
Rosa Amor del Olmo
Un hombre entra en un teatro de Madrid y sale dudando de la paternidad de sus hijos. Su mujer ni siquiera está allí. No ha recibido una confidencia ni ha descubierto una carta comprometedora: ha visto una función que no entiende. De esa dificultad deduce que los niños deben de haber muerto o que no son suyos. La explicación le parece tan convincente que escribe a casa para pedir noticias. Antes de sospechar del espectáculo, ha puesto en duda a toda su familia.
Ése es el desenlace de «A beneficio del señor López», publicado por Mariano José de Larra en El Español el 26 de marzo de 1836 y firmado por Fígaro. El artículo comienza anunciando que no había ninguna novedad teatral que justificase una reseña. Pero al periodista le habría llegado, por una «rara casualidad», la carta de un forastero a su esposa. La supuesta correspondencia permite hacer la crítica sin adoptar su tono habitual. Larra se retira de la escena para colocar en ella a alguien que cuenta, con extraordinaria aplicación, lo que no ha comprendido.
El encabezamiento proporciona al lector una ventaja que el visitante no tiene: conoce el programa. La velada reúne materiales de El trovador, La conjuración de Venecia, Riego en las Cabezas de San Juan y El diablo predicador. El hombre, en cambio, cree asistir a una sola comedia, dividida, según sus cuentas, en cinco actos. Confunde la unidad de la función con la unidad de la obra. A partir de ese error, cada cambio de personajes o de lugar tendrá que encontrar acomodo en una historia que nadie ha escrito.
Larra no lo presenta como un enemigo de la cultura. Ha llegado a Madrid y su primer cuidado ha sido ir al teatro. Trae hambre de representaciones mejores que las comedias caseras de su pueblo. Su equivocación nace del entusiasmo y de una confianza que tampoco resulta enteramente absurda: la función debería explicarse mejor que el anuncio. No ha leído el cartel, pero espera que lo que ocurra sobre las tablas le permita orientarse. Es un espectador dispuesto a colaborar; lo que ignora es en qué consiste la colaboración que se le pide. Al principio parece posible seguirlo. Un conde quiere casarse, una mujer prefiere entrar en un convento y un enamorado que se daba por muerto reaparece. El visitante reduce los acontecimientos a un resumen doméstico. Don Nuño lleva un año quejándose de una herida que, según observa, no le impide pensar en matrimonio. El comentario rebaja de inmediato la gravedad del personaje. La pasión y el sufrimiento, privados de su desarrollo escénico, empiezan a parecer los asuntos de unas personas bastante difíciles de organizar.
El salto decisivo llega con el supuesto tercer acto: «De resultas de todo eso, la muchacha Laura gime y se desespera en Venecia». Hasta entonces estábamos en Zaragoza y la mujer se llamaba Leonor. Ahora aparece otra, en otra ciudad y dentro de otro drama. El visitante resuelve la discontinuidad con cinco palabras: «De resultas de todo eso». Una fórmula de consecuencia basta para fingir que existe una causa. La frase mantiene la compostura mientras la historia pierde cualquier posibilidad de tenerla.
Ahí está una de las mejores ocurrencias del artículo. No hace falta inventar un acontecimiento imposible: basta con unir acontecimientos independientes mediante una expresión que prometa explicarlos. Después puede parecer por eso. La proximidad de dos escenas empieza a trabajar como una prueba de su relación. El hombre ha visto realmente lo que cuenta, dentro de la ficción de la carta; el disparate aparece cuando decide qué tiene que ver una cosa con la otra. Su relato no fracasa por falta de datos. Le sobra un argumento. La elección del lenguaje contribuye al desmontaje. El padre de Laura se convierte en «papá»; el lugar del encuentro amoroso, en un «ameno cementerio». El adjetivo tiene la cortesía de una recomendación de paseo y se aplica a un espacio de sepulcros. El narrador conserva los elementos del drama, pero cambia la distancia desde la que los contempla. Al quitar solemnidad a los nombres y reducir los conflictos a unos cuantos movimientos, descubre la extravagancia que una representación puede hacer aceptable. Contar lo ocurrido no garantiza conservar el efecto que produjo.

