La caja de oro, por Emilia Pardo Bazán

Observatorio Galdós-Negrín

Hay quien se enamora de una mujer y quien, menos generosamente, se enamora de lo que una mujer le oculta. A esta segunda especie pertenece el narrador de «La caja de oro», un hombre que convierte el cortejo en un procedimiento de investigación y las palabras de amor en una ganzúa. Emilia Pardo Bazán coloca sobre una mesa un objeto diminuto y precioso y hace girar alrededor de él un conflicto que desborda sus delicados esmaltes: el deseo de saber frente a una intimidad que se resiste a ser conquistada. Porque a este curioso no le basta con ser amado; necesita que nada quede fuera de su alcance.

La malicia del cuento reside, en buena medida, en dejarnos escuchar al responsable. Su confesión oscila entre la franqueza y la coartada: reconoce sus manejos, pero encuentra siempre una explicación que parece destinada a obtener nuestra indulgencia. Conviene desconfiar de esa elocuencia. Bajo la intriga del objeto escondido, Pardo Bazán descubre otra menos vistosa y más perturbadora: la facilidad con que alguien puede representar un sentimiento, exigir pruebas de entrega y contraer deudas afectivas que después será incapaz de pagar.

La superstición, el conocimiento y la necesidad de creer se entrelazan aquí sin desembocar en una moraleja cómoda. Tampoco debemos atribuir sin más a la autora las conclusiones de quien cuenta su propia falta. El relato invita a distinguir entre averiguar y comprender, entre cuidar y amar, entre sentir remordimientos y asumir verdaderamente lo que se ha hecho. Mientras el narrador se empeña en descubrir qué guarda aquella mujer en su caja, el lector empieza a advertir cuánto falta en el corazón de quien pretende abrirla.

Siempre la había visto sobre su mesa, al alcance de su mano bonita, que a veces se entretenía en acariciar la tapa suavemente; pero no me era posible averiguar lo que encerraba aquella caja de filigrana de oro con esmaltes finísimos, porque apenas intentaba apoderarme del juguete, su dueña lo escondía precipitada y nerviosamente en los bolsillos de la bata, o en lugares todavía más recónditos, dentro del seno, haciéndola así inaccesible.

Y cuanto más la ocultaba su dueña, mayor era mi afán por enterarme de lo que la caja contenía. ¡Misterio irritante y tentador! ¿Qué guardaba el artístico chirimbolo? ¿Bombones? ¿Polvos de arroz? ¿Esencias? Si encerraba alguna de estas cosas tan inofensivas, ¿a qué venía la ocultación? ¿Encubría un retrato, una flor seca, pelo? Imposible: tales prendas, o se llevan mucho más cerca, o se custodian mucho más lejos: o descansan sobre el corazón o se archivan en un secrétaire bien cerrado, bien seguro… No eran despojos de amorosa historia los que dormían en la cajita de oro, esmaltada de azules quimeras, fantásticas rosas y volutas de verde ojiacanto.

Califiquen como gusten mi conducta los incapaces de seguir la pista a una historia, tal vez a una novela. Llámenme enhorabuena indiscreto, antojadizo y, por contera, entremetido y fisgón impertinente. Lo cierto es que la cajita me volvía tarumba, y agotados los medios legales, puse en juego los ilícitos, y heroicos… Mostréme perdidamente enamorado de la dueña, cuando sólo lo estaba de la cajita de oro; cortejé en apariencia a una mujer, cuando sólo cortejaba a un secreto; hice como si persiguiese la dicha… cuando sólo perseguía la satisfacción de la curiosidad. Y la suerte, que acaso me negaría la victoria si la victoria realmente me importase, me la concedió…, por lo mismo que al concedérmela me echaba encima un remordimiento.

No obstante, después de mi triunfo, la que ya me entregaba cuanto entrega la voluntad rendida, defendía aún, con invencible obstinación, el misterio de la cajita de oro. Desplegando zalameras coqueterías o repentinas y melancólicas reservas; discutiendo o bromeando, apurando los ardides de la ternura o las amenazas del desamor, suplicante o enojado, nada obtuve; la dueña de la caja persistió en negarse a que me enterase de su contenido, como si dentro del lindo objeto existiese la prueba de algún crimen.

