
Observatorio Galdós-Negrín
El texto de Galdós sobre San Sebastián se inscribe en una modalidad muy característica de su escritura periodística y viajera: la observación de una ciudad concreta se convierte enseguida en diagnóstico social, político y moral de España. Galdós no se limita a describir San Sebastián como espacio urbano o lugar de veraneo; la convierte en un escenario donde se representan las tensiones del país: centralismo madrileño, vida política teatralizada, modernidad urbana, frontera cultural, turismo, ocio burgués, memoria de las guerras carlistas y conflicto entre liberalismo y tradición.
Desde el comienzo, San Sebastián aparece definida por una paradoja: es ciudad vasca, atlántica y fronteriza, pero durante el verano se transforma en una prolongación de Madrid. La expresión “capital canicular de las Españas” y la imagen de un “Madrid marítimo” condensan muy bien esa operación galdosiana: la ciudad se presenta como un Madrid trasladado al mar, sin calor, rodeado de agua y praderas. No es solo una ocurrencia ingeniosa; es una clave de lectura. Para Galdós, el veraneo donostiarra revela hasta qué punto las élites madrileñas colonizan simbólicamente los espacios de descanso. Llevan consigo sus caras, sus hábitos, sus cafés, sus toros, sus teatros y, sobre todo, sus intrigas políticas. San Sebastián no es descrita únicamente por lo que es, sino por aquello en lo que Madrid la convierte durante los meses de julio y agosto.
Uno de los pasajes más incisivos del texto es el dedicado a los políticos. Galdós despliega aquí una sátira muy reconocible: los grupos de poder aparecen como pequeñas cortes de personajes secundarios, ex ministros aburridos, directores, cesantes, abogados sin pleitos, médicos sin enfermos y gentes disponibles para la intriga. La política se representa como comedia, como sociedad de intereses y como representación pública en la que adversarios aparentes se atacan en escena pero se ayudan entre bastidores. Es especialmente fuerte la idea de que ministeriales y opositores participan de una misma “organizada explotación del país”. La crítica no se dirige solo a un partido concreto, sino a una clase política entendida como casta, como profesión del manejo y del reparto. Ahí Galdós es plenamente moderno: denuncia la teatralidad del poder, la fraternidad interesada entre enemigos públicos y la distancia entre la retórica parlamentaria y las prácticas reales de sociabilidad política.
Ese tono satírico convive, sin embargo, con una auténtica admiración por la ciudad. Cuando Galdós abandona momentáneamente la política y vuelve a San Sebastián, el texto se abre a una prosa descriptiva de gran plasticidad. La ciudad sorprende por su corrección, limpieza, regularidad y belleza; se compara con Ginebra, con las ciudades francesas, con Niza, Mónaco o Montecarlo. La San Sebastián nueva es presentada como producto de una modernidad urbana ordenada, higiénica y placentera. Hay aquí una sensibilidad muy decimonónica hacia el urbanismo: calles anchas, caserío monumental, jardines, paseos, playa, ría, horizontalidad y armonía entre naturaleza y construcción. Galdós contempla la ciudad como triunfo de la planificación moderna, casi como un ideal urbano realizado.
La playa de la Concha ocupa un lugar central en esa mitología de la ciudad. No es solo un paisaje bello, sino un espacio social. La playa aparece como teatro de cuerpos, trajes, voces, risas, baños y sociabilidad. Galdós capta muy bien el cambio moderno que supone el balneario marítimo: el mar deja de ser solo frontera, peligro o espacio económico, y se convierte en lugar terapéutico, recreativo y mundano. La playa produce una nueva forma de convivencia: una promiscuidad inocente, regulada por la alegría y por la compostura. Es una escena de modernidad burguesa, donde el ocio, la salud, la higiene y el espectáculo se funden.
También resulta importante la condición fronteriza de San Sebastián. Galdós la define como pueblo híbrido, en comunicación constante con Francia. La ciudad funciona como zona de tránsito: los españoles van a Biarritz y Bayona, los franceses cruzan para asistir a los toros, las lenguas se mezclan, las costumbres circulan. Esa frontera no aparece únicamente como línea política, sino como espacio cultural poroso. San Sebastián es, en este sentido, una ciudad de intercambio, de traducción y de contagio. Incluso la fiesta taurina se presenta como fenómeno de fascinación transfronteriza: los franceses la censuran y desean conocerla, se horrorizan y se entusiasman. Galdós observa con ironía esa mezcla de atracción y rechazo, y concluye con una profecía humorística: por San Sebastián podrían entrar los toros en Francia.