Conviene contrastar esa burla con otra reseña del propio Larra. Los días 4 y 5 de marzo de 1836 había elogiado El trovador, de Antonio García Gutiérrez. Destacó justamente el final de la segunda jornada: la aparición del protagonista, el canto de las religiosas y el órgano. Aquel conjunto tenía para él un «efecto maravilloso». Semanas después, el forastero lo despacha diciendo que la monja grita, los criados escapan y el Trovador se queda parado. La diferencia entre ambas descripciones no obliga a imaginar que Larra haya cambiado de gusto. Muestra cuánto puede desfigurar una escena el modo de contarla.
En aquella crítica había defendido también un «cambio de concesiones entre el poeta y el público». Admitía las libertades dramáticas cuando servían al efecto y pedía que los sucesos estuvieran preparados y justificados. Esa exigencia ilumina la nueva sátira. El problema no es que el teatro abandone la vida corriente: es que retire al espectador los apoyos que le permiten seguirlo. La libertad artística necesita construir una experiencia, no limitarse a exigir que se la acepte.
Pero la carta guarda otro mecanismo, todavía más fértil que la confusión de obras. En el fragmento de La conjuración de Venecia, el padre de Laura intenta obtener la comprensión de su hermano, el presidente Morosini. Le advierte de que no podrá entenderlo porque no tiene hijos. El forastero recoge esa apelación sentimental como quien acaba de encontrar una ley de la naturaleza. La paternidad pasa a ser el requisito que explica la inteligencia o la incomprensión de cualquiera. Una frase situada en un conflicto particular empieza a gobernar toda la velada.

La primera aplicación compromete nada menos que a Cristo. El padre atribulado dirige su súplica a quien murió en la cruz, y el visitante se pregunta cómo podrá comprenderlo alguien que tampoco tuvo hijos. La broma fuerza la premisa hasta un límite que la vuelve insostenible. Si para reconocer un dolor fuese obligatorio haber vivido exactamente la misma experiencia, incluso la compasión que se presenta como universal quedaría sometida a restricciones biográficas. La frase solemne termina desautorizando el auxilio que el propio personaje solicita.
Puede reconocerse ahí una dificultad que rebasa la paternidad. La experiencia personal da conocimientos que conviene escuchar; otra cosa es convertirla en un permiso exclusivo para comprender. Aplicada con rigor, la regla haría casi imposible la literatura. Habría que haber vivido cada desgracia antes de poder acercarse a quien la sufre. El espectador llegaría al teatro con un registro de experiencias autorizadas y permanecería indiferente a todo lo demás. La imaginación perdería precisamente su capacidad de llevarnos hasta una vida que no es la nuestra.

El cuarto acto ofrece una ocasión magnífica para abandonar la teoría. Don Justo tampoco entiende a quienes lo rodean, «y eso que tiene una hija». La contradicción queda escrita y no cambia nada. El visitante la registra como una anomalía del mundo, sin admitir que pueda invalidar su explicación. Poco después, Riego levanta el estandarte de la libertad y evita la detención del personaje. La noche sigue proporcionando saltos que habría que aclarar; nuestro hombre dispone ya de una frase con la que pretende aclararlos todos.
En el último tramo, el hambre de teatro con que había llegado a Madrid encuentra una correspondencia menos elevada: fray Antolín quiere comerse un pollo. El relato encadena el cesto escondido, la resistencia de otro fraile, una limosna y un sermón. Don Feliciano se queda «en ayunas», expresión que permite juntar la comida y la comprensión; acaso, aventura el narrador, tampoco tenga hijos. El vocabulario va haciendo circular un equívoco entre cuerpos y entendimientos. Al terminar, ha habido abundancia de acontecimientos y escaso alimento para el sentido.

El visitante no se conforma con concluir que ha asistido a una función desconcertante. Aplica el hallazgo a su propia persona. Si tener hijos permite entender y él no ha entendido nada, habrá dejado de tenerlos. La primera hipótesis es que hayan muerto durante su ausencia. La segunda compromete a su mujer: pueden estar vivos y no ser suyos. Cada nueva deducción aumenta la desgracia, mientras permanece intacta la confianza en la frase que la ha producido. Resulta más fácil deshacer una familia que revisar una premisa.
Todavía encuentra una solución capaz de salvar a la esposa sin salvar la cordura. Si ella tampoco entiende la comedia que acaba de contarle, los hijos no serán de ninguno de los dos. Tendrán que averiguar cómo llegaron a casa. Larra lleva la inferencia hasta un punto en que ya no admite siquiera la explicación convencional de una infidelidad. Los niños se han convertido en un problema de procedencia porque dos adultos no comprenden una representación. La diligencia del razonamiento ha dejado muy atrás la posibilidad de tener razón.

