
Oficios, favores y cuentas pendientes: una lectura del refranero de Castilla-La Mancha.
Rosa Amor del Olmo
Pensemos en un encargo pequeño. Un arreglo, apenas nada, de esos que se piden quitándoles importancia antes de que el otro haya podido calcular el trabajo. El sastre acepta. Cose, remata, entrega la prenda. No cobra. Hasta aquí podríamos encontrarnos ante un favor entre vecinos, una atención amistosa o un gesto de generosidad. Pero falta un detalle: tampoco le han traído el hilo. Lo ha puesto él.
El refrán no deja escapar semejante menudencia:
«El sastre de Peralvillo, que hacía la costura de balde y ponía el hilo».
Gonzalo Correas lo recogió en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales, reunido en 1627; la fórmula puede leerse en la página 82 de la edición publicada en 1906. No estamos, pues, ante una ocurrencia reciente, aunque resulte tentador imaginarla nacida ayer, después de cualquier conversación sobre un trabajo que alguien esperaba recibir gratuitamente. Para acercarse a la paremiología de Castilla-La Mancha, este sastre ofrece una entrada distinta de los cielos amenazadores, las heladas de abril y los veranos abrasadores. Aquí se habla de relaciones humanas. De lo que uno da y de lo que otro considera natural recibir. También de esa dificultad, nada pequeña, que consiste en advertir cuándo un favor ha dejado de serlo.
El nombre nos conduce a Peralvillo, perteneciente al municipio de Miguelturra, en el ámbito del Campo de Calatrava. Tenemos un lugar reconocible, pero no una biografía demostrada del artesano. Las fuentes consultadas documentan al personaje proverbial; no permiten señalar una casa, identificar una familia ni reconstruir el encargo que supuestamente habría originado su fama.
Y tampoco hace falta inventárselo. Bastante historia contiene ya la frase.
Un refrán no necesita pasaporte
Hablar de refranero castellanomanchego no obliga a buscar expresiones que nadie haya pronunciado fuera de la región. Ese afán de exclusividad dejaría sin explicar lo más interesante: las variantes, los préstamos, la facilidad con que una misma situación encuentra acomodo bajo nombres diferentes.
Nuestro sastre es un buen ejemplo. Julio Cejador y Frauca incluyó la versión de Peralvillo en Cabos sueltos, publicado en 1907, junto a las de Ciguñuela, Piedras Albas y el Campillo o cantillo. Al comentar esta familia de expresiones, señalaba que conocía hasta diez variantes. El oficio permanece; cambia la dirección del taller.
Esa movilidad invita a ser prudentes con las atribuciones geográficas. Un nombre de lugar dentro de un refrán no demuestra por sí solo dónde nació. Lo que sí proporciona es una forma concreta de recordarlo, una vinculación que puede estudiarse sin convertirla en un título de propiedad.
Para investigar la tradición oral de Castilla-La Mancha habría que preguntar, entonces, algo más que «¿conoce usted este dicho?». Interesaría saber cómo lo recuerda cada hablante, a quién se lo oyó, cuándo lo emplea. Incluso si lo termina. Porque una expresión conocida puede funcionar con media frase: el interlocutor pone lo que falta.
La paremiología —el estudio de los refranes y otras expresiones sentenciosas— empieza a resultar verdaderamente atractiva cuando dejamos de tratar sus materiales como pequeñas verdades embalsamadas. ¿Quién habla? ¿A quién se dirige? ¿Está aconsejando, burlándose, protestando? Nuestro sastre puede servir para advertir a un amigo demasiado complaciente o para contestar a quien acaba de pedirnos otra cosa gratis. No es exactamente la misma conversación.
El problema estaba en el hilo
La frase cuenta una historia mínima y reserva para el final su agravante. Primero sabemos que el artesano renuncia al cobro. Después descubrimos que también asume el gasto.
Ese segundo movimiento cambia la escena. La generosidad ya no consiste únicamente en dedicar unas horas a otro: alcanza a los recursos necesarios para hacerlo. El sastre aporta su habilidad, su tiempo y el material. Quien recibe la prenda se lleva el resultado completo.
