
Juan Antonio Hormigón
Isidora. Revista de Estudios Galdosianos, n.º 22, pp. 41-65. Transcripción limpia del texto maquetado.
Ramón Solís en El Cádiz de las Cortes (1958)¹, hizo mención de un debate sobre la reapertura de los teatros habido en la Cámara en diciembre de 1810. Emmanuel Larraz en su artículo «Teatro y política en el Cádiz de las Cortes» (1977) abundaba sobre este hecho. En ambos casos se dice que fue el diputado Mejía quien hizo la propuesta, ahí queda todo.
Los antecedentes de aquella moción del diputado americano los expuso con tino Ana María Freire². Tras el inicio de la guerra se cerraron todos los teatros de la zona controlada por la Junta Central y después la Regencia, en tanto que en las ciudades bajo administración francesa disfrutaban de cierto esplendor y era una actividad subvencionada. La ocasión vino de perlas a los enemigos del teatro, a quienes le atribuían ser fuente de horrendos males, que pugnaban desde el siglo XVII por que sus puertas se cerraran y su actividad fuera prohibida. Para ello se utilizaron desde argucias teológicas hasta las más miserables denostaciones admonitorias de la condición de los cómicos. Muchos querían aprovechar la coyuntura de aquellas solemnes jornadas para forzar la clausura permanente, a cal y canto, de aquellos reductos diabólicos.
Una ciudad con tradición cosmopolita como era Cádiz, la sexta del país con sus setenta mil habitantes, que centralizaba el comercio marítimo con Ultramar, el Mediterráneo e Inglaterra, en donde había arraigado el comercio desde su fundación y se expandían en el presente las nuevas ideas ilustradas, ofrecía notoria singularidad y empuje. Allí se ubicaba igualmente el primer banco moderno español, el de San Carlos, fundado por Cabarrús en 1782, adoptando las pautas primigenias del librecambismo. Todo ello favoreció el desarrollo de una burguesía culta y liberal. Por otra parte, se establecieron tiempo atrás dentro de sus murallas diferentes grupos de ingleses, catalanes, cántabros y genoveses dedicados igualmente a prácticas comerciales, pero que a la par favorecieron la aparición de una mentalidad más abierta y diferente a la de otras regiones del país.
La llegada de los diputados a la Isla de León (actual San Fernando), hizo que el paisaje urbano se poblara de conversaciones, tertulias y discreteos, pero no había teatro. En los patios y salones de algunas casas se siguieron representando comedias, aunque siempre como reducto privado. Había ciertamente deseo de que se reabrieran sus puertas. En la Isla, el coliseo se había acondicionado para que allí sesionaran las Cortes hasta que estas pudieran desplazarse a su sede prevista en Cádiz, en el Oratorio de San Felipe Neri. Los últimos estertores de una de aquellas epidemias de fiebre amarilla que de forma recurrente afectaban a la ciudad, retrasaba la trashumancia.
Los debates de las Cortes
La primera reunión de las Cortes tuvo lugar el 25 de septiembre de 1810. Apenas dos meses después, en la sesión del 24 de diciembre, uno de los diputados se puso en pie y sometió a debate de los allí reunidos, una proposición de cinco puntos sobre cuestiones relativas a la reapertura y dirección de los teatros. Un hecho relativamente insólito dadas las circunstancias, el poco tiempo de existencia de aquel cónclave y las preocupaciones urgentes que a todos aquejaban.
En las primeras sesiones se había establecido el principio de soberanía nacional, la división de poderes, la inviolabilidad de los diputados, la libertad de prensa, etc. En la sesión del día 5, por ejemplo, hay una intervención de Agustín de Argúelles en nombre de la comisión que debe establecer los límites del Poder ejecutivo. En ella aparece Mejía, junto a Zorraquín, Gallego, Creux, Gutiérrez de la Huerta y otros. Todo cuestiones de calado notable.
El día 8 se produjo un amplio debate con intervenciones de diferentes diputados, Mejía entre ellos que hizo una larga y enjundiosa. La cuestión de fondo no era otra que la necesidad de que se redactara una constitución. Queda claro que un sector de los diputados la reclamaba, mientras que otros aseguraban que no hacía falta, que no estaban allí para eso.
Oliveros: Señor, la proposición del Sr. Mejía tiene conexión íntima con la Constitución que debe fijar el período de las Cortes y el método de renovar los diputados: así que antes se debe nombrar una comisión, para que desde luego vaya trabajando en la grande obra de la Constitución; y así lo propongo y pido. Señor, alguna vez se ha de comenzar, y siendo esta obra de mucho tiempo, y no debiendo disolverse las Cortes sin haberla hecho, porque así se nos encarga en los poderes, conviene que se principie a trabajar cuanto antes.
El Sr. Gómez y otro eclesiástico, dijeron que ni ellos ni sus provincias pensaban que las Cortes habían de formar nueva Constitución, ni durar mucho tiempo, sino el preciso para añadir algo a la Constitución que tenemos, y reformar los principales abusos: que según esto podrían volver a sus casas para el mayo próximo.
Ostolaza. Sin patria no necesitamos Constitución: primero es recobrar la patria, y después formar la constitución, que mal se podría formar en el estado actual. ¿A qué ocupar ahora el tiempo en otra cosa que en guerra y hacienda?
Espiga: Soy de sentir que inmediatamente se trate de la constitución (en esto se debiera haber pensado desde el primer día); pero siendo sus objetos diferentes, propongo: que para cada uno se nombre diferente comisión auxiliada de personas escogidas fuera del Congreso, sin perjuicio de que entre tanto se ocupen las Cortes de la guerra y hacienda.
Torrero: Apoyo las proposiciones hechas; pero me parece que debe preceder como preliminar necesario un decreto, convidando a todos los sabios y ofreciendo un premio a la mejor memoria que se presente. Pido que se nombre una comisión para extender la minuta de este decreto. (…) Argüelles: Insisto sobre la proposición del Sr. Oliveros: sin Constitución en vano expeleríamos al enemigo, y veríamos sobre el trono a nuestro Fernando: nuevos enemigos quizá más temibles que Napoleón nos asaltarían y nos sumergirían en nuevo abismo de males. Además, la Constitución contribuirá eficazmente a expeler al enemigo. Esta nación grande y valiente bien constituida recobrará su natural energía que ha perdido por el abatimiento que trae consigo el despotismo. La arbitrariedad de encarcelar destruye la seguridad y la dignidad del ciudadano; el método de enjuiciar es fatal. Ni se crea que la Constitución es una obra interminable, o de un tiempo muy largo, muy largo. V. M. tiene ya sancionados los fundamentos, la Junta central preparó con este fin varios trabajos que por fortuna tenemos a la mano: ¿qué nos puede arredrar ni detener?

Así era la argumentación dominante en aquellos días. Igualmente la prensa mostraba sus opiniones sobre esta cuestión fundamental. El Diario Mercantil de Cádiz, abría su entrega del 20 de este mes con un editorial que titulaba: «Efectos de una buena Constitución». En el mismo destacaba aquellos aspectos que consideraba más relevantes del texto fundamental. Los cinco primeros puntos que plantea son por sí solos suficientemente significativos.
«Ahuyenta el espíritu de insurrección, lícita únicamente en su defensa.
Resiste a la revolución, hija de la insurrección.
Proscribe con odio la idea de guerra civil, término de estas dos calamidades.
Precave el despotismo en todo grado.
Estorba la arbitrariedad, impidiendo que sea ley la sola voluntad del monarca. (…)» Estos ejemplos ilustran claramente sobre algunas de las preocupaciones que inquietaban a los reunidos en la Isla de León.
El decreto sobre los teatros
El día 24 de diciembre de 1810, Nochebuena, amaneció en Cádiz a las siete y quince minutos y el sol se puso a las cuatro y cuarenta y cinco. El Diario Mercantil de Cádiz informaba diariamente de este pormenor meteorológico al comienzo de sus entregas. La noche de antes un soldado mató a una mujer, asunto no tan raro: fueron cuatro los que murieron en diferentes riñas la siguiente. En las Cortes no hubo sesión secreta. La pública se inició con la aprobación de poderes del diputado de Tlaxcala, José Miguel Uribi y Alcocer, quien prestó juramento.
