
José Luis Fraguas Amor
No perteneció por edad a la Generación del 27, pero resulta difícil comprender el oído de aquella generación sin Manuel de Falla. Entre Cádiz, París y Granada convirtió la tradición popular en lenguaje moderno, enseñó a los jóvenes a buscar una España sin pintoresquismo y dejó una obra breve, rigurosa y todavía incómoda para cualquier clasificación sencilla.
En 2026 confluyen el ciento cincuenta aniversario del nacimiento de Manuel de Falla y el ochenta aniversario de su muerte. La efeméride invita a recuperar no sólo al compositor consagrado, sino al interlocutor cultural que enseñó a varias generaciones a escuchar España sin reducirla al folclore. Falla era demasiado mayor para figurar en la fotografía de Sevilla de 1927 y demasiado próximo para quedar fuera de la historia. Había nacido en Cádiz en 1876, cuando Lorca, Cernuda, Alberti o Gerardo Diego aún tardarían décadas en llegar. No fue, por tanto, un miembro cronológico de la Generación del 27, sino algo más difícil de nombrar: antecedente, interlocutor y maestro. Si Juan Ramón Jiménez enseñó a los poetas jóvenes una disciplina de depuración verbal, Falla les ofreció su equivalente musical. Les mostró que la modernidad no exigía romper con la tradición, sino escucharla de otra manera.
Esa posición intermedia explica parte de su singularidad. Falla pertenece a la generación anterior, pero su obra madura dialoga con Debussy, Ravel, Stravinsky, Picasso, Diaghilev, Lorca y los jóvenes compositores del Grupo de los Ocho. Su música atraviesa el nacionalismo de comienzos de siglo, el impresionismo francés, el neoclasicismo y una austeridad final casi ascética. No se instaló cómodamente en ninguno de esos lenguajes. Los utilizó, los redujo y los hizo responder a una pregunta constante: cómo escribir música española sin convertir España en una postal.

Cádiz, Madrid y la necesidad de encontrar un idioma
La primera España de Falla no fue una teoría, sino una experiencia sonora. En su infancia gaditana escuchó canciones y relatos de la criada familiar conocida como la Morilla; estudió piano, imaginó teatros y hasta inventó una ciudad llamada Colón. Antes de decidirse por la composición quiso ser escritor. Esa vocación inicial no es una anécdota: ayuda a entender la atención dramática de La vida breve, El amor brujo o El retablo de maese Pedro. Falla no componía paisajes sonoros desligados de la escena; pensaba en personajes, acciones, palabras, silencios y movimientos.
En Madrid encontró a Felipe Pedrell, el maestro que le proporcionó una orientación decisiva. Pedrell defendía la posibilidad de construir una música moderna a partir de las tradiciones históricas y populares españolas, pero sin limitarse a copiar melodías. Falla aprendió de él que el material tradicional debía convertirse en sustancia creadora. Aquel aprendizaje permitió que La vida breve, premiada en 1905 y durante años sin escenario, fuese mucho más que una ópera de ambiente andaluz: la historia de Salud contiene una violencia social y una concentración dramática que el color local no logra domesticar.
La falta de oportunidades lo llevó en 1907 a París. Permaneció allí hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial y conoció a Paul Dukas, Debussy, Ravel, Albéniz, Ricardo Viñes y otros músicos europeos. Años después resumiría la importancia de aquella etapa con una frase reveladora: «para cuanto se refiere a mi oficio, mi patria es París». No estaba renegando de Cádiz ni de España. Estaba reconociendo que París le había dado algo que su país no podía ofrecerle entonces: un ambiente donde su trabajo se juzgaba como música contemporánea y no como curiosidad nacional. Allí aprendió que lo español podía ser universal sin dejar de ser reconocible.
La tradición no se copia: se transforma
La popularidad posterior de algunas páginas de Falla ha producido un equívoco. Se le escucha con frecuencia como si hubiese llevado directamente la taberna, la guitarra, el pregón o el baile al pentagrama. Su procedimiento era mucho más complejo. La tradición no aparece en sus obras como una pieza de museo ni como cita decorativa. Se descompone en giros melódicos, ritmos, modos, acentos y formas de respiración que el compositor reorganiza hasta hacerlos inseparables de su propio lenguaje. Falla rechazaba precisamente la utilización externa o fotográfica del documento folclórico: le interesaban sus sustancias sonoras, no el disfraz costumbrista.
