
Juan Antonio Hormigón
Isidora. Revista de Estudios Galdosianos, n.º 22, pp. 67-95. Transcripción limpia del texto maquetado.
El 2 de mayo de 1808 es sin duda una fecha singular. Ese día se produjo en Madrid un gran motín contra los soldados franceses estacionados en la capital, oficialmente como aliados y técnicamente como ocupantes¹. Los antecedentes históricos y políticos de aquel episodio son bien conocidos por la historiografía, aunque no tanto por la ciudadanía. Sin embargo los sucesos de aquel día constituyeron un emblema que manoseado tantas veces por el patrioterismo banal, ha acabado por convertirlo en un tópico y un mito a la par. No importa que una amplia bibliografía que ha trabajado sobre documentos constatables, haya establecido conclusiones bien distintas. El mito prosigue impertérrito con la extraña virtud de servir a casi todos los caldos ideológicos.
La primera consideración que podemos establecer es que los antecedentes de esta explosión popular son complejos. La historia los ha estudiado con no poca precisión, pero el común ha preferido obviarlos para mantener incólume el cliché aludido². Refugiarse en la adicción a los lugares comunes, suele ser refugio de quienes no pretenden saber sino creer.
Entre los precedentes más cercanos en el tiempo, el primero es el denominado Motín de Aranjuez del 17 marzo. El asunto fue planeado y dirigido por los aristócratas del entorno de Fernando, hijo mayor de los Reyes, que lo apoyaban. Los agentes y provocadores de a pie del grupo fernandino, se encargaron de agitar y dirigir la violenta jarana. Muy en particular el conde de Montijo, llamado «El Tío Pedro», cuya presencia fue visible. La multitud de sirvientes y algunos hortelanos, sólo fue comparsa necesario en aquel lance.
Aquel ensayo general no previsto como tal, fue un éxito para sus organizadores. Godoy fue humillado, escarnecido, vilipendiado y salvó la cabeza de pura casualidad. Sólo desde hace pocos años comienza a analizarse su acción de gobierno de forma ponderada. El monarca, Carlos IV, se vio malamente forzado dos días después a abdicar en su vástago y éste, Fernando el inicuo, fue vitoreado por una plebe agreste e ignara hasta enronquecer, como si fuera el depositario de las mayores virtudes. Desgraciadamente algunos políticos de pacotilla siguen confundiendo multitud con pueblo y creen que cuando la masa se agita y desborda están ante un acto históricamente positivo, cuando puede tratarse de una rebelión inequívocamente reaccionaria. Describiendo un guión similar, los espías franceses advirtieron a Napoleón el 16 de abril y éste a Murat, de que el duque del Infantado, próximo a Fernando, iba agitando al pueblo para incitarlo al motín.
El segundo, el deplorable espectáculo de la abdicación forzada de Aranjuez y sus consecuencias: salida precipitada de Carlos IV y su mujer hacia Francia para librarse del acoso, buscando la protección de Napoleón, y la posterior partida de Fernando, ya VII, para protagonizar todos ellos en comandita los grotescos lances que se produjeron en Bayona entre los miembros más cualificados de la familia real³. En Madrid quedó una Junta de Gobierno al frente de los asuntos del país.
Paralelamente, y esto tuvo particular relevancia, Francisco Gil y Lemus, antiguo Virrey del Perú y teniente general de la Armada, creó otra Junta clandestina alentado por un grupo de aristócratas adeptos a Fernando VII que se reunían en casa de su sobrino, Felipe Gil Taboada⁴. El objetivo secreto del grupo era sustituir a la Junta de Gobierno en caso de que ésta quedase bajo control francés, para tomar las riendas del Reino. Fue nombrado como presidente el conde de Ezpeleta, capitán general de Cataluña. La integraban como vocales Felipe Gil de Tabeada, Gregorio García de la Cuesta, capitán general de Castilla la Vieja, el teniente general Antonio de Escaño y Gaspar Melchor de Jovellanos, al cual sustituía Juan Pérez Villamil como vocal suplente, habida cuenta que el otro debía llegar de Mallorca en donde estaba preso.
Gil Taboada y Ezpeleta habían sido igualmente virreyes en América. La primera reunión debía celebrarse en Zaragoza y hacia allí salió Gil Taboada la mañana del día 2 en compañía de Damián de la Santa, Secretario de la Sustitutoria. Uno más que se alejaba por razones tácticas. Es fácil deducir que este núcleo con otros aristócratas absolutistas, el conde de Montijo en particular, y el concurso de numerosos agentes provocadores asoldados entre el pueblo llano o la gente del bronce, fueron quienes formaron parte de la conjura. Se sabe por ejemplo, que dos emisarios de Montijo ofrecieron una importante cantidad de dinero a un zapatero y un trapero para que organizaran una partida de trescientas o cuatrocientas personas dispuestas a causar disturbios⁵.
Gil y Lemus era miembro a su vez de la Junta de Gobierno y tenía acceso absoluto tanto a los correos de Bayona como a las comunicaciones de Murat. De este modo estuvo en condiciones de conocer el día 27 de abril, su solicitud para que la reina de Etruria y el infante Francisco partieran a Bayona. Así, pudo transmitírselo a su sobrino para que lo comunicara a la Junta de Sustitución y diseñaran y organizaran el motín que debía parecer espontáneo. Asimismo hicieron lo propio para establecer los mecanismos de difusión amplificada de la noticia y provocar el levantamiento general. De esto quedó encargado, como veremos pronto, Juan Pérez Villamil.
El último entre los antecedentes más significativos, fue la entrada de los ejércitos franceses en Madrid el 23 de marzo, con Murat, duque de Berg, al frente. Las tropas francesas ocupaban para entonces algunos puntos estratégicos del norte y noreste de España, desde San Sebastián y Pamplona hasta Barcelona. A partir de entonces las clases privilegiadas, las capas medias, la intelectualidad y muchos comerciantes y artesanos, no plantearon conflictos graves a su presencia. Sin embargo el pueblo llano, los vecinos de los arrabales más ternes o la canalla, se sintieron encendidos de un fervor inusitado hacia el rey y hacia España según dicen.
Puede que esta última aseveración sea excesiva. Pero es justo preguntarse si tanto entusiasmo no era sino fruto inducido por tenaces maniobras. Más que la evocación de las alucinaciones patrias contaban los conflictos, quizás livianos en sí mismos, pero que por mor de las circunstancias adquirían dimensiones exuberantes que con demasiada frecuencia acababan en muerte, o al menos en sangrías copiosas. Todo ello construía un sustrato fértil para los agitadores fernandinos.
Una ciudad como Madrid con miles de soldados extranjeros diseminados por sus calles, casas y cuarteles, con muchos miles más acampados en el Retiro, Chamartín, la Casa de Campo o los Carabancheles, iba a producir un estado de fricción creciente en intensidad al entrar en contacto con la parte más primitiva de la población. Muchos más sentían malestar por su presencia abrumadora, pero no padecían impulsos violentos. La consecuencia fue una sucesión de reyertas a lo largo del mes de abril que se cobraron bastantes vidas de ocupantes y lugareños.
¿Quién era este «pueblo» al que con frecuencia se alude con encomio y que fue protagonista de muchos de estos episodios? Estaba constituido fundamentalmente por las capas más humildes de la urbe, con sus costumbres y maneras tan broncas y particulares: manolos y chisperos, aunque no eran los únicos, llevaban permanentemente metida en la faja un facón de dos palmos y siete muelles. Arma tremenda que utilizaban con donaire y frecuencia para encajarla en costillares, rebanar gaznates o abrir en canal barrigas. Con frecuencia se consideraba arrojo lo que era simple chulería. Un ejemplo de civilización patria.
Tenían una rudimentaria y breve nómina de convicciones, insufladas casi todas ellas por la clerigalla mostrenca que asolaba España. Los clérigos cultos e ilustrados, que los había en número relevante, eran tan denostados como mirados con estupor por la masa inerte de tonsurados de acrisolada filiación antiilustrada, defensora del orden existente por muy agotado que estuviera. Por eso esta multitud consideraba herejes y descreídos a los franceses, deseaba un rey absoluto por la gracia de Dios, y tenía una idea rudimentaria y minúscula de España y su sentido. Este era fruto de creerse superiores a los de fuera, reduciendo su españolidad a una misérrima acumulación de certezas cerriles tales como ser contraria a los derechos del hombre, desconocer la condición de ciudadano y no aspirar a nada de ello en aquellos días.
Muchos ilustrados explícitos y otra gente de templados propósitos, partidarios del progreso de su país y del valor de la educación y la cultura, habían mirado a Francia como generadora del discurso ideológico de sus afanes. Sin embargo Francia era de pronto un ejército formidable que iba ocupando el país. Un ejército por otra parte que se explayaba de modo creciente en una prepotencia explícita, la cual alcanzó su zenit el 2 de mayo con la tremenda intervención en las calles de Madrid. No obstante es también cierto que estos sectores tenían más miedo todavía de aquella muchedumbre armada de indígenas⁶.