Seguidamente tuvo lugar la elección de Presidente que recayó en señor Cañedo, sacerdote, así como la del Vicepresidente y el Secretario. Después, el presbítero Antonio Odoardo de Balmaseda solicitó que se declarasen nulas las elecciones de los diputados suplentes por la Isla de Cuba, el Marqués de San Felipe y Joaquín de Santa Cruz. La comisión de Poderes declaró infundada la queja del señor Odoardo e indicaba la necesidad de leer las representaciones de dichos electos.
El diputado Mejía fue el primero en intervenir: «Señor, no hablaré sobre la cuestión principal. Está en el Congreso el Sr. Valiente, que presidió aquella elección, y si fuese necesario podrá informar a V. M. Por lo demás, creo que se debe leer el recurso de los agraviados, supuesto que la comisión expone la necesidad de leer los documentos. A nadie le gusta que le quiten el honor; en el día y siempre vivimos por él. Entretanto, doy las gracias a V. M.; y se la doy repetidas, por haberse tratado este asunto de personalidades en público; pues cede en honor de los Diputados, y así celebro la dispensación del secreto”³.
Se leyeron las representaciones e intervinieron los diputados Ostolaza y Laserna. El primero adujo que en la elección, el presbítero denostador «interpuso todo su valimiento y maquinación». El segundo, fue más grave en sus consideraciones: «sepa V. M. que el tal sacerdote padece de mal de luna⁴, y sería buena obra curarle. Esto es bastante para despreciar su gestión». Se votó unánimemente a favor del dictamen de la comisión, instando además a que «S. M. podría hacer con él alguna demostración que le impusiese silencio”.
Intervino de nuevo el diputado Mejía con palabras severas: «Señor, se trata de que nosotros nos hagamos justicia. Cuando la necesidad y las circunstancias nos hacen oír a los que agravian, el desprecio debe ser el mayor castigo». La moción fue aprobada por unanimidad. Todavía se leyeron tres proposiciones de Manuel José Quintana, que se admitieron para discusión.
Se presentó entonces una propuesta de decreto preparada por el Sr. Mejía, firmada el día 21, para que se votara si era admitida a discusión. El n.º 89 del Diario de las Cortes la reprodujo íntegramente:
Atendiendo las Cortes generales y extraordinarias a los gravísimos e inevitables perjuicios que se siguen a la sociedad de las reuniones y entretenimientos privados a que en los grandes pueblos obliga la falta de honestas diversiones públicas, especialmente en tiempos tan revueltos y de tanta aflicción como el presente; y deseando, por otra parte, que todos los españoles, de cualquier clase y sexo que sean, hallen en sus mismas distracciones más y más ocasiones y motivos de instruirse en sus indescriptibles derechos y en los intereses de la Nación, no menos que de reanimar y exaltar el sagrado fuego de su genial patriotismo y justa indignación contra la perfidia francesa, y de contribuir al mismo tiempo con sus voluntarios socorros a la mejor defensa de nuestra gloriosa e interesantísima causa, se ha servido S. M. decretar por ahora lo siguiente: Primero. Se abrirá el teatro de Cádiz a la mayor brevedad posible.
Segundo. El Consejo de Regencia nombrará un director político, cuyas luces y obligaciones terminarán a procurar que dicho establecimiento sea verdaderamente una agradable escuela de ilustraciones y costumbres nacionales.
Tercero. Para estímulo de los poetas patriotas, se premiarán con prudente liberalidad las piezas sobresalientes en mérito literario y político.
Cuarto. Para que las mismas diversiones del pacífico ciudadano saquen alguna ventaja la seguridad del Estado y sus heroicos defensores, se formará un fondo destinado para los gastos del teatro, el cual se compondrá de la cuarta parte del producto líquido de las entradas, aumentando a este efecto una cuarta parte al valor acostumbrado de los billetes y demás impresos teatrales. La mitad de este fondo se destinará para auxiliar la fábrica de fusiles de la ciudad de Cádiz, y la otra mitad para premio de las acciones distinguidas del ejército de operaciones encargado de la defensa de esta Isla y Cádiz.
Quinto. El director del expresado teatro, asociándose con dos patriotas ilustrados de su satisfacción, procederá a formar una “minuta de reglamento» de teatros nacionales, arreglándose por el espíritu de este decreto, y concluido, la presentará a las cortes para examen y aprobación, sin que por eso se difiera entre tanto la apertura del de Cádiz.
Tendrálo entendido el Consejo de Regencia para su cumplimiento y publicación.
Real isla de León 21 de Diciembre de 1810.
El proyectado decreto fue sometido a una primera votación para ver si era admitido «para ser disentido», que no era otra cosa sino pasar al debate plenario en el que se producían intervenciones de consenso o disenso con la propuesta. Con todas las salvedades que son de suponer, era un procedimiento similar al que hoy existe: las propuestas se discuten en las diferentes comisiones y solo pasan al plenario aquellas que son aprobadas. La del diputado Mejía fue desechada por 65 votos en contra y 60 a favor, después se dio por terminada la sesión. Quizás aquellos cinco votos tuvieron una crucial importancia en el desarrollo subsiguiente del teatro español.
No cabe duda que aquel decreto tenía un carácter singular. So capa de pedir la reapertura del teatro de Cádiz y los de las otras ciudades, Mejía planteaba una serie de cuestiones tendentes a legislar desde el corazón mismo de la soberanía nacional, sobre la organización de los teatros. En un estado incipiente, aun precisando desarrollos posteriores, era un buen comienzo.
La propuesta de nombramiento de un director para el teatro gaditano, no era muy diferente a la que formuló Moratín años antes. Su carácter de «director político” pretende definir a un ilustrado que organice y establezca criterios, no alguien meramente profesional. Los apartados tercero y cuarto se dirigían tanto al estímulo de los autores como a allegar una parte de los recursos a los gastos de guerra.
No obstante es el último el que causa mayor sorpresa. Allí se explicita que dos expertos ilustrados se asocien al director en la tarea de preparar una «minuta de reglamento” de lo que serán teatros nacionales, que debe inspirarse en el decreto que se presenta. Es decir que Mejía planteaba claramente la concreción de una estructura organizativa pareja en todos los teatros con objetivos similares, emanada de un acto legislativo. Dicho plan debería presentarse a las Cortes para su «examen y aprobación», lo que equivalía a la promulgación de algo parecido a una Ley de Teatro en una versión quizás todavía incipiente.
No sabemos con certeza quiénes fueron los diputados que emitieron su voto a favor o en contra, lo cual consistía en ponerse en pie o quedarse sentado. No obstante por las intervenciones que se harán meses más tarde, es fácil colegir que los del grupo servil se manifestaron en contra. Son los que hoy denominaríamos derecha y extrema derecha. Sin embargo no pocos reformistas de centro, ilustrados en muchos casos, se sumaron a esta postura. Un hombre cultivado y constitucionalista como Joaquín Lorenzo Villanueva, se deja llevar en mayor medida por su condición de clérigo que por su ilustración al tratar este asunto. En Mi viaje a las Cortes, especie de enjundioso diario que dejó en manuscrito y se publicó en 1860, mucho después de su muerte, dedica la totalidad de sus anotaciones del día 24 a la propuesta de Mejía.
Preparó una moción diciendo que con motivo del nuevo Sr. Presidente que acaba de elegirse (y era eclesiástico, el Sr. Cañedo) y de ser Pascuas pedía que las Cortes diesen al público un aguinaldo, y este era la apertura del teatro de Cádiz. Vistió la propuesta añadiendo que era un medio de promover el valor y espíritu patriótico (…) Causó gran sensación esta propuesta en el ánimo de muchos Sres. Vocales. Otros la apoyaban, pareciéndoles medida política oportuna y prudente. (…) faltó muy poco para que fuese admitida”⁵.
