
Reflexiones de Besteiro sobre el marxismo hacia 1933
Eduardo Montagut
En marzo de 1933 Julián Besteiro impartió una conferencia muy destacada sobre el marxismo en el Teatro María Guerrero en el cincuenta aniversario de la muerte de Marx.
Comenzamos por el principio de su propia conferencia sobre lo que encabezaba el Manifiesto Comunista acerca del fantasma del comunismo que por toda Europa flotaba y como todas las fuerzas de la reacción, aún sin conocerlo, se disponían a combatirlo.
Besteiro planteaba, en primer lugar, que lo que entonces llamaban Marx y Engels como comunismo no era lo que se denominaba como tal en el presente, una apreciación harto interesante, desde nuestro punto de vista. Marx y Engels se referían al socialismo científico, y de “actuación obrera” para diferenciarlo del socialismo utópico, además de otras variantes socialistas que ambos consideraban hasta reaccionarias. El Manifiesto, en consecuencia, lo que pretendía era explicar ese socialismo científico.
Pues bien, para Besteiro, se podía decir que en el momento en que dictaba su propia conferencia, flotaba por Europa, el “fantasma y el espectro del marxismo” y que todas las fuerzas de la reacción y otras que se consideraban como “progresivas” se disponían a combatirlo sin saber lo que era, y por eso convenía explicarlo. Recordemos que nos encontraríamos en marzo de 1933.
Marx se había pasado toda su vida discutiendo con políticos, filósofos, literatos e historiadores. Lo que para el era más penoso había sido combatir con sus propios camaradas, discutir con ellos, luchar por liberar la mente de los revolucionarios y la mente de los trabajadores de los prejuicios que constituían un obstáculo para su actuación eficaz.
Sugerentes apreciaciones de Besteiro, a nuestro juicio. ¿Regresa el “fantasma” del marxismo hoy?
Besteiro consideraba que Marx se había ido de este mundo con una impresión bien amarga sobre las dificultades para que la verdad se pueda abrir camino. Pero se dio la circunstancia de que apenas fallecido su doctrina comenzó a florecer y a hacerse popular. La responsabilidad estuvo en los que conocieron sus enseñanzas en vida, como Axelrod, Plejánov, Lafargue, Guesde, Bernstein, Kautsky o Hyndman. Besteiro recordaba que sería Lafargue, discípulo y pariente del propio Marx, el que vino a España e inició en el marxismo a quienes crearon el partido, Vera e Iglesias. De todos ellos solamente quedaba vivo en tiempos de la conferencia la figura de Kautsky.
Pero, a pesar de los rápidos progresos del marxismo gracias a estos personajes no debía sacarse la conclusión de que el mismo no tuviera que vencer grandes dificultades. El problema fundamental se daría en el propio seno del marxismo porque surgieron discrepancias, además de la existencia de los adversarios a la doctrina.
Besteiro quería dar, y eso lo veremos en otras entregas, una visión general de esas discrepancias, pero aquí nos interesa una afirmación suya que parece que se podría aplicar hoy. Habría habido oleadas antimarxistas, como en nuestro presente. Al marxismo se le habría dado muchas veces por muerto, -¿les suena?-, pero se habría dado la circunstancia de que precisamente cuando se consideraba que se iba a morir habría cobrado nueva vida y resurgido con fuerza extraordinaria. ¿No ocurre ahora mismo?
Recordaba Besteiro que el había ingresado en el Partido Socialista, efectivamente, a la vuelta del viaje que realizó a Alemania que, como sabemos, fue clave en este aspecto. Allí había estudiado la realidad y pudo desprenderse de muchos prejuicios, además de liquidar su pasado “republicano burgués”.
Explicaba que por aquella época (estamos hablando de los inicios de la segunda década del siglo XX) existía entre algunos “militantes eruditos” e intelectuales en la Universidad la moda de la revisión del marxismo, que había iniciado Bernstein. Ese revisionismo en España se denominaba también reformismo. Y toda esa corriente revisionista y reformista hizo que se algunos intentaran una aproximación al Partido Reformista español, un producto político que Besteiro calificaba de “híbrido de monarquismo y republicanismo”, pero pobre ideológicamente y muy infecundo.
