‘Estatua en vida’ (a Galdós) por Emilia Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazán

ABC, 27 de enero de 1919.

El buen sentido va imponiéndose en algunas materias, ya que en cambio se ha perdido del todo en otras. Y el buen sentido, de un papirotazo ha echado a rodar al desván de las preocupaciones hereditarias (que diría Heriberto Spencer) aquella idea especiosa de que se debe esperar a la hora o al siglo de la muerte de un personaje para consagrarle un recuerdo en bronce, piedra o mármol.

Los romanos pensaban tan diferentemente, que era siempre en vida cuando dedicaban estatuas y hasta aras y templos a los Césares y a las Augustas. Los tuvo la Divina Faustina, y no digamos nada del dorado coloso que le erigieron a Enoberbo Nerón no lejos del Coliseo. En esta imagen votiva, Nerón aparecía en figura de Apolo, en desnudez atlética, aureolada la sien de rayos solares.

Se me dirá que estos ejemplos no favorecen a mi tesis, que muchas de aquellas efigies fueron derrocadas de sus pedestales, y la de Nerón, fundida para moneda. Aun en el momento presente sabemos de estatuas venidas al suelo, y recordamos cómo de la columnata Vêndome cayó la imagen napoleónica. ¿Qué quieren decir tales hechos? Que estatuas y monumentos habían sido elevados al poder, a los dueños del mundo en un instante dado.

En honor del género humano, debe confesarse que las estatuas de artistas, escritores, poetas, inventores, sabios, que fueron gente más bien modesta, que no ejercieron poder material, que no intervinieron en las luchas políticas, han obtenido el respeto de todo el mundo excepto, bien entendido, el de una granada o un obús, que ya es caso de fuerza mayor, Y como el homenaje no se tributaba a su fuerza violenta, sino a las irradiaciones de su espíritu, no cabía error en ello, ni protesta de la posteridad.

Hubiese sido más que simpleza esperar a que D. Benito Pérez Galdós desapareciese de este mundo, antes de rendir tributo a su pluma genial. Si como es tan obvio se le proporcionó con la estatua una alegría, dos veces lo celebramos sus admiradores. Triste sería no poder depositar la rama del laurel sino en un sepulcro, y más triste que por el olvido que sobreviene sin causa ni razón muy a menudo para las obras más altas, este deber de justicia con el autor de los Episodios Nacionales quedase incumplido hasta sabe Dios cuándo, y lo retrasase el avance de la ola turbia del beocismo y la proscripción del arte y la literatura.

Hubo un momento en que Galdós pareció dejado de la mano de las Musas. Hora fatal aquella en que el magnate literario se convirtió en maniquí político. Y digo maniquí, porque estoy convencida, y lo estuvo la mayoría también, de que Galdós, en el fondo, no solamente era indiferente a tal política circunstancial, sino que no presentaba ninguna de las señales características de las agrupaciones en que militaba aparentemente; iba a escribir automáticamente.

Quien haga un análisis, por somero que sea, de esa obra, por tantos estilos asombrosa, de fecundidad y de cordialidad humana, notará, sin ningún esfuerzo, en las creaciones de Galdós, no sólo en los Episodios, sino en todo el conjunto de sus novelas sueltas y de su dramaturgia, el rebosar incesante y fervoroso de la devoción a España, de la compenetración más estrecha con el alma ibérica, de un interés piadoso y reverente por las antiguas grandezas y los sentires genuinos, que sabe descubrir y reflejar por medio de un arte sencillo y franco, invariable desde sus primeras producciones hasta las últimas, pues D. Benito no se adscribió a escuelas ni a sistemas y creó sus fábulas con la naturalidad más graciosa y absoluta. Tal vez únicamente en el momento en que Electra le hizo correr el peligro de convertirse en propagandista a lo Michelet, trascendió a su estilo la peculiar afectación de los mítines y de la oratoria del club. Pero fue breve crisis.