Blanco White, uno de los españoles más lúcidos de su tiempo, nos aporta en su autobiografía crudos testimonios y algunas reflexiones en torno a este momento y a la ansiedad contradictoria que le envolvió. También a lo que sucedía en la España insurrecta. Considero sus palabras un recuerdo imprescindible:
Los diferentes hechos de la Revolución española se sucedieron con sorprendente rapidez. Las provincias más alejadas de la capital proclamaron la guerra contra los franceses, y llegó el momento en que había que tomar partido en el enfrentamiento inevitable. La lucha que tuvo lugar en mi espíritu fue más dura de lo que soy capaz de explicar. Conocía demasiado bien la situación moral e intelectual de mi país para sentirme optimista sobre los resultados favorables de la insurrección popular. Yo sabía muy bien que muchos de mis amigos creían desinteresados actos de patriotismo lo que no eran más que mezquinas ambiciones personales. Ellos confiaban, además, que cuando los ciegos prejuicios del país hubieran conseguido arrojar a los franceses de la península, el partido liberal tendría la oportunidad de someter a los clérigos, a los que de momento les permitían tener una ascendencia total sobre el pueblo para usarlos como instrumento pasajero. Pero a mí me parecían absurdos estos razonamientos. Yo estaba convencido de que si el pueblo pudiera permanecer tranquilo bajo la forma de gobierno a que estaba acostumbrado mientras el país se libraba de una dinastía de la que no era posible esperar ninguna mejoría, la humillación política de recibir un nuevo rey de manos de Napoleón quedaría ampliamente compensada con los futuros beneficios de esta medida. En efecto, en pocos años la nueva familia real se identificaría con el país. Muchos de los españoles más ilustrados y honestos se habían puesto del lado de José Bonaparte. Se había preparado el marco de una Constitución que, a pesar de la forma arbitraria con que había sido impuesta, contenía la declaración explícita del derecho de la nación a ser gobernada con su propio consentimiento y no por la voluntad absoluta del rey. La Inquisición, fuente y causa principal de la degradación del país, iba a ser abolida inmediatamente, y lo mismo sucedía con las Órdenes religiosas, aquel otro manantial de vicios, ignorancia y esclavitud intelectual. De esta forma, en menos de medio siglo, el país, libre de impedimentos para el desarrollo natural de su capacidad para el bien, quedaría completamente regenerado. Estas eran mis opiniones durante la ansiosa espera que siguió al horrible dos de mayo de 1808.
La triste experiencia me ha convencido de que no estaba totalmente equivocado.(…) Estoy dispuesto a reconocer que nunca he sentido aquella clase de patriotismo que ciega a los hombres tanto con respecto a los defectos de su propio país como a los suyos personales. España, como entidad política, miserablemente oprimida por el gobierno y la Iglesia, dejó de ser objeto de mi admiración desde mi temprana juventud. Jamás me he sentido orgulloso de ser español porque era precisamente como español como me sentía espiritualmente degradado y condenado a inclinarme delante del sacerdote o seglar más mezquino, que podía despacharme en cualquier momento a las mazmorras de la Inquisición. (…)
A pesar de todo, tuve bastante patriotismo como para no unirme al partido afrancesado, que contaba con la hasta entonces invencible ayuda de los ejércitos de Napoleón, y marcharme en medio de graves peligros y dificultades a la misma sede del fanatismo, Sevilla, donde tenía que volver a desempeñar mi insoportable oficio, durante tanto tiempo abandonado, y actuar como un hierofante ante una multitud ciega, ignorante y engañada. ¿Quién era, pues, el verdadero patriota? ¿El que siguiera, como yo, a la masa de sus compatriotas contra sus propias convicciones, porque no quería verlos forzados a aceptar lo que consideraba bueno para ellos, o el de aquéllos que al unirse al pueblo no hacían más que seguir los impulsos de sus sentimientos, por no mencionar sus propósitos de ambición e interés personal?
Si se hubiera establecido el gobierno de José Bonaparte, la tierra donde nací hubiera dejado de ser para mí un lugar de esclavitud, pero, sin embargo, tan pronto como me enteré que mi propia provincia se había levantado contra los franceses, acaricié mis cadenas y regresé sin demora al lugar donde sabía que me habrían de amargar más la vida: volví a Sevilla, la ciudad más fanática de España, en el momento en que estaba bajo el control más completo del populacho ignorante y supersticioso y guiada por aquellos clérigos que me causaban al propio tiempo horror y desprecio. Volví en medio de constantes peligros de mi vida a través de otras regiones del país que atravesaban una situación de anarquía homicida y sed de sangre. (…)
La conciencia de la rectitud de mi conducta y el sacrificio que hacía de mis propias ideas en aras de los deseos de la mayoría del país, me daban ánimo en medio de escenas que demostraban la barbarie más insospechada, pero el ánimo se me vino abajo cuando conocí la situación de mi ciudad. Las más bajas e inicuas intrigas habían llevado a la junta que ejercía allí el gobierno supremo, a algunas personas de lo más vergonzoso e inútil de la ciudad. Se habían pasado por alto los crímenes más flagrantes, e incluso se había llegado a premiar y promover a los agentes empleados en cumplir venganzas personales. Pero no es mi intención escribir la historia de los sucesos públicos. (…) Ni por un momento dudé de la justicia de la causa nacional, ni justifiqué la forma en que Napoleón pretendió cambiar la dinastía española. Lo único que puse en tela de juicio fue la utilidad de un levantamiento popular. Pero puesto que el levantamiento se había producido de hecho, estaba dispuesto a defender la causa española contra Francia a cualquier riesgo. Por tanto, escribí y actué de acuerdo con mis sentimientos. (…)
Como es fácil suponer, Blanco White hizo trizas el nudo gordiano de sus angustias y se exilió a Inglaterra a comienzos de 1910. Para entonces ya había abandonado el sacerdocio y más tarde se hizo ministro de la iglesia anglicana. Jamás regresó a su tierra.
II
Conociendo las prácticas políticas tantas veces repetidas, no es difícil suponer que quienes dirigieron el motín de Aranjuez se plantearon inducir una paulatina tensión entre españoles y franceses. Fernando VII había salido o le habían hecho salir hacia Francia, y su destino lo consideraban una incógnita. Sabían que su desaparición echaba por tierra su intento de mantener el orden existente, ponía en riesgo sus prebendas y significaba el inicio de un proceso de transformación al que estaban dispuestos a oponerse con todas sus fuerzas… y ferocidad.
Quizás la primera acción táctica que se propusieron fue el desprestigio del francés, cosa que habían intentado ya a lo largo del último cuarto de siglo. Se generalizó el término «gabacho» para denominar peyorativamente a los naturales del país vecino. Gabacho no era palabra nueva en nuestro idioma. Aparecía, por ejemplo, en el inicio del romance «Los borrachos» de Francisco de Quevedo:
Gobernando están el mundo, cogidos con queso añejo, en la trampa de lo caro, tres gabachos y un gallego.
En su primera acepción definía a los naturales de los pueblos de las faldas del Pirineo. Sin embargo el Diccionario de Autoridades de 1734 incluye ya una segunda más genérica: «Soez, asqueroso, sucio, puerco y ruin». El de la RAE en su edición de 1803, recoge una tercera: «En el estilo familiar y baxo se aplica a qualquier francés». Gabacho se convirtió en término que demonizaba al sujeto al que se aplicaba y ofrecía una especie de patente de corso para los instintos más primitivos. Matar gabachos comenzó a circular por ciertas cabezas como una acción benéfica que conducía a la senda de la santidad y el heroísmo.
La noticia de la marcha de Fernando de Madrid, pudo ser conocida por todos los vecinos de la Villa y Corte, se publicó en la Gaceta, pero no es tan fácil creer que lo fuera el que se encontraba en Francia, a donde llegó el día 20 de abril. Nada podía saberse aún de lo que allí sucedía, porque su padre, Carlos, sólo desembarcó en Bayona el día 30 de este mismo mes. Las noticias de lo que se barruntaba pero no había sucedido todavía, fueron propaladas por los agentes de los conspiradores fernandinos para que se desencadenara una acción demostrativa de que la multitud apoyaba al ignoto monarca. La Junta de Gobierno había recibido no obstante un correo de Fernando desde Bayona, en el que ordenaba «conservar la paz y armonía con los franceses», de lo que Gil y Lemus y los suyos no debieron hacer ningún caso.
Es de suponer que la pretensión de estos círculos era la de provocar una asonada contra el ejército francés. Los abucheos e insultos a Murat al atravesar con su séquito la Puerta del Sol el domingo 1 de mayo, al regreso de la revista de sus tropas en el Paseo del Prado, nos orientan en ese sentido. La fecha no había sido elegida al azar. Ese día se celebraba la feria de Santiago el Verde y había gran presencia de forasteros. En la isla del sotillo en el Manzanares entre los puentes de Segovia y de Toledo, lugar de la romería, se repartieron volantes impresos exhortando a matar franceses. Muchos de los romeros se quedaron el lunes para participar en lo que se avecinaba, inducidos por los agentes que propalaban consignas simples pero muy eficaces para exaltar los ánimos de la muchedumbre. Otros vinieron con tal fin.
Los agitadores trabajaron con denuedo en los barrios en donde malvivían los más humildes. Eran los más fáciles de instigar y los que podían acudir multitudinariamente a la reyerta. También puede que se fijaran algunos pasquines, aunque lo encuentro menos probable. A primeras horas de la mañana del lunes 2 de mayo, se distribuyeron hojas clandestinas que según parece decían: «Las diez de la mañana es la hora fatal acordada para alzar el telón a la más sangrienta tragedia”⁷. Quizás el comunicado fuera éste u otro, pero es notorio que mucha gente sabía lo que se preparaba. Cuenta Alcalá Galtano en el Capítulo X de sus Memorias que su madre exclamó al oírse los primeros disparos: «Ya empieza”. Aquel motín nada tuvo de espontáneo.
