
Fisonomías sociales, sección Observaciones de ambiente, artículo “El poder de los humildes”, págs. 89-101
Observatorio Negrín-Galdós
I
Hay en Madrid un jesuíta llamado el padre Mon, joven listo, nacido en noble cuna, de presencia agradable y cortesanos modos, predicador vehemente. Como en la célebre Compañía no hay individuo que no posea, según dicen, dotes singulares, la especialidad de éste es predicar a las señoras. Cuentan que en su mocedad frecuentó mucho los salones, y que su ardiente vocación eclesiástica no data en él desde la niñez, como en Luis Gonzaga. Cual otros insignes jesuítas que están en los altares, éste probó, antes de emprender el camino de la santidad, el fruto engañoso de los placeres mundanos, que al cabo es todo sinsabor y desabrimiento. A esto debe quizás su experiencia riquísima, su gran tacto para dirigir conciencias aristocráticas y su autoridad para sermonear a las damas, desviándolas del pecado para enseñarles la recta vía del cielo. Es, pues, Mon, hombre de mucho mundo, de escogida y galana palabra, pintiparado para el oficio que tiene y destinado, como es fácil suponer, a inmensos y ruidosos éxitos.
El poder de uno de estos humildes, ora tras la reja de su confesonario, ora en la barandilla de un púlpito, es incalculable, aunque poco visible. Y por lo mismo que este poder es tan poco aparatoso, su fuerza resulta mayor. ¿Quién indaga sus oscuros resortes? ¿Qué expresión tienen al exterior sus armas formidables? El mismo poder público, apoyado en fuerzas materiales y en leyes escritas, ¿qué es en presencia de esta misteriosa fuerza, cuya esfera de gobierno se extiende con redes fortísimas por todas partes? Nada.
Vivimos quizás en perpetua ilusión. Creemos que nos gobierna Juan, sin percatarnos de que Pedro es dueño absoluto, aunque escondido, de todos nosotros. Pasa mansamente el tiempo sin que acertemos a volver de nuestro engaño; pero de vez en cuando algunos sacerdotes del cuerpo social nos dan aviso de la esclavitud en que estamos, esclavitud disimulada por el engreimiento de nuestra libertad, más fácil de reconocer en las palabras que en los hechos.
El padre Mon predicaba todas las tardes de cuaresma en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Bien conocido es este instituto femenino destinado a la educación de niñas de alta clase. En otros colegios se crían mujeres para la familia y la maternidad; allí se crían damas para la refinada vida de lo que llaman el gran mundo. La educación es allí costosísima y las niñas aprenden pronto a hacer cortesías y adquieren fáciles y elegantes modales.
La iglesia del Sagrado Corazón, construida recientemente, es gótica, de estilo francés a la manera de la basílica de Lourdes, mucho más aseada que las demás iglesias de Madrid, con cierto ambiente de pulcritud suntuaria y un no sé qué de mundano. Ni la severidad grandiosa de nuestras catedrales, ni la miserable tosquedad de las parroquias matritenses se advierten allí; es un término medio, una cosa útil y bonita, como todo el género francés de exportación; un agradable acomodamiento entre la religión y el mundo, pues de todo hay un poco allí, rigor y alegría, excelentes formas y mucha comodidad, misticismo y, por fin, ese aire de negocio que el espíritu francés moderno imprime a todas las cosas, desde las más fútiles a las más santas.
Tal es el teatro del padre Mon; veamos ahora el público. Este es exclusivamente femenino. Allí no entra hombre ninguno, a excepción del predicador. Ocupa los bancos en las pláticas de las tardes lo más escogido de nuestra sociedad culta y rica, lo que los ingleses llaman high life, la crème de los franceses. Si los revisteros de salones lograran penetrar en este recinto sagrado, reconocerían a todas y cada una de las elegantes y hermosas señoras cuyas gracias y atavíos describieron el día antes, al hacer la crónica de tal o cual baile. Es de suponer que si las buenas madres del Sagrado Corazón permitieran la entrada de los hombres en su iglesia, fácilmente ocurrirían en ésta profanaciones lamentables, aunque no fuera sino por esta maldita maña de la flirtation, que no se desarraiga de nuestras costumbres ni con sermones ni con penitencias. No puede ser más acertada la disposición de las madres, y merecen que se las felicite por ello.