Repugnábame emplear la fuerza y proceder como procedería un patán, y además, exaltado ya mi amor propio (a falta de otra exaltación más dulce y profunda), quise deber al cariño y sólo al cariño de la hermosa la clave del enigma. Insistí, me sobrepujé a mí mismo, desplegué todos los recursos, y como el artista que cultiva por medio de las reglas la inspiración, llegué a tal grado de maestría en la comedia del sentimiento, que logré arrebatar al auditorio. Un día en que algunas fingidas lágrimas acreditaron mis celos, mi persuasión de que la cajita encerraba la imagen de un rival, de alguien que aún me disputaba el alma de aquella mujer, la vi demudarse, temblar, palidecer, echarme al cuello los brazos y exclamar, por fin, con sinceridad que me avergonzó:

-¡Qué no haría yo por ti! Lo has querido…. pues sea. Ahora mismo, verás lo que hay en la caja.

Apretó un resorte; la tapa de la caja se alzó y divisé en el fondo unas cuantas bolitas tamañas como guisantes, blanquecinas, secas. Miré sin comprender, y ella, reprimiendo un gemido, dijo solemnemente:

-Esas píldoras me las vendió un curandero que realizaba curas casi milagrosas en la gente de mi aldea. Se las pagué muy caras, y me aseguró que, tomando una al sentirme enferma, tengo asegurada la vida. Sólo me advirtió que si las apartaba de mí o las enseñaba a alguien, perdían su virtud. Será superstición o lo que quieras: lo cierto es que he seguido la prescripción del curandero, y no sólo se me quitaron achaques que padecía (pues soy muy débil), sino que he gozado salud envidiable. Te empeñaste en averiguar… Lo conseguiste… Para mí vales tú más que la salud y que la vida. Ya no tengo panacea; ya mi remedio ha perdido su eficacia; sírveme de remedio tú; quiéreme mucho, y viviré.

Quedéme frío. Logrado mi empeño, no encontraba dentro de la cajita sino el desencanto de una superchería y el cargo de conciencia del daño causado a la persona que, al fin, me amaba. Mi curiosidad, como todas las curiosidades, desde la fatal del Paraíso hasta la no menos funesta de la ciencia contemporánea, llevaba en sí misma su castigo y su maldición. Daría entonces algo bueno por no haber puesto en la cajita los ojos. Y tan arrepentido que me creí enamorado; cayendo de rodillas a los pies de la mujer que sollozaba, tartamudeé:

-No tengas miedo… Todo eso es una farsa, un indigno embuste… El curandero mintió… Vivirás, vivirás mil años… Y aunque hubiesen perdido su virtud las píldoras, ¿qué? Nos vamos a la aldea, y compramos otras… Todo mi capital le doy al curandero por ellas.

Me estrechó, y sonriendo en medio de su angustia, balbuceó a mi oído:

-El curandero ha muerto.

Desde entonces, la dueña de la cajita -que ya no la ocultaba ni la miraba siquiera, dejándola cubrirse de polvo en un rincón de la estantería forrada de felpa azul- empezó a decaer, a consumirse, presentando todos los síntomas de una enfermedad de languidez, refractaria a los remedios. Cualquiera que no me tenga por un monstruo supondrá que me instalé a su cabecera y la cuidé con caridad y abnegación. Caridad y abnegación digo, porque otra cosa no había en mí para aquella criatura de quien había sido verdugo involuntario. Ella se moría, quizá de pasión de ánimo, quizá de aprensión, pero por mi culpa; y yo no podía ofrecerle, en desquite de la vida que le había robado, lo que todo lo compensa: el don de mí mismo, incondicional, absoluto. Intenté engañarla santamente para hacerla dichosa, y ella, con tardía lucidez, adivinó mi indiferencia y mi disimulado tedio, y cada vez se inclinó más hacia el sepulcro.

Y al fin cayó en él, sin que ni los recursos de la ciencia ni mis cuidados consiguiesen salvarla. De cuantas memorias quiso legarme su afecto, sólo recogí la caja de oro. Aún contenía las famosas píldoras, y cierto día se me ocurrió que las analizase un químico amigo mío, pues todavía no se daba por satisfecha mi maldita curiosidad. Al preguntar el resultado del análisis, el químico se echó a reír.