Ronald Fraser, en su La maldita guerra de España (Crítica, 2006), llega a parecidas conclusiones. Sin embargo fue el propio Napoleón el primero en expresar dicha connivencia. El 5 de mayo a las seis de la tarde, a las dos horas de recibir el informe de los sucesos de Madrid, escribía al Duque de Berg: «Tengo pruebas de que el Infante D. Antonio y los de la Junta son los que han tramado la insurrección, las he hallado en los correos interceptados». Bonaparte se refería al parecer a la Junta Superior de Artillería, donde servía el capitán Velarde. El propio Murat debía barruntar lo mismo porque dejó escrito el día 4 en el Diario de Madrid: «El pueblo de Madrid se ha dejado arrastrar a la revuelta y el asesinato…», y añadía: «Sangre francesa ha sido derramada, sangre que clama venganza”.
Sólo que dicho plan se vio posiblemente desbordado por la ira descontrolada de la muchedumbre. Es un hecho que suele acontecer en ciertos momentos históricos. La multitud enfebrecida, anhelante, llevada al límite de la tensión por los agitadores que dejaban caer sus intrigas en aquel territorio fértil, unida a la petulancia y torpeza de los imperiales, formaron la calabriada perfecta para que la explosión deflagara en sus dimensiones más agudas y atroces. No obstante, la idea del desbordamiento puede que sea fruto de nuestra mentalidad personal. Quienes proceden así suelen preferir grandes masacres que casan mejor con sus fines, al fin y al cabo las víctimas que pertenecen al pueblo llano, a los anónimos, son para ellos irrelevantes.
III
Arturo Pérez Reverte en El día de la cólera, escribe un relato que como él mismo reseña, tiene mucho más de documento que de narración ficcional. Su pretensión no es la de novelar la historia, sino la de ofrecer una crónica minuciosa de la jornada del 2 de mayo de 1808 en Madrid. Utiliza una técnica puntillista para focalizar la acción en los diferentes puntos en que los enfrentamientos se producen, mediante la redacción de pasajes breves en general. Sin embargo evita aludir de forma expresa a la conspiración. Su interés mayor para mí radica en que se trata de una visión a ras de tierra, en donde se acumulan nombres y profesiones de quienes participaron y perecieron en la sarracina. Todos ellos están convenientemente documentados y los lances que se describen tienen idéntico fundamento.
La primera cuestión que emana de las páginas del libro es que aquella mañana no había más franceses en las calles que algunos correos y los que se dirigían solitarios de su casa al acuartelamiento. Sin embargo se iban llenando de un gentío espeso, cuya tensión era creciente, madrileños muchos pero también no pocos forasteros que por propia voluntad o azares varios se encontraban en la ciudad. Hacía falta una chispa y no fue tanto la del riesgo de la partida del Infante Francisco de Paula, como un grito descompuesto de un tal Blas Molina Soriano, cerrajero, veterano del tumulto de Aranjuez, lo que movió el ánimo de los convocados en la plaza de Palacio ante la Puerta del Príncipe, a iniciar la matanza de gabachos.
Era Molina un individuo al que se le vincula con el círculo próximo a Fernando. Muestra aquella mañana preocupación porque no ve franceses y hay pocos naturales en el lugar. ¿Cómo desencadenar en esas condiciones un motín? Horas antes ha vigilado el movimiento de los correos que entran y salen del Palacio en que vive Murat, va con informes varios a la Junta de Gobierno y allí lo despachan sin miramientos. Ahora, en la plaza de Palacio, aúlla a pulmón batiente: «¡Traición! ¡Se llevan al infante! ¡Mueran los franceses!». Unos y otros historiadores proponen palabras diferentes pero con idéntico sentido siempre. Le hace coro un gentilhombre de Palacio desde un balcón. Algunos cronistas lo identifican como el teniente coronel de infantería Rodrigo López de Ayala. Su reclamo expresa su pensamiento: «¡Vasallos, a las armas!». Aunque el Infante, de quien las lenguas aseguran es hijo de Godoy por el «indecente parecido», ha dicho a los congregados que no se va a ninguna parte, Molina, protegido siempre por un grupo de sicarios, grita a diestro y siniestro «¡Matadlos! ¡Matadlos!», refiriéndose a los franceses. Es bastante obvio que se trataba de un agente provocador además de un fanático inconmensurable.
Como es lógico suponer, quienes se concentraban en la Puerta del Sol o en la plaza de Palacio constituían tan sólo una parte pequeña de la población. Madrid tenía entonces alrededor de 200.000 habitantes y se cifra entre tres o cuatro mil los que participaron globalmente en el motín a lo largo de la mañana de los que, como he dicho, muchos eran forasteros. La mayor parte de las casas permanecieron cerradas y con sus moradores recluidos en su interior. Algunas se abrieron para acoger algún herido, pero muchas otras se mantuvieron cerradas a cal y canto.
La nómina de nombres que emergen en la crónica del día, son fundamentalmente chisperos de Maravillas y Barquillo; manolos de Lavapiés, el Rastro y Puerta de Toledo; numerosos trabajadores y oficiales de oficios diversos, desde dependientes en botillerías hasta guarnicioneros, hortelanos o alfareros. Participaron igualmente mendigos, rufianes y los presos de la Cárcel de Corte, no pocos de ellos con delitos de sangre. Hombres la mayoría pero también no pocas mujeres y algunos niños. Hubo cierto número de pertenecientes a la pequeña burguesía: propietarios de tabernas, talleres o almacenes. Sólo unos contados profesionales con titulación académica y un personaje de la aristocracia, el Marqués de Malpica. Unos se presentaron con la jornada ya en plena orgía de sangre, muchos más se fueron retirando a sus casas cuando la fatiga les pudo o comprendieron la inutilidad de aquella masacre.
Las tropas españolas, unos tres mil hombres, estuvieron recluidas en sus cuarteles. Algunos soldados no se presentaron en sus destinos y se sumaron a la refriega. El capitán general, Francisco Javier Negrete, había dado órdenes precisas de que ningún uniformado saliera a la calle. Hubo una conspiración militar las semanas anteriores urdida por el capitán Pedro Velarde, en la que anduvieron cabildeando sus colegas en graduación Luis Daoíz, Cónsul, Córdoba de Figueroa y algún otro. Fue descubierta por irse de la lengua un zascandil entre los implicados y se zanjó el asunto. La mañana del día 2 de mayo unos sesenta militares entre oficiales y tropa, así como un cierto número de civiles, se hicieron fuertes en el cuartel de Monteleón, único enclave madrileño en que había armas y municiones, y resistieron los asaltos de las unidades francesas durante un par de horas. No hubo otra participación militar.
Es preciso interrogarse por las razones que llevaron a un veterano de ánimo sereno como el capitán Daoíz, a tomar la decisión de aceptar aquella aventura. ¿Tanto pudo influirle un exaltado como Velarde? Posiblemente su intención fuera producir un foco de resistencia organizada, que sirviera de detonante para la intervención del grueso de las tropas españolas acantonadas en la capital. Sólo eso puede explicar que un hombre experimentado como él se decidiera a dar un paso semejante.
Varios historiadores se inclinan a pensar que la resistencia en el parque de Monteleón formaba parte del plan elaborado por la Junta de Sustitución, con el concurso de algún oficial dispuesto, el más apropiado parece Pedro Velarde. Es posible que en el diseño del motín se cabildeara con el hecho de que un foco de resistencia militar podía mover a otras unidades. Hay referencias que indican que existía un plan concebido de actuación por parte de varios oficiales y bien podía estar conectado con la insurrección. De hecho, varias de las facciones que actuaron después de los sucesos de palacio y que contaban con jefes identificables, se dirigieron de inmediato al cuartel tras los sucesos de Palacio. Hacia allí se dirigió Blas Molina con su grupo, cuya participación en el combate parece que fue escasa, es fácil deducir que su cometido era otro.
La situación de Madrid desde el punto de vista militar, convertía en quimera o delirio cualquier intento de que una confrontación armada con el ejército francés tuviera la más mínima posibilidad de salir victoriosa, ni tan siquiera de forma momentánea. Incluso si hubiera intervenido el ejército regular. Con diez mil soldados dentro de sus tapias, veteranos de Austerliz, Marengo y Jena muchos de ellos, curtidos en combate con largueza, disciplinados y con buena organización, a los que había que añadir treinta mil más en los alrededores, era una locura plantearse una confrontación frontal con un oponente tan poderoso.
Mor de Fuentes que había sido oficial y quiso participar en el motín si lo hacían los militares, tras haber salido después de comer hasta los altos de Santa Bárbara y contemplar las unidades francesas en el campo de los Guardias y la dehesa de la villa, escribe en su Bosquejillo: «eché de ver el desvarío de la resistencia que se había intentado por la mañana», y añade poco después: «sí me afirmo nuevamente en que fue muy acertado el conato de la junta de Gobierno y del Consejo Supremo en contener al pueblo, y hacer que cesasen las hostilidades, pues sin esta providencia es innegable que Madrid hubiera inundado en sangre». Cuando las partidas guerrilleras comenzaron sus acciones, su táctica fue justamente la contraria: el golpe de mano fulgurante y la retirada veloz. Curiosamente sigue las pautas de un proyecto presentado por Mor a Gil y Lemus, aunque él lo concibió para unidades del ejército regular.
Todas estas consideraciones no impidieron que el motín inducido desencadenara una auténtica sarracina. No sólo murieron o fueron heridos de diversa consideración gentes humildes e inflamadas de delirio, simo también otros muchos ajenos a la contienda, que buscaban refugio o pretendían ayudar a los heridos. Así cayeron médicos, enfermeros y camilleros, niños y mujeres, hombres y muchachos. Aquella locura de sangre causó un destrozo que hubiera podido evitarse con más razón, menos fanatismo y sin la rapacidad de quienes defendían la continuidad de sus privilegios sin importarles que mucha gente pereciera. A la postre no iba a ser ninguno de ellos.