Villanueva se situó pronto en una posición netamente liberal pero en este caso actuó contra la causa teatral. La frase lacónica con que concluye sus anotaciones es claramente expresiva de su opinión: «Miré yo esta resolución como una clara prueba de que dirige Dios el Congreso”. La prensa comentó igualmente el asunto lamentándose de lo sucedido. El día 28 El Conciso le dedicaba una «Nota» a manera de editorial:
No podemos menos de hacer una observación al ver que solo por cinco o siete votos de exceso se deseche una proposición como indigna de discutirse. Que cuando después de controvertido un punto y examinadas detenidamente las razones en pro y en contra se proceda a una votación, sea ley constante el que la mayoría, cualquiera que fuese, decida, es justísimo; pero que cuando solo se trata de admitirse o no, para discutirse una proposición, en cuyo apoyo puede haber infinitas razones del mayor peso, y desconocidas de los que resisten y la desechan, por cinco o siete votos más se desaire a 50 o 60 que la creen muy digna de discutirse, se corre el riesgo de manejos para evitar el oír verdades y demostraciones que mal pueden persuadir sin anunciarse; ni lo dicta la prudencia, ni la consideración debida a aquel número de individuos del Congreso, que (sobre no ser uno ni dos) cuando tan de acuerdo estaban en que el punto era discutible, no les faltarían razones para ello. Así que, cuando una proposición no sea tan a primera vista chocante, que solo uno que otro individuo esté porque se discuta, sino que sea, como en el caso presente, apoyada por más de la tercera parte del Congreso; creemos de justicia que no se debe desechar hasta que pase por el crisol de la discusión.
Esta observación aplicable a todos los casos, lo es muy particularmente al objeto en cuestión, el cual creemos muy digno de ocupar la atención del Congreso; pues además de las razones insinuadas por el Sr. Mexía, y las anunciadas en nuestro periódico, si los Señores que en señal de desaprobación se quedaron sentados, recorrieran una por una ciertas casas de Cádiz⁶ donde se pasa el tiempo que se emplearía en el teatro, casi casi estamos seguros de que se levantarían.
Un diputado activo y entusiasta
El diputado que presentó la moción y que aparece con frecuencia en los más variados debates, es citado siempre como Mejía. Se trataba de José Mejía Lequerica, representante suplente del virreinato de Santa Fe (Colombia). Había nacido en Quito el 24 de mayo de 1775. Era hijo ilegítimo de José Mejía del Valle y Moreto, aristócrata y abogado que ocupó diferentes cargos, y de Joaquina Lequerica, mujer casada aunque distanciada de su marido⁷. Vivió su niñez en la pobreza, sin que su padre atendiera sus necesidades ni lo reconociera legalmente nunca. Algunos testimonios lo califican de muchacho díscolo, inquieto y desobediente, pero de gran inteligencia. Fue discípulo de Eugenio de Santa Cruz y Espejo quien le condujo por la senda de la Ilustración. También se integró en la logía «Ley Natural» de la masonería quiteña, en la que se encontraban el propio Espejo, el Barón de Corondelet, Presidente de la Audiencia; el marqués de Villa Orellana, Rector de la Universidad de Santo Tomás; Juan José Matheu, José Javier Ascásubi y otros.
Al mismo tiempo se ocupó de investigaciones botánicas. Participa en numerosas expediciones de este tipo acompañando a Anastasio Guzmán y Abreu. Se le considera el iniciador de esta ciencia en el Ecuador y logró que se introdujera en el plan de estudios de la Universidad una cátedra de Ciencias Naturales, de la que se encargó en sus últimos años en Quito. Escribió, se sabe, Plantas Quiteñas que se ha perdido.
En 1796 obtuvo el título de Maestro de Artes en la Universidad Real y Pública de Santo Tomás. Ese mismo año obtuvo el puesto de profesor de latín y Retórica en el colegio de San Luis. En junio de 1798 contrajo matrimonio con Manuela Espejo, hermana de Eugenio y veintiún años mayor que él. El matrimonio se creyó de conveniencia y produjo malestar en el vecindario. Pero Manuela era ante todo una mujer ilustrada, con amplios conocimientos en botánica y colaboradora en estas tareas con su marido. Había escrito en el periódico fundado por su hermano, Primidas de la Cultura de Quito, utilizando el seudónimo de Erophilia, es decir amante del amor y la sabiduría⁸. En uno de sus artículos escribía: “La corrupción, no es solo un fenómeno de individuos o familias, también es una tupida red que tiene que ver con la ineficiencia de los aparatos de control y seguridad, con el obsoleto sistema jurídico vigente”. Sus cartas desnudan tanto su voluntad como su pasión y revelan aspectos sobresalientes de su personalidad.
En 1800 se graduó en Teología, aunque en principio se le negó el título por su nacimiento ilegítimo y por estar casado; tuvo que esperar seis años para que se lo concedieran. También fue designado profesor de la cátedra de Filosofía en la Universidad de Santo Tomás. En 1803 se le privó de ella por no ser de origen noble dado su origen ilegítimo y pasó un periodo de gran pobreza, pero también obtuvo la Licenciatura en Derecho. En 1805 se graduó como Bachiller en Medicina, pero le negaron el de Derecho Civil por las mismas razones ya aludidas. Su orgullo justamente herido le llevó a rechazar una cátedra de medicina que le ofreció el Cabildo. Se le describía entonces como «un joven profesor delicado, atrayente, de rizado cabello, de grandes ojos, dulces de ordinario, brillantes de malicia, pictóricos de interrogantes. Cráneo ancho y grande en su parte superior, de frente elevada y algo ovalado su rostro. “Tronco y miembros delicados, tipo cerebral”. El retrato de anónimo pintor que ha llegado hasta nosotros debe corresponder a este momento.
Tanto en su periodo formativo como en la práctica docente, dio muestras en todo momento de una inusitada entrega al estudio. Su inagotable capacidad de trabajo y la amplia nómina de conocimientos que acumulaba, le granjearon numerosas envidias entre sus colegas. Los mediocres siempre hacen así. Por otra parte, aquella sociedad cerrada y mezquina, lastrada por los prejuicios y formas sociales polvorientas, se cerraba en su entorno como un dogal asfixiante. Era preciso salir de aquel lugar.
A fines de 1805 o comienzos de 1806 surgió la oportunidad y se exilió primero a Guayaquil y después a Lima. En 1807 marchó camino de España acompañando a su amigo José María Matheu, Conde de Puñonrostro y Marqués de Maenza, y con los auspicios del Barón de Corondelet. Este le había conseguido un modesto empleo en el Hospital General madrileño.
El dos de mayo de 1808 estaba en Madrid. En una carta a su esposa de comienzos del año siguiente, escribe: «En grandes riesgos hemos estado todos los habitantes de Madrid y yo mismo corrí mucho peligro el día 2 de Mayo próximo pasado (…) Parece que el Cielo quiere libertarnos de sus cadenas; a lo menos, habiendo salido ellos de aquí ahora 18 días, ya respiramos un poco y tenemos proporción y tiempo de armarnos. Yo estoy alistado voluntariamente, como también el conde de Puñonrostro. Si perecemos en algún combate, tendrás tú el envidiable honor de que a tu esposo haya cabido una muerte gloriosa; y si salgo con vida y honra, como lo espero de Dios, tendrás en tu compañía un hombre que habrá demostrado no estar por demás en el mundo…”
Su participación en la breve defensa de la capital ante la segunda llegada de los imperiales con Napoleón al frente, parece que fue activa. Tras un bombardeo de dos días, el 2 y 3 de diciembre, el 4 entró Bonaparte en Madrid. Para Mejía aquello fue el inicio de una serie de aventuras hasta recalar en Sevilla. En buena prosa, aunque tardó meses, se lo contó a Manuela Espejo en la carta antes citada, en la que hizo un relato con bastantes pormenores de todo lo sucedido en aquel tiempo y en la que desvela la situación que atravesaba el país en aquellos meses:
Voy a contarte muy deprisa las aventuras que he corrido, pues por extenso sería de nunca acabar. A últimos de Noviembre de 1808, supimos que los franceses habían derrotado las tropas que teníamos en Somosierra, y se habían apoderado de aquel paso preciso para Madrid. Esta villa conoció al instante que no tardaría en dejarse ver el enemigo, y en efecto, el 1ro. de Diciembre ya estaban sobre ella cincuenta mil hombres de tropa escogida, mandados por el mismo Emperador en persona. Sin embargo, el pueblo quiso resistir, y con mucho valor y patriotismo, aunque con poco orden y sin preparativos, se puso todo el mundo sobre las armas para defender las puertas y tapias, que llaman murallas, malísimamente fortificadas. Entonces tomé mi fusil y fui a ocupar mi puesto en una puerta, el cual no desamparé ni de día ni de noche, hasta que se rindió la villa por capitulación, que fue el 4 de Diciembre. Quiso la casualidad que en aquella puerta no fuesen tan vivos los ataques, como en otras, y así no recibí daño, sino una contusión en el pie, en ocasión que el Comandante me había mandado ir a saber lo que pasaba en la puerta de los Pozos, donde parecía reproducirse el infierno. Pero, de resultas del frío, vigilia y falta de sustento, pues no estábamos para comer, enfermé algunos días… Viendo yo que cada día se agravaban mis cadenas, y que quizá llegaría a faltarme el valor, y vencido del hambre me rendiría a las ofertas de los franceses, atropellé todo, abandoné un empleo regular que el Gobierno español acababa de darme en el Hospital general de Madrid, y fugueme de esta corte el día 14 de Marzo. ¿Cómo te pintaré mis necesidades, fatigas, aventuras peligrosas en aquel viaje? A más de las penalidades y riesgos que yo había previsto, cuando tomé el disfraz de carbonero, para salir de Madrid y pasar por Toledo y otras poblaciones ocupadas por los franceses, me sobrevinieron males impensados e insoportables; porque apenas llegué a la Mancha, se trabaron allí escaramuzas entre el ejército francés y el español, que, por nuestra parte, pararon en la más vergonzosa dispersión y en no cesar de huir hasta Sierra Morena. Yo, infeliz, me hallaba despeado y a pie, tan presto atropellado de los españoles, tan presto envuelto por los franceses, cuyos sables no dejaban de repartir buenos tajos. En fin, tantos peligros, y el verme en cada pueblo de los nuestros mirado como sospechoso y casi asesinado como espía francés, cuando el detestar tan infame canalla me traía de aquella manera, te aseguro, esposa mía, que no son cosas para contarlas y que quisiera borrarlas de mi memoria. Estas aventuras me obligaron a detenciones y extravíos continuos; de suerte que tardé 25 días en llegar a Sevilla… Por lo demás, si llega a verificarse de esta hecha mi restitución a la Patria, entraré en ella sin ningún empleo ni condecoración; pero sí con el honor de haber dado indudables pruebas de hombre de bien y buen amigo. Entonces me verás volver pobre, viejo y calvo; pero cargado de experiencia, rico de desengaños y armado para todo evento de una sana e imperturbable filosofía, precioso fruto de mis viajes, lecturas y meditaciones!… Pero baste hablar de mí, que no es conversación que me agrada, y solo por complacerte me he detenido en ciertas particularidades.