Las Siete canciones populares españolas, estrenadas en Madrid en 1915, permiten entenderlo. Falla parte de materiales reconocibles, pero los acompaña con una escritura pianística capaz de alterar por completo su temperatura. La canción no es un documento etnográfico conservado bajo cristal: es una estructura viva, sometida a tensión. Algo semejante ocurre en Noches en los jardines de España. La obra evoca el Generalife, una danza lejana y los jardines de la sierra cordobesa, pero no describe un itinerario turístico. La noche, el agua y la distancia están construidas mediante color orquestal, memoria y deseo. París había enseñado a Falla a convertir un lugar en percepción.
En 1915 comenzó además una de las colaboraciones más fecundas y durante demasiado tiempo peor contadas de su trayectoria. María de la O Lejárraga —autora de las obras firmadas por su marido, Gregorio Martínez Sierra— participó en la escritura de El amor brujo y fue una interlocutora fundamental del compositor. Pastora Imperio impulsó la idea y estrenó la primera versión en el Teatro Lara. Falla habló entonces de una obra «rara, nueva» y, sobre todo, sentida. La frase define bien el proyecto: no se trataba de embellecer un supuesto mundo gitano para consumo burgués, sino de crear una dramaturgia musical donde la voz, el baile, el conjuro y la obsesión amorosa formaran un organismo propio. Reconocer hoy la autoría de Lejárraga no es añadir una nota de corrección contemporánea; es restituir la verdadera historia de la obra.
Diaghilev, Picasso y una España sin complejo provincial
El encuentro con los Ballets Russes colocó a Falla en el centro de la vanguardia escénica europea. En 1916 defendió públicamente a Stravinsky frente a quienes consideraban su música una amenaza o una extravagancia. Ese mismo año, Diaghilev y Léonide Massine escucharon en Granada Noches en los jardines de España. De la relación posterior nació la transformación de la pantomima El corregidor y la molinera en El sombrero de tres picos. María Lejárraga colaboró en el libreto; Massine creó la coreografía y Picasso diseñó decorados, figurines y telón. El estreno tuvo lugar en Londres en 1919.
Pocas obras explican mejor la posición de Falla. El sombrero de tres picos utiliza danzas y ritmos españoles, pero pertenece plenamente al lenguaje internacional del ballet moderno. No presenta una España que pide permiso para entrar en Europa, sino una España que ya está trabajando en el mismo escenario que Picasso, Massine y Diaghilev. El mérito de Falla no consistió en hacer más brillante lo pintoresco, sino en demostrar que una farruca, una seguidilla o una melodía popular podían someterse a la misma exigencia formal que cualquier material de la vanguardia europea.
Granada: Falla y Lorca aprenden a escucharse
En 1920 Falla fijó su residencia en Granada. Allí encontró algo más que un paisaje adecuado para trabajar: encontró una comunidad joven. Se relacionó con los integrantes de la tertulia del Rinconcillo, entre ellos Federico García Lorca, Manuel Ángeles Ortiz y Hermenegildo Lanz. Su pequeño carmen de la Antequeruela se convirtió en un lugar de conversación donde el maestro, reservado y minucioso, recibía a escritores, músicos y artistas. No imponía una doctrina. Preguntaba, escuchaba y corregía. Esa forma de magisterio —menos académica que moral— dejó una huella profunda.
La amistad con Lorca produjo uno de los diálogos más fértiles de la cultura española del siglo XX. Ambos participaron, junto con Miguel Cerón y otros colaboradores, en la organización del Concurso de Cante Jondo de 1922. El propósito era rescatar formas antiguas del canto andaluz frente a su degradación comercial. La iniciativa puede discutirse hoy por su idealización de lo «primitivo», pero tuvo una importancia decisiva: trató el cante como un arte digno de investigación, escucha y escena, no como entretenimiento subalterno. Para Lorca, aquella experiencia coincidió con la elaboración de una poética donde el grito, la guitarra, la pena y el silencio adquirieron una nueva densidad.
Unos meses después, el 6 de enero de 1923, Falla, Lorca y Hermenegildo Lanz organizaron en casa de los García Lorca una función de títeres. El maestro llegó a cubrir las cuerdas del piano con papel de seda para aproximar su sonoridad a la del clave. Ese pequeño experimento doméstico contiene ya el principio de El retablo de maese Pedro: Cervantes, marionetas, música antigua y una sensibilidad radicalmente moderna. La obra, estrenada en París en junio de 1923, reunió a jóvenes artistas plásticos como Manuel Ángeles Ortiz, Lanz y Hernando Viñes y fue escuchada por una audiencia donde estaban Stravinsky, Picasso y Paul Valéry. Granada y París dejaban de ser extremos opuestos. Falla había conseguido que se comunicaran dentro de una misma pieza.