La segunda parte del texto introduce un giro más problemático y más ideológico. Galdós distingue entre los habitantes de la capital y los del campo, y extiende esa oposición al conjunto del país vascongado. La ciudad aparece asociada a cultura, liberalismo, apertura y convivencia; el campo, en cambio, queda vinculado al carlismo, al fanatismo religioso y al absolutismo. Esta oposición revela claramente la posición liberal de Galdós. Para él, el problema no reside en el carácter vasco en sí —al que atribuye virtudes como trabajo, lealtad, honradez, constancia y valor—, sino en la influencia clerical y localista que habría desviado esas energías hacia la guerra civil y la reacción.
Desde una lectura actual, este fragmento exige cierta distancia crítica. Galdós emplea categorías propias del siglo XIX, como “raza”, “tipo vascongado” o “patriotismo de campanario”, que hoy resultan problemáticas por su tendencia a esencializar pueblos y caracteres. Pero al mismo tiempo, el núcleo de su argumento es histórico-político: está leyendo el País Vasco desde la memoria de las guerras carlistas y desde la oposición entre liberalismo nacional y tradicionalismo foral-clerical. Su condena del mundo rural vasco no nace de una descripción etnográfica neutral, sino de una herida histórica: las guerras civiles que, desde la perspectiva liberal, habían desangrado España.
Esa ambivalencia es muy galdosiana. El escritor admira la energía moral, la tenacidad y la laboriosidad de los vascos, pero teme la orientación política de esa misma energía cuando se pone al servicio del absolutismo. Por eso menciona a San Ignacio de Loyola, Elcano y Churruca: figuras de constancia, organización, navegación y heroísmo. La misma fuerza puede producir civilización, exploración, industria o guerra. El problema, para Galdós, no es la intensidad del carácter, sino su dirección histórica.
La tercera parte prolonga esa idea mediante una imagen muy eficaz: Guipúzcoa como gran casa de salud y, al mismo tiempo, como territorio marcado por el carlismo. Los balnearios, las aguas medicinales y la industria aparecen como signos de progreso, higiene y paz; pero la fabricación de armas introduce una ironía amarga. La provincia produce remedios para curar heridas y, a la vez, instrumentos para causarlas. Galdós contrapone así la cultura de la salud y la cultura de la guerra. La frase sobre Tolosa y el papel para las publicaciones funciona como cierre simbólico: la imprenta deberá edificar lo que destruye la pólvora. Es una defensa inequívoca de la palabra, la educación y la cultura frente a la violencia política.
El texto termina con una conclusión liberal y nacionalizadora: hay que combatir el patriotismo localista y fortalecer la idea de nacionalidad. Esta afirmación debe entenderse en su contexto: Galdós escribe desde una sensibilidad que identifica la modernización de España con la superación de los particularismos reaccionarios y clericales. Para él, el peligro no está en la diversidad regional, sino en su conversión en aislamiento político, fanatismo o insurrección. Hoy podríamos matizar mucho ese planteamiento, pero resulta fundamental para entender la mirada galdosiana: España debe modernizarse mediante urbanismo, educación, prensa, ciudadanía, apertura cultural y pacificación política.
En conjunto, el texto es mucho más que una estampa de San Sebastián. Es una pieza de observación nacional. Galdós utiliza la ciudad como laboratorio donde se cruzan varios temas decisivos de la España de su tiempo: el veraneo aristocrático y burgués, la teatralización de la política, la modernización urbana, la cultura del ocio, la frontera con Francia, la memoria de las guerras carlistas, la tensión entre ciudad y campo, y la oposición entre progreso liberal y tradición clerical. Su prosa alterna ironía, descripción visual, juicio político y comentario moral. Ahí reside su fuerza: mira una ciudad concreta, pero en ella descubre un país entero.
San Sebastián
Fuente: Benito Pérez Galdós, Fisonomías sociales, Obras inéditas, vol. I, prólogo de Alberto Ghiraldo, Madrid, Renacimiento, 1923.
