
Por Rosa Amor del Olmo
Una lápida debería servir, por lo menos, para decir quién está debajo. En el caso de Victorina Bridoux y Mazzini, ni siquiera podemos dar eso por supuesto. La Biblioteca de Canarias señala que en su sepultura, en el cementerio de San Rafael y San Roque de Santa Cruz de Tenerife, no figura su nombre, sino el de su marido.
Pero el marido no es el villano que esta primera escena parece estar preparando. Gregorio Domínguez de Castro fue precisamente quien promovió la edición póstuma de sus textos. Lágrimas y flores. Producciones literarias comenzó su vida como libro en 1863, después de que la autora hubiera perdido la suya. La piedra omite un nombre que la imprenta conserva.
La paradoja merece permanecer abierta. El dato funerario no explica por sí solo quién decidió aquella inscripción ni autoriza a inventarle una intención. Lo que sí permite es desconfiar de los lugares donde suponemos que la memoria está asegurada. Hasta una lápida puede necesitar que alguien la complete con un libro.
Victorina había nacido en Manchester en 1835. Su madre, Ángela Mazzini, gaditana, poeta y dramaturga, enseñaba idiomas. La hija estudió en el colegio de religiosas irlandesas de Gibraltar donde trabajaba su madre; en 1852 ambas se instalaron en Tenerife y participaron en su vida cultural.
Hay una historia de la literatura en ese desplazamiento de dos mujeres. Antes de llegar a una redacción o a un escenario, las palabras han pasado por unas clases, por el aprendizaje de otras lenguas, por una casa donde escribir no era una actividad desconocida. El talento no pierde nada cuando reconocemos que tuvo compañía. Al contrario: deja de parecer un milagro que nos exonera de preguntar cómo pudo formarse. Victorina publicó en El Noticioso de Canarias y en otras cabeceras, intervino en funciones teatrales benéficas y, en 1855, se casó con Domínguez de Castro. Tuvo cuatro hijos. Murió en 1862, con veintisiete años, durante la epidemia de fiebre amarilla.
La enumeración es insuficiente, pero deja ver la cantidad de cosas que cabían en aquella vida. Me interesa recordarlas porque la muerte temprana ejerce una atracción peligrosa sobre las biografías literarias: consigue que todo lo anterior parezca un ensayo de despedida. Los poemas se transforman en presagios; los proyectos, en promesas; la autora, en una muchacha que estaba a punto de morir.
No murió de Romanticismo. La enfermedad no fue una consecuencia de su sensibilidad. Y sus versos merecen algo más que nuestra habilidad para encontrar en ellos el final que ya conocemos.
El caso de «¡Quiero partir!» es especialmente revelador. Fechado en agosto de 1862, comienza así: ‘Yo siento un malestar indefinible,
el aire que respiro me sofoca…’
La contradicción está ya en el arranque: el aire, que debería permitir vivir, se vuelve opresivo. Y el malestar recibe un adjetivo que reconoce la dificultad de explicarlo. El poema no empieza ofreciendo una causa, sino reclamando atención para algo que todavía no sabe nombrar.
Es una diferencia importante. Quien no puede explicarnos lo que siente no necesariamente está exagerando. A veces está trabajando para encontrar las palabras. Aquí la escritura realiza ese trabajo delante del lector: pasa del cuerpo al paisaje y del paisaje a un lugar preciso.
Porque el poema tiene destino. No se limita a una vaga voluntad de desaparecer. La voz se dirige a Cádiz, quiere regresar, cruzar el mar, recuperar una ribera querida. El viaje podrá admitir resonancias de despedida, pero sería una lectura mutilada convertirlo únicamente en anuncio de muerte. Cádiz, además, no era su lugar de nacimiento. La ciudad amada introduce una geografía distinta de la que cabe en una partida de nacimiento. Hay lugares que nos pertenecen por haberlos vivido, no por haber empezado a vivir en ellos. La memoria puede elegir su centro sin pedir permiso a la cronología.
Desde ahí, el mar deja de funcionar como una ilustración bonita. Es lo que une y lo que separa. Contemplar una orilla no equivale a poder alcanzarla. Quien mira desde tierra tiene delante, al mismo tiempo, una posibilidad y una distancia. La belleza del paisaje no resuelve esa tensión.
En la repetición del deseo de volar, el verso ensaya el movimiento que el cuerpo aún no realiza. No me parece necesario convertir esa aspiración en una declaración contra la isla ni en una renuncia a todos sus afectos. Desear otro lugar no vuelve falso lo que hemos vivido en el presente. Tampoco obliga a odiarlo.
La última estrofa endurece la voz. Después de las imágenes del viaje y del ave que busca su nido, aparecen las peticiones dirigidas a los demás. Entre ellas, una exclamación:
¡Basta de flores, de ilusión, de galas!