Aquellos revisionistas españoles serían jóvenes “imbuidos de prejuicios burgueses”, pero en posesión de una gran inquietud que les había llevado a pensar que el socialismo de Marx había perecido y que había que reemplazarlo por otra cosa y que para ellos podría ser más práctica.
Besteiro confesaba que al entrar en el Partido y cómo procedía de la Universidad esos jóvenes le rodearon, seguramente porque estaban buscando un afín. Pero el consideraba que afortunadamente no se embarcó con ellos en esa aventura que podemos denominar revisionista. Pero al estallar la Gran Guerra y la Revolución Rusa, y siempre según él, esos fueron los que se postularon ante la llegada de los primeros bolcheviques como los líderes de la revolución en España. Por mi parte, ¿se estaba refiriendo a personajes como Núñez de Arenas, fabiano, y luego defensor de la escisión comunista? Es una idea.
Besteiro había sido muy duro con los revisionistas españoles, pero consideraba que Bernstein era una figura de renombre, y que “con altura, sinceridad y nobleza” había defendido sus ideas. Por eso consideraba importante analizar en qué consistió su revisión del marxismo.
Aplicando la dialéctica al desarrollo del capitalismo, el marxismo había establecido como ley que el capital se concentraría cada vez en un número menor de manos mientras que crecería la masa de proletarios. En consecuencia, el abismo que separaba a la clase poseedora de la explotada sería cada vez más numerosa y, por consiguiente, la lucha de clases se haría más viva.
Los pequeños propietarios, expropiados por los grandes, irían aumentando el ejército del proletariado, aumentando, de ese modo, las fuerzas revolucionarias hasta que ese “ejército” adquiriera tal superioridad que se apoderaría del poder político con la revolución.
Pero Bernstein advertía que habían pasado los años y ese proceso no se había verificado. Que se desarrollase la propiedad en el sentido que establecía Marx no significaba que en algunos momentos y regiones o países no se produjese un proceso de división de la propiedad. Es más, aumentando la concentración de la propiedad, y aun cuando la ley establecida por Marx produjera todos sus efectos y se iniciase la transformación de la sociedad en un sentido socialista, era indudable que, aparte de las grandes industrias, subsistirían restos de la industria primitiva e incluso artesanos, y hasta se podrían formar algunos núcleos nuevos de pequeños propietarios.
Entonces Bernstein contradecía a Marx en el sentido de que no se llegaba a una acentuación de la oposición de las clases, por lo que no había motivo para pensar en “catástrofes revolucionarias”. En contraposición habría que pensar en pequeñas reformas que permitirían ir haciendo las transformaciones necesarias de la propiedad. Así habría nacido el reformismo.
Pero para Besteiro lo importante era recalcar que el hecho de que se pudieran señalar excepciones a las leyes de Marx no probaba nada. Solamente probarían si Marx hubiera pretendido formulaciones indiscutibles y definitivas, pero si lo hubiera hecho no habría sido un científico, sino un teólogo o un metafísico.
Una vez que explicó el revisionismo y el hecho de que Marx no había pretendido nunca establecer fórmulas indiscutibles y definitivas, el intelectual afirmó que, generalmente, cuando se combatía al marxismo, se le consideraba como si fuese un sistema perfecto de verdades eternas, una especie d religión, un sistema dogmático o una concepción moral. Se decía habitualmente que el socialismo era la religión nueva. Pero eso no era así, el socialismo sería algo muy distinto al espíritu de la religión. No era un sistema de verdades dogmáticas; en realidad, no era ni un sistema, sino un método, un modo de acción, un camino para investigar la verdad en los problemas históricos y sociales, y un camino a seguir para trabajar en la transformación social.
Como método el socialismo constaba de leyes, estaba compuesto de la enumeración de hechos, de principios y de teorías.
Las teorías del marxismo, como todas las teorías científicas, no necesitaban ser absolutamente verdaderas, ni podrían desecharse porque se adujese una instancia contraria. A las leyes y teorías científicas les bastaba con ser relativamente verdaderas. Y, precisamente, cuando al aplicarlas se veían los defectos de detalle que pudieran tener, entonces era el momento para corregirlas y trabajar por su perfeccionamiento.