Los primeros muertos del 2 de mayo fueron franceses destrozados a golpes y navajonazos por la multitud; después llegaron unidades francesas con artillería e hicieron descargas cerradas contra la muchedumbre. La espiral de la venganza se había puesto en marcha con su semblante más siniestro, el que sólo pide muerte por muerte, sangre por sangre. Los insurrectos tenían la obsesión tenaz de matar franceses a cualquier precio. Los galos la de acribillar o acuchillar lo que se moviera en calles o balcones. El motín duró unas cuatro horas. Antes de la una había cesado todo en las calles y hacia las dos en el parque de Monteleón.
No obstante, el hecho más astroso y deplorable se produjo ante el cuartel de Monteleón. Tras hora y medía de combate, parlamentaba el capitán de Voluntarios Melchor Álvarez, provisto de bandera blanca, con Daoíz y el coronel francés Montholon, que había llegado al frente de una densa columna que detuvo su asalto en la calle de San Miguel y San José. El mensajero era portador de órdenes de la Junta de Gobierno para que se depusieran de inmediato las armas. Los rodeaban hombres y mujeres que servían las tres piezas colocadas ante el portón, así como el exaltado Velarde que daba voces descompuestas repitiendo los vítores del día. Más lejos, a unos cuarenta pasos, la cerrada columna francesa estaba detenida. Los soldados como era prescriptivo en estos casos, habían colgado sus fusiles del hombro con la culata hacia arriba.
Así las cosas, cuando Daoíz que se había negado en un principio a obedecer las órdenes, comenzaba a inclinarse por el fin de aquella inútil matanza, un chispero, Antonio Gómez Mosquera, da un empellón que derriba al comandante francés. Inopinadamente un artillero mete candela al cañón cargado que tiene delante. El estampido es enorme. La bala rasa que tiene en el ánima da de lleno en la columna francesa que aguarda disciplinadamente, haciendo el consiguiente destrozo. Poco importa la bandera blanca y el acto de parlamentar, el resto de los allí reunidos se echa el fusil a la cara y comienza a disparar. Daoíz da Órdenes inútiles de «¡alto el fuego!». Como profesional de la milicia, sabe bien la deshonra que un acto de ese tipo representa y de la que habitualmente se guarda silencio⁸.
Blas Molina siempre estuvo a buen recaudo dentro del cuartel y en un momento dado desapareció por la parte de atrás, que daba prácticamente al campo. No sufrió un rasguño. Es de suponer que fuera a informar a su jefe inmediato de todo lo acontecido, puede que ni eso.
IV
En el motín madrileño del 2 de mayo, no hubo ni la menor alusión ni intención alguna de proclamar la soberanía nacional. Tampoco lo fue de hecho, dado que todas las motivaciones y gritos tendían exclusivamente a la exaltación del absolutismo, el fanatismo y matar franceses. Quienes lo urdieron y provocaron querían mantener el estado de cosas existente y conservar la monarquía absoluta de origen divino como forma de gobierno. Ninguno de ellos tuvo problema alguno ese día.
La mayor parte de las víctimas españolas, pertenecían a las capas más humildes: fueron la carne de cañón que necesitaban para sus fines. Pérez Guzmán que estudió en 1908 en el Archivo Municipal de Madrid los expedientes en que se anotaban sus nombres y profesiones, cifró el número de muertos por parte española en 409, de los cuales 39 eran militares y 370 civiles. Los heridos fueron 170; 28 militares y 142 civiles. No se consigna el número de heridos que perecieron más tarde a causa de las lesiones sufridas en los enfrentamientos.
Existe siempre una frontera sutil entre lo que se denomina heroísmo y los arrebatos de demencia y descontrol. La casuística de la historia nos ofrece numerosos ejemplos tanto de hechos individuales como colectivos. Pero sin duda una de las grandes diferencias entre rebelión y revolución es que la primera agota sus energías en el propio estallido, en tanto que la segunda posee organización y un horizonte más o menos definido, pero perceptible. También podríamos afirmar lo mismo entre la furia enloquecida próxima a la demencia y el heroísmo fruto de la convicción y el temple, algunas veces tan callado que no se le percibe en apariencia pero que lo es en sumo gtado, como escribió años más tarde Alberto Lista: «La verdadera fuerza y energía de alma no está en las pasiones, sino en la razón. Las pasiones fuertes anuncian por lo común un ánimo débil, si son desenfrenadas. Más fuerza de alma hay en el padre de familias oscuro que llena la larga carrera de su vida con virtudes poco celebradas, cumpliendo con exactitud sus deberes de hombre y de ciudadano, que en Alejandro el Grande, víctima de su ambición y de su inquietud. Aquel mostrará menos pavor que el héroe de Macedonia en las cercanías del sepulcro”⁹.
El heroísmo suele ser un calificativo que ponen los otros a una acción determinada. No existe ninguna vara de medir que nos permita establecer sus componentes y cantidades áureas para proclamarlo con certidumbre. La narración de acontecimientos deportivos en España se ha llenado de alusiones al heroísmo de un futbolista o un ciclista, simplemente porque le da con acierto a una pelotita o se percibe su esfuerzo en las cuestas y además le cae bien al comentarista. ¡Hipérbole vacua! Obviamente no me refiero a este tipo de cháchara deleznable sino a los casos en que se aplica con mayor fundamento. Todo es discutible y cualquier acción aventurera o irresponsable puede tornarse heroica si quien lo describe o habla sobre ello así lo manifiesta, o al contrario.
Las consecuencias del motín aparejaron una cadena de represalias que ocuparon hasta el día siguiente. La tarde del propio día dos, Murat publicó un bando en el que en términos contundentes señalaba que todos aquellos que habían sido presos en alboroto con las armas en la mano serían arcabuceados. Igualmente quienes conserven armas sin una licencia especial. «Todo lugar en que sea asesinado un francés será quemado», decía el artículo 4° (es lo que hace en la actualidad el ejército israelí con los palestinos).
El Consejo de Castilla emitió a su vez una proclama considerando ilícita cualquier reunión en sitios públicos y ordenando la entrega de toda clase de armas. Unas Comisiones formadas por magistrados franceses y españoles, protegidas por soldados de ambas naciones, recorrió los lugares neurálgicos de la urbe haciendo llamadas al fin de los tumultos y anunciando «las paces». La vigilancia en las calles y la búsqueda de armas en casas y establecimientos, fue llevada a cabo por patrullas mixtas de soldados y oficiales franceses y españoles. Los ánimos de los alzados estaban para entonces por los suelos. Lo que quedaba era la imagen cruda de las muertes, la sangre derramada y esa sensación depresiva que sigue a las abundantes secreciones de adrenalina.
Era también la hora de las represalias. Los franceses detuvieron a cuantos portaban objetos cortantes. En algunos casos gente que no había intervenido en el motín. Muchos fueron arcabuceados en el lugar, otros llevados ante la Comisión de Justicia creada por el Duque de Berg. Las sentencias fueron firmadas al unísono por el general Grouchy y el teniente general José de Sexti, un italiano al servicio de España. Se procedió a las ejecuciones en el Prado y otros lugares, muy en particular en la Montaña del Príncipe Pío en donde fueron sumariadas 45 personas en tres tandas. Aquella represión implacable quebró el crédito francés a ojos de muchos españoles que no eran partidarios del motín. Goya pintó en 1814, concluida la contienda, una de sus obras maestras a la que se conoce como Los fusilamientos de la Moncloa.
V
A medía mañana del día 2, cuando la algarada crecía, salió de Madrid hacia Móstoles Esteban Fernández de León (1748-1819) huyendo de la quema, acompañado de su familia, un presbítero y un tal Iborra¹⁰. Había ocupado diferentes cargos en Venezuela y en la actualidad era una especie de consultor Real sobre asuntos de Indias. Integró más tarde la primera Regencia aunque fue sustituido muy pronto por Lardizábal. Era a su vez aquel día, uno de los dirigentes de la inducción de las algaradas que tan malamente estaban concluyendo. Llegó al pueblo de Móstoles en busca de Juan Pérez Villamil (1734-1824), quien se había retirado poco antes a la mansión que allí tenía por cuestiones de seguridad y posiblemente tácticas. Como ya he dicho, este era integrante de la Junta de Sustitución. Su propósito era tener el camino expedito para irse a América si las cosas venían mal dadas. Era este Fiscal togado del Consejo Supremo de Guerra y Auditor General y Secretario del Almirantazgo, alguien que se encontraba por encima de su visitante en el diseño e instigación del motín.
Una vez oído el informe de Fernández de León y sus sugerencias respecto a la conducta a seguir para mantener la tensión y provocar reacciones, Pérez Villamil se puso a la tarea de difundir la noticia de los sucesos de Madrid. A tal fin se reunieron ambos en secreto con los alcaldes mostoleños en la Casa Consistorial. Pérez Villamil redactó el famoso Bando en su versión cierta, no en la espuria que circuló durante casi dos siglos, e hizo que ambos munícipes estamparan su firma. Dado que está corriendo mucha sangre en Madrid, decía, «es preciso que muramos por el Rey y por la Patria». ¡Constante invocación de la muerte!