El 3 de febrero de 1810 fue designado Oficial de la Contaduría
General de América, más tarde Secretario del despacho de Gracia y Justicia. Con este empleo pasó de Sevilla a Cádiz. Cuando los diputados electos fueron llegando a la Isla de León, de los dos que correspondían al Virreinato de Santa Fe solo presentó sus credenciales José Manuel Matheu. Dada la situación, Mejía fue designado por la Regencia «sustituto» y tomó posesión de su cargo con el conjunto de padres de la patria. Caso de que llegara el titular en algún momento cesarían sus funciones, pero este nunca se presentó. Su labor como diputado fue infatigable y de suma constancia. Tras el discurso de Muñoz Torrero al abrirse la primera sesión, en el que proclamó que en la Cortes se cifraba la Soberanía Nacional, el segundo lo pronunció el quiteño. A lo largo de tres años, hasta el mes de octubre de 1813, Mejía participó en las comisiones de Colegio de Cirugía médica, Supresión de empleos, Sanidad, Forma de publicar en América la Instalación de las Cortes, Reglamento del Poder ejecutivo, Organización del Gobierno, Tribunal de Hacienda, Especial de Hacienda, Honor, Infracción de la Constitución, Servidumbre de Cortes y Americana. Las he citado en su totalidad para dar cuenta del volumen de responsabilidades que asumió⁹.
Según recogen los testimonios de quienes lo conocieron, Mejía Lequerica fue un extraordinario orador. Aunque tenía la voz algo débil, sus intervenciones alcanzaron siempre gran elocuencia y profunda intensidad. Se le llamaba «el Mirabeau americano”, y se parangonaba con Agustín de Argúelles en este desempeño. Sus discursos y mociones fueron numerosos y frecuentes. Los de mayor calado versaron sobre la libertad de imprenta, el Reglamento de la Regencia y de las Cortes, la libertad de Comercio, la abolición de la esclavitud, los convenios hechos por los Reyes en cautividad, la organización de los hospitales y la sanidad, el proyecto de Constitución, la abolición de los Señoríos, los tribunales de Guerra y Marina, el Reglamento del Poder ejecutivo, el reparto de Baldíos, la abolición de la Inquisición, las infracciones constitucionales, la abolición de la tortura, la igualdad de americanos y españoles, la administración de justicia, etc.
Su integridad y sentido patriótico le llevaron a adoptar una medida inusual en todos los tiempos: hizo renuncia de la mitad de su sueldo mientras durara la guerra. Asimismo cuando La Abeja publicó documentos comprometidos de Wellington, que provocaron inquietud en la Regencia, hizo espontánea declaración de que él era el responsable y puso su cargo de diputado a disposición de la Cámara. Porque Mejía llevó a cabo una activa labor en la prensa del momento. Fue colaborador de La Triple Alianza, el Telégrafo Mexicano, La Abeja Española, el Semanario Patriótico y El Patriota en las Cortes. Quizás en algún caso compartiera la dirección con algún colega.
En Cádiz se integró igualmente en la logia «Integridad N.º 7», donde fue introducido por el general Castaños, vencedor en Bailén y masón de alto grado. En ella se reunían españoles como Alcalá Galiano, y americanos, en particular sus amigos quiteños Juan José Matheu y José Joaquín Olmedo, así como el argentino Carlos de Alvear, los caraqueños Andrés Bello y Luis López Méndez, los curas mexicanos José Herrera y Miguel de Santa María, los colombianos Domingo Caicedo y José María Vergara, el cubano José Álvarez de Toledo, etc.¹⁰
Tuvo amores con una dama que atendía por Gertrudis Salanova y Benito. Se trata de un personaje incógnito, del que apenas se sabe que era muy bella, soltera y estuvo perseguida y encausada por la Inquisición en Madrid años antes. Mejía mantuvo con ella una relación estable hasta el fin de sus días, aunque no por ello dejó a su mujer. Deduzco que debían de vivir juntos en la calle Ahumada, n.º 18, que era el domicilio del diputado¹¹.
José Mejía Lequerica fue persona de saber enciclopedista. Uno de esos personajes que tienen curiosidad por todo y acumulan conocimientos en los campos más diversos. Las humanidades, la Teología, las Ciencias Naturales, la Filosofía, la Literatura, fueron cultivadas por él con entusiasmo y provecho. “Más que un erudito, fue un sabio que distinguía lo justo de lo injusto, lo cierto de lo falso, lo superficial de lo esencial”¹².
Apertura del teatro de Cádiz
Aquella propuesta del 24 de diciembre de 1810, aunque no pudo pasar el corte para su discusión plenaria, tampoco cayó en saco roto. Meses después la sociedad gaditana y numerosos diputados reclamaban cuando menos la apertura del teatro de la ciudad. Aquel moscardoneo incesante comenzó a dar sus frutos y la prensa se hizo eco. El 6 de octubre de 1811, El Conciso escribía un amplio artículo sobre estas cuestiones:
Con motivo de haberse ya determinado (según se asegura) por la superioridad, que se abra el teatro de Cádiz a principios del próximo noviembre, ha habido varios proyectos acerca del orden que debería seguirse, y precios que podrían establecerse para atender, además de las ordinarias obligaciones, obras pías etc. al auxilio del ejército, objeto digno de la primera atención. Incomodado un sujeto de esta capital, al saber que había un proyecto en el cual, entre otros inconvenientes, se hallaba el de subir tanto el precio, que se vería la mayor parte de las gentes privada de poder asistir (cuando esta clase de diversión es para todos) y por consiguiente vacío el teatro en perjuicio de tan interesantes objetos: discurriendo sobre el modo de conciliar la atención debida a estos con la comodidad del público, formó y nos remitió el siguiente plan que sometemos al juicio de los inteligentes, que decidirán si en él se ve cumplido el loable fin que el autor se propone, y si en todo o en parte es preferible a los demás que se hayan presentado.
1.º Que se aumente sobre la entrada conocida un real de vellón en beneficio del ejército.
2.º Que se haga igual aumento en el precio de lunetas, galería y tablillas.