I
La importancia de esta ciudad, como residencia de verano es tan grande, que bien merece el nombre de capital canicular de las Españas, que algunos le han dado. Durante los meses de Julio y Agosto esto es un Madrid marítimo, un Madrid sin calor, rodeado de agua y de praderas. Lo que principalmente identifica a la hermosa ciudad guipuzcoana con la histórica villa es el vecindario que la habita en esta época, el cual es enteramente madrileño. En el boulevard y en el café se ven las mismas caras que hemos visto en Madrid durante el invierno. Esta inmigración enorme ha traído, con las fisonomías, las costumbres metropolitanas, aquella alegría de Madrid, que es como si la población estuviera en perpetua feria; ha traído las diversiones y espectáculos, los teatros, circos y conciertos. Para que nada falte, Madrid se trae a San Sebastián sus toros y toreros, y las corridas que aquí se dan compiten con las famosas de allá en la temporada de primavera. Y por fin la capitalización de esta ciudad queda rematada con el hecho de trasladarse aquí todos los políticos a continuar los manejos interrumpidos por la clausura del Congreso.
Los mismos grupos que se ven a ciertas horas en la calle de Alcalá, en el Prado o en el Retiro, aparecen aquí sin más variación que las diferencias de vestido impuestas por el clima. Una de las figuras más decorativas de esta ciudad en verano es la del jefe de facción, rodeado de cuatro o cinco personajes de tercera fila, expresándose con reposado lenguaje un tanto misterioso, y afectando en todas sus conversaciones un interés por la cosa pública que raya en monomanía. Aquí son frecuentes las rupturas y las reconciliaciones entre los grupos o pandillas acaudilladas por esta o la otra persona. Se trabaja en la conspiración pacífica, y se preparan las campañas del invierno con un ahinco digno de más alto empleo. Los desposeídos vienen aquí a entonar el himno de sus lamentos, y los triunfadores a cantar el dies irae de las amenazas. Lo más particular es que, reinando entre todos un gran espíritu de tolerancia familiar, los políticos, cualesquiera que sean su color y divisa, se reúnen y discuten juntos, tratando de asuntos públicos en el tono más llano y pedestre del mundo.
Parece que traen entre manos un negocio que les pertenece exclusivamente, o que se reparten los beneficios de una sociedad comanditaria. Aunque parezca mentira, juzgando por las alharacas del Congreso y de la Prensa, entre nuestros políticos reina una fraternidad grande. Los ministeriales y los de oposición se reúnen, se tratan amistosa y benévolamente, se prestan pequeños y aun grandes servicios; en una palabra, marchan de acuerdo en esta organizada explotación del país, que se llama política. Creeríase que es todo una comedia en la cual alternadamente trabajan estos y aquellos actores, conviniendo unos y otros en silbarse en público y en ayudarse entre bastidores.

Pero volvamos a San Sebastián. El madrileño encuentra aquí su pasear eterno, sus cafés poblados de gente, sus reuniones agradabilísimas, sus teatros, conciertos y ejercicios ecuestres, sus toros, y, por último, lo que allá se llama ampulosamente los Círculos políticos. Suelen éstos componerse de algún aburrido ex ministro, de algún director en plena posesión de la nómina, rodeados ambos de una pequeña corte de secuaces, generalmente gente holgazana e inútil para todo, como no sea para la intriga. Otras veces componen los tales círculos algunos señores disponibles, procedentes de la respetable clase de abogados sin pleitos o médicos sin enfermos, y danles fuerza e interés los cesantes, que a todo Círculo de estos se arriman para desembuchar el fárrago de sus agravios.
San Sebastián gana lo indecible con esta ventaja de los círculos políticos de verano, pues aunque muchas tituladas eminencias y aun algunos jefes de partido veranean en los pueblos franceses de la frontera, las excursiones a España son frecuentes, y San Sebastián es un teatro constante de conferencias, aproximaciones, almuerzos políticos, comidas transcendentales y meriendas demoledoras.
Cuando se entra por primera vez en esta ciudad, sorprenden su corrección, regularidad, aseo y hermosura. Se parece, por su situación, a Ginebra; tiene, en grado superior, la cultura de las mejores ciudades francesas y la alegría de las andaluzas. A primera vista se observa que es una ciudad de recreo, construida expresamente para que se divierta la gente. Es un gran albergue de forasteros, como Niza, Mónaco o Montecarlo, y se compone, casi exclusivamente, de notables casas de huéspedes y habitaciones particulares amuebladas, que se alquilan durante la temporada.
