
Rosa Amor del Olmo
Uno escapó del penal de Villa Cisneros tomando el control del vapor Viera y Clavijo; el otro fue uno de los llamados «alzados» de La Palma y sobrevivió al campo francés de Magnac-Laval. Ambos encontraron en Chile una patria que inicialmente creyeron provisional.
«Crucé la frontera francesa en los últimos días de resistencia. Nueve meses más tarde partí a Chile en el Winnipeg.»
Nicolás Mingorance escribió esas palabras en una carta dirigida a su familia en 1983. El documento, conservado por su nieta María del Carmen Mingorance, resume en dos frases un recorrido que había comenzado mucho antes: compromiso político, cárcel, deportación al Sáhara, fuga, regreso a la España republicana, retirada hacia Francia, campos de refugiados y, finalmente, exilio en Chile.
La carta no es un documento administrativo ni un parte militar. Es una fuente familiar, escrita desde la memoria de quien había sobrevivido y llevaba más de cuarenta años viviendo lejos de Tenerife. Precisamente por eso tiene un valor singular: devuelve una voz personal a una historia que durante demasiado tiempo quedó reducida a listas de pasajeros, expedientes policiales y nombres mal escritos.
En el mismo barco viajó Domingo Calero Labesse, secretario judicial, militante obrero y uno de los republicanos palmeros que, después de la llamada Semana Roja, se refugiaron en los montes para escapar de la represión. Su hija, Ana Calero San Martín, nacida en Chile, ha dedicado años a reconstruir una biografía que aparecía dispersa —y a veces deformada— en salvoconductos, listados del Winnipeg, fotografías, cartas y documentos de residencia.
Las trayectorias de ambos hombres se cruzaron en el puerto francés de Trompeloup, en Pauillac. También se cruzaron después en Chile, donde conservaron una amistad cercana y el gusto común por la poesía. El archivo de Domingo Calero señala que probablemente se conocían desde Canarias y que se reencontraron a bordo del Winnipeg.

El Winnipeg: del encierro francés a una posibilidad de vida
Cuando terminó la Guerra Civil, cientos de miles de republicanos cruzaron la frontera francesa. Francia los distribuyó entre campos de internamiento, centros de acogida improvisados, antiguos cuarteles y recintos cercados. Magnac-Laval, donde estuvo recluido Domingo Calero, figura expresamente entre los campos franceses destinados a refugiados españoles en 1939.
Ante aquella situación, el presidente chileno Pedro Aguirre Cerda nombró a Pablo Neruda cónsul especial para la inmigración republicana española en Francia. Neruda debía organizar la selección y el traslado de refugiados que pudieran rehacer su vida en Chile. La Biblioteca Nacional chilena recuerda que las solicitudes llegaban desde numerosos campos y que el propio poeta se describió después como «más sí que no» a la hora de aceptar candidatos.
El Winnipeg, un viejo carguero francés acondicionado para el traslado, salió de Trompeloup, en Pauillac, el 4 de agosto de 1939. Recaló definitivamente en Valparaíso la noche del 2 de septiembre y el desembarco se produjo durante la mañana del día 3.
No existe una cifra única e indiscutible de pasajeros. El informe del prefecto de Investigaciones de Chile, conservado por el Archivo Nacional, registró 1.979 refugiados. Memoria Chilena habla de más de 2.200, mientras que la ficha de autoridad del barco en PARES redondea la expedición en unos 2.300 pasajeros. No se trata necesariamente de una contradicción absoluta: los recuentos pueden responder a momentos, categorías y documentos diferentes. Por eso resulta más riguroso hablar de alrededor de dos mil refugiados —probablemente más de dos mil doscientos—, en vez de presentar una cifra cerrada.
Entre ellos viajaban, hasta donde ha podido establecer la investigación de Ana Calero, al menos cinco canarios: Nicolás Mingorance Pérez, Domingo Calero Labesse, Juan Ramírez Sosa, Manuel Rodríguez Bernal y Juan Yusta Torres. La nómina debe entenderse como una identificación todavía abierta, no necesariamente como el recuento definitivo de todos los pasajeros vinculados a las islas.
Nicolás Mingorance: poesía, periodismo y compromiso político
Nicolás Mingorance Pérez nació en Santa Cruz de Tenerife en 1903. Su vida cultural comenzó muy pronto en el barrio de El Cabo. Con apenas quince años participaba en actividades teatrales, líricas y poéticas de la Asociación Primero de Abril-Sociedad de Fomento El Cabo; a los dieciocho ya formaba parte de su directiva. Publicó textos en las revistas Letras y Canarias, participó en la fundación de Novela canaria y desarrolló una intensa actividad periodística, entre otros medios, en El Progreso.