Para tener una crónica exacta de la concurrencia al Sagrado Corazón, basta leer las que se hicieron del baile de trajes en el palacio de Fernán Núñez o pasar revista a los palcos de cualquier teatro en noche de estreno. Esta circunstancia, precisamente, es la que sacó de quicio al padre Mon, inspirándole su célebre homilía. El austero jesuíta no podía ver con calma que las mismas que con tanto arrobamiento le oían por la tarde fueran de noche a bailoteos y saraos, y que después de la plática se retiraran apresuradamente a sus casas para comer de prisa y corriendo, cambiar de vestido y asistir, en el teatro de la Comedia, a la representación del Demi-monde, de Dumas hijo.
Francamente esto es excesivo, y por holgados que sean los términos de la transacción mundano-religiosa que el jesuitismo autoriza en las clases altas, siempre conviene guardar ciertas fórmulas. Reconozcamos que el célebre predicador estaba cargado de razón y que le sobraban motivos para aquel desapacible réspice que propinó a sus lindas parroquianas. Consideren las tales que estamos en cuaresma, época de abstinencia y mortificación, en la cual no están bien las promiscuidades, pues si tanto las vitupera la iglesia en las comidas, cuánto no lo hará en las costumbres. Eso de ir por la tarde a ponerse en éxtasis delante de un sacerdote que habla de cosas santas y meterse por la noche en un teatro donde se representan escenas y pasos que si no son obra de Satanás lo son de sus discípulos; eso de encender velas en tan distintos y contrapuestos altares, más ocasionado es a perder el alma que a ganarla.
Pero reconozcamos que el hecho no habría tenido importancia si hubiera pasado en los términos descritos, pues todos los días condenan los predicadores en el púlpito las pompas y vanidades del mundo, todos los días se quejan de que sus exhortaciones no son tan eficaces como ellos desean y los anatemas suceden a los anatemas sin que las costumbres mejoren.
Lo grave del caso estuvo en lo siguiente: Ya se había despachado a su gusto el padre Mon, cuando acertó a entrar en la iglesia la infanta doña Eulalia. Encarándose con ella, repitió en tono más enérgico sus apóstrofes sin omitir el Serenísima señora, para que constara de un modo terminante a donde iban dirigidos. La infanta había llegado tarde al sermón, por lo cual el enojado sacerdote hubo de añadir a lo antes dicho una punzante observación: las que llegan tarde a la iglesia son puntuales en el teatro.
Cuentan que la pobre hermana del Rey se afectó mucho al oirse increpar de aquella manera. Una señora de su comitiva le dijo en voz baja: «está faltando a vuestra alteza». Otra incitábala a retirarse; mas la infanta, sobrecogida, no se atrevía a moverse del sitial de honor.
Concluida la plática, sobrevino gran tumulto entre las fieles, y al instante se marcaron dos bandos enconadísimos, vehementes, dos bandos que subsisten aun después de aplacada esta tempestad mujeril-aristocrático-eclesiástica. Unas pusiéronse resueltamente al lado de la infanta; otras abrazaron con calor el partido del padre Mon. Difícil es caracterizar estos dos bandos que, a fuer de femeninos, resultarían muy ardorosos y encarnizados. Hay quien supone que toda la hermosura se pasó con armas y bagajes al partido de Su Alteza, quedando en torno del clérigo las menos favorecidas por la Naturaleza.
Hay quien supone que esta escisión responde a la que de antiguo existe en la aristocracia, dividida en alfonsina y legitimista, sin que los hechos consumados hayan traido una reconciliación completa. Ello es que a muchas, en cuyo corazón anida con raíces profundas la indulgencia y que saben contentar a Dios y al mundo con habilidad seductora, pareció excesiva la severidad del jesuíta; a otras, en cambio, que no transigen con Barrabás, les supo a poco y habrían deseado más rigor, más violencia, más dureza.
En las conversaciones privadas, en el discreteo y bullicio de los salones se han manifestado mejor que en ninguna parte estas dos tendencias tan diferentes. Aquí enojo contra el jesuíta y tímidas protestas contra su conducta; allí defensa ardiente del padre Mon y excitaciones para que siga adelante y no repare en las grandezas de la tierra. Debo advertir, antes de pasar adelante, que el insigne orador sagrado es carlista de los más furibundos y trabajó con alma y vida por dar ventajas a su causa en la última guerra.
II
Segundo acto de esta comedia: Cuentan que la infanta entró a Palacio hecha un mar de lágrimas. El sermón habíala herido en lo más vivo, en su conciencia de mujer católica y en su amor propio de princesa de la dinastía reinante. El Consejo de ministros ocúpase al instante del asunto, y éste es considerado como desacato a la familia real. El ministro de Fomento, don Alejandro Pidal, orador fogoso y brillante, que representa en el Gabinete el elemento ultramontano y las tendencias clericales, tomó sobre sí este delicado negocio.
