No decimos simplemente que hace mal tiempo: decimos que el aire está malo. Y esa expresión popular lo resume todo.

Porque la calima no cae del cielo como una lluvia. Invade. Se mete por las rendijas, se posa sobre los muebles, cubre coches y terrazas, penetra en la ropa tendida, deja una capa terrosa sobre cualquier superficie y convierte la limpieza en una batalla absurda contra algo que siempre vuelve. Hay algo especialmente irritante en barrer sabiendo que mañana habrá que barrer otra vez. Como si el desierto, desde lejos, hubiera decidido instalarse unas horas en la intimidad de nuestras casas.

Pero su dimensión más seria no está en el polvo que vemos, sino en lo que hace dentro del pecho. Para muchas personas sanas, la calima ya es una molestia real; para quienes tienen asma, problemas respiratorios, alergias o una salud frágil, puede convertirse en una experiencia verdaderamente dura. Entonces deja de ser asunto de conversación trivial o de comentario meteorológico y pasa a tocar un nervio esencial de la vida cotidiana: el derecho elemental a respirar sin esfuerzo.

Y ahí es donde la calima deja de ser paisaje para convertirse en una cuestión pública. No afecta solo a la vista, al ánimo o a la limpieza doméstica; afecta a la salud, a la movilidad, al descanso, al rendimiento escolar, al trabajo y a la organización de la vida común. Se cierran ventanas, se cancelan planes, se suspenden actividades al aire libre, los aeropuertos se resienten y los hospitales notan la presión. Lo que parecía un fenómeno “natural” muestra entonces hasta qué punto la naturaleza no es un decorado, sino una fuerza que organiza nuestras rutinas y limita nuestros cuerpos.

Hay además en la calima una lección geográfica que las islas no deberían olvidar nunca. Canarias no está solo mirando a Europa; vive también frente a África. Ese polvo que llega del Sáhara recuerda de forma material, física, casi brutal, la posición real del archipiélago. No somos una postal despegada del mapa. Somos unas islas atlánticas marcadas por su cercanía al continente africano, y la calima es una de las formas en que esa vecindad se vuelve visible, respirable, inevitable.

También transforma la belleza. Y eso, en un territorio donde la luz es casi una seña de identidad, no es poca cosa. Las islas viven de la transparencia: del contorno limpio de las montañas, del azul nítido del cielo, de la línea exacta del mar, de esa claridad que parece ordenar incluso el ánimo. Cuando llega la calima, todo eso se descompone. Los perfiles se vuelven borrosos, el paisaje pierde profundidad, la ciudad adquiere un tono triste, amarillento, como de fotografía envejecida. Solo cuando la luz se ensucia comprendemos de verdad hasta qué punto dependemos de ella.

Y luego está el ánimo, que también cambia. La calima pesa. Vuelve la jornada más torpe, más lenta, más opaca. Cuesta concentrarse, cuesta moverse, cuesta incluso pensar con nitidez. El cuerpo se vuelve más consciente de sí mismo, pero no en un sentido noble, sino incómodo: uno nota la garganta, la nariz, los ojos, la piel, la pesadez. La intemperie deja de estar fuera y empieza a sentirse dentro.

Tal vez por eso la conversación sobre la calima se mueve tantas veces entre la resignación y la queja. “Aquí siempre ha sido así”, se dice. Y sí, ha sido así. Pero que forme parte de la experiencia insular no significa que haya que banalizarla. La costumbre no elimina el daño. Hay costumbres climáticas que merecen más atención, más prevención y más cuidado colectivo, sobre todo cuando afectan de manera desigual a los más vulnerables.

Porque esa es otra verdad incómoda: no todos padecen la calima de la misma forma. Hay quien la soporta con fastidio y quien la atraviesa con verdadero sufrimiento. Hay quien puede quedarse en casa y quien tiene que salir a trabajar. Hay quien la comenta y quien la teme. En ese reparto desigual de la incomodidad se mide también la madurez de una sociedad.

La calima seguirá llegando. Seguirá borrando el Teide desde la distancia, cubriendo de polvo balcones y coches, obligándonos a cerrar ventanas cuando más falta hace el aire. Pero acaso convendría dejar de verla como una simple molestia del tiempo. La calima habla del territorio, del clima, de la fragilidad y de la salud; habla de cómo una comunidad entera depende de algo tan elemental como la calidad del aire. Y recuerda una verdad que solemos olvidar mientras todo va bien: la vida puede cambiar mucho cuando respirar deja de ser un acto automático.

En las islas lo sabemos mejor que nadie. Hay días en que el aire no acompaña: pesa. Y cuando pesa, todo pesa con él.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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