
Rosa Amor del Olmo
En el prólogo de Las violetas, Gregorio Romero Larrañaga presenta a una autora sensible, modesta y de sentimientos nobles. Su elogio insiste en el pudor y la inocencia que encontrarán los lectores. Unas páginas después, Dolores Cabrera y Heredia escribe:
Porque el hombre no perdona
El talento en la mujer.
El perfume no había impedido que la poeta se diera cuenta de lo que ocurría.
Conviene detenerse en el verbo. No dice que el talento pase inadvertido ni que resulte difícil reconocerlo. Dice que no se perdona. La inteligencia aparece tratada como una falta, algo que necesita indulgencia. Me parece difícil encontrar una expresión más precisa del agravio: no se castiga una equivocación de la escritora, sino una capacidad que los demás preferirían no tener que admitir.
El libro apareció en Madrid en 1850 y reúne setenta y seis composiciones. Su autora, nacida en Tamarite de Litera en 1828, apenas había pasado de los veinte años. La juventud importa, pero no para admirar que una muchacha fuese capaz de escribir. Importa porque permite escuchar la temprana lucidez de una voz que ya reconoce el precio de sobresalir.
El poema se titula «El hastío» y está fechado el 18 de junio de 1849. Se organiza como un diálogo: una voz pregunta por lo que se desea; otra va descartando las respuestas. La belleza es fugaz. La gloria tampoco ofrece refugio: quienes la alcanzan pueden llevar una corona en la frente y espinas alrededor del corazón. La imagen coloca la recompensa y la herida en el mismo cuerpo.
Ahí está la diferencia entre afirmar que la fama no da la felicidad y observar que el reconocimiento puede desencadenar un castigo. El poema no presenta el cansancio como un simple temperamento melancólico. Le proporciona interlocutores, razones y una experiencia del trato ajeno. Su desencanto no procede únicamente de haber esperado demasiado de la vida; también de haber observado cómo se distribuyen la admiración y el rechazo.
La estrofa siguiente afina el diagnóstico:
Para ellos son las mejores
Las que pueden dominar,
De pronto, la palabra mejores pierde su apariencia inocente. No designa a las más capaces, sino a las más manejables. El supuesto juicio sobre el valor de una mujer deja ver la conveniencia de quien lo pronuncia. Cabrera ha desplazado la pregunta: el problema no está solamente en que se reconozca mal el talento, sino en que algunos prefieren unas cualidades que no les obliguen a cambiar de posición.
La firmeza del pasaje también es formal. Los octosílabos avanzan sin necesitar un vocabulario extraordinario. Son palabras corrientes, fáciles de retener, que desembocan en una conclusión difícil de suavizar. La rima no adorna una idea que ya estuviera resuelta fuera del poema: la prepara para quedarse en la memoria.
El reproche alcanza asimismo a otras mujeres, a quienes la voz poética atribuye envidia ante el éxito de las escritoras. No sería riguroso convertir esa acusación en una descripción de todas sus contemporáneas. Lo que sí permite advertir es que, dentro del poema, compartir una condición no garantiza compartir una lealtad. La hostilidad no aparece repartida en dos bandos perfectamente cómodos.
Fuera de esos versos hubo también colaboración. Mercedes Lledó Patiño ha documentado la coincidencia de las firmas de Cabrera, Carolina Coronado, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Amalia Fenollosa y Robustiana Armiño en Los hijos de Eva. Aquella trama de relaciones forma parte del ámbito que conocemos como Hermandad Lírica.
Estas firmas, vistas juntas, corrigen la imagen de una aparición milagrosa en medio del desierto. Había otras mujeres escribiendo y unos lectores capaces de encontrarlas en las mismas páginas. Me interesa esa cercanía material: no una solidaridad abstracta, sino textos que llegan a una redacción, se imprimen y conviven. Una interlocutora puede empezar siendo el nombre que vemos al volver la hoja.
La primera publicación de Dolores contó, además, con una intervención familiar. En 1847, su madre hizo llegar unos poemas al director de La Esperanza. Después vinieron colaboraciones en distintas cabeceras. En El Correo de la Moda publicó poesía, artículos históricos, biografías y la novela Una perla y una lágrima. La muchacha presentada por su delicadeza desarrollaba una actividad literaria que no cabe en la imagen de un entretenimiento doméstico.
Vuelvo por eso al prólogo. Larrañaga no solo elogia su sensibilidad: pone reparos a someter los sentimientos de una mujer a las exigencias de la crítica razonada, como si analizarlos amenazara el misterio de la inspiración. Cellit
La intención es encomiástica; el resultado merece discutirse. Proteger un poema del examen también puede privarlo de la consideración que se concede a una obra. Si todo nace espontáneamente del corazón, ¿dónde dejamos la elección del ritmo, la búsqueda de una palabra, la decisión de terminar una estrofa precisamente ahí? El elogio de la naturalidad corre el riesgo de volver invisible el trabajo.