La mujer ausente soporta las consecuencias de una función a la que no ha asistido. En la carta todavía no tiene voz; debe responder a las preguntas que el marido ha construido a partir de su propia confusión. Cualquier noticia corre el riesgo de confirmar otra calamidad. Si los niños han muerto, la teoría era correcta; si viven, habrá que investigar su paternidad. La explicación ha dispuesto las respuestas de modo que ninguna pueda devolver sin más la tranquilidad. Empieza a parecer menos un instrumento para conocer que una manera de no permitir que los hechos la contradigan.
La gracia está en que el hombre razona y no deja de hacerlo. Una exclamación de desconcierto habría terminado pronto. Él necesita desarrollar las consecuencias, ordenarlas, prever las objeciones y escribir a quien pueda resolverlas. Su carta adopta la aplicación de un informe. Larra muestra una actividad mental abundante puesta al servicio de una equivocación elemental. En el tránsito del teatro a la familia, cada paso parece seguir al anterior; lo que falta es el gesto de volver atrás y preguntar por qué se empezó a caminar en esa dirección.
Sin embargo, sería demasiado fácil convertir al forastero en el único objeto de la risa. El programa reúne fragmentos, y una escena separada de lo que la prepara debe apoyarse en un conocimiento previo que este espectador no posee. La sátira alcanza también a una manera de ofrecer teatro. El aficionado que reconoce obras y personajes puede orientarse; quien llega por primera vez encuentra resultados sin procesos y emociones sin antecedentes. El error del visitante hace visible lo que la familiaridad del público habitual podría dejar pasar inadvertido.
No significa que un programa variado tenga que formar una sola historia. Precisamente ésa es la distinción que el hombre ha omitido. La carta hace trabajar a la vez dos problemas: lo que se ha decidido mostrar y lo que el espectador cree estar viendo. Ni todo depende de la inteligencia de quien mira ni todo puede atribuirse a la programación. Hay una información tan modesta como decisiva que no ha llegado a formar parte de la experiencia: han cambiado de obra.
Larra consigue que el lector disponga de esa información desde el encabezamiento. Nos instala en una posición ventajosa y nos deja disfrutar de ella. Sabemos por qué Laura no tiene que responder por los asuntos de Leonor; sabemos por qué un pronunciamiento militar no explica un sermón de frailes. La superioridad dura hasta la última línea. Después de cerrar la carta, Fígaro se dirige a sus lectores y añade que, «si tienen hijos», ya lo habrán entendido. La condición absurda ha salido de la correspondencia y acaba de alcanzarnos.
El cierre completa una pequeña comedia distinta de la que el visitante cree haber visto. En ella, una frase escuchada en escena termina afectando a su familia y después al público del periódico. El artículo sí construye una continuidad: la proporcionan las sucesivas aplicaciones de la misma equivocación. Los fragmentos teatrales se vuelven materiales de otra obra, breve y deliberadamente organizada. La crítica no se limita a declarar que algo es confuso; produce una ficción en la que experimentamos cómo se fabrica esa confusión.
Desde aquí se puede trasladar la lectura al presente sin atribuir a Larra ninguna profecía. Bastaría colocar seguidos tres fragmentos de discursos distintos y añadirles un «por tanto» para reproducir parte del procedimiento. Cada frase podría ser auténtica y la conclusión, falsa. También podríamos disponer de una explicación única para toda objeción y convertir cualquier respuesta en una confirmación. No haría falta inventar cada dato. Bastaría impedir que conservara su lugar y sus límites.
El artículo ofrece una advertencia más incómoda que la recomendación de desconfiar de los otros. El hombre coopera con el disparate porque quiere entender. Su deseo de encontrar sentido, perfectamente razonable, lo lleva a preferir una respuesta desatinada a la admisión de que le falta información. Había una pregunta sencilla disponible: qué se estaba representando. Él ha elegido otras mucho más graves. La dificultad no está en pensar poco, sino en no reconocer dónde debería detenerse una conclusión.
Por eso merece la pena volver a este Larra que hace reír sin abandonar la precisión. Una noche de teatro le basta para mostrar lo que ocurre cuando una frase se independiza de la situación que le daba sentido. El visitante espera noticias de casa convencido de que allí se resolverá el enigma. Pero su mujer no tiene la información que necesita. La tenían en el teatro. Antes de interrogar a los hijos, convenía haber leído el cartel.
Textos de referencia
[Nota editorial: Otras eds.: Fígaro. Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres, ed. Alejandro Pérez Vidal, Barcelona, Crítica, 2000, pp. 500-501; Obras completas de D. Mariano José de Larra (Fígaro), ed. Montaner y Simon, Barcelona, 1886, pp. 499-500.]
Mariano José de Larra, «A beneficio del señor López», El Español, n.º 147, 26 de marzo de 1836. Edición digital: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Consultar texto
Mariano José de Larra, «El Trovador», El Español, núms. 125 y 126, 4 y 5 de marzo de 1836. Edición digital: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Consultar texto
Texto
El Español, n.º 147, 26 de marzo de 1836. Firmado: Fígaro

