3.º Que los palcos de platea primeros y segundos contribuyan con 10 reales diarios, y los terceros con cinco, incluyéndose en esta contribución los de propietarios.
4.º Que los asientos y palcos abonados, si los hubiere, contribuyan del mismo modo que los otros.
5.º Que semanalmente se haga una función escogida cuyo total producto sea en beneficio del ejército; trabajando aquel día la compañía gratis, cediendo el empresario sus útiles, y los frailes de San Juan de Dios los 200 reales de su arrendamiento; debiéndose igualmente ceder los cinco cuartos impuestos para Obras pías y academia, y sacando únicamente lo muy preciso para el gasto de luces y otros indispensables, según nota que presentará el empresario.
Veamos qué resulta de este plan.
494 Asientos o lunetas a 1 real — 494
40 Galerías a ídem — 40
132 Tablillas a ídem — 132
64 Palcos de platea primeros y segundos a 10 reales — 640
16 Terceros a 5 reales — 80
500 Entradas por un cálculo aproximado — 500
Reales vellón — 1886
Rebájese la una cuarta parte por los vacíos que puede haber — 471,4
Diario líquido — 1414,4
Producto de la función semanal con el proyectado aumento.
338 Asientos a 4 reales — 1352
150 Ídem a 3 reales — 450
18 Palcos a 50 reales — 900
26 Ídem a 40 reales — 1040
16 Terceros a 25 reales — 400
20 De propietarios a 10 reales — 200
132 Tablillas a 3 reales — 396
40 Galerías a 6 reales — 240
500 Entradas a 3 y medio reales — 1750
Arrendamiento de la Casa — 200
Total — 6928
Rebájese la cuarta parte por la misma razón que arriba — 1732
Líquido — 5196
Contribución de 6 días a la semana a razón de 1414 rs. y 4 mrs. — 8487
Resulta de ingreso semanal, reales vellón — 13683
NOTA: Si acaso hubiese equivocación, será siempre a favor de la contribución, pues el número de entradas deberá ser mayor = E».
El Diario Mercantil de la misma fecha, no era por su parte menos explícito. Pedía además que se creara una Junta de Teatro del Ayuntamiento:
Es constante que las diversiones públicas se deben proporcionar de tal suerte, que todos puedan disfrutarlas. Si el precio es muy alto, se cierra la puerta a los menos pudientes. Contrayéndonos al teatro de Cádiz, que se asegura va a abrirse, notamos el excesivo aumento de precios que parece dado a las entradas y asientos. ¿Y esto para qué? ¿Para sacar la mezquina cantidad de 500 reales diarios a favor del ejército? Para eso bastaba aumentar un solo real por entrada: lo demás es un lucro del empresario. Por el contrario, conforme al plan que insertó el Conciso del 6 del corriente, se sacaban 130 y más reales por semana para el mismo benéfico objeto, y de un modo más ventajoso al público. Como quiera, el ayuntamiento de Cádiz, a quien compete el asunto, conforme a las leyes, debiera tomar parte en él, y formar su junta de teatro para arreglo de esta materia.
En aquel maremágnum periodístico gaditano, un diario de gran empaque e importancia como El Conciso dedicaba un espacio notable a la problemática teatral. Entre las informaciones relativas a las Cortes y las correspondientes al curso de la guerra tanto en España como en Europa, hay un lugar también para el teatro. La cuestión no era baladí, por supuesto, tanto en el debate sobre su licitud como veremos de inmediato, como en el de sus dimensiones económicas. Así las cosas, el gobernador de la plaza, Juan de Villavicencio, redactó un oficio dirigido a la Regencia solicitando la apertura del coliseo para el día 3 de noviembre. La regencia le dio curso y lo presentó a las Cortes para recabar su dictamen.
La sesión del día 19 de octubre se abrió con la presentación a los diputados de dicho oficio:
Tratando de la apertura del teatro de esta ciudad, y habiendo de conciliar para ello los intereses del convento de San Juan de Dios, propietario de la casa, del antiguo empresario D. Manuel Arenas, dueño de las decoraciones y demás correspondiente a la representación, y de Mariano Querol y demás actores que hicieron la solicitud para que se les permitiese dar en él sus representaciones, tengo la satisfacción de anunciar a V. S. de estar todo corriente y dispuesto para dar principio el 3 del próximo mes de Noviembre. Se han convenido tanto los padres de San Juan de Dios, como Arenas en la parte que debe darles Querol que se ha hecho cargo de la empresa, del producto de las funciones; y además queda Querol constituido en la obligación de dar lo que corresponde a fortificación y otros objetos anteriormente establecidos, y 500 rs. por cada representación para las atenciones del ejército.
La conveniencia, o por mejor decir, necesidad que tiene de alguna diversión pública esta población, compuesta en el día, a más de la ordinaria, de tantos forasteros como aquí se han reunido, con tropas extranjeras, gentes todas acostumbradas a esta honesta diversión de todos los pueblos civilizados, y la consideración de que en la próxima estación se hace indispensable un recreo en que pasar las largas noches, siendo tan perjudiciales los juegos, que con tanto empeño persigo, y nada convenientes otras distracciones, a que por falta de las inocentes se dedica la juventud, me hacen esperar con toda confianza la aprobación del Consejo de Regencia, que mejor que yo conocerá los males de todas especies que evitará la apertura del teatro. De orden de S.A. lo traslado a V. SS. (a los Sres. Secretarios de Cortes) para que se sirvan hacerlo presente a S. M.
Aquello fue ocasión para que se iniciara un debate una vez más en torno a la licitud del teatro, aunque se aludía siempre a las actuales circunstancias. Intervinieron en contra el diputado por Murcia, Simón López, quien aludió incluso a Rousseau en su argumentario denegatorio; y
Vicente Terrero, un cura de Algeciras diputado por Cádiz, bastante tronado a tenor de las desmesuras inquisitoriales que aduce. A favor lo hicieron el diputado por Zamora, Juan Nicasio Gallego, poeta eminente y clérigo, quien recordó la propuesta presentada en su momento por el señor Mejía que no fue admitida a discusión. También lo hizo con brevedad el diputado por Extremadura, Francisco Fernández Golfín, quien solicitó la lectura del Acta de la sesión del 24 de diciembre de 1910. Finalmente se decidió que no había caso para deliberar dado que se trataba de un asunto cuya competencia correspondía al Gobierno. Dado el interés historiográfico de lo que allí se dijo, lo reproduzco en su totalidad tal y como se recoge en el Diario de Sesiones del 19 de octubre:
El Sr. López (D. Simón) presentó por escrito el siguiente dictamen:
“Señor: V. M: en la isla de León, sesión de 24 de Diciembre último desechó por pluralidad de votos la proposición que hizo el Sr. Mejía de que se abriese el teatro de Cádiz. El Conciso, núm. 6, dice haberse ya determinado por la superioridad que se abra el teatro a principios de Noviembre próximo.
Señor, esta novedad no puede menos que chocar con la opinión pública de los buenos y honrados españoles, y con el voto general de la Nación, la cual, por un impulso simultáneo, lo mismo que la insurrección contra los franceses, cerró todos los teatros donde los había, y no pensó más que en defenderse con oraciones, rogativas, sacrificios, soldados, fusiles, pólvora y balas. El voto de V. M. del día 24 de Diciembre fue aplaudido de todas las personas sensatas y cristianas. ¿Qué pensarán éstas cuando lean El Conciso? Creerán que V. M. ha mudado de parecer, o que mira con indiferencia sus infortunios y calamidades; no pudiendo persuadirse que se haga tal novedad en la corte sin consulta y ausencia del Soberano, que lo habían prohibido pocos meses antes. Diríase que el abrir o cerrar el teatro es propio del Poder ejecutivo y no del legislativo: no disputo esto; pero ¿será esta razón bastante para satisfacer a Dios y al mundo? ¡El hambre, la guerra, la peste, azotes manifiestos de la divina justicia castigando severamente a toda la Nación; y en la corte sus habitantes entretenidos con las fábulas, coplas y danzas voluptuosas y afeminadas del teatro! Todos los miembros heridos y llorando ¡Y la cabeza riendo! ¿Dónde está la caridad, la filantropía, la humanidad, la política civil y cristiana? Esto es insultar a la Nación. El rey cautivo, el Papa encarcelado, la Iglesia de Jesucristo desgarrada y perseguida con cismas, herejías y apostasías, sus ministros errantes y proscritos, las vírgenes violadas, los templos profanados, las santas imágenes holladas, el culto divino casi desaparecido; la impiedad, el libertinaje, el latrocinio, la muerte derramada por toda la Monarquía; ¡y en la corte comedias y bailes teatrales! ¿Dónde está la religión y la moral del Evangelio? ¿Dónde el respeto a los Padres de la Iglesia, a los concilios, a los teólogos católicos, a los oradores cristianos que todos unánimes reprueban los teatros y los espectáculos profanos como escuela de todas las pasiones, cátedra de pestilencia, ocupación de gente ociosa y viciosa? Pero ¿qué digo los Padres y teólogos cristianos? Los más sabios filósofos del gentilismo, Platón, Aristóteles, Plutarco, Arístides, Cicerón, Valerio, Tácito, y lo que es más, el mismo Ovidio, que nadie tachará de austero ni misántropo, aconseja el Emperador Augusto que mande derribar todos los teatros para evitar la corrupción de las costumbres y la afeminación de los pueblos.