En veinte años próximamente, es decir, desde que se derribaron las murallas hasta la fecha, se ha realizado el prodigio de esta ciudad improvisada, hermosa como un ideal de ciudades. Todo en ella parece expresamente dispuesto para recreo de la vista. Las calles son anchas y rectas, el caserío monumental en su mayor parte, abundando aquí y allí los más ricos materiales de construcción. Los paseos y jardines públicos no desmerecen del caserío, y, por fin, la ciudad completa sus encantos con su situación incomparable, su rasante, perfectamente horizontal, entre una ría anchísima y una playa semi-circular, abierta, bellísima. La ciudad nueva ocupa el istmo que une al continente la península o mogote de Monte-orgullu, un cerro empenachado de árboles, batido del mar en su mayor parte, alto, redondo, solo, magníficamente orgulloso y esbelto. Al pie de este verde y alegre monte se extiende la ciudad vieja, a la cual no debiera aplicarse en rigor este calificativo, pues, en realidad, sólo es una población menos nueva que la moderna. De la antigua San Sebastián no queda nada. Incendiada en una de nuestras guerras civiles, fue construida totalmente de nueva planta en época en que ya estaban muy generalizadas las buenas prácticas de urbanización. Fuera de la iglesia de Santa María, notable por su capacidad, la elegancia un tanto recargada de su arquitectura y por sus excelentes órganos, la vieja San Sebastián no ofrece nada de particular.
En cambio, la ciudad nueva, la ciudad de recreo es un encanto. La moderna ciencia, arte, o lo que sea, de la urbanización no nos dará fácilmente un ejemplo más hermoso de la bondad de sus teorías. Es un pedazo de París, construido con la amplitud de las ciudades americanas.
Pero el principal atractivo de San Sebastián consiste en su famosa playa llamada de la Concha. Los guipuzcoanos sostienen que es la mejor de las playas conocidas, y que la exploración de todo el litoral del Universo no daría por resultado el hallazgo de otra mejor. En esta misma costa cantábrica encontramos luego una playa, que, si no supera a la de San Sebastián, la iguala seguramente. La ventaja real de la célebre Concha está en su situación respecto de la ciudad. Decía el célebre Calino, el filósofo de la ingenuidad: «Siendo tan hermoso el campo, ¿por qué no se han construido en él las ciudades?» Aplicando esta filosofía a las residencias marítimas que hoy hacen tan gran papel en la terapéutica moderna, resulta que es mejor construir las ciudades en las playas, que llevar éstas a las ciudades. Los guipuzcoanos lo han entendido así, y han levantado un caserío de primer orden en las inmediaciones de la Concha. En dos minutos se puede ir, aquí, de la casa al baño y del baño al café. A las horas más calurosas del día, cuando las mansas olas reciben en su espuma ochocientos o mil bañistas, el aspecto de esta playa es de lo más bonito, animado y pintoresco que se podría imaginar. Los abigarrados trajes de tantas náyades y tritones forman un conjunto de indescriptible confusión, a la cual se une la algarabía de voces, risotadas de mujeres, hombres y niños, para hacerla más interesante. La promiscuidad de sexos se verifica en las condiciones más inocentes, y todo es allí confianza y alegría, dentro de la compostura que reclaman los peligros de la natación.
San Sebastián tiene un puertecito que parece de muñecas. En él no entran sino barcos pequeños. Pero hace algunos años que se empezaron las grandes obras del inmediato puerto de Pasajes, y, gracias a esto, la capital de Guipúzcoa no será simplemente un sitio de recreo, sino una plaza comercial de primer orden. Examinada esta ciudad en su vecindario fijo, resulta un pueblo híbrido, como todos los pueblos fronterizos. Así como en Bayona rara es la persona que no habla español, en San Sebastián casi todos los habitantes se expresan fácilmente en francés. Durante la temporada de verano los pueblos de ambas naciones que se dedican a albergar forasteros, están en comunicación constante; todos los días salen de San Sebastián trenes de recreo que llevan a Biarritz y a Bayona millares de personas ávidas de pasar la frontera. Cuando San Sebastián da las célebres corridas de toros, el ferrocarril transporta un número increíble de franceses, ansiosos de ver y gozar en territorio español el espectáculo de esa fiesta fascinadora que todos censuran y que todos desean conocer. Los extranjeros asisten a ella con verdadera fiebre de curiosidad. Todas las peripecias que en la plaza ocurren les impresionan de la manera más viva. El entusiasmo no cede sino al terror, y el batir palmas sólo cesa cuando se erizan los cabellos. Como rarísima vez hay desgracias, todo termina en júbilo y gritería, y los franceses se vuelven a Francia con marcada inclinación a introducir en su país nuestra clásica fiesta. Por San Sebastián han entrado en España muchas cosas de diversa índole: unas excelentes, otras muy malas. Por la misma ciudad —esto es profecía de un ingenioso francés— entrarán en Francia los toros.