El maestro del 27 musical
A partir de El retablo y del Concerto para clave y cinco instrumentos, estrenado en Barcelona en 1926 por Wanda Landowska, la música de Falla se volvió más concentrada, seca y precisa. El brillante color andaluz cedió espacio a Scarlatti, al clave, a la polifonía antigua y a una idea de construcción casi geométrica. No fue una retirada de la modernidad, sino otra manera de ser moderno. Mientras una parte de la vanguardia confiaba en la ruptura y el estruendo, Falla avanzaba por reducción: menos instrumentos, menos materia, más tensión.
Ese cambio resultó decisivo para los jóvenes compositores vinculados al Grupo de los Ocho. Ernesto y Rodolfo Halffter, Julián Bautista, Fernando Remacha, Salvador Bacarisse, Gustavo Pittaluga, Juan José Mantecón y Rosa García Ascot buscaron una música española libre del academicismo y del folclorismo superficial. El retablo y el Concerto les ofrecieron un modelo: acudir a la tradición histórica para construir un lenguaje nuevo. Ernesto Halffter fue uno de los pocos discípulos directos de Falla; Rosa García Ascot también recibió su magisterio. La investigación musicológica ha mostrado hasta qué punto Scarlatti, el Padre Soler y la estética falliana funcionaron como pilares de aquella generación musical.
Por eso Falla no debe aparecer en la historia del 27 como un señor mayor que acudía ocasionalmente a sus reuniones. Fue una de las condiciones de posibilidad de su modernidad interdisciplinar. Los poetas aprendieron de él que el romance, el cante o Cervantes podían volver a sonar sin convertirse en arqueología. Los músicos aprendieron que el nacionalismo sólo sobreviviría si renunciaba a la autocomplacencia. Los pintores y escenógrafos encontraron en sus obras un espacio donde la imagen no ilustraba la música, sino que pensaba junto a ella.
Religión, guerra y salida de España
La figura de Falla se vuelve menos cómoda cuando entra la política. Católico de convicciones profundas, recibió con esperanza inicial la renovación republicana, pero se enfrentó al anticlericalismo y mantuvo una intensa correspondencia con Fernando de los Ríos sobre la cuestión religiosa. Tampoco aceptó la solución reaccionaria. Poco antes de la Guerra Civil rechazó ante Ramiro de Maeztu una contrarrevolución que conservara lo injusto por el simple hecho de ser tradicional. Su ideal político, de raíz cristiana y difícil traducción partidista, estaba muy lejos tanto de la violencia revolucionaria como de la restauración autoritaria.
El asesinato de Lorca en agosto de 1936 lo dejó ante una realidad que ya no podía abstraerse en debates. Falla trató de intervenir para proteger a Hermenegildo Lanz y vivió la guerra en Granada entre miedo, enfermedad y trabajo. En septiembre de 1939 viajó con su hermana María del Carmen a Argentina para dirigir varios conciertos en el Teatro Colón. Conviene usar con cautela la palabra exilio: el motivo inmediato fue profesional, pero la salida se volvió definitiva. No regresó a España.
Atlántida: la obra que no terminó
En Argentina siguió trabajando en Atlántida, la cantata escénica basada en el poema de Jacint Verdaguer que lo acompañaba desde 1927. Quería reunir en ella el Mediterráneo, América, el mito, la religión y la historia de España. La obra creció hasta convertirse en una prueba extrema de su perfeccionismo. Falla corrigió, ordenó y volvió a empezar durante casi veinte años. Murió en Alta Gracia en 1946 sin concluirla; Ernesto Halffter asumió después la compleja tarea de completar la partitura.
La inacabada Atlántida suele leerse como fracaso, pero también contiene la verdad más profunda de Falla. Compuso poco porque no aceptaba la facilidad. Cada obra debía justificar su existencia y encontrar la forma exacta en que tradición, técnica y conciencia pudieran convivir. Esa exigencia produjo silencios, demoras y renuncias; produjo también uno de los catálogos más compactos y reconocibles del siglo XX.
Manuel de Falla no fue el músico oficial de la Generación del 27 ni su equivalente exacto. Fue algo más vivo: el maestro que la obligó a afinar el oído. Le enseñó que lo popular no es lo pintoresco, que la tradición no es obediencia, que una obra española no necesita disfrazarse de España y que la modernidad puede consistir tanto en una orquesta deslumbrante como en cinco instrumentos colocados alrededor de un clave.
Su lección continúa siendo incómoda porque exige más que admiración. Exige escuchar despacio. Detrás de la danza conocida, del fuego, de los jardines y de los títeres hay un artista que eliminó cuanto podía sonar falso. Tal vez por eso su música parece a la vez antigua y recién escrita. Falla no convirtió el pasado en museo. Lo hizo trabajar para el futuro.
Bibliografía básica
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Fundación Archivo Manuel de Falla, «Vida y obra» y «Cronología».

























