
Por Rosa Amor
Imaginemos a un estudiante canario a punto de defender un trabajo. Ha revisado los datos, ordenado las conclusiones y corregido unas cuantas frases. Antes de entrar, alguien le ofrece un último consejo: que procure hablar de manera más formal. Hasta ahí, nada extraño. Lo extraño empieza cuando la recomendación se concreta: mejor decir vosotros que ustedes. El muchacho no necesita cambiar lo que sabe. Necesita cambiar el lugar del que parece venir.
Su trabajo todavía no ha sido examinado. Su procedencia, sí.
La escena es imaginaria, pero la confusión está documentada. En una consulta publicada por la Academia Canaria de la Lengua se pregunta precisamente si, en Canarias, resulta más formal utilizar vosotros. La respuesta explica que la modalidad canaria posee sus propios registros y que hablar en una situación solemne no obliga a adoptar los rasgos del español septentrional. Se puede hablar con rigor, cortesía y precisión utilizando ustedes. No es una concesión a la sensibilidad de los isleños: es una descripción del funcionamiento de su lengua.
Ahí empieza un asunto bastante más serio que una disputa entre pronombres. ¿Qué estamos corrigiendo cuando corregimos una manera de hablar? Podemos estar señalando una ambigüedad, una palabra inadecuada o una explicación confusa. Pero también podemos estar exigiendo que alguien disimule su origen para que nosotros le concedamos autoridad. La operación se vuelve especialmente eficaz cuando se presenta como una ayuda.
«Es por tu bien», podría decir quien da el consejo.
Conviene averiguar qué entiende por bien.
La primera confusión está en la palabra dialecto. Aplicada al español canario, designa una variedad de la lengua, no una tentativa defectuosa de hablarla. La Academia Canaria recuerda que el español se manifiesta mediante modalidades diferentes y que la canaria tiene la misma legitimidad que otras, incluida la madrileña. No hay unos hablantes que utilicen el idioma y otros que, por vivir demasiado lejos, deban conformarse con una versión aproximada.
Llamar dialecto a una variedad no la empequeñece. Lo que la empequeñece es utilizar el término como una clasificación de sus hablantes. En ese momento dejamos de describir una lengua y empezamos a repartir consideraciones sociales. Uno «habla español»; el otro «tiene un acento». Uno explica; el otro suena simpático. El contenido puede esperar: ya hemos decidido cómo escucharlo.
El problema no es tener acento. Es que a algunas voces se les exige justificarlo antes de empezar a hablar.
Para comprender el español de Canarias hay que abandonar, además, la imagen de unas islas donde la lengua llegó un día y quedó aislada. Su formación está vinculada a la sociedad surgida durante y después de la conquista, con la llegada de pobladores de distintas procedencias en los siglos XV y XVI. La presencia andaluza —especialmente de Andalucía occidental—, extremeña y portuguesa contribuyó a configurar sus rasgos. A ello se suman las voces conservadas de las lenguas prehispánicas y las relaciones mantenidas con otros territorios.
Su historia necesita un mapa con rutas. Las relaciones con América permiten entender una parte de sus afinidades léxicas, entre ellas palabras que los emigrantes canarios llevaron a diferentes regiones americanas. El vocabulario también conserva aportaciones relacionadas con los contactos africanos y con la presencia comercial británica. El océano no fue únicamente distancia: fue una vía de circulación de personas y palabras. Academia Canaria Lengua
Por eso resulta poco esclarecedor preguntar a quién «copian» los canarios cuando su habla recuerda a la de otros territorios atlánticos. La semejanza puede ser una huella histórica, no una imitación. Y lo propio no tiene por qué haberse fabricado enteramente dentro de casa. Una comunidad también hace suyas las palabras que recibe, modifica, transmite y emplea durante generaciones.
La pureza, aplicada a esta historia, explicaría bastante menos que el contacto.