At tanti tibi sit non indulgere theatris. Enervant animos citharae, cantusque, lyraeque;
Et vox, et numeris brachia mota suis
(Lib. 2.º Remed. Amor)
Hoc falsar: Indi quoque semina praebent;
Nequitiae. Tolle tota theatra iube.
(Lib. 2.º Trist.)
Expectatum veniunt, veniunt expectentur ut ipsae;
Ille locus divina casti pudoris habet.
(Id. lib. 1.º de Arte amandi)
Ni se diga que aquellos hablaban del teatro de los teatros de su tiempo: de los del nuestro juzgan lo mismo tres célebres filósofos y poetas, no frailes ni clérigos supersticiosos o preocupados, sino muy seglares y muy apasionados a comedias y comediantes: hablo de Rousseau, Callontro, Olavide.
El primero dice que los teatros son ocasiones ciertas y próximas de ilusión, es ginebrino, y se gloria de que en su Patria nunca su Gobierno permitió las comedias (Carta a Alambert).
El segundo confiesa que son opuestas a las buenas costumbres y a la católica religión (Proceso de su causa, traducido del italiano, e impreso en Barcelona, capítulo IV, página 281)
El tercero afirma que la vida teatral es diametralmente contraria a la salvación, que los que asisten a los espectáculos dan a entender que han abandonado la carrera de la virtud.” (Evangelio en triunfo, tomo II, página 130 y 31.) Tanta es la fuerza de la verdad, que a veces sale de la boca de sus mismos enemigos.
He dicho esto a la ligera, aunque la materia es abundantísima, para que se vea con cuanta sabiduría y prudencia cristiana política resolvió V. M. que no se abriese el teatro de esta ciudad, y que no debe abrirse sin su permiso, mayormente subsistiendo las mismas y aún mayores razones que hubo entonces para prohibirlo.
Ninguna autoridad debe obrar contra lo que V. M. tiene decretado. Por lo cual hago formal proposición, y pido a V. M. “se mande al Consejo de Regencia que no permita se abra el teatro de Cádiz sin expresa orden de V. M.”
El Sr. TERRERO: Que deba agitarse esta materia en el soberano Congreso, es demasiado palpable, supuesto que en diversa época se controvertió aquí mismo y emanó orden sobre ello: expedida ésta, ¿puede ser infringida sin el conocimiento de V. M.? La orden fue que se conservasen cerrados los teatros: luego para abrirlos será menester la anuencia previa de V. M. Esta es una noción obvia y demostrada. Verdad es que no corresponde al augusto congreso por su naturaleza, siendo y sabiendo que es objeto propio del Gobierno; mas ya lo es por el incidente que acabo de indicar. Ahora se lee y anuncia ese oficio del Consejo de Regencia en que se expresan los pactos y convenciones de los dueños, e interventores de la casa para que V. M. se inteligencie, y no otra cosa. Este es un ardid o astucia para derogar lo mandado.
Tratar la cuestión utrum, sean o no útiles los teatros, no es mirarla bajo el punto de vista que se debe en el día. Bajo este aspecto podría probarse que sí, por mil razones; también que no por otras tantas: se presentarían pareceres, y abundarían las sentencias como las cabezas. ¿Cuál es el punto, pues, que debe fijarse? Este. ¿En un duelo, suena bien la música? ¿En un mortuorio parecen bien las danzas? ¿Estamos en el caso de que el Gobierno, sin provocar la ira de Dios, arbitre por sí, y disponga la apertura de esas casas? ¿Qué el Gobierno promueva esas diversiones públicas, y excite al regocijo? ¿Y cuándo? Cuando todos nosotros debíamos pedir, a falta de las nuestras, lágrimas prestadas; cuando el ánimo se conturba, y se comprime el espíritu de un puro pesar. ¿Qué España tenemos, estando reducidos a este rincón y a la Galicia por el castigo del cielo, o sea por lo que sea? Amagados por todas partes del enemigo y de todas las epidemias que se han conocido: las provincias hallándose como se hallan, y acaso, acaso, subyugadas algunas, libres poco hace: los alimentos que habrán de escasear, por estar ocupados algunos puntos de donde nos venían: y en medio de tantos infortunios ¿se han de abrir aquellas puertas de la pública diversión? Diviértanse enhorabuena o enhoramala: háganlo por sí; pero V. M. quede exento, y jamás dé orden para que piensen en semejantes delirios. Lo contrario sería hacerse V. M. Nerón, tocando la lira con el placer de las llamas de su abrasada Roma. Esto no se puede oír sin indignación, y sin que arrebate el furor de Dios. Agrádame notablemente la música, me embelesa una canción; pero «¿por ventura, aunque así sea, habré de autorizarlo con generalísimo y horrible escándalo de todos los que meditan las cosas tales cuales ellas son; que ven los generales llantos; que no registran sino tal cual punto intercalado de la Península; que consideran a todos los españoles en la última confusión y abatimiento, y cuando solo se debería mandar lo que el Rey de Nínive a su pueblo? Así, apoyo en justo desahogo de mi alma la proposición del Sr. López.
El Sr. GALLEGO: Si es cierto que las Cortes no deben mezclarse en lo que pertenece al Consejo de Regencia, también lo es que no deben tomar parte en este asunto. Dígasele que las Cortes quedan enteradas, y que haga lo que tenga por conveniente. Ahora, si tratamos de examinar este asunto, digo que las razones del señor preopinante son de ningún valor. El señor preopinante supone que hay una resolución del Congreso contraria a la apertura del teatro. En esto se equivoca: lo que hubo fue que habiéndola propuesto el Sr. Mejía, no se admitió a decisión su propuesta, que es lo mismo que decir que V. M. no tuvo a bien el deliberar sobre este asunto. Mediaban entonces otras circunstancias que no existen en el día, por las cuales creyó V. M. que no debían entrar en aquella deliberación; tal era, entre otras que en dicha época apenas se comenzaba a respirar de la epidemia. Si se me asegurara que no habiendo teatro las gentes no se habían de ocupar en otra cosa que en las diversiones honestas que ofrece toda sociedad, entonces yo convendría en que no la hubiese; pero como el señor preopinante no me lo ha de asegurar, y yo creo y sé que sucede todo lo contrario, tengo por conveniente que se distraigan las gentes en estas diversiones, que son menos perjudiciales, y que están admitidas en toda sociedad civilizada. Sobre todo, cuando el gobernador, a cuyo cargo está la tranquilidad, buen orden y policía de esta ciudad, cree que la apertura del teatro es una medida útil para evitar los desórdenes y escándalos que persigue con mucho tesón, como él mismo dice., bien meditado lo tendrá. Además de las razones indicadas, deben también tenerse en consideración los extranjeros y tropas aliadas que hay en esta plaza. Y finalmente, este asunto no corresponde aquí, no es de la inspección de las Cortes, sí solo peculiar del Gobierno.
El Sr. GOLFÍN, con el objeto de hacer ver que no constaba deliberación alguna del Congreso acerca de este particular, como había dicho el Sr. Terrero, pidió que se leyera, como se leyó, el Acta de la sesión del día 24 de Diciembre, en la cual consta no haberse admitido a discusión por 65 votos contra 60 la proposición del Sr. Mejía sobre este asunto.
