Dos mujeres necesarias en la biografía de Galdós Two essencial women in Galdós’s biography

Rafael Tristán Hernández

Resumen. María Teresa León fue la primera escritora que, en 1943, habló abiertamente de la relación juvenil de Galdós con su prima Sisita. Durante varias décadas, las biografías sobre Galdós, salvo escasas excepciones, no citaron el trabajo de MT León. La frustrada relación con su prima, además de un drama personal, influyó sobre la caracterización psicológica de los personajes femeninos en la obra del escritor. A partir de los ochenta, se recuperó, todavía con más sombras que luces, esta página de la vida de Galdós. Actualmente, Sisita ya aparece en las biografías galdosianas, aunque muchos autores siguen evitando citar a su descubridora. Se discuten los motivos que llevaron a Galdós a redactar dos finales de La Fontana de Oro, una decisión sorprendente sobre la que hasta ahora se han propuesto diferentes explicaciones no del todo convincentes.

Palabras claves: Sisita, la novia prohibida; influencia de Sisita en la tipología de las mujeres galdosianas; Sisita y María Teresa León en las biografías de Galdós; dos finales para La Fontana de Oro.

Abstract. María Teresa León was in 1943 the first author to openly discuss Galdós’s youthful relationship with his cousin Sisita. For several decades Galdó’s biographies, with only a few exceptions, did not mention León’s work. This failed relationship with his cousin, besides being a personal drama, influenced the psychological characterization of female characters in the writer’s work. From the 1980s onwards, this page of Galdós’s life was revisited, still between the shadows. Most contemporary biographies nowadays include Sisita, although many authors still avoid disclosing who discovered her relevance. There have been theories behind Galdós drafting two endings for La Fontana de Oro, but those, so far, haven’t been entirely convincing.

Keywords. Sisita, the forbidden girlfriend; Sisita’s influence on the typology of Galdós’s female characters; Sisita and María Teresa León in Galdós’s biographies; two endings for La Fontana de Oro.

  1. María Teresa León rescata a Sisita en la biografía de Galdós (1943)

Mucho se ha escrito sobre las relaciones amorosas del Galdós maduro. Una lista extensa que no se agota en los nombres más conocidos de Lorenza Cobián, Emilia Pardo Bazán, Concha Ruth Morell y Teodosia Gandarias. Sin embargo, durante mucho tiempo las biografías del escritor canario estuvieron vedadas a su primera relación amorosa. Fue María Teresa León (León 1943) la escritora que rescató del olvido a María Josefa Galdós Tate, a la que llamaban Sisita, ochenta años después de su noviazgo con Galdós:

«Por entonces, el bachiller Benito Pérez Galdós vuelve a hacer su recorrido de cinco kilómetros entre Barranquilla y la Matanza, encontrando que Sisita progresa demasiado por el recorrido curvo que hace la hermosura… El inocente niño y la dulce Sisita son héroes inadvertidamente. Tienen la cara arrebatada de sol, sobre todo el muchacho, que no perdona los cinco kilómetros que debe caminar casi de ocultis para irla a ver. En esos cinco kilómetros están enganchados los primeros sueños del escritor futuro… Pensadle romántico al aleteo de la brisa, golpeándole la frente y el pecho y las manos y la boca, que jura no pisar más aquella isla donde le hicieron pagar a su juventud tan alto portazgo… Todo lo que he dicho hasta ahora corresponde al archivo secreto de las familias».

Este sucinto relato pertenece a la conferencia de MT León, publicada después con el título: « Una mujer de Galdós que no está en sus novelas», al que muy bien pudo habérsele añadido la coletilla «… ni en sus biografías», puesto que sobre ese noviazgo juvenil reprimido por la familia, salvo contadas excepciones (Berkowitz 1948), había caído hasta entonces un pesado muro de silencio labrado por el propio Galdós, su familia y allegados (Hernández Tristán 2020).

Llama la atención que ese olvido se prolongase durante más de sesenta años después de la muerte de Galdós, y que esa página de su vida no se recuperase del todo hasta fecha muy reciente (Arencibia 2020), máxime si se tiene en cuenta que la frustrada relación con su prima, además de un drama personal, influyó sobre la caracterización de los personajes femeninos en su obra posterior. Algunos autores han estudiado las novelas galdosianas con el fin de clasificar las tipologías del carácter y demás características socioculturales de sus protagonistas (Lara Martínez 2010). Galdós adoraba la naturalidad en la mujer y también su rebeldía frente a una sociedad manifiestamente patriarcal y cínica en sus costumbres. Consideraba que en ese prototipo femenino se encontraba la semilla de las nuevas generaciones de mujeres libres, lo que el escritor denominaría “mujer nueva”.

Quizá no sea especular demasiado decir que Galdós, marcado por su frustrada experiencia con Sisita, la recordó siempre, por su carácter y comportamiento, como el modelo que encarnaba la esencia de las tres categorías femeninas que más le fascinaban: natural, rebelde y moderna. Muchas protagonistas de sus novelas se asemejan a este perfil y, al margen de las penalidades que casi siempre sufren por ir contra corriente, encarnan el más alto ideal femenino del escritor.

  • Las biografías de Galdós ignoran a María Teresa León. Sisita regresa al olvido (1951-1973)
    • José Pérez Vidal

Ocho años después de la revelación de María Teresa León, José Pérez Vidal publica Galdós en Canarias (Pérez Vidal 1951, 131):

«En 1861, ya bachiller, y resuelto a cursar la carrera de Leyes, Galdós se encuentra con que la Universidad de La Laguna seguía clausurada desde 1845. Era forzoso trasladarse a la Península para cursar estudios superiores. Y Galdós, sin darse plena cuenta de la trascendencia de lo que hacía, resuelve matricularse en la Universidad de Madrid».

Cuesta creer que Pérez Vidal, un reputado galdosiano, no llegara a leer el trabajo de MT León. Sea como fuere, prefirió ignorarla, y con ella a Sisita. Su biografía pasa por alto todo aquello que tiene que ver con la realidad compleja del joven Benito: crisis familiar, el amor prohibido y sublimado con su prima, la lucha por ser libre, las frustraciones y contradicciones que esa batalla debió dejar en su ánimo. En su lugar, el biógrafo canario dibuja un panorama soso y plano, convencional, sobre el Galdós adolescente. Y lo adorna con una espléndida guinda, un perfecto estrambote a la sinsustancia cuando dice que el pobre Benito se fue a Madrid sin percatarse de la trascendencia de esa decisión. El ensayo muestra un Benito aniñado, un prepúber asexuado e infantiloide que jamás rompió un plato en su tierra. Como ejemplo de ese planteamiento, oigamos lo que Pérez Vidal dice de la etapa de Benito en el Colegio San Agustín:

«Los domingos por la mañana se le permite, como a los demás internos, salir a visitar a su familia. Lleva un uniforme azul con botones dorados, gorra con visera y un frac (gabán) con faldones».

Más adelante, el biógrafo afirma que la madre le da golosinas («preparadas por sus manos amantísimas») que Benito guarda en la faltriquera y que, más tarde, compañeros desaprensivos van a hurtarle produciéndole un gran desconsuelo. Ningún dato avala que tal hecho ocurriera, más bien parece el resultado del cliché que se quiere endosar al pequeño Galdós de niño débil y apocado.

En resumen, Pérez Vidal omite las relaciones de Galdós con Sisita, lo que, en cascada, le lleva a ignorar el conflicto familiar que esto produjo y la presión de doña Dolores para que rompiera el noviazgo y se fuera a estudiar a Madrid, acontecimientos que resultaron decisivos en la vida del escritor.