Basta detenerse en el seseo. Pronunciar con el mismo sonido consonántico casa y caza no implica desconocer sus significados ni su escritura. El hablante utiliza un sistema que no establece, en ese punto, la distinción que realizan otras variedades. El Diccionario panhispánico de dudas señala que el seseo es general en Hispanoamérica, Canarias y parte de Andalucía, y reconoce su plena aceptación en la norma culta. No estamos ante una pronunciación que deba disculparse cuando sube a una tribuna. Real Academia Española
La ortografía y la pronunciación no son lo mismo. Una persona puede escribir correctamente cereza y pronunciarla seseando. Exigirle que cambie esa pronunciación para demostrar que conoce las letras equivaldría a confundir dos conocimientos diferentes. La escuela debe enseñarle cómo se escribe la palabra. No necesita convencerla de que en su casa llevan generaciones diciéndola mal.
Tampoco el seseo debe confundirse con la aspiración de la s. Son fenómenos distintos. La aspiración afecta, de manera muy extendida en las variedades meridionales españolas y en numerosas hablas americanas, a la consonante situada al final de sílaba o de palabra. Para describirla hay que atender a su posición y a sus realizaciones. La expresión «comerse las letras» puede servir para una broma; como explicación lingüística, deja bastante que desear.
Y ni siquiera en este aspecto existe una única solución canaria. La Academia señala diferencias que van desde la conservación de una s sibilante en el habla herreña hasta determinadas realizaciones asimiladas y tensas en la grancanaria. También distingue particularidades léxicas e influencias históricas de unas islas a otras, además de diferencias entre el campo y la ciudad. El nombre común del archipiélago no convierte a sus habitantes en una sola voz.
Esta diversidad resulta especialmente interesante cuando estropea nuestras consignas.
El uso general de ustedes, combinado con las formas verbales de tercera persona del plural, caracteriza a gran parte de Canarias tanto en situaciones de confianza como de respeto. Sin embargo, hay usos tradicionales de vosotros en La Gomera, en el norte de La Palma y en determinados lugares de las medianías de Tenerife. La Academia los ha documentado y los recuerda cuando responde a las preocupaciones sobre la influencia peninsular.
De modo que convertir vosotros en una prueba automática de falta de autenticidad canaria sería cometer otro error. Con la intención de defender una identidad, acabaríamos corrigiendo una parte de ella. A determinados hablantes les exigiríamos que abandonaran una forma heredada precisamente para demostrar que respetan la herencia.
La defensa de una variedad no puede consistir en vigilar que todos sus hablantes se parezcan a la imagen que hemos decidido conservar.
Incluso una palabra tan reconocible como baifo permite acercarse a esa complejidad. El diccionario académico la identifica como una voz prehispánica. El Diccionario básico de canarismos, además de recoger su significado general de cría de la cabra, registra matices insulares: en Fuerteventura puede designar al animal desde que deja de mamar hasta que le apuntan los cuernos; en La Gomera, a la cría hasta que deja de mamar.
Una palabra aparentemente idéntica organiza de manera diferente un tramo de la vida de un animal. Ese detalle dice más sobre la riqueza de las hablas que una competición para decidir qué isla conserva el acento más verdadero. Obliga a escuchar con atención. También recuerda que un diccionario regional no es necesariamente un escaparate de curiosidades: puede registrar una precisión que pasa inadvertida a quien llega desde fuera.
Con todo, el desprecio no siempre adopta la forma de una burla. A veces se presenta como un elogio incompleto.
En un sondeo exploratorio de dieciséis informantes presentado por Narés García Rivero en la Universidad de La Laguna en 2018, las valoraciones de cercanía, dulzura o cordialidad del habla canaria resultaban más claramente positivas que las relacionadas con su prestigio. El español centropeninsular, en cambio, aparecía asociado de manera más definida a este último. Una muestra tan pequeña no permite describir a toda la sociedad canaria, y el propio investigador señaló la necesidad de ampliar los estudios. Pero la distinción que planteaba merece atención: sentir afecto por una voz no equivale necesariamente a reconocerle autoridad.
Ahí hay una pregunta incómoda. ¿Nos gusta un acento para que nos cuente una anécdota y nos sorprende cuando explica un problema científico? ¿Lo celebramos mientras nos divierte, pero esperamos otro cuando el asunto se pone serio?
