Aprendiz de helenista por Emilia Pardo Bazán

ABC, 13 de mayo de 1921. Artículo póstumo.
Nota editorial de ABC: «Nos honramos publicando el último artículo escrito por nuestra insigne colaboradora, quien al escribirlo hace muy pocos días no pudo imaginar que sería su obra póstuma».

Ya que por el propósito de erigirle otro monumento en Madrid (el primero álzase en Cabra, villa natal de D. Juan Valera) ha venido a ser de actualidad el autor de Pepita Jiménez, recordémosle, sin entrar en el análisis detenido de sus obras, aquí imposible.

Ha sido calificado D. Juan Valera de «clásico» y de «clasicista», que no es lo mismo. Como todo el que maneja y domina un idioma enriqueciéndolo, D. Juan Valera puede pretender justamente que se le llame «un clásico» del habla; y por la misma razón debemos considerar clásicos no únicamente a los del siglo de oro, sino hasta los románticos y naturalistas de antes y después de D. Juan, porque entre ellos abundan los que prestaron servicios a nuestra lengua; y nadie en tal concepto más clásico que Zorrilla, con su trova y su española capa.

Sería muy difícil calcular la cuantía de méritos que, como hablistas, han contraído los escritores que precedieron y siguieron a D. Juan Valera o fueron sus contemporáneos. Unos han sostenido la retórica tradicional, han cultivado el arcaísmo tan de moda hacia 1880; otros han renovado los estilos y los procedimientos, dando al idioma libertad, soltura, variedad, flexibilidad, insinuación sutil, colorido, gracia popular, ¡tantas y tantas cualidades que rara vez se hallarán reunidas en un escritor! No debemos reconocer a un clásico solamente en que retrocede hacia los surgideros del estilismo, y no en quien, al filo de la corriente, baña en los remansos claros de lo actual.

Clasicista si lo fue D. Juan Valera, y mientras el romanticismo efervescencia, y después, cuando el realismo naturalista dominó en bastantes géneros literarios, puede asegurarse que se mantuvo D. Juan en la misma posición de espíritu contra ambos movimientos, apareciendo como superviviente del siglo XVII, que, desde el advenimiento de la dinastía francesa, fue clásico, y sufrió una desviación bien conocida, teniendo que transcurrir más de una centuria y desarrollarse graves acontecimientos para reintegrar a España en sus verdaderas tendencias el romanticismo y el realismo. Esta misma dualidad que había de observarse en las letras (afrancesadas hasta en los románticos más extremosos), pudo existir en D. Juan Valera; pero conviene declarar que su clasicismo aunque de igual origen que el de un Luzán o un Moratín padre, muestra siempre una condición que basta a diferenciarle totalmente de sus predecesores: D. Juan es un humanista y un pagano; su ideal es Grecia, no Francia. Esto le imprime un sello especial, que produce a cada momento brotes de españolismo y hasta de localismo andaluz.

Algo, no obstante, de lo más esencialmente hispánico había sido arrancado de aquel alma; algo cuya falta fue notándose más según avanzaban los años. Para darse cuenta de la formación mental y psíquica de don Juan Valera, que es un heleno a lo Andrés Chenier, aunque le falte el fanatismo político, importa recordar lo que precedió, y darse cuenta de que no influyó en él ni el renacimiento sentimental y religioso que va envuelto en el romanticismo, ni siquiera la pasión revolucionaria y regeneradora de afrancesados como Lassa y cabezas calientes como Espronceda. Valera, que llega más tarde, ha visto la esterilidad de las luchas políticas. Gusta de la belleza y de la sabiduría. Lo demás, «chirimbolos». Figura entre los liberales, como pudieran haberle afiliado entre los «moderados», a imitación de Campoamor.

Pudiera llamársele a D. Juan el último clasicista, sino el último humanista. Su cultura tenía ese carácter, más señalado por lo mismo que hoy los estudios de humanidades no se practican o se practican bien poco Lo primero que yo leí de D. Juan fue una traducción directa del griego, «por un aprendiz de helenista» rezaba modestamente la portada. Me pareció una égloga encantadora, adaptada por un enamorado de la antigüedad eternamente joven; un idilio de la Antología, extendido a novela. Lo preferí al de Amyot, que no perdona crudeza original. Y más tarde, Pepita Jiménez vino a confirmar mi impresión gratísima: desde el primer momento, Valera se colocaba entre los mejores novelistas, al frente, con una fábula de amor juvenil, que, mérito mayor aún, abría los horizontes españolistas de la mística y de la filosofía platónica, al través de la elegancia horaciana. Siendo Valera un admirador consciente de Goethe, había en Pepita Jiménez algo que recordaba el episodio de Fausto y Helena: el abrazo del paganismo al ideal cristiano. Pepita Jiménez fue la cumbre de la vida literaria de Valera. No volverán a estar nunca las estrellas para él, en tan feliz conjunción, aunque otras ficciones tan interesantes como Doña Luz, Pasarse de listo, Morsamor, vayan brotando de la infatigable pluma.