  • Enrique Ruiz y Sebastián Cruz

Estos autores publicaron en 1973 Prehistoria y Protohistoria de Benito Pérez Galdós, con prólogo de Armas Ayala y edición del Cabildo Insular de Gran Canaria (Ruiz y Cruz 1973), aunque por razones no aclaradas, junto a su firma final se indica que la obra se terminó en 1954.

En el ensayo se habla de la boda en Cuba de Domingo Pérez Galdós con Magdalena Hurtado de Mendoza, también del regreso del indiano:

«regresó a Las Palmas al cabo de cerca de un lustro, casado con niña Magdalena y la bolsa bien henchida de onzas y pesos fuertes, la conmoción familiar debió ser memorable e indeleble la impresión en el alma infantil del ahijado» (p.142). Sin embargo, de Adriana Tate y de Sisita ni una palabra. Solo se dice que la llegada de la rama cubana a Las Palmas debió de inspirar a Galdós para algunas escenas de El Amigo Manso.

Ruiz y Cruz, obvian el noviazgo de Sisita con Galdós. En su lugar, prefieren hablar de un supuesto amor idealizado del niño Benito con otra prima varios años mayor, Dolores, que iba para monja. Los autores especulan que esa prima monjil pudo ser el primer espejismo platónico del futuro escritor. Puede que el rumor haya partido de las muy piadosas fuentes familiares, lo que explicaría que no se mencione a Sisita, también prima de Benito, que pocos años después se encargó de hacer trizas cualquier vestigio platónico que aún pudiera quedar en el joven Galdós.

Señalan los autores, la enconada oposición de doña Dolores a que su hijo fuera escritor. Ruiz y Cruz se explayan sobre el mal carácter de la madre, su autoritarismo y el continuo enfrentamiento con Benito… siempre por la misma causa: su empeño en hacerse escritor. Están persuadidos de que Galdós tomó a su madre como «modelo vivo (al) que se ajustó…para pintar, de mano maestra, a doña Sales, la progenitora de Guerra». Como muestra de que la ficción sigue fielmente la realidad, copian varios párrafos de Ángel Guerra, precisamente aquellos en los que la madre increpa como un basilisco al protagonista. «En algunas páginas de Ángel Guerra hay vestigios patentes de esa disensión, iniciada quizá en los últimos años de la estancia de Benito en Las Palmas, y que … pudo agudizarse durante aquel verano de 1864». Efectivamente, es en esa época cuando la crisis estalló debido al embarazo de Sisita, su marcha a Cuba y la ruptura definitiva del noviazgo con su primo. Sin embargo, Ruiz y Cruz prefieren desviar el tema hacia el veto de doña Dolores a que Benito se hiciera escritor.

Los autores dan por seguro que la amenazadora filípica de doña Sales a su hijo se correspondía «c por b (con) las que él mismo escuchara de labios de doña Dolores…». Sin embargo, emborronan el periodo en que pudo producirse el enfrentamiento, extendiéndolo hasta 1883, lo que es poco creíble, dado que en esa fecha Benito ya había cumplido los cuarenta, llevaba más de veinte años lejos de la casa materna y gozaba de un extenso reconocimiento como escritor. Puede que el disgusto de doña Dolores durara veinte años, pero un enfrentamiento tan agresivo es poco creíble: ¿cómo iba doña Dolores a pretender que Galdós dejara la literatura en 1883, cuando ya era un escritor consagrado, había publicado las dos primeras series de los Episodios Nacionales y diez novelas con gran éxito de crítica y público?

Ruiz y Cruz reconocen que la escena entre doña Sales y Guerra tiene ecos autobiográficos. Eso es lo importante, lo demás cae por su propio peso: el fanatismo, la intolerancia y el despiadado autoritarismo de doña Dolores. El acoso al que Benito se vio sometido. Y el motivo que aducen no puede ser la oposición materna a la carrera literaria del hijo, que se inicia con la publicación de La Fontana de Oro (1871), o su dedicación al periodismo en Madrid, que comienza en 1865. El grave motivo es por algo que ocurre antes, entre 1862 y 1864, algo muy próximo y tangible, enraizado en el terreno cotidiano, y que precisamente por ello resulta mucho más intolerable para doña Dolores: el escándalo de pretender casarse con Sisita, hija bastarda del tío José María y, para colmo, embarazada de su primo.

  • Sisita sale de la oscuridad (1989 – 2009)
    • Alfonso Armas Ayala

Alfonso Armas Ayala fue uno de los artífices de la creación en 1964 de la Casa-Museo Pérez Galdós de Las Palmas, de la que fue su primer Director. Escribió Galdós, lectura de una vida a finales de los ochenta, obra con la que, casi medio siglo después del artículo de MT León (1943), Sisita vuelve a las biografías de Galdós escritas en castellano (Armas Ayala 1989, 65):

«El profesor Berkowitz, el doctor Beyrie y la escritora María Teresa León tratan este episodio sentimental del joven Galdós … Sisita, Josefina Pérez Galdós, era hija natural de José M.ª Galdós, hermano de doña Dolores Galdós, la madre de Benito. La viuda Tate, suegra de Domingo Pérez, hermano de Benito, trajo consigo a Las Palmas a esta muchacha de unos quince años, que al parecer fue el primer sueño amoroso de Galdós. María Teresa León, con más fantasía que documentación histórica, nos refiere las distintas páginas por las que pasó este juvenil noviazgo, bastante mal mirado por mamá Dolores».

Armas Ayala cita a MT León en último lugar, lo que no se corresponde con la cronología, ya que es la primera de los tres biógrafos citados que habla de Sisita, y Berkowitz (Pérez Galdós. Spanish liberal crusader, 1948) y Beyrie (Galdós et son Mythe, 1980) en este asunto debieron seguir sus pasos. El comentario sobre el trabajo de MT León «con más fantasía que documentación histórica», insiste en devaluar las aportaciones de la escritora y, aunque la crítica tiene una base objetiva (pues la escritora se apoyó casi exclusivamente en las confidencias de la rama argentina de los Hurtado de Mendoza), no resta mérito al hecho de ser la primera escritora que rescató a Sisita para la historia y la biografía de Galdós. Sin embargo, las carencias documentales no son exclusivas de MT León. El propio Armas Ayala afirma en el mismo párrafo desafortunado (doblemente, por lo que veremos a continuación) que Sisita llegó a Las Palmas con quince años, cuando lo hizo en 1850, cuando solo tenía seis años de edad, sin que sepamos que referencia documental pudo llevar a semejante error del biógrafo. Aún llama más la atención la asignación a Sisita de los apellidos Pérez Galdós, cuestión sobre la que volveremos más adelante.

La biografía continúa con el relato de la relación entre los primos hasta que es tajantemente prohibida por la familia: « … Y Sisita, Josefina Pérez Galdós, regresa con su madre rumbo a Cuba. Allí siguiendo la narración de MT León, recibirá del ya conocido novelista un reloj de regalo que nunca pudo disfrutar; pues la muerte del niño recién nacido interrumpió las relaciones entre Josefina y Benito». Sin embargo, los hechos no se ajustan a ese relato: Sisita no viajó a Cuba con su madre, que se quedó en Las Palmas, sino con su hermano José Hermenegildo (Arencibia 2020). Tampoco consta en ningún documento que, a la muerte del niño, Sisita rompiera la relación, que entonces era solo epistolar, con Benito.

El biógrafo dedica una apostilla final a Sisita y a su descubridora literaria MT León: «Dejando a un lado los detalles más novelescos que reales aportados por M.ª Teresa León, cuya fuente de información fue un Hurtado de Mendoza y las noticias que por tradición familiar han podido existir, sí parece bastante probable que, además de encontrarse cerrada la Universidad de La Laguna, hubo otros factores familiares —Sisita no fue el único— que determinaron la marcha de Galdós a Madrid».