Los dos alcaldes eran labradores. Poco sabemos de Simón Hernández (1743-1818), tan sólo que toda su vida se dedicó al campo. Bastante más, aparentemente, de Andrés Torrejón (1736-1812), de quien la mitología del suceso hizo durante décadas protagonista heroico de lo sucedido, añadiéndole todas las invenciones que vinieron al caso. Era un labrador de escasos predios. Había sido elegido alcalde contra su voluntad en el mes de enero, curiosamente por el segmento nobiliario sin serlo, y así consta en el Acta. Al ser un cargo no remunerado, temía acabar en la ruina como ya se dio en otros casos, debido al tiempo que le ocuparían las tareas municipales. Además era muy mayor para la época, tenía setenta y dos años.
El Bando en cuestión no fue ni por su redacción ni intenciones una declaración de guerra. Se limitaba a señalar que corrían ríos de sangre en Madrid y hacía una llamada en los términos que he señalado. “Todo lo que se ha escrito es incierto y consecuencia del Bando difundido posteriormente que es falso de toda falsedad, pero cuya persistencia produjo un rosario incorrecciones históricas.
Es evidente que ambos aristócratas y altos cargos del Reino, querían zafarse de que sus firmas se estamparan en el documento. De este modo evitaban compromisos legales o represalias de las autoridades españolas y francesas. El postillón Pedro Serrano corrió la posta para mostrar el documento en los puntos importantes de la carrera hacia Extremadura, hay constancia de que lo hizo en Navalcarnero y Talavera, así como en Casas del Puerto donde cayó derrengado. Lo copiaron en diferentes ocasiones y pasó de pueblo en pueblo después. El descubrimiento de una de estas copias hacia 1886, en el Archivo parroquial del pueblecito onubense de Cumbres de San Bartolomé, permitió conocer parte de la verdad.
Entre tanto, el 5 de mayo Fernando VII abdicó en su padre a cambio de recibir «los palacios, cotos y haciendas de Navarre y bosques de su dependencia hasta la concurrencia de 50000 arpents libres de toda hipoteca» y una pensión anual de cuatro millones de reales (400.000 francos). Obtuvo menos que su progenitor, Carlos IV, que lo hizo en Napoleón a cambio de treinta y lo mismo que sus tres hermanos¹¹. El cálculo fernandino era simple: si Napoleón salía triunfante a la postre, él se aseguraba un buen pasar; si sucumbía, retornaba a España como «deseado». ¡Qué ironía! Lo primero que hizo al llegar fue abolir la Constitución, clausurar las Cortes, proclamarse Rey absoluto y mandar a presidio o al destierro a las mentes más preclaras de aquel edificio constitucional que acababa de nacer.
La movilización inicial para armar milicias y tropas que acudieran a la capital, cesó a los pocos días cuando se recibieron despachos de la Junta de Gobierno indicando que la situación estaba tranquila y controlada, cosa que así era. No obstante en diferentes lugares, algunas autoridades locales de clara filtación fernandina y defensoras del absolutismo, mantuvieron su postura e iniciaron los preparativos de un levantamiento más amplio. El peligro para ellos residía en aquel momento en la llegada de un rey que proponía un programa de reformas opuesto a sus intereses.
Pronto comenzaron a formarse Juntas regionales. Fue la primera la de Extremadura. A continuación la de Sevilla tras el levantamiento de Andalucía y de inmediato las de Sierra Morena, La Mancha y buena parte de Murcia. Finalmente la Junta General del Principado de Asturias declaró formalmente el 25 de mayo la guerra a Napoleón. La declaración oficial de guerra fue efectuada por la Junta Suprema Central de Sevilla el 6 de junio.
Aparentemente los partidarios del absolutismo, de la monarquía de derecho divino y de Fernando VII habían logrado sus propósitos de levantar al país en armas. Lo que ellos no suponían es que el desarrollo de los acontecimientos iba a traer nuevos aires e introducir cambios sustantivos en la vida española.
VI
No hay guerras buenas ni guerras limpias¹². La guerra supone casi siempre el fracaso de la razón, aunque con frecuencia es la expresión de la rapacidad de quienes buscan apoderarse de las riquezas de otros o defender los privilegios. En esta, denominada de la Independencia, hubo de todo, incluso un componente de enfrentamiento civil¹³. Quienes permanecieron en el territorio controlado por los franceses o colaboraron con la administración de José I, eran personas de amplios conocimientos, enormemente cultivadas en muchos casos, buenos profesionales, laboriosos comerciantes e industriales. En el verano de 1808, el Estatuto de Bayona era aprobado por una Diputación General de nobles convocada por Napoleón. Fue un intento de romper con el absolutismo, aunque su envergadura no era grande. Apoyaron aquello que consideraban mejor para su país desde la moderación que les caracterizaba. Nunca se han oído o valorado sus razones porque la espesa cortina del absolutismo primero o el patrioterismo vociferante después, lo han impedido. Muchos murieron en el exilio.
Por otra parte, ante las dificultades del ejército regular para reconstruirse en unidades efectivas, aunque consiguió victorias parciales como la de Bailén, surgieron partidas guerrilleras de civiles, conducidas por hombres procedentes del pueblo¹⁴. Los casos más notorios son los de Mina el mozo, que fue capturado pronto, El Empecinado, Díaz Porlier o Espoz y Mina. Excepto el primero, todos alcanzaron el grado de brigadieres y los dos últimos el de mariscal de campo. Aquello fue una auténtica revolución. Operaron en toda España, aunque con notables diferencias en sus tácticas y posturas ideológicas. So capa de la insurrección, hubo también simples bandoleros que expoliaron a la población. Hicieron una guerra de desgaste, interceptaron las líneas de comunicación y capturaron víveres y armamento. Las guerrillas fueron un fenómeno autóctono de aquella larga y dolorosa contienda. Ellas solas nunca hubieran podido vencer al formidable ejército francés, pero sin su ayuda y concurso tampoco las fuerzas regulares lo hubieran logrado.
La intervención de las tropas anglo-portuguesas a las órdenes de Wellington, fue lo que modificó el curso de la contienda. Las unidades españolas actuaron con frecuencia como meros acompañantes. En la decisiva batalla de los Arapiles, por ejemplo, intervinieron más soldados alemanes que españoles en el ejército de los aliados. De los 51.000 hombres que lo componían, casi la mitad eran británicos y la tercera parte portugueses. La división española estaba formada por 3.360 soldados y no tuvo un papel significativo. En la primera división se integraba la Legión Alemana del Rey y otros tres batallones germanos en la séptima. Todo ello cuestiona ampliamente otro de los mitos recurrentes, el de la «victoria española»¹⁵.
La propia cooperación inglesa no deja de plantear profundas contradicciones. Una de sus finalidades era destruir los centros españoles de producción, sobre todo textil, para asegurar sus futuras exportaciones. Así lo hicieron con las grandes fábricas textiles de Segovia y Ávila. A pesar del bloqueo entonces existente, ya entre 1807 y 1808 aumentaron un 963% las exportaciones inglesas a España. No en vano se afirma que los británicos a las órdenes de Wellington, un decidido partidario del Antiguo Régimen, causaron más daño que los franceses.
No obstante, lo más notable que se derivó de aquel terrible conflicto bélico fue el cambio político que se produjo paulatinamente en los fundamentos y configuración del Estado. Aquel proceso se inició como un denodado empeño de los absolutistas para provocar el levantamiento general y la guerra contra Napoleón y derivó hacia un rumbo político muy diferente. La convocatoria de Cortes por la Regencia en 1810, fue el momento adecuado y esperado¹⁶.
Primero en la Isla de León y después en Cádiz, se reunieron los diputados electos representantes de las diferentes regiones españolas y de América. Los absolutistas, a los que pronto se conocería como «serviles», querían que las Cortes limitaran su funcionamiento a lo que se les atribuía en la Edad Media. Pero hasta el hondo sur llegaron también personas de formación ilustrada, imbuidos de la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano, dispuestos al combate contra el absolutismo monárquico y lo que representaba. Quienes integraban este grupo, que recibieron la denominación de «liberales», pretendían que aquellas Cortes fueran Constituyentes, es decir que elaboraran una Constitución que estableciera un marco de relaciones nuevo entre el monarca y los ciudadanos y creara un sistema de derechos y deberes para todos ellos. Sé que algunos estudiosos señalan cuando menos la existencia de un tercer grupo, al que denominan «reformistas». También cabría distinguir facciones diferenciadas entre los propios liberales, pero todo ello nada quita a esos dos polos prototípicos enfrentados: los que querían mantener el Antiguo Régimen y los que promovían una monarquía constitucional.
El resultado fue la Constitución de 1812, el primer texto de dicha naturaleza realizado en España. Su redacción fue fruto de amplios e intensos debates, en los que se produjeron contundentes confrontaciones entre las dos tendencias ideológicas dominantes. Pero también fue fruto de una prudente búsqueda de acuerdos. Quizás eso nos permita entender que no se pusiera en cuestión el sistema monárquico, que quedó inscrito en el marco constitucional, cuando entre los liberales muchos pensarían en su fuero interno que la república resolvía la cuestión de una vez por todas. La importancia del texto constitucional fue inconmensurable. Marx diría muchos años después que era la Constitución más avanzada que se había hecho. Avanzada no quiere decir en este caso radical, como algunos afirman no sé muy bien por qué.
Todo el edificio constitucional español arranca de este documento que volvió a tener vigencia en 1820 y por un tiempo en 1836. Los fundadores del constitucionalismo español surgieron de aquel cónclave. Eran gentes de amplio saber, capacidad de entrega a los asuntos públicos y el bien común, y procedían en su mayoría de las capas burguesas de la nación. A los nombres de Agustín de Argúelles, Muñoz Torrero, el tempranamente malogrado Mejía Lequerica, Toreno, Manuel José Quintana, J. Lorenzo
Villanueva, Antillón, Alcalá Galiano y tantos más, debemos aquella labor legislativa fundacional. Algunos de sus discursos son de una estimable calidad literaria y expresan un elevado pensamiento político.