Hay algo que será preciso llamar inspiración y que engendra la obra maestra singular. El abate Prevost, que tantos libros dio a la Prensa, vive por uno: por la historia también amorosa y juvenil de Manón.

El dictado de «último humanista» pudiera disputárselo a Valera Menéndez y Pelayo. Coinciden ambos en algo que demuestra la fuerza de las circunstancias, esa sorda y pujante acción de lo externo, que tuerce, en tantos aspectos, la línea de la vida. No habían nacido Valera ni el ilustre montañés para vulgarizadores sino para las tareas pertinaces, calmosas, ahincadas de la erudición. Y, sin embargo, ¿cómo no incluir entre las labores de alta vulgarización, digámoslo así, la Historia de las ideas estéticas, y en otro terreno, el científico, la comenzada refundición de los Heterodoxos? Faena vulgarizadora fue la mayor parte de la crítica de D. Juan en las brillantes polémicas y en las impugnaciones donosas. Se engañaría quien supusiera que es fácil vulgarizar así. Los vulgares no saben cómo se vulgariza. Estos dos sabios, estos dos ingenios españoles, pudieron legarnos una historia de la literatura castellana digna de tal nombre, y acaso si Menéndez y Pelayo vive algunos años más la poseeríamos: yo no hablé con él una vez sola que no le recordase tal obligación, a la cual contestaba que los materiales iba allegándolos, en los prólogos a la Antología de poetas castellanos. Valera daba otras excusas: la falta de tiempo, la dificultad, en nuestra época, de empresas tan monumentales.

Así, la crítica de Valera bien puede afirmarse que, desde sus primeros estudios, no sufrió radical transformación. Últimamente era muy benigno, más por escepticismo que por otra cosa. Sobre todo con los escritores americanos.

Fue esta una de las razones por las cuales su conversación iba siendo aún más educadora que sus artículos. Don Juan, en la libertad de la confianza, hablaba con gracia y malicia erudita, con fuego cuando se discutían cuestiones estéticas, y si bien rara vez estábamos de acuerdo (véase el libro que publicó sobre El nuevo arte de hacer novelas), yo le escuchaba con encanto, a la luz de su mente me parecía ver todo más claro y como de realce. Este goce de la conversación es de los que van desapareciendo en la infausta época presente, y yo procuré no desperdiciarlo, acudí siempre que me era posible a la reducida tertulia de la Cuesta de Santo Domingo, donde ni se murmuraba, ni se cotorreaba de política, pero donde casi nos arañábamos a propósito de un libro, de un verso, de un drama reciente. Al empezar la sesión,

D. Juan aparecía recostado en su poltrona, caída la cabeza sobre el pecho, en postura de fatiga. Apenas se iniciaba la polémica, iba reanimándose: enderezaba el cuello, prestaba atención, intervenía. Poco a poco se galvanizaba; la sonrisa jugaba su semblante de amplios rasgos; se apasionaba, alzaba la voz, se levantaba, andaba a largos trancos por el aposento; a veces se indignaba sin perder nunca el compás de la buena educación. Y esto sucedía cuando ya no tenían vista sus ojos.

La resignación con que le vi sufrir la ceguera me impresionaba: le llamaré, más que resignación, estoicismo. Don Juan, hombre de sociedad, refinado a su hora, tenía el fondo estoico de la gente ibera. Nunca le oí quejarse; nunca buscó la conmiseración de los demás. Ni la vista, ni creo que la vida, tembló perder. Cuando escribió su discurso postrero, y se lo alabaron murmuró serenamente: «Muy bueno será; pero huele a apoplejía». Y, en efecto, muy poco tardó en fulminarle el mal.

Acaso fuese más cruel castigo la ceguera, pues tuvo tiempo de sentirlo y sufrirlo. Para los que han amado la lectura, el golosear las bibliotecas, aquí cojo y aquí dejo un volumen catando y empapándose en ese río sin fin de la inteligencia humana, no poder leer es un suplicio. Por diestro que sea un lector, no substituye a la impresión directa.

No he querido hacer memoria de las ideas cerradamente antifeministas de D. Juan. No era en este particular helenista, sino semita puro, y le sentaría bien el jaique moruno y al cinto la gumía. Juzgué este modo de pensar, llevado al extremo a que él lo llevaba, una pared que se erguía entre su mentalidad y todo el sentir moderno. Las razones que alegaba en defensa de su criterio restrictivo, extraño en quien había residido bastante tiempo en los Estados Unidos de Norteamérica se asemejaban a las que quiso sugerir en el chascarrillo del «fraile forastero». Creía tal vez, como buen pagano, que las líneas y los contornos del cuerpo condicionan irremisiblemente el espíritu, y que son mujeres y son hombres todos los que revisten la forma de tales. Seamos justos: D. Juan no ocultaba su manera de pensar respecto a la mujer y no pocos piensan más desdeñosamente aún y no lo confesarían, por no parecer atrasados ni anticuados.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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