No resulta muy elogioso el comentario «dejando a un lado los detalles más novelescos que reales aportados», igual que suena a una concesión displicente tantos matices del estilo «… parece bastante probable que… hubo otros factores familiares…que determinaron la marcha de Galdós a MadridSisita no fue el único…», que en conjunto dibujan un descafeinado panorama que minimiza la labor de la escritora, cuya aportación principal a la biografía de Galdós —la presencia de la poderosa figura de Sisita— da la impresión de que no queda más remedio que aceptar a regañadientes.

Finalmente, en la página 66 de esta biografía encontramos una explicación a los apellidos que Armas Ayala atribuye a Sisita : «La llegada a Las Palmas del matrimonio Pérez Galdós-Tate, los padres de Sisita, fue un favor positivo para que el apoyo económico que necesitaba el joven Benito pudiese ser una realidad» (la cursiva es nuestra). Por lo tanto, según el biógrafo, Domingo Pérez Galdós y Magdalena Hurtado de Mendoza Tate eran los padres de Sisita, no José M.ª Galdós y Adriana Tate…, ergo Sisita no era prima de Benito sino sobrina… Este error notable, que confunde a Domingo con su tío José María, curiosamente también fue cometido por MT León en su trabajo (Pattison 1986), lo que quizás explique el empeño de Armas Ayala en referirse reiteradamente a la joven prima de Benito como Sisita Pérez Galdós Tate.

  • Pedro Ortiz-Armengol

En la Presentación de su biografía sobre Galdós (Ortiz-Armengol 1996, 13), el autor señala que, entre las amantes del escritor en su primera juventud, sólo es destacable con nombre propio Sisita, «la adolescente semiextranjera que vino de Cuba y del ámbito anglosajón», que su madre prohibió a Benito; el resto «serían relaciones fugaces y más o menos mercenarias». El biógrafo habla de Sisita como amante y no como novia juvenil o amor platónico, tratamiento edulcorado que venía siendo habitual entre los pocos galdosianos que la citaban.

Ortiz-Armengol cree que la relación entre los primos tuvo que afectar a la familia: ni Sisita ni su madre, Adriana Tate, podían ser «de normal recibo en el hogar de la calle de Cano», un hogar sometido permanentemente al rigor de las buenas costumbres, la decencia estricta y el miedo al qué dirán, todo bajo la batuta de mamá Dolores. Habría que añadir que ya era una complicación añadida que los dos hijos legítimos de la señora Tate — Magdalena y Hermenegildo Hurtado de Mendoza — fueran a casarse con un hijo y una hija (Domingo y Carmen, respectivamente) de la nieta del inquisidor, pero lo que no podía consentirse de ningún modo era que la tal señora se pasease por Las Palmas de la mano de la hija natural habida de su pecaminosa relación con José M.ª Galdós, hermano de doña Dolores.

El autor describe la relación entre los primos y la reacción de la autoritaria señora: «A partir de los años bachilleres de Benito (1859-1862), cuando el chaval irrumpía en los ardores adolescentes, tuvo la matriarca que percatarse de que el benjamín de la casa estaba interesado por la hija de Adriana». Y debió de pensar que ese noviazgo era incompatible con los proyectos que abrigaba para su hijo: «Si la

cubanita se cruzaba ahora en el camino, ella tendría que apartarla de él» (p.101). Desde ese momento comenzó a conspirar con denuedo, empleando todas sus fuerzas y artimañas, contra aquella maldición con la que el destino la retaba a ella y al buen nombre de la familia.

Ortiz-Armengol atribuye a Benito, por el mero hecho de aceptar irse a Madrid, gran parte de culpa en la ruptura del noviazgo (p.104):

«Encandilado el mozo de 19 años con el cambio prometido, … que supondría un sacrificio económico en la familia, pero fiel a su destino de sacrificar a las mujeres, como haría a partir de ahora en adelante…».

Quizás el biógrafo sustenta un juicio demasiado severo sobre el Galdós adolescente, contradictorio con la confesión que, años más tarde, el escritor canario hace a su amigo Clarín: «Estuve algún tiempo como atortolado, sin saber qué dirección tomar, desanimado y triste…».

En las páginas siguientes se narran las circunstancias que rodearon el regreso de Sisita a Cuba. Adriana no quiso prolongar el sufrimiento de su hija, ella misma estaba en una situación insoportable, y escribió a José M.ª para que interviniera. Él reclamó la presencia de Sisita a la isla caribeña para casarla con Eduardo Duque, un rico hacendado de origen canario. Ahí se torció el destino de Sisita, casada con diecinueve años. Tuvo un primer hijo (Sebastián) que murió prematuramente, enviudó, volvió a casarse en segundas nupcias con Pablo Galdós, con el que tuvo una hija, y falleció en enero de 1872 cuando aún no había cumplido los veintiocho años.

En este punto, de manera incidental, Ortiz-Armengol cita por primera y única vez a María Teresa León: «No constan documentos de estas relaciones matrimoniales, y su base principal son las suposiciones que el profesor Pattison alberga al valorar lo que escribió —y medio inventó— la española María Teresa León al referir historias oídas a un sobrino de don Benito, hacia 1943 (Nota 54)». Este fue el sucinto contenido de la Nota 54 (p. 838): «El trabajo de María Teresa León, “Una mujer de Galdós que no está en sus novelas”, fue una conferencia dada en Buenos Aires (Cursos y Conferencias. Buenos Aires, nº24, octubre-diciembre de 1943, p.96)». A pesar de ser una cita indirecta, a través de Pattison 1986, el biógrafo no deja escapar la ocasión de descalificar a MT León por lo que escribió y medio inventó sobre Galdós. Esta crítica, basada en las aportaciones de otro autor, se convierte así en una descalificación general. La opinión se extiende entre los galdosianos que en esta época por fin se deciden a citar a la escritora, aunque no pueden ocultar la evidencia de que es MT León quien por primera vez desvela ese pasaje de la vida del escritor canario.

El verano de 1865 es el primero que, desde que se marchó de Las Palmas, Benito decide quedarse en Madrid. Ortiz-Armengol cita a Berkowitz para apuntar que en ese momento había disgustos entre madre e hijo (Berkowitz 1948, 184). Sugiere que el distanciamiento podría deberse a la actividad periodística (en diarios progresistas) y política (la participación en los sucesos de la Noche de San Daniel) de Benito y el empantanamiento de los estudios de Derecho. Sin embargo, mamá Dolores no se atrevía a plantear abiertamente la cuestión porque la estancia de Benito en Madrid la estaban costeando Domingo y Magdalena Hurtado de Mendoza, que siempre justificaban al benjamín escritor de la familia. «Y lo importante era no chocar con Magdalena, ahora que Sisita parecía que se iba definitivamente a Cuba, a casarse por indicación de su padre don José María… El hecho de la presencia de Sisita en la Gran Canaria, ¿motivaría que Benito no viajase en el verano del 65 a la isla?» (p.185). En este punto, el biógrafo se contradice con lo que ha afirmado antes, al referirse al verano de 1864, cuando da por seguro que en la memoria de Galdós «con probabilidad quedarían barridas las últimas telarañas de sus recuerdos de Sisita, ya ausente y en la lejanía…» (p.167). Menos de veinte páginas después de haber sepultado desde hace un año a Sisita en el olvido y la lejanía de Cuba, nuestro biógrafo la sitúa en Gran Canaria preparando su marcha a Cuba. Un error difícil de explicar, y que vuelve a repetirse en la edición de 2000 (Ortiz-Armengol 2000, 74). Un misterio nunca aclarado por su autor. Por lo demás, si aceptamos que en el verano de 1865 Sisita estaba en las Palmas preparando su viaje y boda en Cuba, es plausible que tal situación resultara insoportable para Benito que, impotente, prefirió quedarse en Madrid antes que verla en tal circunstancia.