-Ya podía usted figurarse -dijo- que las píldoras eran de miga de pan. El curandero (¡si sería listo!) mandó que no las viese nadie…, para que a nadie se le ocurriese analizarlas. ¡El maldito análisis lo seca todo!

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

    Related Posts

    Galdós: la casa y las deudas que no se pagan

    Vivienda, apariencia y responsabilidad en Torquemada en la hoguera, La de Bringas, Miau y Misericordia Rosa Amor del Olmo Los inquilinos de Torquemada empiezan a encontrarse mal el sábado. El propietario llegará el domingo a cobrar, pero su visita ya…

    Victorina Bridoux: la escritora que no está en su lápida

    Por Rosa Amor del Olmo Una lápida debería servir, por lo menos, para decir quién está debajo. En el caso de Victorina Bridoux y Mazzini, ni siquiera podemos dar eso por supuesto. La Biblioteca de Canarias señala que en su…

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    TODO CANARIAS

    Canarias no habla en borrador

    Canarias no habla en borrador

    Isabel Zendal: la mujer que llevó la vacuna al otro lado del océano

    Isabel Zendal: la mujer que llevó la vacuna al otro lado del océano

    «Partí a Chile en el Winnipeg»: Nicolás Mingorance y Domingo Calero, dos canarios en el barco de Neruda

    «Partí a Chile en el Winnipeg»: Nicolás Mingorance y Domingo Calero, dos canarios en el barco de Neruda

    Ocho peñas bajo la sombra del Sol

    Ocho peñas bajo la sombra del Sol

    La Guerra Civil en Canarias: una retaguardia marcada por la violencia y el silencio

    La Guerra Civil en Canarias: una retaguardia marcada por la violencia y el silencio

    Juan Negrín: el canario europeo al que la historia tardó en hacer justicia

    Juan Negrín: el canario europeo al que la historia tardó en hacer justicia

    La nevera llena, la isla vacía: el alquiler vacacional y el turismo que devora Canarias

    La nevera llena, la isla vacía: el alquiler vacacional y el turismo que devora Canarias

    ‘Godo serás’ las casas cerradas de la patria que cierra la puerta

    ‘Godo serás’ las casas cerradas de la patria que cierra la puerta

    José Fraguas: el violín ante la memoria sonora de Canarias

    José Fraguas: el violín ante la memoria sonora de Canarias

    El Atlas que escuchó hablar a Canarias

    El Atlas que escuchó hablar a Canarias

    Mercedes Pinto: una mujer que convirtió la partida en palabra

    Mercedes Pinto: una mujer que convirtió la partida en palabra

    El Día de Canarias: celebrar lo que somos

    El Día de Canarias: celebrar lo que somos

    Canarias contra la postal: Agustín Espinosa y la invención poética de Lanzarote

    Canarias contra la postal: Agustín Espinosa y la invención poética de Lanzarote

    1937: Juan Negrín, el canario que cargó con la República

    1937: Juan Negrín, el canario que cargó con la República

    Alonso Quesada: modernidad, ironía y desasosiego en la literatura canaria

    Alonso Quesada: modernidad, ironía y desasosiego en la literatura canaria

    La calima en las islas: el día en que el aire se vuelve enemigo

    La calima en las islas: el día en que el aire se vuelve enemigo

    La mujer en Canarias: historia, territorio y desigualdades persistentes

    La mujer en Canarias: historia, territorio y desigualdades persistentes

    El Río en Arico: el pueblo que vive entre pinos secos, barrancos con memoria y arqueología industrial

    El Río en Arico: el pueblo que vive entre pinos secos, barrancos con memoria y arqueología industrial

    Carnaval bajo los focos: la resaca crítica tras la Gala de la Reina

    Carnaval bajo los focos: la resaca crítica tras la Gala de la Reina

    Filoxera en Canarias: historia, situación actual y estrategias de futuro

    Filoxera en Canarias: historia, situación actual y estrategias de futuro

    Canarias ante el cambio climático: biodiversidad, economía y patrimonio en riesgo

    Canarias ante el cambio climático: biodiversidad, economía y patrimonio en riesgo

    El habla canaria en la literatura

    El habla canaria en la literatura

    ‘El Ferna’ o el oficio de encender una plaza

    ‘El Ferna’ o el oficio de encender una plaza