VII
Aparte de que las circunstancias de aquella terrible contienda, no pocas cosas cambiaron en España, al menos de jure. El principio de la representatividad electiva, los derechos individuales, la división de poderes, la libertad de imprenta, la abolición de los señoríos de raigambre feudal, fueron algunas. Una de enorme calado: que la Inquisición fue igualmente abolida. Con su erradicación, algunas prácticas tan viles como dar valor jurídico a las denuncias anónimas, cesaron. Las garantías jurídicas privaron de cualquier veracidad y entidad acusatoria al anónimo. No pocos entre los denominados serviles, la ultraderecha diríamos ahora, siguieron peleando para que se restableciera. Lo lograron en 1814, al suprimir Fernando VII las Cortes y asumir su condición absolutista por derecho divino. Sin embargo, tanto aquel tribunal de horrores como la insania jurídica de dar valor a la denuncia anónima estaban heridos de muerte. Ya sé que a veces no parece así, pero eso únicamente hay que insertarlo en el desdoro del presente que nos retrotrae a prácticas inquisitoriales.
Sin embargo los absolutistas no dejaron de bregar para que las cosas se transformaran lo menos posible y si pudieran, restaurar las que había. No faltaban voces que amenazaban con grandes males por haber suprimido la Inquisición, por ejemplo. Tampoco quienes esperaban su hora para devolver al monarca su poder absoluto a la antigua usanza. Esto se produjo a su regreso en 1814. Tras pasar la frontera y conversar con el general Elío, un servil a conciencia, aquel felón que había practicado todas las traiciones y había hecho dejación de su dignidad claramente documentada, tenía el firme propósito de reducir a cenizas toda la obra de las Cortes.
Durante su parada en Valencia, en su largo periplo de aproximación a la capital, se le presentaron dos individuos con un documento que habían redactado. Iba firmado por sesenta y nueve diputados a cuyo frente figuraba Bernardo Mozo de Rosales, y pedían el retorno al Antiguo Régimen, así como la supresión de la legislación emanada de las Cortes gaditanas. Los portadores eran nuestro viejo conocido Pérez Villamil y Pedro Gómez Labrador. El documento ha pasado a la posteridad con el nombre de Manifiesto de los persas, por su frase de comienzo: «Era costumbre que los antiguos persas…». El 4 de mayo, un día antes de cumplirse el aniversario de cuando había pignorado su abdicación en Bayona, Fernando declaró ilegales las Cortes de Cádiz y proclamó el retorno al absolutismo.
El general Eguía le había precedido en su llegada a la ciudad con el nombramiento de Capitán general de Castilla, e iniciado las detenciones de los diputados liberales y constitucionalistas, así como de los militares del mismo signo. Se trataba de un golpe de Estado. Sus agentes agitaban ya los bajos fondos madrileños para montar acciones de adhesión y evitar la resistencia. Hubo disturbios promovidos por los defensores de la Constitución, que fueron reprimidos por el ejército. De ellos no se habla. Sí en cambio de aquel acto soez de arrancar la lápida de la Constitución instalada en la Plaza Mayor. Sus protagonistas fueron individuos de la peor calaña, convenientemente pagados y azuzados, que después la arrastraron por el empedrado. Quizás algunos otros por miedo les hicieron comparsa. Aquel «¡Vivan las caenas!» que vociferaban, definía a la perfección el pensamiento y la actitud de aquellos que se denominaron patriotas y los mandaban. ¡Ah, lo olvidaba, a Pérez Villamil lo hicieron ministro en el primer gobierno absolutista! Duró poco, sólo cuatro meses.
Nueve años más tarde entró nuevamente en España un ejército francés, «Los cien mil hijos de San Luis” a petición de Fernando VII. Venían a acabar con el gobierno constitucional y con la Constitución, restablecida en 1820, y a instaurar el absolutismo de nuevo. En este caso los mismos que urdieron tanta barbarie antaño, los consideraron amistosos y aliados. Obviamente venían a defender sus privilegios.
VIII
Tras el sucinto relato de los acontecimientos que he llevado a cabo, cabe preguntarse cómo y por qué fueron tan groseramente deformados. Por qué se elevaron a categoría de mitos de la historia patria, hasta calar en el ideario colectivo como grabados a fuego. Quizás podamos responder de inmediato que la crónica subterránea de los hechos permaneció oculta durante años. Sólo en la medida que comenzaron a aparecer documentos veraces, diarios O memorias de rigor constatable, pudo establecerse la naturaleza real de los acontecimientos.
Pero es igualmente cierto que desde muy pronto comenzaron a instaurarse como mitos en el ideario hispano. El más madrugador y de mayor raigambre, la consideración del dos de mayo como levantamiento popular espontáneo, en el que «todo» el pueblo madrileño combatió por su libertad. Podríamos conjeturar que fue esta una valoración inducida por los absolutistas, pero no es exacto. Estos querían utilizar a la plebe, al populacho, como carne de cañón para provocar un levantamiento general, pero no pretendían darle ningún protagonismo.
Dice Ronald Fraser, que «el mito de una reacción unánime contra Napoleón fue alimentado por los liberales a lo largo del siglo XIX para crear el concepto de una nación española». La afirmación es bien verosímil y casa a la perfección con todas las valoraciones de este signo que se pueden rastrear. Los testigos del momento no fueron tan unánimes. Rafael Arango describió ante todo los enfrentamientos del parque de artillería de Monteleón, en un relato que esperó veintinueve años para publicarse. Su hermano José, lo hizo en el mismo 1808, recogiendo los sucesos más notables de Aranjuez a Bayona. De signo diferente es la Memoria que redactaron Azanza y O’Farril sobre aquellos sucesos y lo que fue su actitud posterior, presidida por una forma bien distinta de entender el patriotismo.
Alcalá Galiano, hijo del ilustre marino muerto en Trafalgar, fue testigo de aquellos sucesos aunque sus Memorias sólo aparecieron después de su muerte. En verdad, cuando en el capítulo X relata sus vivencias del dos de mayo, parece chuparse el dedo y no husmear en absoluto el trasfondo de los hechos que relata. Digo esto porque sus reflexiones sin embargo son de notable perspicacia. Tras entrar en contacto con un grupo de mozos de brega que iban en partida, reflexiona:
El cumplimiento, aunque tal vez merecido tratándose de la clase de obra que mis casuales compañeros me proponían, no me dio gusto, y sí la sospecha de que debía temerlos tanto cuanto a los franceses. Escurríme, pues, y estando cerca mi casa, me entré en ella, a donde, tomando mi sombrero con galón de plata y mi espada, volví a salir. (…) Otra vez en la calle, tropecé con un oficial, a quien pregunté lo que había. (…) no más me dijo «que me volviese a casa», que los militares tenían orden de no moverse y de tirar a sosegar el tumulto; que éste había empezado hacia la plaza de Palacio, con motivo de ir a ponerse en camino para Bayona los infantes don Antonio y don Francisco de Paula; que el pueblo había caído sobre franceses dispersos, y dado muerte a algunos; pero que yendo juntándose los enemigos en grande y ordenada fuerza, ninguna había capaz de hacerles frente; que la rabia popular estaba en su más alto punto y era temible, y, en suma, que seguir yo por las calles no me llevaría a fin alguno bueno.
A pesar de mi entusiasmo, conocí lo juicioso de estas reflexiones, y puesto que las tropas no habían de entrar en la lid, determiné volverme a casa a esperar los sucesos, y si llegaba el momento de mezclarse en la refriega la gente decente y juiciosa. Entrado en casa, mi madre me prohibió que saliese más; prohibición que habría yo quebrantado si hubiese visto que podía hacerlo para algún fin ventajoso. Pero sólo se veía en las calles paisanos furiosos, casi todos de las clases ínfimas, provocando, y uno u otro militar conteniendo. (…) El 2 de mayo fue, pues, sublime por el valor temerario de algunos y por el propósito de declararse contra el formidable poder francés, casi general en todos, pero no fue un milagro; y eso habría sido si turbas de paisanaje, ninguna de ellas muy crecida, y con buenas armas, hubiesen intentado una lid con batallones, o siquiera con compañías del enemigo.
Toreno es más agudo y saca a la luz la creación de la Junta Sustitutoria, aunque no establece expresamente la conexión entre este núcleo clandestino de la conjura y el motín madrileño. Sin embargo, poco después de que los sucesos aludidos se produjeran, comenzó a instaurarse el mito de la rebelión de todo el pueblo, acrecentado más tarde por otros de variada envergadura. Desde algo pueril, como llamar «Pepe botella» a José Bonaparte, que era abstemio; hasta la naturaleza de la alianza con Inglaterra o la hiperbólica alusión a las victorias militares españolas.
Crea una enorme perplejidad percibir que por el afán de instituir la nación, aquellos candorosos liberales los alimentaran con fervor. Cada periodo histórico siguió más tarde con fidelidad el mismo guión, intentando acercarlo a sus intereses ideológicos. Prefirieron siempre prescindir de la verdad documentada y refugiarse en el mito, con frecuencia mendaz y delirante. Pondré un ejemplo: en 1868, la Junta Revolucionaria constituida tras la «Gloriosa septembrina», colocó una placa de mármol en el Salón de Plenos de la Casa Consistorial en homenaje a Pérez Villamil, al que se señalaba como el «iniciador de la Guerra de la Independencia» y a los alcaldes Torrejón y Hernández. Resulta grotesco que una acción que venía de expulsar del Trono y de España a los Borbones, se apresurara a rendir pleitesía a Pérez Villamil, fanático absolutista fernandino y participante en una intriga de terribles consecuencias.