El biógrafo aborda el desenlace de la historia: «Otra vivencia cubana recibiría muy pronto Benito… y le herirá en el recuerdo: su antiguo amor, Sisita —regresada a Cuba para casarse con un Pablo de Galdós que su padre natural le indicase—, había de morir en la Antilla mayor al dar a luz a una hija, Josefa María Galdós y Galdós… (p.250, nota 183)». La nota aludida se recoge en la p.848, donde atribuye la referencia sobre la muerte de Sisita a Pattison (1986). Hay un error evidente en la afirmación sobre el viaje de Sisita a Cuba para casarse con Pablo de Galdós. Como ya se ha comentado, lo hizo para matrimoniar con Pedro Duque y, cuando enviudó, se casó en segundas nupcias con Pablo de Galdós. En la misma página, otro error de bulto, el mismo que hemos comentado cometieron MT León y Alfonso Armas Ayala, confundiendo el parentesco del tío de Benito, José María Galdós, al que convierte en su hermano: «Otra vinculación cordial…hubo de tener con aquella isla: su hermano José María, el que les había decepcionado, el padre de Sisita, era alcalde municipal en la ciudad de Trinidad en los turbados años de Prim» (p.250). Ambos errores desaparecen en la edición de 2.000.

Más adelante, Ortiz-Armengol analiza la posterior vida sentimental del escritor (p. 271):

«Había vivido diez años en Madrid, en plena lucha política y social, conociendo y tratando a infinidad de gentes, de alta y de baja posición, de estas y de las otras ideas. Y, podemos estar seguros, en estrechas relaciones con cierto tipo de mujer popular. En esto el secretismo de Galdós será extremo y casi todo lo que sabremos, o creamos saber en este punto, vendrá de las experiencias que colgará a sus personajes».

El biógrafo habla de “estrechas relaciones con cierto tipo de mujer popular” para referirse a la vida sexual de Galdós. A partir de aquí, se plantea algunas preguntas y adelanta alguna suposición:

«¿Tan traumática fue la relación con Sisita? ¿No tendría Benito otra ilusión juvenil amorosa que esa? Sí hay lógica en el mundo, podemos imaginar que, allá en Canarias, su madre desearía una buena boda para su hijo, y que en ello contaría con Carmen y Concha, las hermanas que cuidaban en Madrid del apreciado varón de la familia. Quizá también se contase con Magdalena, la cuñada viuda, cuya relación con Benito está rodeada de algún misterio».

Da la impresión de que Ortiz Armengol necesita la ayuda de algunos tópicos para seguir por esa vía:

«Nos parece que no cabe duda de un constante deseo por parte de las Galdós de casar a aquel hombre que llegaba a la treintena, de vida independiente e ignorada que no podía gustar a aquel clan femenino, y que, cuando estaba en la casa familiar, era una máquina de llenar cuartillas, y exigía aislamiento y respeto…. No se conoce nombre alguno de mujer que pueda unirse al de este hombre afanoso, silencioso y tímido, ni en concepto de idilio ni en concepto de amistad. El clan femenino no estaría bien situado socialmente en Madrid, pero en la sala de visitas de Serrano 8 no faltaría una sociedad pequeñoburguesa, de

canarios viajeros, de cubanos y de peninsulares, a la que hubiera tenido fácil acceso el solterón».

Llegados a este punto, la intensidad especulativa alcanza su particular cénit (p.272):

«Desconocemos igualmente si los hábitos y costumbres “capellanescos”— del baile de Capellanes — que mantuvo el joven recién llegado a Madrid se mantenían diez años más tarde, y de qué manera, cuando era el hombre que encabezaba a aquella familia sin cabeza».

Ortiz-Armengol alude, con pudor quizás innecesario, a esos bailes populares a los que por lo visto se iba en busca de emociones que nada tenían que ver con el arte de la traviesa Euterpe, en palabras de Galdós. Los párrafos citados, pura especulación que no se apoya en ninguna prueba documental, desaparecieron muy oportunamente en la edición del año 2000. Sirven más para conocer la opinión del biógrafo sobre las costumbres sociales que lo que pudiera pensar Galdós al respecto, aunque quizás también ayuden a comprender las dificultades que algunos prejuicios han añadido a la delicada tarea de acercarse a los aspectos más personales del gran novelista.

  • Manuel Herrero Hernández

El ensayo de este autor galdosiano, titulado Amores, amoríos y rumores en la vida de Galdós, aborda el noviazgo entre los primos sin cosmética ni tapujos (Herrero 2009, 69-70):

«En 1850 llegó al hogar de la calle Cano, n.º 34, su prima cubana María Josefa Washington de Galdós, conocida por Sisita, nacida de una unión libre de su tío materno José María y de Adriana Tate. Los niños crecieron y, al llegar a la adolescencia, mamá Dolores percibió que su hijo Benito y Sisita estaban enamorados. Doña Dolores decidió, en cuanto Benito terminó el bachillerato, enviarle a Madrid para estudiar la carrera de Derecho y, al mismo tiempo, para apartarle de su prima. Esta severa decisión de su madre le causó tanta amargura a Benito que duró muchos años. Galdós le confió a Clarín que, al llegar a Madrid, estuve algún tiempo atortolado, sin saber qué dirección tomar, bastante desanimado y triste… En 1863 Galdós regresa a Las Palmas para pasar las vacaciones de verano y en busca del amor de su prima Sisita… También el año siguiente, 1864, regresa a Las Palmas para pasar las vacaciones pero ocurrió un grave problema familiar. Sisita quedó embarazada y es obligada, a principios de 1865, a volver a Cuba donde su padre le había preparado un matrimonio con un rico sesentón. Galdós no pasa el verano de 1865 en Las Palmas, porque se enteró que Sisita ya había regresado a Cuba… Sisita, en efecto, se casó en Trinidad (Cuba) con Eduardo Duque y tuvo dos hijos falleciendo el primero. Volvió a casarse dando a luz una niña y, como consecuencia de una fiebre puerperal, murió a los veintiocho años. Es una incógnita qué rumbo hubiera tomado con Sisita la vida de Galdós. Cuando los periodistas Antón de Olmet y García Carrafa le preguntaron por qué no contaba algo de los amores de su juventud, Galdós les atajó diciendo que ese es un aspecto de mi vida que no tiene nada de interesante. Nunca sentí la necesidad de casarme, ni yo puse empeño en ello».

En la bibliografía del trabajo comentado, Herrera Hernández cita a Berkowitz, Pattison y Ortiz-Armengol. Sin embargo, M.ª Teresa León, la primera autora que nos habla de Sisita y de su relación con Galdós, no aparece entre las fuentes del ensayo. Esta obra, que tuvo el valor de romper el velo puritano que pesaba sobre Sisita, no lo tuvo para rescatar del injusto silencio a la escritora que la descubrió.

  • Sisita se reencuentra con las biografías de Galdós (2020)
    • Yolanda Arencibia

En su última obra, la prestigiosa biógrafa (Arencibia 2020, 51-53) se refiere ampliamente al primer episodio amoroso en la vida de Galdós:

«Su enamoramiento de Sisita, la hija natural de Adriana Tate, de su misma edad, que había llegado a la casa familiar de los Pérez Galdós en 1851…». Arencibia recrea el ambiente familiar en Las Palmas y en el Monte Lentiscal, entre las casas de la calle Cano y la de Triana, de Carmen y Hermenegildo, muy encariñados con Sisita. Alude también al rechazo de mamá Dolores. Arencibia rompe el tabú que hasta ahora han mantenido mayoritariamente muchos galdosianos canarios: «No es de extrañar que los jóvenes se sintieran atraídos mutuamente… Nada se puede afirmar con certeza absoluta de la casuística de estos amores; pero sí de que estos existieron y que su desenlace fue determinante en la vida de ambos enamorados».