II
Para expresar una opinión sobre el pueblo guipuzcoano es necesario dividirlo previamente en dos grandes grupos o secciones: los habitantes de la capital y los del campo. No haciendo esta distinción, que debe extenderse a todo el país vascongado, es fácil incurrir en injusticia. Mas, separados los dos grupos o castas, ya podemos poner libremente nuestras simpatías en los habitantes de San Sebastián, quedando todos nuestros anatemas para la población rural, a quien debemos dos cruelísimas guerras civiles en lo que va de siglo. Todo lo que digamos en elogio de la cultura, del espíritu ampliamente expansivo y liberal que constituyen, con otras cualidades, el carácter de los guipuzcoanos de la capital, resultaría pálido al lado de la verdad. En cuanto a los rurales, han hecho demasiado daño a nuestro país para que podamos mirarles con simpatía, aunque no podemos negar que atesoran virtudes y prendas de valía. El vascongado es trabajador, leal, honrado, buen soldado y mejor marino, prodigio de constancia, o, hablando más propiamente, de tenacidad; pero la facilidad con que se enciende su espíritu en pro del absolutismo y la prontitud lamentable con que se arma en su defensa, le hace descender forzosamente en la escala de nuestra admiración. País es aquél de grandes errores y cuna de formidables caracteres. Dudo que en la historia toda se encuentre un ejemplo de constancia y de firmeza moral comparable al de San Ignacio de Loyola. Él sólo bastaría para que se adjudicase al tipo vascongado el primer premio en terquedad organizadora. En orden muy distinto, Juan Sebastián Elcano y Churruca ofrecen la misma cualidad aplicada a la marinería con beneficio grande de la humanidad y de la civilización. También las armas han recibido honroso contingente del país vascongado, y las letras no han sido desairadas por esta singular raza.
Convengamos, finalmente, en que es una raza fuerte, animosa, leal, nobilísima; pero que las influencias clericales, actuando en los campos con mejor éxito que en las ciudades, la ha desviado de los buenos caminos, infundiéndole ese espíritu suspicaz, fanático y levantisco al que debemos tantas desgracias.
Y es maravilloso ver cómo ese mismo campesino, tan apto para la guerra, sabe mostrar disposiciones admirables para las artes de la paz, la agricultura y la industria. El territorio euskaro es el mejor cultivado de todo el Norte de España. Creeríase que la sangre vertida en él le ha dado fecundidad, y que los vascos aprenden con el uso del fusil el manejo del arado y la esteva. Varias industrias florecen en el Señorío; pero la principal es, quizás, la fabricación de armas de fuego. De muy antiguo descuella esta gente en la doma del hierro adaptándolo a todas las necesidades humanas; pero una predestinación particular les ha inclinado a trabajar en instrumentos de muerte como si conceptuaran que una de las más preciadas ocupaciones de la humanidad es andar a tiros por el absolutismo, la fe u otro ideal cualquiera. Eibar y Plasencia son los centros de esta industria, así como Tolosa se encarga de darnos el papel para nuestras publicaciones. Váyase, pues, lo uno por lo otro, y la imprenta se encargará de edificar lo que destruye la pólvora.
III
El rendimiento más pingüe de esta provincia está quizás en sus establecimientos balnearios, los cuales son tantos que no acertaría yo seguramente a contarlos, si lo intentara. La naturaleza ha puesto allí infinitos manantiales de aguas sulfurosas, que son, según dicen, el mejor remedio para cicatrizar las heridas de arma blanca y de fuego. Por razón de esta abundancia de establecimientos hidroterápicos, Guipúzcoa es, en verano, una gran casa de salud, un falansterio de enfermos que acuden en busca de alivio o de la ilusión del alivio que en los más de los casos patológicos viene a ser lo mismo. Hay que confesar que los baños vascongados son, por punto general, los mejores de la península en comodidad y aseo. En esto muestran visible adelanto sobre otras provincias. De veras digo, que si no fuera por el pícaro carlismo este país sería delicioso. Si se pudieran arrancar de él las raíces del monstruo, no tendría rival para la vida pacífica, laboriosa y tranquila. Pero ha de pasar algún tiempo antes de la extirpación completa, y entretanto procuremos inculcar en el ánimo del vascongado la idea de nacionalidad que apenas existe en él, combatiendo por todos los medios posibles el patriotismo local y de campanario que es origen de tantos males.