El Refranero multilingüe del Instituto Cervantes interpreta la variante del Campillo en ese sentido: se aplica a quien presta un servicio sin obtener beneficio e incluso sufre una pérdida. La ficha subraya su intención irónica y la relaciona con las ideas de esfuerzo y perjuicio.
Lo extraordinario es que la protesta se concentra en algo tan pequeño. No se habla de regalar un taller, una casa o una fortuna. Se habla del hilo. Precisamente por eso resulta tan eficaz: el abuso no necesita presentarse con dimensiones espectaculares para ser reconocido.
La cercanía sonora entre Peralvillo e hilo ayuda a cerrar la frase. El lugar parece preparar el remate, como si el desenlace estuviera esperándonos desde el principio. Pero no es solo una cuestión de sonido. Ese hilo tiene una función narrativa: vuelve visible lo que podía quedar disimulado bajo la palabra favor.
Y aparece una pregunta incómoda. ¿De quién nos estamos riendo?
La lectura más inmediata convierte al sastre en un ingenuo. Alguien demasiado dispuesto, incapaz de defender su propio interés. Sin embargo, podemos desplazar la mirada hacia el beneficiario. El personaje que recibe el trabajo ni siquiera tiene nombre en el refrán; se queda fuera del foco, tan tranquilo. El sastre carga con el gasto y con el ridículo.
Conviene reparar en ello. Hay una forma de contar estas situaciones que termina reprochándole todo al que cede y nada al que pide. A mí me interesa leer la frase también desde el otro lado del mostrador. No solo como aviso contra la ingenuidad, sino como una pregunta por la consideración que merece el trabajo ajeno.
Los sastres de carne y hueso sí tenían jornal
Un documento de Miguelturra permite acercar la figura proverbial a la realidad material de un oficio, sin confundir ambas cosas. En las respuestas al Catastro del marqués de la Ensenada de 1751 se registran siete maestros sastres y dos oficiales. Para los maestros se estimaban cuatro reales diarios durante doscientos días de trabajo al año; para los oficiales, tres reales. Son valoraciones del interrogatorio, no una relación individual de salarios efectivamente percibidos.
El documento no identifica al sastre del refrán. Nos devuelve algo más útil: la existencia de trabajadores cuyo oficio tenía un valor económico reconocido. Donde la expresión popular coloca una anécdota graciosa, el archivo permite ver jornadas y remuneraciones.
Desde ahí, coser de balde deja de parecer una abstracción. Significa renunciar a una compensación por un trabajo. Poner el hilo añade otra renuncia.
Nada de esto obliga a hacer una defensa mezquina del cobro por cualquier gesto. La amistad sería insoportable si cada atención viniera acompañada de factura. Ayudarse, compartir conocimientos, ofrecer tiempo o resolver una dificultad son decisiones que pueden enriquecer una relación.
La cuestión es quién decide.
Una cosa es regalar el propio trabajo y otra que alguien lo dé por regalado antes de preguntarnos. La diferencia parece pequeña hasta que nos toca explicarla. Entonces se descubre cuánto cuesta poner un límite sin sentirse obligado a pedir disculpas.
El refrán permite expresar ese límite mediante una broma. En lugar de pronunciar un discurso sobre la reciprocidad, basta con sacar al sastre. La comparación hace parte del trabajo.
Sancho tenía otra clase de caudal
Cervantes ofrece una escena magnífica para pensar en el valor de estas expresiones. En el capítulo XLIII de la segunda parte del Quijote, Sancho defiende su afición a los refranes presentándolos como una posesión: no tiene «ni otro caudal alguno, sino refranes y más refranes». Don Quijote, por su parte, se desespera ante la abundancia y la aplicación de aquellos dichos.
La palabra caudal merece atención. Para Sancho, lo aprendido y conservado en la memoria constituye una riqueza de la que puede disponer al hablar. No posee solamente frases: posee recursos para intervenir en una conversación, responder, justificar una decisión o defenderse.