La autora estima que la intervención de doña Dolores fue decisiva para el envío de Benito a Madrid para estudiar leyes y, de paso, alejarlo de la prima: «Seguramente, Benito vería esa separación sin demasiada pena, ya que suponía abrírsele los horizontes cerrados de la isla. Sisita quedaba en Gran Canaria; pero él no se iba para siempre», hipótesis que comparten otros autores (Hernández Tristán 2020).

Habla Arencibia del examen de bachillerato en La Laguna, que Benito realiza entre los días 3 y 5 de septiembre de 1862. «El 9 embarcó en el correo Almogávar que, procedente de Las Palmas, partió del puerto de Santa Cruz de Tenerife rumbo a Cádiz… era normal que aprovechase el paso de este barco sin volver a Gran Canaria; ya eran bastante complicados los enlaces entre las islas» (p.53). Quizás sea una opinión discutible. ¿Cómo va a ser normal que un joven que viaja lejos de casa por primera vez en su vida decida quedarse cuatro días en Tenerife,

pudiendo pasar unos días con su familia y amigos, además de preparar sus cosas y, en este caso, despedirse de su novia? El argumento de que las comunicaciones entre las islas eran entonces complicadas tampoco resulta creíble. Según se ha podido comprobar (Pérez Vidal 1951), Juanito Sall, compañero de Benito y recién examinado como él, regresó a Las Palmas y allí embarcó en el Almogávar. Resulta más plausible que esa estancia del joven Galdós en Tenerife fuese forzada por doña Dolores, precisamente para evitar la despedida de los novios.

Arencibia relata el final del curso 1862-63, rematado con el éxito académico de Benito en su primer año en Madrid. «Y, pese a la incomodidad del viaje, a finales de junio Benito cogía en Cádiz el correo rumbo a Gran Canaria. A su familia. A Sisita. Un respiro. Es el verano de 1863, grato». A partir de aquí, fundido en negro, ni una palabra más allá de ese misterioso «grato». El siguiente párrafo prosigue sin solución de continuidad:

«El verano del 64. Las vacaciones estivales de 1864 serán muy especiales para Benito. Afrontaba, al parecer una crisis personal…Las razones de la crisis de Benito pudieron ser personales, si supo antes de ese verano o en su transcurso que Sisita había de marchar de inmediato a Cuba reclamada por su padre (que estaba muy bien situado en Trinidad), quien le había preparado un matrimonio. Pero tal vez la decisión de José M.ª fue posterior a los meses estivales».

La biógrafa se centra primero en los datos que considera indiscutibles: Benito estuvo en Las Palmas en el verano de 1864 y regresó tarde a Madrid, a mediados de septiembre. Tres meses después, el 15 de diciembre, Sisita ya está en la casa de su padre en Trinidad. Un dato confirmado por la carta de 18 de diciembre de su hermanastro José Hermenegildo, que la acompañó en su viaje: dice que llegaron bien, Sisita con un ligero constipado (documento que se guarda en el Archivo de

Gregorio Marañón). Continua Arencibia relatando la dramática peripecia de la joven en Cuba: que pronto casó con Eduardo Duque, que tuvo un hijo (Sebastián) que murió prematuramente, que enviudó y volvió a casarse con un primo, Pablo de Galdós (hijo de Domingo Galdós Medina y su segunda mujer, Eleuteria Mesa), que murió de fiebres puerperales al nacer su hija María Josefa de Galdós y Galdós en 1872 cuando Sisita tenía 28 años.

Después de avanzar sobre los datos más sólidos, Arencibia se va a arriesgar con los probables o indiciarios. «Sobre las causas reales de la partida de Sisita se ha conjeturado mucho, pero no hay datos seguros». Cita a M.ª Teresa León, apuntando que su trabajo de 1943, durante el largo exilio en Argentina, se debe a «las confidencias de un sobrino nieto de Galdós, Manuel Hurtado de Mendoza Sáez (Madrid, 1898-Buenos Aires, 1982), hijo de Hermenegildo Hurtado de Mendoza Pérez Galdós». Y ahora viene la revelación, que acaba con más de setenta años de pseudocensura galdosiana:

«Según esa versión, fue el motivo de esa marcha un embarazo de Sisita que debía ser ocultado. El caso es que la muchacha abortó, seguramente estando aún en Las Palmas. Algunos de estos datos son ciertos, otros dudosos. La familia al completo guardó absoluto silencio al respecto».

Habría que añadir que la familia y amigos de Galdós fueron los primeros responsables de ese silencio, pero que más tarde ese círculo se fue ampliando con otros, como las ondas producidas por una piedra en la superficie de un lago en calma, hasta alcanzar a la mayoría aplastante de biógrafos galdosianos (salvo muy honrosas excepciones). Muchos deben estar todavía perplejos después de la estrepitosa caída de ese muro de silencio que, desde el famoso artículo de M.ª Teresa León, ha durado 77 años, dato que resalta el valor e inteligencia de Arencibia al dar un paso que contribuye a mejorar el conocimiento que tenemos de la vida de Galdós.

La biógrafa se refiere al viaje de regreso que hace Benito al final del decisivo verano de 1864, en el que coincide con Teófilo Martínez de Escobar a bordo del Almogávar. Para festejar el feliz reencuentro de forma literaria, deciden redactar una memoria a dos manos, en capítulos alternos, de la travesía que iban a compartir: Un viaje de impresiones (p.68). Embarcan el día 13 de septiembre, hacen escala en Santa Cruz el 14 y siguen hasta Cádiz y por tren a Sevilla, donde el antiguo profesor de Retórica se queda para hacer su doctorado, mientras Benito continúa el viaje hasta Madrid. Arencibia, que concede gran importancia a ese verano de 1864, no se extiende en el texto del primer capítulo, titulado Una noche a bordo, en el que Galdós refiere los sentimientos que lo acongojan en la despedida, intuyendo que será definitiva: «Nuestro espíritu está lleno de abatimiento…Una especie de manzana prohibida se atraviesa en nuestra garganta cortándonos la palabra…» (Berkowitz 1936). No obstante, la biógrafa insiste en la importancia que tendrá en el joven la ruptura con su prima: «Si no lo supo antes, cuando finaliza 1864 ya es consciente Benito de que Sisita está muy lejos de su vida. Ha sido un gran golpe para el joven enamorado; lo marcará». Más adelante, vuelve sobre el asunto cuando menciona que el año 1865 es el primero que Galdós interrumpe el veraneo en Las Palmas: «Pero nada extraño es que no desee volver a Gran Canaria por el momento ante la ausencia de Sisita, las circunstancias de su marcha y la actualidad de la vida de la joven en Trinidad de Cuba. Esto le duele más que aguantar la presión de las preguntas sobre sus estudios» (p.89).

El tema de Sisita se hace recurrente en otros capítulos de Galdós. Una Biografía, de Arencibia. Cuando trata el año 1868, vuelve a referirse al desasosiego del joven ante el amor perdido hace cuatro años (p. 108):

«Tampoco él se siente seguro y optimista. Y no consigue rememorar sin

resquemores el final de su relación con Sisita y las noticias que indirectamente le llegan de la vida de la muchacha en Trinidad… ». Años más tarde, Galdós le explicaría a Clarín que en aquel tiempo (del 68 al 72) estuvo como atortolado, bastante desanimado y triste

  • Germán Gullón

Un apartado de esta biografía se dedica a Un amor juvenil, Sisita ( Gullón 2020, 55-58). El autor no cita a MT León, su referencia fundamental es el trabajo de Walter T. Pattison (Pattison 1986), que «reunió copiosa información sobre la historia de los Tate, de los Hurtado de Mendoza y de José M.ª Galdós, que constituye un relato que quizás merece su propio libro».