Aun en tal ocasión no era difícil discernir en Galdós el estímulo que le guiaba. No era el revolucionario profesional: en su mentalidad no cabía tal conformación. Era meramente un patriota ulcerado por las desgracias de España, dolido amargamente por el derrumbamiento que suponía la pérdida de las colonias, y que sentía en torno suyo el indiferentismo glacial hacia muchas cosas íntimas y vivas, o que debieran estarlo, y en que generaciones torpes y frívolas no reparaban siquiera. Todos sufrimos entonces, en el fatídico año de 1898, esa misma decepción dolorosa, y el día en que se supo en Madrid la hecatombe de la escuadra, un grupo de inconscientes me preguntó por qué tenía los ojos como de llorar y si se me había muerto algún pariente; a lo cual respondí que se me había muerto el mismo pariente que a ellos… A Galdós también se le había muerto España, y de llorarla a querer vengarla no iba el canto de un duro. El error estaba quizá en el cálculo de quienes debían ser responsables del desastre. Una vez más sería preciso acordarse del famoso cuento del meco, favorito de mi paisano D. Eugenio Montero: »¡Matámoslo todos!».

Monumento a Galdós en el Retiro, obra de Victorio Macho[1] de 1918, inaugurada en 1919.

Por suerte, Galdós se convenció de que no había nacido para la política vulgar y al uso, sino para aquella más alta, que consiste en engrandecer a la Patria con el trabajo y la obra. No se elabora esta política en plazuelas, ni en tumultuosas reuniones, ni en antesalas de ministerios, ni en pasillos y escaños de las Cámaras, sino en el retiro del gabinete, en la amante contemplación de la verdad y la belleza, en el surgidero sosegado de los ideales. Sólo este género de política, a largo plazo y efectividad segura, es digna de un artista excelso, de un singular escritor como Galdós. Lo otro debe borrarse de la cuenta, en el estudio sereno que merece tan relevante figura.

Galdós debiera reunir las admiraciones unánimes, y si alguna discrepancia pudo encontrar, hay que achacarlo al desacierto de su etapa política. Los periódicos, al dar cuenta de la inauguración de la estatua, dicen que fue como en familia, y recogen la frase de Francos Rodríguez:»

«En cualquier otra gran ciudad de Europa habrían acudido doscientas mil almas a honrar a un hombre como Galdós». Es verdad, y verdad también que, como observó un cronista, somos aquí insensibles a las tiernas y desinteresadas devociones estéticas. Si no fuese tan prosaica la observación, diría que aquí llueven regalos de Navidad en la casa de cualquier cacique de aldea, y a buen seguro que reciba Galdós, tan español, ni el españolísimo obsequio de un pavo y una caja de mazapán. En París, los escaparates de las librerías están llenos de retratos de los escritores, que el público compra, y aquí es al mismo escritor a quien un desconocido le pide su retrato, como si le dijese: «Págate tú la gloria, que para eso la disfrutas». Y no es sólo su retrato, sino sus libros, y hasta la tela de su día, pareciendo extrañísimo que el escritor no esté dispuesto a «dar hora» al primero que llega, y a escucharle y aun a servirle. Hay quien toma a un escritor, sin más ni más, por agente de colocaciones.

No recibí invitación para asistir a la inauguración de la estatua del insigne; no sabía de qué género era la ceremonia, ni si en ella estarían representadas, además del Ayuntamiento, otras muchas entidades y corporaciones, que me parecían indicadas para prestar su concurso. En esta duda, preferí abstenerme de gestionar que me invitasen, por temor a no significar nada allí sólo, con un poco de ambición, pudiera figurarme que simbolizaba parte de esa literatura que triunfa al triunfar el autor de tantas páginas de oro nativo. Cuando he visto que no todos los que convendría que estuviesen estaban, sentí hallarme incluida en el número de los ausentes. No suelo asistir a demostraciones ni a solemnidades literarias, porque roban tiempo, y a mí me falta para todo; sin embargo, en esta contingencia hubiese hecho una excepción. Ya que no tuve la satisfacción íntima de presenciar la apoteosis del patriarca, me uno a ella desde aquí. Me hubiese recordado esta apoteosis las épocas de aurora en que, en Santiago de Compostela, unos cuantos entusiastas asaltábamos la librería para obtener el ejemplar del último Episodio que acabábamos de entrever al través del cristal, con su llamativa cubierta roja y gualda. Y esos brillantes colores de nuestra bandera tiñeron constantemente la producción de Galdós. Es el novelista que más España ha puesto en sus ficciones; el que ha profundizado nuestra psicología y limpiado con amor reverente los artísticos hierros tomados de orín de las tradiciones nacionales. Bástale para inmortalizar su memoria, porque se buscase a España en él, cuando se aprenda a estimular la originalidad y espontaneidad que la distinguen entre todas las naciones, y que Galdós supo mostrar de realce.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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