
I
Signo de nuestros tiempos es la asociación. Los esfuerzos individuales congregados producen esas inmensas fuerzas que, en distintos órdenes, realizan obras admirables. La acumulación de los ahorros hace capitales que impulsan la industria. La acumulación de la limosna produce los resultados de la beneficencia moderna. Hablaré brevemente de algo que con esto se relaciona.
El desarrollo de las grandes poblaciones, su crecimiento fabuloso y el aumento considerable de las obligaciones municipales ha encarecido las subsistencias en todas las capitales. Los Municipios de hoy tienen presupuestos casi tan grandes como los que antes tenían las naciones. El consumo resulta enormemente gravado, y de aquí la carestía de los alimentos.
Las clases pobres son las que, principalmente, sufren o las que manifiestan su sufrimiento, porque la clase media, que también pasa sus apuros, lo disimula o, al menos, se queja en silencio. Para remediar, en parte, los efectos de la carestía, se ha recurrido a la cooperación, es decir, a proporcionarse artículos libres del sobreprecio que les da el comercio. Tienen Sociedad cooperativa los empleados de ferrocarriles y, últimamente, la tienen los militares, patrocinada y dirigido por el Gobierno. La administración militar ha establecido suministros para todos absolutamente los que visten el uniforme del Ejército.
Al principio se daba pan barato a las familias de militares; después se les dieron los artículos más necesarios con un 25 por 100 de rebaja sobre los precios del comercio. Al fin, la bonificación alcanza a todos los géneros de consumo, comprendiendo hasta los supérfluos; alcanza también a la perfumería y a las medicinas. La administración militar tiene tiendas de comestibles, droguería y botica.
El ejemplo ha cundido y los paisanos no quieren ser menos que los individuos de la milicia. Por todas partes salen Sociedades cooperativas. El comercio está amenazado de una gran crisis. Para acelerarla ha venido una cosa ingeniosísima, una invención llamada la tienda-asilo, de que hablaré brevemente. La tienda-asilo es la sociedad-cooperativa del pobre. Debe su origen a las llamadas cocinas económicas, creadas por la caridad. La tienda-asilo es la antigua sopa boba establecida en condiciones nacionales y con arreglo a principios económicos. Diferénciase esta ingeniosa institución de las antiguas cocinas en que éstas eran gratuitas y las tiendas-asilos no lo son. No es la caridad la que da de comer ahora, es el gran principio económico de la cooperación, que no excluye la caridad, antes bien la estimula, como veremos más adelante.

II
La tienda-asilo es un gran local, ancho, cómodo, caliente en invierno y fresco en verano, bien ventilado, con aparatos de gas, mesas, bancos, un mostrador, y una cocina. En este restaurant se sirven diferentes raciones bien condimentadas por el ínfimo precio de diez céntimos de peseta, que es lo que llamamos un perro grande. Por media peseta, pues, puede cualquier persona tomar una ración de sopa muy buena, otra de cocido con carne, otra de legumbres, otra de arroz con leche por vía de postre, y otra de café con panecillos. Ya veis como la cooperación puede llegar hasta el sibaritismo.
Pues bien; cuando se estableció la primera tienda-asilo fué preciso recurrir a la caridad para sostenerla en su período incipiente; pero desde el momento en que llegó a expender tres mil raciones diarias de cada una de las sustancias que componen el menú, la tienda-asilo dejó de ser un sistema de beneficencia y fué un negocio, pues semanalmente salda sus cuentas con sobrante.
Los obreros acuden a ella lo mismo que los mendigos. ¿Quién no tiene 10 céntimos? Es más: la misma familia del jornalero no puede alimentarse en su propia casa por la ínfima cantidad que le proporciona en la tienda alimentos nutritivos y abundantes. Ved el efecto de la cooperación. La administración de la tienda adquiere los artículos directamente y al por mayor en los puntos productores por la mitad del precio que les da la reventa en los mercados al menudeo. He aquí el secreto.
Para comprender lo que la venta al detalle encarece los artículos, basta citar un ejemplo. Una pipa de aguardiente de caña, puesta en Madrid, después de pagar derechos de Aduanas, de puertos, transportes y comisiones, vale treinta pesos. Vendida dicha pipa de caña, por copas en la taberna, sin adulterar, se entiende, produce quinientos cincuenta pesos. Suponed la adulteración, que no es mucho suponer, tratándose de taberneros, y la ganancia es aún mayor. Pues lo que pasa con el aguardiente, pasa, aunque en menor escala, con las patatas, la harina, el arroz, las legumbres y el café. Otro ejemplo: Una libra de café vale en Madrid una peseta veinticinco céntimos. De esta libra sacan los cafeteros ochenta y cuatro tazas, que se venden a cuarenta céntimos. Aun agregando el importe del azúcar, servicio, local, contribución, etc., resultan siempre muchas tazas. He oído a un abastecedor de la tienda-asilo la especie de que se puede dar la taza de café, sin achicoria, por menos aún de diez céntimos, y se gana dinero.
Un artículo está proscrito de la tienda-asilo, y es el vino, ese enemigo de la paz doméstica, ese destructor de toda concordia. Si los fundadores de esta gran institución benéfico-económica, se decidieran a remojar los menús de sus parroquianos con un poco de Valdepeñas algo menos aguado que el de las tabernas, éstas sufrirían un golpe mortal. Las veríamos cerrarse todas en un día, como han desaparecido los cafeteros ambulantes en los barrios próximos a la tienda.

