En vista de esto, y en atención a que dicho asunto no era de la inspección de las Cortes, sí solo peculiar del Gobierno, se resolvió que no había lugar a deliberar.
No obstante algún servil no se dio por satisfecho y volvió a la carga.
En la sesión del día 21, en la que las propuestas y debates discurrían por otra senda, el diputado por León, González Colombres, presentó inopinadamente dos proposiciones aparentemente distintas pero en su sentir, así lo parece, íntimamente relacionadas. El Diario de Sesiones de ese día lo recoge a su vez:
Primera. Que en Cádiz y pueblos libres de España se hagan inmediatamente misiones por sacerdotes ejemplares, como medio eficaz de conseguir la saludable penitencia, y con esto la libertad de la religión, la de la Patria, la del Santo Padre Vicario de Jesucristo, y la de nuestro católico Monarca.
Segunda. Que por ahora y durante las asombrosas y terribles calamidades que España padece, cierre los teatros públicos de comedias en cualquiera de sus pueblos libres donde los haya, y no se permita abrir o restablecer alguno, comunicándose al Gobierno estas resoluciones para su pronto y efectivo cumplimiento, y que dé oportunos avisos de quedarse ejecutando.
Como se ve, el tono sigue siendo idéntico al utilizado por Simón
López y Terrero dos días antes, en lo que toca a que en tiempo de calamidades hay que cerrar los teatros. Pero igualmente a las catástrofes que los teatros entrañaban por lo que convenía promover «misiones» para «conseguir la saludable penitencia”. No hay que olvidar que en septiembre de 1808, el Cabildo de Sevilla acordó suspender el teatro «para aplacar la ira de Nuestro Señor» y decidieron hacer «un solemne voto de no permitir en Sevilla ni sus arrabales teatros de diversiones públicas, especialmente de comedias”¹³. No obstante la primera de ellas fue admitida a discusión pero no la segunda. La Cámara estimó “haberse ya resuelto en la sesión del día 19”¹⁴.
Todavía terció días más tarde El Duende de los Cafés, periódico satírico que se deleitaba en burlas y sátiras contra la Inquisición, los frailes, la clerigalla y los rancios aromas del Antiguo Régimen:
Inútil es hablar de la licitud del teatro, acogido ya en todos los países católicos y en la misma Roma. Las autoridades que contra él se alegan son impertinentes, y solo hablan con los antiguos teatros, esencialmente diversos de los de nuestros días. Es harto extraño que sin embargo haya tenido contradictores la apertura del de Cádiz, al paso que se ven con indiferencia otras diversiones, menos conformes a la buena moral. El teatro llamado de muñecos, en que están confundidos ambos sexos, y se representan piezas prohibidas, el juego de Balón en que atraviesan muchas onzas, las otras casas de juegos, los bailes de academia… ¿cuán dignas no son de censurar ¡Y no obstante callan los enemigos del teatro! Haya teatro en que se representen piezas patrióticas, y dando con ellas una diversión, no solo honesta sino útil al público, retráigasele de las diversiones perjudiciales, y ocúpesele el tiempo que en otro caso emplearan muchos viciosamente, murmurando del gobierno en los cafés, cuando menos. Aprovéchese también este excelente arbitrio de socorrer a los defensores de la patria, aplicando a su favor una parte de los productos”¹⁵.
No se abrió el 3 pero sí el 20 de noviembre. El Conciso lo anunció ese mismo día:
Al fin se pone ya hoy 20 en práctica la máxima política de abrir el teatro de Cádiz a pesar de la oposición de muchos que demasiado cortos de vista ni aun quieren valerse de anteojos para ver claro. A los 22 meses de sitio abre Cádiz el teatro!… Esta sola reflexión puede influir mucho en el continente, y desengañará a los alucinados por el tirano, quien cada 15 días les publica y habla de los adelantamientos de sus trabajos de sitio (que son defensivos, pues están los franceses casi tan sitiados como Cádiz,) de los apuros de la guarnición y habitantes de esta plaza (que tienen el mar libre y embarcan harinas y otros comestibles para otros países), y de la próxima rendición de ella, (y solo piensa en ver cómo sitia a los sitiadores.)
En el 21, El Conciso anunciaba ya el programa de aquella noche, cosa que haría diariamente en lo sucesivo: El viejo y la niña, no constaba el nombre del autor como era habitual en la época, pero que sabemos era Moratín. La acción transcurre en Cádiz y puede que eso indujera a su programación a pesar de que se encontraba en Madrid dirigiendo la Biblioteca Real. La tonadilla La venida del soldado y el sainete Las criadas embrolladas.
En El Redactor General apareció a su vez un artículo el 29 de octubre firmado con las iniciales J. N. E. Su autor no pretendía proseguir con la discusión, sino denunciar aspectos económicos respecto a quién se había hecho con la contrata. Esta había vuelto a manos del antiguo empresario, Manuel de Arenas, y él había hecho una subcontrata al actor Querol. El articulista califica de «escándalo» este mejunje. Señala que mediante este proceder, Arenas «sin comerlo ni beberlo se encuentra con un mayorazgo en perjuicio del público” y Querol «de un capital”.
Muerte de un diputado liberal
En el mes de septiembre de 1813 se desencadenó en Cádiz una epidemia de fiebre amarilla, conocida vulgarmente como vómito negro, que alcanzó su pico de mortandad en octubre. Uno de los mayores estudiosos del mal en aquellos años, el doctor Juan Manuel Arejuela, la describía así: «la fiebre amarilla es una calentura peraguda, contagiosa, que invade de repente con escalofríos o frío, dolor de cabeza precisamente hacia la frente y sienes, de lomos, desazón incómoda, o dolor en la boca superior del estómago, particularmente si se comprime esta parte, gran postración de fuerzas, sequedad de narices, y falta de saliva para poder escupir”¹⁶.
Este médico eminente estudió durante años la afección hasta describirla con todas sus variantes, pero no llegó como es lógico, habida cuenta de los conocimientos existentes, a determinar el agente causal, la forma de transmisión o las terapias reponedoras. De forma rutinaria se ordenaban cuarentenas respecto a los barcos que llegaban a puerto y se controlaba el movimiento de personas. Por ejemplo, se pretendió interrumpir la circulación entre Cádiz y la Isla, aunque con poco éxito. Atemorizadas por el brote epidémico, las Cortes cerraron el Oratorio de San Felipe el 15 de septiembre y se trasladaron a su primera sede.
Hoy sabemos que la fiebre amarilla es una enfermedad viral, cuyo agente es el denominado virus de la fiebre amarilla. Se transmite por la picadura del mosquito Aedes aegypti. Fue el primero que se detectó como causante de una patología humana. De dos a cinco días después de la picadura, aparecen repentinos accesos febriles, escalofríos, cefaleas, dolor de espalda y mialgias generalizadas. Después se instaura un estado de postración, nausea y vómitos. En la analítica se observa leucopenia. Son frecuentes las hematemesis que provocan el vómito oscuro que dio nombre común a la enfermedad. La ictericia es en principio moderada y se intensifica paulatinamente, dando una tonalidad amarillenta a la tez. El pulso se hace más lento y débil y en algunos casos se instaura una anuria.
Sigue sin existir en la actualidad un tratamiento específico, pero las terapias de sostenimiento y protección hepática y renal han hecho disminuir la mortalidad aunque esta sigue siendo elevada. Todo ello se realiza en las Unidades de Cuidados Intensivos de los hospitales. También se dispone de una vacuna a partir de una cepa de virus atenuado. Se recurre además a fumigaciones periódicas, uso de mosquiteros, y eliminación de aguas estancadas, desde simples latas hasta las albercas que deben cubrirse. Las personas que sobreviven a la enfermedad desarrollan una inmunidad de por vida.
Nada de esto se sabía a comienzos del siglo XIX. Se la consideraba como afección contagiosa de persona a persona pero sin saber cual era su origen. La epidemia surgía en el periodo estacionario del mosquito. Muchos de los afectados por la fiebre morían pero otros resistían y curaban. En 1813 el brote intenso que se produjo creó la lógica ansiedad entre los diputados. Muchos querían que las Cortes retornaran a la Isla, pero Mejía era de los que opinaban lo contrario. No alcanzo a comprender, dada su formación científica, cómo podía negar que dicha enfermedad existiera en Cádiz¹⁷. No obstante cabe la posibilidad de que la fiebre selvática que se produce en América del Sur, endémica todavía hoy en diferentes países, presentara una sintomatología algo diferente y ello le condujera a dichas afirmaciones. Quizás la confundiera con el dengue no hemorrágico que es menos letal.