A mí, como escritora, me interesa que ese trabajo se vea. La emoción no escoge por sí sola la forma de una frase. Puede desbordarnos durante una tarde y dejarnos después ante una página que todavía no funciona. La sensibilidad es un comienzo posible, no una explicación suficiente del resultado. Llamar delicado a un libro no nos dispensa de averiguar cómo está hecho.
Pero tampoco debemos arrancar las flores para que la autora parezca más seria.
En el poema que da título al volumen, las violetas remiten a la infancia: eran las flores que prefería, que prendía en sus trenzas y guardaba junto al pecho. Desde el presente doloroso, su recuerdo conserva una felicidad perdida. La flor no sirve aquí únicamente para decir que algo es bonito. Permite poner en relación dos edades de una misma vida. Lo pequeño conserva lo que el tiempo ha deshecho; aquello que cabe en una mano adquiere una extensión que no se puede medir por su tamaño. Despreciar esa imagen por femenina sería una forma bastante pobre de defender a una escritora.
En «Ausencia», la voz que habla echa de menos a una amiga y desea apoyar en su pecho la frente dolorida. La cercanía corporal ofrece el consuelo que la distancia impide.
Ese gesto hace algo que una declaración general sobre la amistad no conseguiría. Le da postura al sufrimiento. La cabeza necesita descansar en alguna parte; el afecto necesita una presencia. Leer solo una efusión sentimental sería perder la precisión de la escena. No todas las experiencias íntimas tienen que disfrazarse de grandes acontecimientos para adquirir importancia.
Y hay una niña capaz de discutir con un ángel.
En «La predicción de un ángel», el visitante celestial le propone llevársela. Ella se niega porque su madre sufriría al no encontrarla. Llega a reprocharle al ángel que no comprenda ese vínculo y le pide que espere mientras su madre la necesite.

Me gusta la inesperada inversión de autoridad. Quien conoce las excelencias del cielo no ha calculado el dolor que dejaría en una casa. La niña sí. La ternura contiene una objeción: la promesa más extraordinaria debe responder por sus consecuencias sobre una persona concreta. El afecto, lejos de volverla dócil, le proporciona una razón para negarse.
Esa capacidad de discutir desde un lenguaje aparentemente sumiso recorre los pasajes que más me interesan de Cabrera. No necesita abandonar las flores, la familia o la imaginación religiosa para introducir una voluntad propia. Las convenciones no deciden por adelantado todo lo que una escritora puede hacer con ellas.
Tampoco «El hastío» se agota en su protesta. Después de desconfiar del amor y de la riqueza, vuelve la atención hacia otros sufrimientos y busca una salida en el bien que se puede hacer al prójimo. Su desenlace moral forma parte del poema, igual que los versos que denuncian el desprecio al talento. Manifold @CUNY
La lectura gana si mantiene juntas esas direcciones. No hace falta borrar la búsqueda de consuelo para que la protesta resulte legítima. Una persona puede desear que el mundo cambie y necesitar, mientras tanto, alguna razón para levantarse. La herida no queda desmentida porque se intente vivir con ella.
Las violetas volvió a editarse en 2019 gracias al Centro de Estudios Literanos, con estudios introductorios de Valeriano C. Labara Ballestar y Ernesto Fernández-Xesta y Vázquez. Esa recuperación permite acercarse al libro sin conformarse con una selección de versos especialmente oportunos. Cellit
Yo empezaría por «El hastío», pero no terminaría allí. Seguiría hasta la amiga ausente, las flores de la infancia y aquella niña que obliga a un ángel a escucharla. Son distintas formas de tomar la palabra: argumentar, recordar, pedir cercanía, negarse. Reducirlas a una sola denuncia sería volver a decidir por la autora lo que puede decir.
El prólogo había preparado al lector para admirar su inocencia. Los poemas permiten reconocer también su discernimiento.
Las violetas no necesitan convertirse en otra flor para que las tomemos en serio. Necesitan que dejemos de confundir la delicadeza con la obediencia.
Bibliografía
Cabrera y Heredia, Dolores. Las violetas: poesías. Prólogo de Gregorio Romero Larrañaga. Madrid: Imprenta de la Reforma, 1850. Reedición cuasifacsímil, con estudios de Valeriano C. Labara Ballestar y Ernesto Fernández-Xesta y Vázquez: Tamarite de Litera, Centro de Estudios Literanos, 2019. Manifold @CUNY
Catalán Marín, M.ª Soledad. «Dolores Cabrera y Heredia, una poetisa romántica literana». Littera, 1, 2009, pp. 87–106. Este estudio reproduce los pasajes del prólogo y de los poemas comentados. Cellit
Lledó Patiño, Mercedes. «La visibilidad de las escritoras del S. XIX en el espacio público de la prensa». Estudios sobre el Mensaje Periodístico, 18, número especial, 2012, pp. 569–575. Revistas UCM


























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