Besteiro afirmaba que era normal que pensáramos cada vez que se presentaba una coyuntura que se iba a dar un paso de gigante, pero quizás fuera un paso pequeño aunque no estéril, y con el de otros era seguro que serviría para edificar una gran obra. Los que verificaban las revoluciones eran hombres modestos, pero la obra de todos sería grande. Todo esto que ver con el hecho de que, efectivamente, Marx se había equivocado cuando anunció la inminencia de la revolución proletaria en vísperas de la Revolución de 1848. Pero habría sido mejor que se equivocara porque valía más que si hubiera dejado de sentir el entusiasmo que fue el acicate de todas sus investigaciones.
Después de demostrar que el marxismo no era un sistema dogmático en su conferencia de marzo de 1933, Besteiro afirmó que el resorte que movía a las personas que buscaban la revolución social sería de tipo moral.
En el origen de las actitudes rebeldes, y más si eran meditadas y profundas, habría siempre un sentimiento de repugnancia hacia las injusticias y desigualdades, una aspiración para ser suprimidas y reparadas. Por eso afirmaba ese carácter moral.
Pero mientras el socialismo no fuera mas que eso, sería estéril y hasta contraproducente en muchas ocasiones. Por eso, Besteiro desconfiaba de quienes hablaban del socialismo con una especie de énfasis místico porque para ser socialista eso no valía, eso debía quedar oculto como un sentimiento interno e inicial, motivador, añadiríamos nosotros.
El principal problema era que por ese entusiasmo místico y sentimental se llegaba a una especie de superioridad protectora derramando los beneficios de su sabiduría y de la bondad sobre las masas, cuando éstas debían emanciparse por sí mismas, es decir, que Besteiro criticaba a los que podemos denominar profetas del socialismo, por un acusado paternalismo, si se quiere.
También podía ocurrir que se adoptase una apariencia radical que, en realidad, no valdría para nada.
Había que convencerse de que, aunque el socialismo nacía o tenía su origen en sentimientos de justicia, en deseos de mejorar, en afectos y estímulos morales, el socialismo era, ante todo, un ejercicio de inteligencia, comprensión, recordando el carácter del socialismo científico, es decir, basado en el análisis.
Una vez demostrado el carácter científico del socialismo y no provisto de un componente místico por parte de Besteiro en la conferencia de marzo de 1933, que estamos glosando, nuestro autor planteó los nuevos intentos de reforma del marxismo, destacando el protagonizado por el belga Henri de Man, que precisamente acababa de estar en España.
Aparte de su dimensión pedagógica Henri de Man se había hecho famoso por su libro, Más allá del marxismo.
Aunque Besteiro valoraba el libro por ser original no podía estar de acuerdo con las tesis del mismo como tendremos oportunidad de comprobar.
El socialista belga expresaba que el marxismo había quebrado y era una doctrina vieja que debía ser superada y sustituirla. Ya no valían ni sus principios, ni sus leyes económicas, ni su teoría de las clases. Pero para Besteiro los hechos planteados por Man eran más endebles que los de Bernstein. Henri de Man afirmaba que se llevaban muchos años de lucha sindical y de lucha política y no se había producido la revolución. El proletariado se había aburguesado.
Besteiro consideraba que esta afirmación basada, además, en aspectos de la apariencia en la vestimenta de obreros y burgueses, era muy pueril. Ciertamente, los obreros ya no llevaban harapos y vestían mejor, pero eso no servía para afirmar la falta de espíritu revolucionario del proletariado.
Lo que querría hacer Henri de Man era socavar el marxismo en su fundamento y naturaleza. Y combatía no sólo la lucha de clases sino también el móvil del espíritu revolucionario de la masa obrera. Según el belga no se trataba de un móvil de la masa obrera sino de un móvil de los individuos. Consistía en que cada individuo que era obrero llevaba oculto lo que sería una especie de complejo de inferioridad.
En conclusión, pensaba que Henri de Man había llegado a una interpretación del materialismo de la historia muy parecida a la que los antimarxistas habían atribuido a Marx, y eso tenía que ver con lo que había expresado antes de que las obras de Marx no eran una especie de Biblia o manual donde cada vez que se tenía un problema se encontraba la solución para aplicar. Seguiremos.