Gullón se basa en un cuadro pintado en 1993 por la artista holandesa Heilet van Ree para describir a Sisita como una adolescente rubita, afirmación que llama la atención porque otros biógrafos han señalado que no hay ningún testimonio escrito, pintura o fotografía sobre el físico de Sisita (Ortiz-Armengol 2000, 40). En cuanto a la aportación del biógrafo sobre este episodio de la vida del escritor canario, se limita a resumir algunos de los acontecimientos ya conocidos:

«Por esas fechas, pasados los quince años, Galdós un chico guapo, de mirada serena, como lo conocemos en un dibujo hecho a lápiz por su compañero de estudios Miguel Massieu, y la adolescente rubita Sisita sintieron que sus lazos superaban los de la sangre, pues mostraban los síntomas de un primer amor… las oportunidades de los jóvenes de verse fueron incontables y alarmaron a Dolores Galdós, la madre, que no gustaba de la exuberancia de la familia cubana… Años después, Galdós curtido en lides amorosas ocasionales, en 1872, recibió la noticia de la muerte de Sisita, que debió de ser un trago amargo. La joven amada, una vez que Benito marchó a estudiar a Madrid, fue enviada a Cuba, donde

se casó con Pablo de Galdós y Mesa, hijo de Domingo de Galdós y Medina, falleciendo al dar a luz».

Al margen de algunas inexactitudes y errores (el cuadro de Massieu, el momento del regreso de Sisita a Cuba…), ciertas omisiones hacen incomprensible el drama que vivieron los jóvenes amantes. Así ocurre con los veranos que Galdós regresa de Madrid para reunirse con su novia, el embarazo de Sisita, el aborto impuesto, el matrimonio forzoso con Eduardo Duque, la pérdida del primer hijo… Las cuatro páginas dedicadas a Sisita poco aportan a la biografía de Galdós y, más bien, en este tema nos retrotraen a etapas anteriores ya comentadas.

  •   Juego de espejos literarios. Lo que pudo ser y no fue: los dos finales de La Fontana de Oro

La huella que dejó en Galdós la relación con Sisita y el posterior reflejo, ya comentado, sobre la personalidad de algunas protagonistas de sus novelas (Lara Martínez, 2010), en algunos casos pudo llegar más lejos y afectó a la propia trama. El ejemplo más conocido es el de Doña Perfecta, escrita en 1876, que trata del noviazgo entre primos prohibido por una madre fanática y sin escrúpulos. Muchos han visto en la perversión de la madre despótica —capaz de matar a su sobrino y futuro yerno— un desquite literario de Galdós con Doña Dolores. Aunque la novela fue concebida con una clara finalidad política, denunciar el absolutismo y la intransigencia del viejo Régimen, Galdós utilizó su drama personal para vengarse de la madre autoritaria. Ya habían trascurrido 15 años de aquella tragedia sentimental, quizá la novela fue también un exorcismo para terminar de expulsar los demonios que le había dejado en el alma aquel primer amor fracasado.

Otro caso singular de cómo la relación con Sisita y las consecuencias posteriores sobre la pareja pudieron influir directamente en la trama de algunas novelas galdosianas, puede encontrarse en la primera obra del joven escritor que se analiza a continuación.

  • Pilar Esterán

En su artículo La Fontana de Oro: tres desenlaces para una novela (Esterán 1992, 77), la autora señala que la considerada hasta entonces primera edición de La Fontana… de 1870 era una falsificación editorial realizada con fines lucrativos. Realmente, eran ejemplares de la edición de 1892 a los que se cambió la fecha del pie de página de imprenta (Pattison 1980). Debido a este descubrimiento, la edición de Noguera de 1871, con desenlace trágico, así como la realizada para el extranjero el año 1872 en Leipzig, también de final trágico, quedaron como las primeras ediciones de la novela. Ambas ediciones concluyen con la muerte de la pareja protagonista a manos de los absolutistas. La serie editorial ofrece después, aunque sin fecha, una “Segunda Edición notablemente corregida”, realizada en la imprenta La Guirnalda, a la que sigue una “Tercera edición notablemente corregida”, de 1885, y una “Cuarta edición”, de 1892, ambas igualmente de La Guirnalda. En estas tres ediciones, Clara y Lázaro consiguen escapar y tienen un final feliz en Ateca, el pueblo natal del joven, con matrimonio e hijos incluidos.

Según se desprende de los datos anteriores, el cambio de La Fontana… para incluir el final feliz ya estaba en 1885, pero queda saber en qué año se publicó la Segunda Edición, que aparece sin fecha. La autora coteja los últimos capítulos de las ediciones de 1871 (La Noguera, final trágico) y 1883 (Leipzig, reimpresión de la de 1872, final trágico), que son idénticas, salvo un par de correcciones lingüísticas. Sin embargo, las ediciones de final feliz, la que está sin datar (“Segunda Edición notablemente corregida”,  de  La  Guirnalda)  y  la  de  1885  (“Tercera  Edición

notablemente corregida”, de La Guirnalda) incluyen nuevas variantes, además del final feliz, que afectan al estilo y a los hechos narrados, modificando algunos detalles para ganar en realismo. Esta inclusión de variantes se hace de forma escalonada, de forma que la edición de 1885 incluye algunas que no estaban en la sin datar, y finalmente, la edición de 1892 recoge todas las modificaciones. Según la autora, en esta última versión «Galdós parece haber logrado el texto definitivo de su novela». Esta edición es la que aparece posteriormente en los ejemplares falsamente datados de 1870.

La autora alude a las dudas de Galdós sobre el final de La Fontana (pp.79 y 80). Sin embargo, analizando los manuscritos, se comprueba que Galdós no vaciló en absoluto cuando escribió el primer final trágico: «entre los folios…que recogen el desenlace trágico no existe ni una sola tachadura significativa, todo lo más, algún ligero balbuceo, que se subsana inmediatamente». El texto del final, salvo algunas pequeñas correcciones, es básicamente idéntico en las tres ediciones del final trágico: las de 1871, 1872 y 1883. El fatal desenlace está contado en el manuscrito con igual nervio y celeridad que en el ejemplar impreso. No obstante, en este último aparece una importante diferencia: Justo antes de que se produzca la llegada de Bozmediano a casa de Pascuala para planear con Lázaro la huida de la pareja, las ediciones trágicas suspenden el relato de los acontecimientos e introducen una larga digresión del narrador absolutamente reveladora (p.83):

«Al llegar a este punto de nuestra historia, el autor se ve en el caso de interrumpirla para hacer una advertencia importante. Había escrito la conclusión y el desenlace del modo más natural y lógico, creyendo que era buen fin de jornada para aquellos amantes, el casarse después de tantas amarguras y vivir en paz, y mucha felicidad y muchos hijos. Esto, en su entender, se avenía mejor que nada a las condiciones artísticas que quiso dar a su libro. Pero desgraciadamente la colaboración de un testigo

presencial de los hechos que vamos refiriendo, le obligó a desviarse de este propósito, dando a la historia el fin que realmente tuvo».