No basta con decir que el canario es bonito. Una voz no necesita resultar agradable para poder razonar, disentir o transmitir conocimientos. El elogio de su musicalidad se queda corto si después la relegamos a la simpatía. También debe poder pronunciar una frase seca, una objeción difícil o una explicación que nos obligue a prestar atención durante media hora.
La cuestión afecta de lleno a la enseñanza. Aprender a expresarse mejor exige ampliar el vocabulario, ordenar un argumento, reconocer al interlocutor y distinguir situaciones. La propia Academia Canaria insiste en que la modalidad insular dispone de niveles y registros diferentes: no se habla igual entre amigos que en una intervención pública, pero ese cambio no exige abandonar sus características dialectales.
Un estudiante puede necesitar menos muletillas, mejores ejemplos o un orden más claro. Quizá deba aprender a definir un concepto antes de utilizarlo. Todo eso es trabajo lingüístico real. Sustituir un ustedes correcto por vosotros no arregla una explicación confusa. Solo permite que la confusión llegue con otra procedencia aparente.
Sería igualmente pobre enseñar que cualquier cosa está bien porque pertenece al habla de casa. Respetar una variedad no exime de aprender. Al contrario: permite separar lo que merece conservarse de lo que conviene revisar. Para corregir con criterio hay que saber por qué una expresión falla, en qué situación y con qué consecuencias. La procedencia geográfica no puede hacer ese trabajo por nosotros.
Enseñar a hablar mejor debería ampliar las posibilidades de una persona, no obligarla a avergonzarse de quienes le enseñaron a hablar.
Pero tampoco conviene imaginar que todos los prejuicios llegan desde fuera. La diversidad interna nos obliga a examinar nuestra propia escucha. De poco serviría defender el acento canario frente al peninsular si después despreciáramos una forma rural, una entonación de otra isla o la voz de alguien con menos estudios. El mecanismo sería el mismo, aunque hubiéramos cambiado de adversario.
Un archipiélago puede reproducir en pequeño las jerarquías que denuncia en grande.

Hay, además, una manera de celebrar una lengua que termina inmovilizándola. Se eligen unas palabras, se imprimen en camisetas y se convierten en contraseña de pertenencia. Nada de eso es malo por sí mismo. El problema aparece cuando el repertorio sustituye a la conversación: sabemos reconocer los términos emblemáticos, pero apenas nos interesa lo que sus hablantes están diciendo.
Una modalidad lingüística no debería tener que demostrar a cada frase que es pintoresca. Puede hablar de cualquier asunto sin ir dejando señales para el visitante. Tampoco un escritor canario necesita llenar cada página de localismos para acreditar su procedencia. La elección de sus voces pertenece a la construcción de la obra, no a un examen de identidad. Tan artificial puede resultar borrar una forma pertinente como introducirla para cumplir una cuota de color local.
Conservar una variedad viva también exige admitir que sus hablantes cambien. La Academia ha relacionado ciertos usos de vosotros con la influencia de modelos septentrionales y con la inseguridad lingüística de algunos canarios; eso no autoriza a explicar cada elección individual mediante el mismo diagnóstico. Hay una diferencia entre investigar las presiones que favorecen un cambio y convertir a una persona en sospechosa por una palabra.
Nadie debería vivir obligado a representar una pieza intacta del patrimonio.
Lo que merece defenderse es la posibilidad de elegir sin que una forma propia y válida haya sido presentada previamente como un defecto. Para ello hacen falta conocimiento, buenos materiales y modelos de expresión variados. También hace falta una curiosidad menos apresurada: preguntar por una palabra antes de reírse de ella, escuchar una explicación antes de clasificar a quien la ofrece.
Volvamos al estudiante del principio. Tal vez su trabajo tenga errores. Habrá que señalarlos. Puede que sus conclusiones no se sostengan o que una parte de la exposición necesite más claridad. Nada de eso se resolverá trasladando su voz unos cuantos kilómetros hacia el norte.
Cuando termine de hablar, las preguntas deberían ocuparse de lo que ha dicho.
Canarias no habla en borrador. A veces, lo que necesita una revisión es el oído de quien corrige.