Leída en el contexto de un libro titulado Lágrimas y flores, la frase produce una fricción magnífica. Las flores no desaparecen de su imaginario, pero dejan de bastar. La poeta puede servirse de un repertorio y, a la vez, impacientarse con él. Las imágenes hermosas no sustituyen lo que necesita.
También cambia la relación con quien escucha. El comienzo comunicaba un malestar; el final exige que la dejen moverse. Esa progresión es parte de la fuerza del poema. La voz ha pasado de intentar comprenderse a pedir algo a los otros. El lamento termina adquiriendo voluntad. No todos los rasgos de esta poesía resultarán igual de próximos a un lector actual. Yolanda Arencibia ha señalado el peso de las convenciones románticas en Bridoux, al tiempo que reconoce la ligereza y la gracia de sus versos. Esa reserva crítica importa: permite leer sin convertir la muerte de una autora en una obligación de admirarla.
A mí me interesa precisamente lo que sucede dentro de esas convenciones. Una imagen conocida puede seguir siendo eficaz si, en un momento del poema, cambia nuestra relación con ella. Las flores de la última estrofa ya no adornan: forman parte de aquello de lo que la voz pide descansar.
Hay, sin embargo, otras flores que Victorina quiso llevar a un cementerio.

María Rosa Alonso recuerda que, en noviembre de 1861, la poeta escribió unos versos dedicados a la tumba de Manuel Marrero. Ante la ausencia de flores, ofrecía las suyas y acababa preguntándose quién recordaría su propia sepultura cuando le llegase la hora.
La pregunta adquiere una resonancia particular junto al dato de su lápida. Pero, antes de apresurarnos a hablar de una premonición, conviene reparar en lo que está haciendo: visita la memoria de otro escritor. No solo desea ser recordada; participa en el recuerdo ajeno. El gesto le permite formular una inquietud que también tiene algo de reciprocidad. Me importa esa Victorina que lleva flores tanto como la que se cansa de ellas. No hay contradicción que necesitemos corregir. Una cosa es ofrecer un signo de afecto a quien ya no puede recibir otra compañía y otra conformarse con imágenes hermosas cuando se necesita cambiar de vida. La misma flor puede cumplir funciones distintas.
Su madre continuó recordándola en la prensa después de su muerte. La edición impulsada por su marido, los textos de quienes la conocieron y el trabajo posterior de los investigadores impidieron que su escritura dependiera exclusivamente de aquella inscripción funeraria.
María Rosa Alonso le dedicó en 1940 En Tenerife, una poetisa. Mucho después, en 2022, Lágrimas y flores volvió a editarse en la Biblioteca Básica Canaria, con introducción de Yara García Cordero. Hay una historia de lecturas entre Victorina y nosotros; no llegamos a inaugurarla. En las páginas que le dirige, Alonso imagina incluso a una lectora del año 2037, deseosa de recibir la visita literaria de la poeta, y a otra un siglo después. La eternidad queda planteada como una sucesión de encuentros, no como la inmovilidad de un monumento.
Esa imagen me parece una respuesta más fértil que la corona perpetua. Un libro conservado todavía puede pasar años sin abrirse. La lectura, en cambio, vuelve a exponerlo al desacuerdo, a la emoción, a una inteligencia que no estaba prevista cuando se escribió.
Por eso prefiero que la visita a Victorina no termine en el cementerio. Allí podemos aprender la fecha de su muerte y advertir la ausencia de su nombre. En los poemas ocurre otra cosa: alguien siente, recuerda Cádiz, se impacienta y pide que la dejen partir. No nos habla una inscripción. Nos habla una voluntad.
La piedra no dice Victorina.
El poema todavía dice yo.
Bibliografía de referencia
Bridoux y Mazzini, Victorina. Lágrimas y flores. Producciones literarias. Santa Cruz de Tenerife: Imprenta y Librería de Salvador Vidal, 1863. Reedición con introducción de Yara García Cordero: Gobierno de Canarias, Biblioteca Básica Canaria, 2022.
Alonso, María Rosa. En Tenerife, una poetisa. Victorina Bridoux y Mazzini. Santa Cruz de Tenerife: Librería Hespérides, 1940. Biblioteca de Canarias
Alonso, María Rosa. En unas líneas… María Rosa Alonso. Introducción de Miguel Martinón Cejas; compilación de Antonio Becerra Bolaños. Gobierno de Canarias, 2010, especialmente pp. 64–66.
Arencibia, C. Yolanda. «“Yo quisiera volar, volar ligera”. Mujeres en la poesía del Romanticismo en Canarias». Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
Nota de documentación, fuera del artículo: los pasajes comentados se han contrastado en las transcripciones y los estudios citados, no en el facsímil íntegro de la edición de 1863.

