El propio Galdós, tan agudo casi siempre, sucumbió ante el dos de mayo a la fuerza del mito. Ratificaré una vez más mi admiración por su obra y en particular por los Episodios Nacionales, que me han acompañado desde la adolescencia. Estos libros me han ayudado a comprender la intrahistoria de España y a disfrutar con el universo de personajes y acontecimientos construidos por el escritor, mediante una sagaz estrategia combinatoria de lo histórico y lo ficcional. Con harta frecuencia su mirada crítica y observadora sobre la historia, nos permite desvelar aspectos sugestivos de lo que sucedió.

La primera serie es en este sentido la más débil. El novelista relata lo que contempla Gabriel de Araceli, quién desde su condición de grumete en Trafalgar, va pasando por desempeños diferentes para hallarse siempre en el corazón de los sucesos. Así se encuentra en Madrid en las vísperas del motín madrileño. Pero en general tan sólo relata y pocas veces penetra en el trasfondo con su visión crítica e irónica posterior. La Corte de Carlos IV es desde luego una excepción.
Posiblemente sea El diecinueve de marzo y el dos de mayo, un lunar incluso dentro de esta serie inicial. Galdós profesaba todavía un liberalismo bastante doctrinario, que le lleva a compartir una cierta mitología patriótica que sólo conoce por lecturas. Quizá por eso, este episodio falta a la verdad, en parte por desconocerla y en parte por aceptar el mito. Curiosamente, respecto al motín de Aranjuez no ahorra vituperios contra la intriga aristocrática de la camarilla de Fernando, que arrastra a la chusma ignorante al alboroto y la destrucción. Defiende a Godoy y su gobierno, sin caer en la trampa del desdoro y calumnias que tantas veces le habían dedicado. Sin embargo ante el motín madrileño del dos de mayo, acepta el mito de la rebelión popular espontánea, en la que intervienen todas las clases sociales, cosa que hoy sabemos sobradamente no fue así¹⁷.
Instaurada la mitología de este día dos, conservadores y reaccionarios acudieron a ella con frenesí. Fue invocada como la piedra de toque de los valores patrios. Entonces aparece ese sarpullido irritante que indica que en todo aquello perdimos gran parte de nuestros impulsos de transformación y de progreso. Es lógico que el franquismo hiciera de estos mitos parte intrínseca de su fraseología altisonante y de su mezquina concepción de España y del Estado. Al fin y al cabo era ante todo un nacionalismo, y todos los nacionalismos parten de un falseamiento de la historia para justificar sus propósitos.
La izquierda española tan poco habituada no pocas veces a sutilezas en el análisis histórico, aceptó el dos de mayo en su vertiente contumaz del pueblo en armas y como tal pueblo tenía razón. Una persona con sobrada sutileza y claro juicio como era Antonio Machado, es tan sólo un ejemplo, escribió su artículo «El 2 de mayo de 1808», siguiendo estas pautas y aún más: comparaba a la muchedumbre de aquella mañana de mayo con el pueblo que junto a las unidades militares asaltaron el Cuartel de la Montaña en julio de 1936. Su escrito concluía: «el pueblo aquel es el mismo que lucha hoy contra el Fascio de Europa entera por defender la integridad del suelo español y la libertad del mundo”¹⁸. ¡Como si los combatientes de aquel julio de 1936 que defendían a la República frente a los militares golpistas, tuvieran algo que ver con la muchedumbre fanatizada que vociferaba descompuesta a favor del absolutismo y la monarquía de origen divino!
Los mitos del dos de mayo y de la Guerra de la Independencia han calado hondo en la opinión de la ciudadanía y en su imaginario patriótico. Todavía hoy, a pesar de los profundos avances de la historiografía en este sentido, se manejan como lugares comunes. Siguen considerándose como verdades lo que no son sino falacias o invenciones toscas en muchos casos.
IX
El periodo de la guerra de la Independencia (1808-1814) produjo una literatura dramática abundante, tanto en lo referente a obras de nuevo cuño como a adaptaciones de títulos de antaño o de origen extranjero. Las circunstancias conocidas de la revuelta del 2 de mayo hasta las batallas de Bailén o los Arapiles, los asedios de Zaragoza y Gerona, etc., son temáticas frecuentadas. En todos los casos predomina el tono heroico, encomiástico y reafirmador. Fueron en su mayoría obras de circunstancias, compuestas para vigorizar a los combatientes propios y a la ciudadanía, así como denostar al enemigo francés.
Temas relevantes son a su vez la Constitución de 1812, los cambios generales y de mentalidad que propició, las confrontaciones diversas entre liberales y serviles, la supresión de la Inquisición, de sus procedimientos y sevicias; el tránsito hacia sistemas de valores diferentes, la negación del derecho divino de la realeza o la noción de soberanía nacional. Estas obras tienen un interés mucho mayor por versar sobre cuestiones situadas en la senda de las transformaciones emanadas de los procesos legislativos de Cádiz.
Este amplio abanico de textos diversos, de formas dramáticas diferentes, de escenificaciones presididas por la espectacularidad, de interesantes procesos normativos, permaneció olvidada durante muchos años. Cotarelo abordó algunas cuestiones en su Máiquez. Sin embargo ha sido en fecha no muy lejana que los trabajos de Aguilar Piñal, Emmanuel Larraz, Ermanno Caldera, Ana María Freire, René Andioc, Remedios Solano, Mercedes Romero, Joaquín Álvarez Barrientos y otros más, nos han ido descubriendo y describiendo la interesante trama de este acontecer literario, escénico, social, político y legislativo. Ellos conforman un grupo de especialistas en la materia que han trabajado y prosiguen su indagación en el marco siempre reducido de los iniciados¹⁹.
Estas obras son prácticamente desconocidas por el público. Disponemos no obstante de una antología, La Guerre d’Independance espagnole au Théâtre: 1808-1814 (Université de Provence, 1987), de Emmanuel Larraz. Asimismo Ana María Freire tiene prevista la próxima publicación de un catálogo con todas las obras nuevas de dicho periodo, que está próximo a las doscientas fichas. De forma sosegada pero constante, se sigue avanzando en este terreno.
De entre todas ellas, voy a centrarme brevemente en El dos de Mayo de 1808 y muerte heroica de Daoíz y Velarde, de la que es autor un hombre de méritos relevantes en órdenes muy distintos, Francisco de Paula Martí²⁰. Aunque posee un tono próximo al teatro documento, la acción se desplaza por los diferentes escenarios de aquel día, los acontecimientos se relatan según los cánones establecidos. Son presentados como tales sin ahondar, como era de suponer, en las causas profundas que los motivaron. Un cerrado maniqueísmo planea sobre las conductas de unos y otros: todavía no había terminado la guerra. Hay que leer este texto con la consiguiente distancia tanto en lo que se refiere a los hechos como en el plano formal. Era la contribución de Martí al teatro llamado patriótico. Ahí queda.
Notas
1. Como es fácil suponer, la bibliografía general o específica del dos de mayo es muy amplia. Entre los escritos de quienes fueron partícipes o testigos citaré:
– Arango y Núñez del Castillo, José: Manifiesto imparcial y exacto de lo más importante ocurrido en Aranjuez, Madrid y Bayona. Madrid: Imprenta Repullés, 1808.
– Arango y Núñez del Castillo, Rafael: El Dos de Mayo de 1808. Manifestación de dos acontecimientos del parque de Artillería de Madrid en dicho día, escrita por el Coronel de Caballería Don Rafael de Arango, que entonces era teniente y Ayudante interino del Real Cuerpo de Artillería y hoy se halla destinado en la isla de Cuba. Madrid: Compañía Tipográfica, 1837.
– Azanza, Miguel José de y O’Farrill, Gonzalo: Memoria de D. Miguel José Azanza y D. Gonzalo O’Farrill sobre los hechos que justifican su conducta política. Desde marzo de 1808 hasta abril de 1814. París: P. N. Rongenon, 1814.
– Alcalá Galiano, Antonio: Memorias, en Obras Escogidas, T. I. Madrid, 1886. Reproducido en www.cervantesvirtual.com.
– Mor de Fuentes, José: Bosquejillo de la vida y escritos. Zaragoza: Guara Editorial, 1981. Reproducido en www.cervantesvirtual.com.
– Conde de Toreno: Historia del levantamiento, Guerra y Revolución de España. Madrid: Imprenta del Diario, 1833. Reproducido en books.google.com.
– Blanco White: Autobiografía, (1845) traducción y edición de Antonio Garnica. Sevilla: Universidad, 1975. Reproducido en www.cervantesvirtual.com.
— Cartas de España. Introducción de Vicente Llorens, traducción y notas de Antonio Garnica. Madrid: Alianza, 1977. Reproducido en www.cervantesvirtual.com.
– De Marbot: Memoires du general Bon de Marbot. París: Plon, 1891.
Otros libros y artículos posteriores sobre este episodio son:
– Pérez de Guzmán y Gallo, Juan: «Dos de mayo de 1808 en Madrid». Madrid, 1908.
– Montón, J. C.: La revolución armada del Dos de Mayo de 1808 en Madrid. Madrid: Istmo, 1983.
– Gea Ortigas, María Isabel: El Dos de Mayo de 1808. Madrid: Ediciones La Librería, 2000.