No fue únicamente un hombre de letras. Participó en organizaciones obreras vinculadas a la UGT, defendió las reivindicaciones de inquilinos y trabajadores y militó en el Partido Socialista. Tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936 fue nombrado concejal del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife. Poco antes del golpe militar había asumido responsabilidades municipales relacionadas con archivos, bibliotecas y museos.
Esa combinación de periodista, sindicalista, socialista y concejal lo convirtió inmediatamente en objetivo de los sublevados. Tras el golpe del 18 de julio fue detenido. El 17 de agosto de 1936, las nuevas autoridades ordenaron deportar a Río de Oro y La Agüera a varios dirigentes sindicales y políticos considerados peligrosos. Mingorance fue enviado, junto con otros treinta y seis hombres, en las bodegas del vapor Viera y Clavijo hacia el Sáhara español. Entre los deportados se encontraban también el poeta Pedro García Cabrera, el periodista José Rial y dirigentes republicanos, socialistas, anarquistas y sindicalistas canarios.
En Villa Cisneros fueron sometidos a reclusión y trabajos forzados. Sin embargo, la convivencia con numerosos soldados canarios —muchos de origen obrero y poco identificados con la sublevación— hizo posible organizar una fuga. Durante la madrugada del 14 de marzo de 1937, los deportados y parte de la guarnición tomaron el control del fuerte y, poco después, del propio Viera y Clavijo, que había regresado a la zona.
La operación no fue un simple «asalto» protagonizado únicamente por los prisioneros. Contó con la colaboración de soldados y miembros de la tripulación. Según la reconstrucción histórica citada por Rubens Ascanio, llegaron a Dakar veintitrés deportados, noventa y tres militares, treinta y tres tripulantes y dos pasajeros que optaron por manifestar su lealtad al Gobierno republicano. Desde el Senegal francés pudieron regresar, pasando por Francia, al territorio controlado por la República.
Mingorance estaba en Valencia en junio de 1937 y después desarrolló actividades políticas y organizativas en Barcelona, donde formó parte de la Agrupación Socialista de Canarias. La guerra, sin embargo, también había alcanzado a su familia en Tenerife.
Carmen Camacho: la represión que alcanzó a quienes quedaron
La historia de Carmen Camacho Díaz, primera esposa de Nicolás Mingorance, exige especial cuidado documental.
En una de las cartas conservadas por la familia, Mingorance relató que Carmen fue detenida después de la fuga de Villa Cisneros, que murió tras un breve periodo de encarcelamiento y que él recibió la noticia a través de la Cruz Roja Internacional. La misma carta atribuye su muerte a las condiciones y padecimientos sufridos durante el encierro.
Rubens Ascanio, a partir de una esquela localizada en la prensa tinerfeña, sitúa su fallecimiento a finales de noviembre de 1937 y señala que dejó a sus hijos Nicolás y Carmen al cuidado de familiares. Ambas fuentes documentan la tragedia, pero no ofrecen exactamente la misma cronología. Mientras no aparezcan el expediente penitenciario, el certificado de defunción y otros documentos que permitan reconstruir los hechos, conviene mantener la atribución precisa: según el testimonio epistolar de Mingorance, Carmen murió como consecuencia de su encarcelamiento; la prensa sitúa el fallecimiento a finales de noviembre de 1937.
Esta diferencia no resta valor a la carta. Al contrario: recuerda que la memoria familiar y la documentación administrativa responden a naturalezas distintas. La primera conserva la experiencia del dolor; la segunda permite comprobar fechas, decisiones y responsabilidades. La investigación histórica necesita ambas, pero no debe confundirlas.
Tras la derrota republicana, Mingorance atravesó la frontera francesa y terminó en los campos donde se concentraba a los refugiados españoles. Desde allí embarcó en el Winnipeg. En Chile rehízo parcialmente su vida: se casó con Francisca Puig en 1941, tuvo un hijo llamado Taoro en 1943 y obtuvo la residencia indefinida en 1950. Sus cartas muestran, sin embargo, la fractura del exilio: durante años mantuvo con sus hijos de Tenerife una relación esencialmente escrita.
El exiliado pudo encontrar una nueva casa, pero no recuperar la vida que le habían obligado a abandonar.
Domingo Calero: secretario judicial y republicano palmero
Domingo Manuel Calero Labesse nació en Santa Cruz de La Palma el 22 de febrero de 1907. Era el sexto de ocho hermanos y siguió inicialmente la profesión de su padre. Con solo dieciséis años aprobó los exámenes para secretario de Juzgados Municipales y trabajó como auxiliar judicial y en un bufete de abogados. También fue uno de los fundadores, a los quince años, del Tenisca Club Balompié.