Besteiro siguió en su conferencia de marzo de 1933 hablando de cómo la doctrina de Marx se había ido perfeccionando con el tiempo, siendo esto una gran virtud. Al principio, habría tenido resabios de “concepciones infecundas”, por ejemplo, del socialismo utópico.
Pero, poco a poco, Marx fue perfeccionando su teoría, discutiendo consigo mismo y con los demás. Y de esa manera habría ligado lo que el marxismo debía ser.
Y los marxistas tendrían la obligación de hacer que la doctrina, fundándose sólidamente en sus principios fuera desenvolviéndose, transformándose hasta hacerse mejor.
Pero no se debían buscar en la teoría remedios infalibles para curar los males que se producían en la sociedad, en línea con lo que venimos exponiendo porque, además, El Capital había sido escrito en el pasado y se habían generado muchas cuestiones desde entonces.
Así pues, estudio y perfeccionamiento de la teoría marxista sin emplearla como un libro de recetas para los problemas.
Después de explicar la misión de los marxistas en el momento en el que dictaba su conferencia sobre el marxismo en marzo de 1933 en Madrid, le llegaba el turno al análisis que realizó sobre el avance del socialismo.
Desde que había muerto Marx hasta el estallido de la Gran Guerra, a pesar de las aludidas rectificaciones del marxismo, el proletariado inspirado por las ideas de Marx había realizado progresos considerables en relación con la organización sindical y política en todo el mundo. En las naciones más desarrolladas, los sindicatos obreros habrían alcanzado un poder extraordinario.
Los triunfos del proletariado habían sido innumerables. Y, entonces, al mismo tiempo que se decretaba el fin del marxismo y se organizaban ofensivas contra el mismo, de forma paralela se observaba un movimiento de aproximación de la burguesía al proletariado y al socialismo. Además, se había producido un requerimiento constante a los hombres del socialismo y de la organización obrera para que colaborasen con el poder. Esos requerimientos estarían justificados, según Besteiro, porque el trabajador había adquirido el hábito de formarse de los conceptos precisos, no vagos, encontrando en la organización obrera una escuela tan perfecta que en ella habían salido magníficos hombres de gobierno, en muchos casos superiores a los que nacían en el seno de la burguesía.

Y los intelectuales adquirieron una visión crítica y a larga distancia que los colocaba muy por encima de los políticos de la burguesía. Así pues, en los partidos socialistas fueron surgiendo hombres con tal aptitud de gobernantes que algunas veces ellos mismos habían creído que debían obedecer a los requerimientos de la burguesía y hasta abandonar sus partidos y la organización obrera para desempeñar funciones de gobierno. Eso había pasado, y Besteiro aludía a los casos de Millerand, Briand, MacDonald o Paul Boncour.
Por nuestra parte, recordamos las polémicas que eso produjo en el seno del socialismo internacional.
Así pues, quedaba probado que los hombres formados en las escuelas de los sindicatos y de los partidos socialistas eran eficaces y que valían para tareas de gobierno. Pero fue el momento de la guerra y de los primeros años de la posguerra cuando la desorientación de la burguesía, la complejidad de la situación y la gravedad de las responsabilidades a asumir en unos momentos tan críticos, que provocaron que en Europa surgiera una tendencia que arrastraba a los partidos socialistas a colaborar en el gobierno. Además, muchos partidos socialistas tenían mucha fuerza parlamentaria y no parecía que pudieran negarse a participar. Por otro lado, donde no había regímenes democráticos y sus sistemas se estaban pudriendo los socialistas y luego los bolcheviques fueron a tomar el poder, aludiendo, evidentemente, al caso ruso.
Para Besteiro aquí estaba la tragedia, y que tenía que ver con el hecho de que los gobernantes burgueses habían desertado del poder porque se sentían débiles, y entregaban la responsabilidad a los socialistas o los llamaban a colaborar. Pero lo socialistas no eran dueños propiamente de los resortes del poder, es decir, del ejército, ni de la justicia ni de la burocracia, y tampoco contaban con una organización industrial y económica creada por ellos. Tenían que gobernar, “no en socialista, sino en burgués”.
Seguiremos, porque, entonces a resultas de este peligro surgía lo que el consideraba el peligro del reformismo.
La conferencia se incluyó en el número 7533 de 29 de marzo de 1933 de El Socialista.

