El narrador parece aludir a la considerada primera edición de 1871, de Noguera, con desenlace trágico. Esterán advierte que esta digresión, que no existe en el manuscrito, fue la que dio pie a creer por error que la primera edición de La Fontana de 1870, que luego se vio que no existe como tal (ya hemos dicho que es una reedición de la de 1892), incluía un final feliz. La interpretación de la autora es que Galdós quiso ponerse la venda antes de la herida. Es decir, que sabiendo que recibiría críticas (como así ocurrió con la de su amigo José Alcalá Galiano, publicada en La Revista de España el 13 de mayo de 1871) por el final trágico, que no era del gusto del público, pero que era sin duda el que más le convencía, se adelantó a estas con el subterfugio de endosarle la responsabilidad narrativa del final trágico a Claudio Bozmediano, personaje al que presenta como autor de un apunte que el narrador se limita a transcribir. Esta explicación no resulta del todo convincente. Con esa estrategia cervantina —atribuir a un personaje el protagonismo del autor— Galdós no iba a convencer a nadie, ni al público ni a los críticos, que lógicamente seguirían atribuyendo en su totalidad la responsabilidad del final al autor. Sin embargo, y por razones diferentes a las expuestas por Esterán, puede llegarse a la misma conclusión: «Si realmente llegó a albergarse la duda en la mente del novelista, esta no surgió en el momento de la creación, sino en el de la publicación». Continúa la ensayista ratificándose en su opinión de que «a la altura de 1871, Galdós estaba convenido de que el único final coherente para su novela debía ser el trágico», opinión con la que también se puede estar de acuerdo, aunque al igual que antes por razones distintas, como más adelante se explicará, a las esgrimidas por Esterán.

La ensayista termina abordando la cuestión clave: en qué momento y por qué motivo Galdós cambió el desenlace trágico por el feliz (pp.85 y 86).

Ya está comprobado que «a la altura de 1885 las ediciones de la novela ya habían incorporado el final feliz», pero también sabemos que existe una “Segunda Edición notablemente corregida”, anterior a la de 1885, pero sin fecha, que también tenía el final feliz. Esterán defiende que el cambio del final trágico por el feliz «no pudo escribirse antes de noviembre-diciembre de 1879, fecha de composición del último Episodio de la segunda serie: Un faccioso más…y algunos frailes menos». Basa su afirmación en la existencia de un paralelismo entre el final feliz de La Fontana… y el que sueña conseguir Salvador Monsalud para terminar sus días en compañía de Solita Gil de la Cuadra. Es cierto que el paralelismo entre ambas obras es evidente, basta solo con cambiar los nombres de los protagonistas y el lugar de retiro (Cigarrales por Ateca). Lo que Esterán no puede demostrar —las divagaciones sobre el carácter de los personajes, etc. son, por genéricas, excesivamente especulativas— es cuál de las dos ediciones es anterior, si Un faccioso más…(1879) como ella sostiene o la segunda no datada de La Fontana…, como también cabría pensar: resulta poco verosímil que la modificación del final de La Fontana… se hiciese nueve años más tarde, cuando Galdós ya era un autor consagrado, con varias novelas de éxito y después de completar las dos primeras series de los Episodios Nacionales. No resulta creíble que en esa época el motivo del cambio fuese el marketing, solo para vender más ejemplares. Galdós no necesitaba en 1879 supeditar su criterio literario al gusto del público, que ya admiraba su estilo y compraba sus libros.

Sí conviene tener en cuenta que, en 1873, el escritor se asocia con el ingeniero tinerfeño Miguel Honorio de la Cámara y Cruz, propietario de La Guirnalda, en la que colabora desde enero con una serie de “Biografías de damas célebres españolas” entre otros artículos. A partir de esa alianza tuvieron lugar las revisiones y reediciones de la obra de Galdós para ampliar su distribución y venta al público: bien pudo ser ese

año o el siguiente, sin esperar hasta 1879, cuando se produjo la modificación por primera vez del final feliz de La Fontana.

  • Rosa Amor del Olmo (2018)

En Galdós, diálogos biográficos, a partir de las propias palabras entresacadas de ensayos y entrevistas del escritor, la autora recrea un diálogo imaginado entre don Benito y doña Emilia Pardo Bazán en torno a La Fontana de Oro (Amor del Olmo 2018, 69-75):

«EMILIA PARDO BAZÁN. —¿Y los distintos finales de La Fontana?… En las dos versiones termina la novela con una conspiración absolutista que se malogra por la intervención de Lázaro, y a la vez con el fracaso de los ideales políticos del joven. En la primera versión, sin embargo, los amantes huyen a un pueblecito de Aragón, donde se casan y viven con mucha felicidad y muchos hijos. En la segunda versión varía el desenlace: los jóvenes son sorprendidos en su huida, y los esbirros de Coletilla asesinan a Lázaro; Clara muere de dolor cuatro días más tarde».

«GALDÓS. —En efecto, mis dudas acerca de los gustos naturalistas del público suscitaron en su momento no pocos interrogantes en este sentido con todas las ediciones que se llegaron a imprimir, final desgraciado frente a final feliz. En la primera concluye con la muerte de la pareja de enamorados… En estas tres últimas ediciones de la novela, pues se hicieron diversas y traducidas a varios idiomas, ofrecí un desenlace muy diferente del anterior: Clara y Lázaro consiguen burlar con Bozmediano el cerco absolutista y huyen a Ateca… allí se casan, tienen hijos y llevan una vida feliz y productiva al margen de toda veleidad política».

Nótese que Galdós contradice a doña Emilia: la primera versión es la de final trágico, y no la de final feliz, como dice la escritora gallega. Cabe pensar que el error de Pardo Bazán —muy extendido en la época— se

debe a la digresión del narrador en la primera edición de La Fontana… (1971), cuando dice que «Había escrito la conclusión y el desenlace del modo más natural y lógico, creyendo que era buen fin de jornada para aquellos amantes,… », pero que tuvo que cambiarla por un final trágico debido a que «la colaboración de un testigo presencial de los hechos que vamos refiriendo, le obligó a desviarse de este propósito, dando a la historia el fin que realmente tuvo». Dando a entender que había una edición anterior de La Fontana… con final feliz.

  • Germán Gullón

En el apartado Pérez Galdós, editor de esta biografía (Gullón 2020, 370-371) aparece una referencia a los dos finales de La Fontana de Oro:

«El único borrón en el proceso de ruptura (con Miguel Cámara) fue la cuestión de La Fontana de Oro. Apareció un ejemplar de esta novela con el sello editorial de La Guirnalda, con un final posterior al originalmente editado en la primera edición, lo que parece una falsificación hecha para que los derechos de esta popular obra fueran a la empresa de Cámara. El editor tenía derecho a cuanto fuera editado después de 1874, y la novela era de 1870, pero el ejemplar falsificado llevaba el sello de La Guirnalda. Dada la caballerosidad con que Cámara llevó el pleito, esta falsificación parece improbable, y si no encontramos pruebas más concluyentes que la existencia de un solo ejemplar, conviene dejarlo como un incidente misterioso».

La existencia de un solo ejemplar de la falsa edición de 1870 no es un hecho que hayan constatado otros autores (Pattison, 1980; Esterán, 1992; Arencibia, 2020) y, sin duda, merecería una mejor comprobación. No obstante, la caballerosidad de Cámara durante el pleito no puede ser prueba concluyente de nada. El editor sería la persona más interesada en hacer desaparecer los falsos ejemplares una vez descubierto el engaño, ya que se convertían en las pruebas de un delito. En todo caso, dejando a un

lado el incidente misterioso, nos quedamos sin saber la opinión de Gullón sobre la significación que tendría para Galdós ese cambio del final dramático en La Fontana de Oro.

  • Yolanda Arencibia

Con La Fontana de Oro, su primera obra publicada, «inicia Galdós el camino de la novela realista en España siguiendo las huellas de la novela europea», nos dice la autora, antes de analizar las circunstancias que rodearon su edición y detenerse en el controvertido desenlace (Arencibia 2020).