Su compromiso político se desarrolló junto al movimiento obrero palmero. Participó en sindicatos y organizaciones culturales, perteneció a la Agrupación Socialista y en 1933 ingresó en el Partido Comunista. Fue miembro fundador de la sección local del Socorro Rojo Internacional y redactor, entre 1930 y 1936, de Espartaco, órgano de la Federación de Trabajadores de La Palma.
La documentación permite observar, además, hasta qué punto un exiliado podía quedar desfigurado por los errores administrativos. En distintas listas del Winnipeg su nombre aparece como Domingo Cadero Labesse o Domingo Calera; en el salvoconducto francés de Magnac-Laval figura como Domingo Callera, y los documentos franquistas introdujeron otras variantes. La reconstrucción realizada por Ana Calero no ha consistido solo en recordar a su padre, sino en devolverle el nombre correcto dentro de archivos que lo habían multiplicado.
La Semana Roja y los «alzados» de La Palma
Entre el 18 y el 25 de julio de 1936, La Palma permaneció fiel a la legalidad republicana. Es el periodo conocido como la Semana Roja. La isla no había quedado bajo el control inmediato de los sublevados y las organizaciones obreras y republicanas mantuvieron durante esos días la autoridad legal. La llegada del cañonero Canalejas, una semana después del golpe, puso fin a aquella singularidad.
La expresión palmera «los alzados» puede producir confusión fuera de las islas. No designa aquí a los militares golpistas, sino a republicanos vinculados a la Semana Roja que, tras la ocupación de la isla y el inicio de la represión, se escondieron en los montes para evitar su detención o desaparición.
Domingo Calero, su hermano Jacobo y otros compañeros permanecieron unos seis meses ocultos. A finales de diciembre de 1936, Juan Ramírez Sosa puso a disposición del grupo su velero pesquero Añaza. La embarcación recogió a los dos hermanos y a otros ocho hombres y los trasladó hasta África. Años después, Juan Ramírez y Domingo volverían a encontrarse a bordo del Winnipeg y conservarían el contacto en Chile.
La salida de La Palma no significó todavía la salvación. El grupo realizó un recorrido de casi tres meses por África, Marsella y Barcelona antes de llegar a Valencia en marzo de 1937. Domingo trabajó como secretario judicial en Liria y posteriormente en el Ministerio de Instrucción Pública, ya en Barcelona. En 1938 se incorporó al Ejército republicano y resultó gravemente herido en el frente de Aragón.
Las heridas lo incapacitaron para regresar al frente. Tras la derrota cruzó a Francia y el 1 de marzo de 1939 ingresó en Magnac-Laval. Cinco meses después fue seleccionado para embarcarse rumbo a Chile. Su salvoconducto francés y otros documentos de aquel periodo forman parte del fondo familiar preservado por Ana Calero.
Chile: aprender otra profesión y seguir esperando
Al llegar a Chile, Domingo Calero tenía asignado un trabajo en una sastrería de Talca. Según el relato documental de su hija, renunció al puesto cuando supo que un trabajador chileno había sido despedido para colocarlo a él. De regreso a Santiago trabajó como cuidador de jardines en la plaza Baquedano. Después, al comprobar que no podría ejercer como secretario judicial, estudió contabilidad de manera autodidacta en la Biblioteca del Congreso Nacional.
La contabilidad se convirtió en su oficio durante décadas. Trabajó en un comercio, en una empresa constructora durante más de veinticinco años y, más tarde, en una importadora de artículos deportivos. Se casó con la chilena Anilda San Martín Martínez en 1948 y formó allí su familia.
Pero la instalación material no borró la idea del regreso. Ana Calero recuerda que, durante los primeros años, su padre era reacio incluso a comprar muebles porque pensaba que la dictadura caería pronto y podrían volver. Aquella provisionalidad se prolongó durante décadas.
Domingo regresó por primera vez a La Palma en 1974, después de treinta y ocho años en Chile. En aquel viaje se reencontró con sus hermanas y con su hermano Jacobo, exiliado en México, a quien no veía desde hacía treinta y tres años. Volvió a España otras tres veces, siempre de visita. Murió en Santiago de Chile el 28 de abril de 1998.
La ficha resumida del proyecto menciona 1997 como año de fallecimiento, pero el registro de autoridad completo ofrece la fecha exacta de 28 de abril de 1998. Por rigor, debe utilizarse este último dato, que aparece además integrado en la genealogía y cronología detalladas del fondo.
Cinco canarios en un barco de miles de nombres
La investigación onomástica impulsada por Ana Calero ha identificado hasta ahora a cinco pasajeros canarios:
- Nicolás Mingorance Pérez.
- Domingo Calero Labesse.
- Juan Ramírez Sosa.
- Manuel Rodríguez Bernal.
- Juan Yusta Torres.
La relación puede ampliarse o corregirse a medida que se revisen nuevas listas, variantes ortográficas, lugares de nacimiento y expedientes de residencia. El caso de Domingo —inscrito con varios apellidos erróneos— demuestra que buscar únicamente por una grafía exacta puede dejar fuera a una persona que sí estaba a bordo.