Lo cierto es que el azote sobre la población fue implacable. Aquel octubre fueron muchos los que perecieron, El Conciso del 5 de noviembre de 1813 publicó un balance de los fallecidos a lo largo del mes: La cifra total ascendía a 654 personas, de las que 414 eran hombres, 97 mujeres, 83 niños y 60 niñas. Entre ellas hubo varios diputados y gentes de todas las clases sociales. Nadie podía suponer que el causante de tanto mal fuera alguno de aquellos molestos mosquitos.
José Mejía Lequerica contrajo la enfermedad. Esta debió manifestarse en torno al día veinte o veintidós. Estoy persuadido de que le atendió Juan Manuel Arejuela. Era este facultativo un ilustrado de firmes convicciones liberales, que tuvo que salir al exilio años después, donde moriría. Era doctor en Medicina y cirugía y profesor en la Facultad. Como ya he dicho, había efectuado extraordinarias observaciones sobre esta patología que publicó y se tradujeron a diferentes idiomas¹⁸. Quizás era la persona más capacitada allí en aquel momento, pero poco podía hacer sino esperar que la naturaleza triunfara. No fue así. Todo se desarrolló con rapidez y Mejía Lequerica no logró resistir: fallecía a las ocho de la tarde del 27 de octubre. Según el parte oficial de Sanidad había en esa fecha en Cádiz 997 enfermos y se produjeron 27 defunciones. Al día siguiente hubo 28.
Logró testar el día 25. Fueron sus albaceas testamentarios el teniente de navío José Peñaranda y su médico y puede que hermano simbólico, Juan Manuel Arejuela. Sus bienes en España los dejó a Gertrudis Salanova. Los que quedaron en América a su esposa Manuela Espejo. Se produjo en cualquier caso una situación curiosa. En el poder que hizo para testar se declaró soltero. No quería descubrir su estado por si se curaba. Gracias a las cartas que pudo leer Peñaranda, se entendió que era casado y su viuda quiteña fue reconocida como tal. Su cuerpo fue trasladado desde la plaza de San Antonio al Cementerio General de la Iglesia de San José, acompañado de una procesión de amigos. Peñaranda y Arejuela informaron a las Cortes mediante un oficio de la defunción de Mejía¹⁹. En la sesión del día 29 estas se dieron por enteradas.
Sus amigos, en particular su compatriota José Joaquín Olmedo, poeta y también diputado de las Cortes, redactaron un epitafio para su tumba que constituye un hermoso y emotivo colofón.
A Dios Glorificador: Aquí espera la resurrección de la carne el polvo de Don José Mexía, Diputado a Cortes por Santa Fe de Bogotá. Poseyó todos los talentos, amó y cultivó todas las ciencias; pero, sobre todo, amó a su Patria y defendió los derechos del pueblo español con la firmeza de la virtud, con las armas del ingenio y de la elocuencia y con toda la libertad de un Representante del Pueblo. Nació en Quito. Murió en Cádiz en octubre de 1813 a los 36 años de su edad. Sus paisanos y amigos escriben, llorando, estas letras a la posteridad.
En 1814, al retorno de Fernando VII y la restauración del absolutismo, sus restos fueron sacados de su tumba y arrojados a la fosa común del Cementerio Municipal.
Notas
1. 1958 es el año de su primera edición, aunque yo he utilizado la de 1978 de Plaza y Janés. De Ramón Solís puede verse además: «Cara y cruz, la primera Constitución española» (Cádiz 1812-Cádiz 1823)». dialnet.unirioja.es.
2. Freire, Ana María: «El definitivo escollo del proyecto neoclásico de la reforma del teatro (Panorama teatral de la Guerra de la Independencia)», en Teatro español del siglo XVIII, Ed. de J. M. Sala Valldaura. Lleida: Universidad, 1996, pp. 377-396. Reproducido a su vez en estas páginas.
3. El debate fue sintetizado de este modo en El Conciso del 14 de octubre de 1810.
4. Según el diccionario de la RAE de 1803, una acepción de luna era «el efecto que hace la luna en los faltos de juicio y en otros enfermos». Mal de luna es una alusión a alguien enfermo de luna. Existía entonces la creencia de que el satélite ejercía en algunos individuos maléficos influjos.
5. Villanueva, Joaquín Lorenzo: Mi viaje a las Cortes. Madrid: Imprenta Nacional, 1860, p. 132. Reproducido en www.cervantesvirtual.com.
6. Parece una alusión a los burdeles y aguardienterías.
7. Sobre Mejía Lequerica puede verse:
– Flores y Caamaño, Alfredo: Mejía en Cádiz. Quito: Comisión Nacional Permanente de Conmemoraciones Cívicas, 1993.
– «Biografía del R\H\ José Mejía Lequerica», en http://gle.ec/index.php?option=com_content&task=view&id=52&Itemid=43
– Chust, Manuel: «José Mejía Lequerica, un revolucionario en las cortes hispanas». Procesos: revista ecuatoriana de historia, n.º 14, Quito 1999, pp. 53-68.
– Pérez Pimentel, Rodolfo: www.diccionariobiograficoecuador.com
8. Paladines Escudero, Carlos: Erophilia, conjeturas sobre Manuela Espejo: Biografía de Manuela. Quito: Casa de la Cultura, 2002.
9. Belda, José y Labra, Rafael M. de: Las Cortes de Cádiz en el Oratorio de San Felipe. Madrid: Imprenta de Fortanet, 1912.
10. Ocampo, Emilio: «Inglaterra, la Masonería y la independencia de América”. m90.historia.mforos.com.
11. Paladines, obr. cit. p. 98.
12. Alarcón, César Augusto: «Mejía muere en España», La Hora, Quito, 2002, www.lahora.com.ec
13. Hermosilla Molina, Antonio: Epidemia de fiebre amarilla en Sevilla en el año 1800. Sevilla: edición de autor, 1978.
– Comellas, José Luis (coord): «Los españoles del primer tercio del siglo XIX», Historia general de España y América, T. XII. Madrid: Ediciones Rialp, 1992, pp. 1-166; ver p. 6
14. Diario de las Cortes, 21 de octubre de 1811.
15. El Duende de los Cafés, n.º 3, octubre de 1811; recogido por El Redactor General del 27 de octubre de 1811.
16. Arejuela, Juan Manuel: Breve descripción de la fiebre amarilla padecida en Cádiz en 1800, en Medina Sidonia en 1801, en Málaga en 1803, y en Alicante en 1804. Madrid, 1806.
17. Castro, Adolfo de: Cádiz en la Guerra de la Independencia; Cuadro histórico. Cádiz: Revista Médica-Ayuntamiento, 1862.
18. Arejuela, Juan Manuel: Sucinta exposición de la enfermedad contagiosa que reyna epidémicamente en esta plaza, síntomas con que se ha presentado y método curativo que hemos empleado. Málaga, 1803. Traducido al alemán y en dos ocasiones al italiano en 1804, de nuevo al alemán y el italiano en 1805.
– Chinchilla, Anastasio: «Juan Manuel Arejuela», en Anales históricos de la Medicina en general. Historia de la Medicina española del siglo XVIII, T. 4°. Valencia: Imprenta de D. José Mateu, 1846, pp. 296-313.
– Valera Candel, Manuel: Proyección internacional de la ciencia ilustrada española. Catálogo de la producción científica española publicada en el extranjero (1751-1830). Murcia: Universidad, 2006.
También hubo otros libros sobre la materia, como el de Mellado, Bartolomé: Historia de la epidemia padecida en Cádiz el año de 1810 y providencias tomadas para su extinción. Cádiz: Imprenta de Josef Niel, 1811.
La inquietud por hallar un tratamiento eficaz era patente. El Redactor General del 28 de octubre insertó un artículo firmado por Filántropos, en el que propone un tratamiento de la patología mediante baños de vapor. Dice que es muy eficaz, que se emplea en las Antillas y que él se curó de ese modo.
19. El Conciso, 31 de octubre de 1813.


























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