– Aguilera, Pablo: «El levantamiento del 2 de mayo de 1808», en http://www.amigosdelforo.es, 2006.
– García Cárcel, Ricardo: El sueño de la nación indomable: Los mitos de la guerra de la Independencia. Temas de hoy, 2007.
– Ronald Fraser: La maldita Guerra de España. Barcelona: Crítica, 2006
2. Las Historias generales y las específicas del periodo, establecen en todos los casos una descripción analítica de los antecedentes. Reseño a continuación unos pocos títulos a título indicativo:
– Dufour, Gerard: La Guerra de la Independencia. Madrid: Historia 16, 1999.
– Cuenca Toribio, José Manuel: La Guerra de Independencia un conflicto decisivo (1808-1814). Ediciones Encuentro, 2006.
– Artola, Miguel: La Guerra de la Independencia. Madrid: Espasa-Calpe, 2008
3. Toreno incluye documentación abundante en el apéndice al Libro Primero de su Historia. También:
– Sabine, Albert: La abdicación de Bayona con arreglo a documentos de archivos y memorias. París: Louis Michaud, 1908.
4. El Conde de Toreno lo cuenta en su Historia del levantamiento, Guerra y Revolución de España, obr. cit.
5. Este dato aparece en el artículo cit. de Aguilera. La idea de que hubo una conspiración que indujo al motín del dos de mayo, se insinúa desde hace algún tiempo. Entre los últimos trabajos que apuestan claramente por esta tesis, están los Fraser, Gea, García Cárcel y Aguilera.
6. Sobre la cuestión de los afrancesados pueden verse:
– Juretschke, Hans: Los afrancesados en la Guerra de la Independencia. Madrid: Sarpe, 1986.
– Artola, Miguel: Los afrancesados. Madrid: Alianza, 1989.
7. El Diario de Madrid apareció el día 4 de mayo con un aspecto normal. Desde ese mismo día incluyó un texto de carácter jurídico-político en una página a dos columnas, una en francés y otra en español.
8. El relato procede del opúsculo de Arango, cit. y de Pérez Guzmán, cit. También lo recoge Pérez Reverte.
9. «De lo que hoy se llama romanticismo», publicado originalmente en el Semanario Pintoresco, 1939. Recogido más tarde en Ensayos literarios y críticos, T. II Sevilla: Calvo-Rubio y Cía., 1844, p. 38.
10. Martín del Hoyo, David: «El dos de mayo de 1808 en Móstoles: relato y aclaraciones». Móstoles: su historia e imágenes para el recuerdo, www.historia-mostoles.iespana.es
– Pérez Jiménez, Nicolás: «El bando del Alcalde de Móstoles y D. Esteban Fernández de León». Revista de Extremadura, n.º CVI, abril de 1908, pp. 155- 163.
11. «Tratado entre el príncipe de Asturias y el emperador de los franceses», publicado por Toreno en obr., cit. pp.468-69. Incluye igualmente el «Tratado» entre Carlos IV y Napoleón, pp. 467-68
12. Señalo a continuación algunas obras significativas en español. Las historias militares de la guerra son numerosas. Quizás las más amplias sean las de Gómez de Arreche, Guerra de la Independencia, (Madrid, 1866-1913, 14 vols.) y la del Servicio Histórico Militar dirigida por Priego López, Guerra de la Independencia, 1808-1814, (Madrid: San Martín, 1972-, 7 vols.). España, el infierno de Napoleón de Emilio de Diego (Madrid, Esfera de los libros, 2008). Aparte de la bibliografía británica, hay que recordar el Wellington y España de Pablo de Azcárate (Madrid, Espasa-Calpe, 1960) y La alianza de dos monarquías: Wellington en España (Madrid, Museo Municipal, 1988).
13. Alcalá Galiano lo sugiere en sus Memorias. Refiriéndose a la segunda visita que él y su madre hicieron al ministro Azanza tras los sucesos del dos de mayo, afirma: «cuando volvimos a ver al mismo ministro o a su familia, dado él ya al servicio de Napoleón, y empeñado yo con los míos en la parcialidad contraria, nos consideramos como enemigos entre quienes aun el recuerdo de amistad pasada sólo puede hacer el odio menos violento”.
14. Se han publicado numerosos artículos y libros sobre la guerrilla española. A título indicativo citaré el de Martín Mas: Los guerrilleros 1808-1914. Andrea Press, 2005.
15. «Batalla de Los Arapiles», www.losarapiles.com
16. La bibliografía sobre las Cortes gaditanas, en cuanto a su constitución, desarrollo y vicisitudes, así como al sentido y significado de la Constitución de 1812, es muy abundante pero bastante asequible. También lo es ahora un segmento de la prensa de aquel periodo. La mayor parte de los libros generales que he citado tratan igualmente la cuestión, no obstante recordaré algunos más que tienen interés histórico o alguna relación con el teatro:
– Lorenzo Villanueva, Joaquín: Mi viaje a las Cortes. Madrid: Imprenta Nacional, 1860.
– Solís, Ramón: El Cádiz de las Cortes. Barcelona: Plaza y Janés, 1978.
– García Venero, Maximiano: Historia del parlamentarismo español (1810-1833). Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1946.
17. Un estudio comparativo entre lo sucedido el dos de mayo y lo que relata Galdós en su novela, puede verse en: Jakubowska, Zuzanna: «El dos de mayo de 1808: episodio nacional y realidad nacional», www.niebieskiptak.com
18. El artículo de Machado en: Machado, Antonio: La Guerra. Escritos: 1936- 39, Ed. de Julio Rodríguez Puértolas. Madrid: Emiliano Escolar Editor, 1983, pp. 215-17.
19. – Aguilar Piñal, Francisco: Las representaciones teatrales y demás festejos públicos en la Sevilla del rey José. Sevilla: Imprenta Provincial, 1964.
– AA.VV.: Teatro político spagnolo del primo Ottocento, edición de Ermanno Caldera. Roma: Bulzoni, 1991.
– Álvarez Barrientos, Joaquín: Rafael Pérez, Madrid en 1808. El relato de un actor. Madrid: Ayuntamiento, 2008.
— “España en 1808. La versión del actor Rafael Pérez”, en ADE Teatro, n.º 120, abril-junio 2008
– Caldera, Ermanno: «L’Inquisizione e il fanatismo religioso nel teatro spagnolo del primo Ottocento». Génova: Letterature, 8, 1985, pp. 2742.
— Teatro politico spagnolo del primo Ottocento. Roma: Bulzoni, 1991.
– Freire, Ana María: “Teatro político en España en el primer tercio del siglo XIX”; en Actas de XI Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas / coord. por Juan Villegas, Vol. 4, 1994 (Encuentros y desencuentros de culturas: siglos XIX y XX), págs. 28-35.
— “Teatro político durante la Guerra de la Independencia española”, en Víctor García de la Concha, director, y Guillermo Carnero, coordinador, Historia de la Literatura Española. Siglo XVIII (II). Madrid: Espasa-Calpe, 1995, pp. 872-885.
— “El definitivo escollo del proyecto neoclásico de la reforma del teatro. (Panorama teatral de la Guerra de la Independencia)”; en J.M. Sala Valldaura (ed.): Teatro español del siglo XVIII. Lleida: Universidad, 1996, pp. 377-396.
— “El teatro en Madrid bajo el gobierno de José Bonaparte (y el proyecto de reglamento redactado por Moratín)”, en La Guerra de la Independencia. Estudios. Zaragoza, Institución Fernando el Católico (C.S.I.C.), 2001, tomo II, pp. 761-774.
— El teatro en España entre la Ilustración y el Romanticismo: Madrid durante la Guerra de la Independencia. Madrid: Iberoamericana, 2008.
— “Panorama teatral de la Guerra de la Independencia”, en ADE Teatro, n.º 120, abril-junio 2008
– Larraz, Emmanuel: “Teatro y política en el Cádiz de las Cortes”
– Romero Peña, Mercedes: El Teatro en Madrid durante la Guerra de la Independencia: 1810-1814. Madrid: Fundación Universitaria Española, 2006.
— El Teatro de la Guerra de la Independencia. Madrid: Fundación Universitaria Española, 2007.
— “Polémicas teatrales en la prensa: 1800-1814”. www.bibliotecamiralles.org
— “Conversaciones, diálogos y triálogos durante la Guerra de la Independencia Española”, en Revista de Literatura, Tomo LXVIII, N.º 136, 2006, págs. 503-520.
— “Las formas teatrales durante la Guerra de la Independencia”, en ADE Teatro, n.º 120, abril-junio 2008
– Solano Rodríguez, Remedios: “La Guerra de la Independencia española a través de Le Moniteur Universel: 1808 — 1814”, en Mélanges de la Casa de Velázquez, N.º 31, 3, 1995, págs. 55-76.
— “La influencia de la Guerra de la Independencia en Prusia a través de la prensa y la propaganda: la forjadura de una imagen sobre España (1808-1815)”, en Bulletin d’histoire contemporaine de l’Espagne, N.º 27, 1998, págs. 209-216.
— “Un proyecto político para Alemania: Heinrich von Kleist y la Guerra de la Independencia española”, Espéculo. Revista de estudios literarios, n.º 17. Universidad Complutense de Madrid, 2001.
20. Andioc, René: “El Dos de Mayo de Martí”, en ADE Teatro, n.º 120, abril-junio 2008
– Solís, Ramón: “El teatro en Cádiz”, en ADE Teatro, n.º 120, abril-junio 2008

