No viajaron todos juntos desde Canarias ni compartieron idéntica militancia. Lo que los unió fue una cadena de derrotas y supervivencias: el golpe militar, la persecución, las cárceles, los montes, la guerra peninsular, la frontera francesa y los campos de internamiento.
El Winnipeg no borró esa cadena. Solo permitió que continuaran vivos después de ella.
Los archivos de las familias
El fondo de Domingo Calero conservado en el proyecto Memoria del exilio español en Chile contiene noventa y ocho unidades documentales: fotografías, certificados, correspondencia, documentos de identidad, expedientes, recortes de prensa, impresos y materiales creativos. Entre ellos se encuentran su ficha de refugiado, documentos de Magnac-Laval, una carta escrita desde el hospital de Tarrasa y el expediente de solicitud de residencia permanente en Chile.
En el caso de Nicolás Mingorance, una parte esencial de la memoria permanece todavía en manos de la familia: cartas, fotografías y el recuerdo de un proyecto poético que no llegó a publicar. El testimonio de su nieta no sustituye al archivo público, pero señala dónde debe seguir investigándose: prensa, expedientes penitenciarios, correspondencia de la Cruz Roja, registros civiles de Tenerife y documentación chilena de extranjería.
La memoria del Winnipeg ha adquirido una nueva proyección pública en 2026 con el estreno de la película de animación Winnipeg, el barco de la esperanza, dirigida por Beñat Beitia y Elio Quiroga y basada en la novela gráfica de Laura Martel y Antonia Santolaya. La película no sustituye a la investigación histórica, pero contribuye a acercar a nuevas generaciones una operación de refugio internacional que durante décadas tuvo mucha más presencia en la memoria chilena que en la española.
El exilio no terminó con el desembarco
Nicolás Mingorance y Domingo Calero llegaron a Chile con treinta y seis y treinta y dos años, respectivamente. No eran ancianos que cerraban una biografía, sino hombres jóvenes obligados a empezar otra.
Mingorance dejó en Tenerife hijos, una esposa muerta y una trayectoria cultural y política truncada. Calero dejó una profesión, hermanos dispersos y una isla a la que tardaría casi cuatro décadas en regresar. Uno reconstruyó su vida familiar en Chile; el otro aprendió una nueva profesión porque su título español ya no le permitía trabajar.
Ambos sobrevivieron.
Pero sobrevivir no significa recuperar lo perdido.
El Winnipeg les permitió desembarcar en un país que los recibió como refugiados. No les devolvió los años, las familias separadas, los nombres deformados por los expedientes ni las vidas que habían imaginado antes de 1936.
Por eso recuperar hoy sus historias no consiste únicamente en celebrar el barco de Neruda. Consiste en devolver a cada pasajero su nombre, su procedencia y sus decisiones; distinguir los documentos de los recuerdos sin despreciar ninguno; y comprender que detrás de una cifra —1.979, 2.200 o 2.300— hubo otras tantas personas que no viajaban hacia una aventura, sino alejándose de una muerte posible.
El exilio republicano canario no fue una nota al margen de la guerra.
Fue una diáspora de nombres que todavía estamos aprendiendo a leer.
Fuentes consultadas
- Archivo Nacional de Chile, informe sobre la llegada del Winnipeg a Valparaíso y recuento del prefecto de Investigaciones Óscar Hormazábal Labarca.
- Memoria Chilena–Biblioteca Nacional de Chile, sección «Cónsul para la inmigración española», sobre la misión de Pablo Neruda y la travesía del barco.
- Memoria del exilio español en Chile, fondo y registro de autoridad de Domingo Calero Labesse, elaborado conforme a normas archivísticas ISAAR e ISAD(G), con documentación aportada por Ana Calero San Martín.
- Rubens Ascanio, «Nicolás Mingorance, olvidado poeta, periodista y activista republicano», con referencias a prensa histórica, actas municipales y bibliografía sobre Villa Cisneros.
- Guadalupe Pérez García, «La colonia penitenciaria de Villa Cisneros. Deportaciones y fugas durante la Segunda República», Historia y Comunicación Social, volumen 7, 2002.
- Repositorio Institucional de la Universidad de La Laguna y materiales del Gobierno de Canarias sobre la Semana Roja y el fenómeno de los alzados palmeros.
- Canarias Ahora, entrevistas de Jennifer Jiménez a María del Carmen Mingorance, Ana Calero y Rubens Ascanio, utilizadas aquí como fuentes testimoniales y familiares.
- PARES–Ministerio de Cultura, fichas de Magnac-Laval y del vapor Winnipeg.
