Eso no convierte todas sus aplicaciones en acertadas. Precisamente la discusión entre amo y escudero permite leer el refrán como algo que exige juicio. Tener una frase disponible no equivale a tener razón.
Me parece una buena prevención para cualquier acercamiento a la tradición. No habría que reverenciar los dichos solo por antiguos ni descartarlos porque sus imágenes pertenezcan a otros oficios y otras costumbres. Hay que probarlos contra la situación, ver qué iluminan y qué dejan fuera.
El sastre de Peralvillo, por ejemplo, permite hablar de los límites de la generosidad. Pero no debería servir para ridiculizar cualquier conducta desinteresada. Una ayuda elegida libremente no es una derrota. Tampoco toda relación humana puede reducirse a un intercambio equivalente.

El refrán resulta más fértil cuando abre esa discusión que cuando pretende clausurarla.
El hilo puede haber cambiado
Llevemos ahora al sastre a una escena contemporánea. No como prueba de que todo sigue igual, sino como ejercicio de lectura. Imaginemos que alguien acepta corregir gratuitamente un texto y descubre después que también debe maquetarlo, buscar las imágenes y pagar el desplazamiento para presentarlo. O que un músico ofrece una actuación y se encuentra con que se espera de él que aporte, sin haberlo acordado, todo el equipo.
El hilo sería aquello que nadie mencionó al principio.
En estos ejemplos, la expresión antigua permite distinguir entre el trabajo aceptado y las obligaciones que se van añadiendo. No hace falta conservar el taller ni las tijeras para entenderla. Basta con reconocer el momento en que una petición cambia de tamaño sin cambiar de nombre.
Ahí encuentro una buena razón para seguir leyendo el refranero de Castilla-La Mancha: no para adornar una identidad con frases pintorescas, sino para poner a conversar sus palabras con problemas que todavía sabemos reconocer.
Y habría que escuchar también las respuestas. Quizá alguien recuerde al sastre con otro nombre. Quizá otro no lo haya oído nunca y encuentre exagerada su enseñanza. Quizá una persona mayor explique que en su casa se decía de otra manera, en una situación completamente distinta de la que habíamos supuesto.
Todo eso sería material valioso. La tradición no mejora cuando eliminamos sus diferencias para que parezca más ordenada.
Al sastre de Peralvillo lo hemos dejado durante siglos dentro de la misma frase, trabajando sin cobrar. Podemos seguir riéndonos de su mala fortuna. Yo preferiría sentarme un momento a su lado y preguntarle por qué aceptó el encargo, qué esperaba del otro, si alguna vez se cansó.
Y, antes de pedirle otro arreglo, llevarle al menos el hilo.
Bibliografía y fuentes
Correas, Gonzalo (1627; edición de 1906). Vocabulario de refranes y frases proverbiales y otras fórmulas comunes de la lengua castellana. Madrid: Establecimiento Tipográfico de Jaime Ratés. Véase la p. 82, donde figura la versión del sastre de Peralvillo junto a otras variantes. Internet Archive
Cejador y Frauca, Julio (1907). Cabos sueltos. Literatura y lingüística. Madrid: Perlado, Páez y Compañía, Sucesores de Hernando. Capítulo «La ironía y el gracejo en los refranes», donde se reúne esta familia de expresiones. gutenberg.org
Instituto Cervantes. Refranero multilingüe, ficha «El sastre del campillo, que cosía de balde y ponía el hilo». Fuente para su interpretación y función irónica. CVC Cervantes
Ayuntamiento de Miguelturra. «Peralvillo» y «Catastro del Marqués de la Ensenada (1751). Transcripción del interrogatorio». En este último, respuesta a la pregunta 33, relativa a los oficios y sus utilidades estimadas. miguelturra.es
Cervantes Saavedra, Miguel de (1615). Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, capítulo XLIII, «De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza». Texto consultado en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

