Recuerda la biógrafa que, al final de la novela, Lázaro el protagonista consigue abortar la conspiración de los absolutistas contra los liberales, con lo que sufre la represalia de los fernandinos mandados por Coletilla, su siniestro tío, que impedirá que Lázaro y Clara consigan huir de Madrid. Los jóvenes enamorados nunca podrán llegar al refugio soñado de Ateca ni vivir en paz su amor apasionado. Este es el final coherente y lógico que escribió Galdós para la primera edición de Noguera en abril de 1871 (también en las dos ediciones publicadas en la imprenta alemana Brockhaus, de Leipzig). Este dramático final, en una novela realista, era congruente con la insalvable asimetría de fuerzas entre tío y sobrino, y con la personalidad inmadura del joven Lázaro. La biógrafa apostilla: «Es el desenlace que surgía del interior de Galdós tras la renuncia dolorosa y definitiva a su amada Sisita que, en el 1868 de la firma del manuscrito, ha iniciado su vida de casada y visto morir a su hijo».

En cuanto al cambio del desenlace, añade Arencibia: «Galdós mantuvo el trágico final hasta la primera edición de La Guirnalda, que apareció sin fecha y notablemente corregida. En esta nueva versión, Lázaro sobrevive al fuego de Coletilla y escapa de Madrid con Clara para

terminar viviendo su amor en Ateca, tranquilos, felices, con muchos hijos y disfrutando de una posición desahogada». Según la biógrafa, este final feliz se debe a que Galdós decidió cambiarlo al leer la crítica de su amigo José Alcalá Galiano aparecida en La Revista de España el 13 de mayo de 1871, una crítica elogiosa, pero que discrepaba del trágico final.

No parece razón suficiente que, simplemente por una crítica y, además, favorable, Galdós decidiese cambiar el final con «un guiño técnico» para satisfacer al crítico amigo. No obstante, quizá pueda encontrarse alguna otra explicación, incluso compatible con la de Arencibia, para el cambio de ese final de La Fontana que resulte más acorde con el carácter (nada maleable) y los sentimientos (nobles) del joven autor…

Recuerda Arencibia que Galdós había contado que se había sentido

«confuso y atortolado» entre 1868 y 1872. En enero de ese último año, Benito recibe una carta de su hermano Sebastián dando cuenta de la gran preocupación del tío José M.ª por la grave enfermedad que «afecta a Sisi». Han llevado a la joven «a La Habana, a ver si su grave mal al parecer, es de los que podrían curarse». Sisita morirá antes de que finalice ese mes de enero de 1872. Como ya se ha dicho, tenía 28 años de edad, aún no se había cumplido un año de la primera edición de La Fontana… en la Imprenta Noguera.

La nota 17 del capítulo 4 (Arencibia 2020, 773) trata de aclarar lo ocurrido con las primeras ediciones de La Fontana de Oro:

« Hubo, en efecto, una edición temprana de La Guirnalda, sin fecha, en donde Galdós cambió el desenlace de la novela; pero tuvo que ser posterior a 1871, porque hasta 1873 no había adquirido Cámara la propiedad de la imprenta, y hasta el 20 de julio de 1874 no se había firmado el acuerdo editorial Galdós-Cámara ».

Un dato muy interesante, que merece ser tenido en cuenta.

  • Sisita y el cambio del final de La Fontana de Oro

De acuerdo con Esterán (1992) y Arencibia (2020) puede hacerse la siguiente recapitulación:

1.- La Fontana de Oro fue escrita en 1868, aunque la primera edición, de Noguera, no apareció hasta 1871. Las otras ediciones de Leipzig (1872 y 1883), son copias de la primera, con lo que todas comparten el final dramático.

2.- La segunda edición de La Fontana… apareció en La Guirnalda sin fecha. Tuvo que ser después de 1873, cuando Cámara compró la imprenta, o de 1874, cuando firmó el acuerdo editorial con Galdós. Lo importante es que por primera vez el autor cambió el final, salvando a los protagonistas.

3.- Hay una edición de La Guirnalda fechada en 1870, que es falsa y apareció después de 1896 para favorecer los intereses del editor Cámara. Mantiene el final feliz de las ediciones segunda (sin fecha), tercera (1885) y posteriores.

A modo de conclusión

Cabe afirmar que el cambio del final de La Fontana de Oro tuvo más que ver con la muerte de Sisita, en enero de 1872, que con la crítica de José Alcalá Galiano en abril de 1871, aunque ambos sucesos pudieron ser sinérgicos. Quizá Benito inicialmente tomó nota de la sugerencia de Alcalá Galdiano, pero mantuvo el final por coherencia con el fondo de realismo que deseaba mantener en la novela. Sin embargo, la muerte trágica de la joven que había sido su primer amor le hizo cambiar de opinión. Por primera y única vez en su vida, antepuso las razones sentimentales a las literarias. Benito hizo una concesión al romanticismo: ese final se lo debía a Sisita y al joven romántico que él mismo había sido.

Ya que no habían podido ser felices en la realidad, lo serían en la ficción y, siempre genial, dejó escapar una luz ucrónica de lo que esa felicidad personal hubiera supuesto para sus sueños de escritor. Y así, Benito pudo pasar página y continuar adelante con su vida, ya para siempre entregada a la literatura.

El primer final de La Fontana de Oro, que aparece en las ediciones de la Imprenta Nogueras (Pérez Galdós 1871) y F.A. Brockhaus (Pérez Galdós 1872), en coherencia con el contexto real de la trama, es el trágico. Galdós no era partidario de hacer concesiones de fondo —y el realismo no era negociable en sus novelas— para vender más ejemplares al público. Seguramente, la crítica de Núñez de Arce, que tanto ayudó a la difusión de la novela, no caería en saco roto, pero solo a caballo pasado, puesto que La Fontana… ya estaba publicada. Si acaso, sería una sugerencia a considerar en otros proyectos futuros.

MT León dice que, después del regreso de Sisita a Cuba, los antiguos amantes se carteaban. Según su versión, entre otros regalos, Benito le envió un ejemplar dedicado de La Fontana de Oro (León 1943). Si esto es cierto, tuvo que ser después de abril de 1971, y por tanto, se trataría de un ejemplar con el final trágico. En ese caso, es seguro que la joven lo leería y le entristecería el final. De ser así, es más que probable que le comentara a Galdós su opinión… y que este la tuviera en cuenta.

En enero de 1872 Sisita falleció en Cuba, una noticia muy triste que debió producir una gran desazón en Galdós. La muerte de su amada no solo cerraba el capítulo más importante de la vida sentimental del escritor, sino que mostraba dramáticamente el rostro más despiadado de aquel sueño inalcanzable. Un año más tarde, en 1873, al inicio de la colaboración con el editor Cámara, se planteó la conveniencia de revisar el manuscrito de La Fontana… para lanzar una nueva edición en la Giralda.

De esta forma, Galdós no desaprovechaba la oportunidad de atender a la crítica de Núñez de Arce y, al mismo tiempo, La Fontana de Oro tendría un final feliz (Pérez Galdós, sin fecha) en el que cabía un secreto homenaje a Sisita. La memoria de su amada bien merecía plasmar en un final aquello que un día soñaron y que los prejuicios y el autoritarismo impidieron. Y la renovada ficción sacó a relucir el genio del escritor, que plasmó el final feliz en una ucronía: Las Palmas se trasladó a Ateca y Galdós y Sisita se convirtieron para siempre en Lázaro y Clara. En esa ficción, él renunciaría a la fama y al éxito público, y ambos serían seres anónimos y felices. A cambio, como en un juego de espejos literarios, serían eternos amantes en el mundo de las letras.

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  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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