Bien quisiera él que no se presentaran tales motivos de discordia entre una Congregación poderosísima y las autoridades eclesiásticas ordinarias; pero la vida ministerial tiene estos malos pasos y no hay más remedio que sortearlos como se pueda. Comienzan los cabildeos, y en esta sazón interviene en la contienda el cardenal Moreno, arzobispo de Toledo y primado de las Españas, importantísima figura contemporánea, de quien es forzoso decir algo antes de pasar adelante.
Este príncipe de la Iglesia no puede sostener comparación por sus prendas intelectuales con ninguno de los ilustres varones que en otro tiempo ocuparon la culminante silla toledana. No es un sabio eminente como Albornoz, el fundador del Colegio de Boloña; ni como Siliceo, el maestro de Felipe II; ni como Lorenzana, lumbrera de la Iglesia en tiempos más recientes; no es un consumado político, consejero y sostén de los reyes, como aquel don Pedro de Mendoza, a quien su siglo, deslumbrado con su poder y fastuosidad, llamó el gran cardenal de España.
No es aquel espejo de todas las virtudes, aquel Cisneros, insigne gobernante, columna del Estado y de la Iglesia, casi santo, casi mártir, conquistador, apóstol, protector de las letras, fundador de Universidades, hombre, en fin, de estupenda grandeza. No es tampoco un príncipe benéfico que pueda inmortalizar su nombre con fundaciones como las de Tavera y el Siliceo antes citado. Es una apreciable persona, llevada a la augusta silla de San Ildefonso y San Eugenio más por combinaciones políticas —de esa menuda política de nuestros días—, que por insignes méritos de otro orden.
No reside nunca en la capital de su diócesis, sino en Madrid, donde le entretienen asuntos graves del catolicismo y de los partidos eclesiásticos. No son las rentas del arzobispado lo que eran antes, es decir, un pingüe patrimonio, casi tan grande como el de los reyes; pero aún dispone la primera mitra española de crecidas sumas. Con parte de ellas ha restaurado Moreno algunos templos, como el de San Jerónimo, de Madrid; pero, según dicen, las cajas del Vaticano reciben la mejor porción de los saneados ingresos de las parroquias de esta villa. Digo esto sin vituperarlo, pues no es de incumbencia seglar el empleo de fondos de la Iglesia, ni las razones de su distribución nos competen en manera alguna.
Es el cardenal Moreno persona de mucho gobierno; orador mediano; de sabidurías, más bien sociales que eclesiásticas; de pocas letras y muy versado en lides políticas y cortesanas; hombre, quizá, de aptitudes cabales para regir un Principado religioso en el estado presente del catolicismo y de las personas consagradas al culto, pues hoy la Iglesia, como la política, se gobierna menos con los principios que con las transacciones, y antes exige habilidad y trastienda que extremados rigores.
Como las de todo el episcopado español, las costumbres privadas de Moreno son intachables. Si no existen hoy grandes hombres en santidad y saber, en cambio, no ve nuestra mísera edad ejemplos de perversión y escándalo como los que afean la brillante historia de otros siglos. La medianía reina en todo, y los caracteres, cortados por el patrón corriente, parece que buscan la uniformidad. Huyeron los tiempos dramáticos, y las personas, como los hechos, parece que se informan en los moldes apacibles y rutinarios de la comedia de costumbres.
Una de las cosas que más hacen lucir las dotes cortesanas del cardenal primado es el generoso esfuerzo que pone en reconciliar los dos bandos en que está dividido el partido católico. Estos esfuerzos, no obstante, se han estrellado más de una vez en el prurito batallador de puros y mestizos, que así llaman a estos dos furiosos bandos. Deseoso de contentar a todos y de que no escandalicen a la cristiandad con sus agrias disputas, más destempladas y groseras que cuanto puede imaginarse, ha llevado su espíritu de concordia hasta autorizar a unos y a otros indistintamente, según las circunstancias lo exigían.
Rara vez se ha mostrado severo con los puros sin dar poco después un disgustillo a los mestizos. Unos y otros blasonan de tenerle en su pandilla, y él, usando del balancín con tanta destreza como los políticos más hábiles, ha concluido por no estar con unos ni con otros, estando con ambos a la vez. A fuerza de tacto, de contemplaciones y de distingos ha sabido acallar por algún tiempo los enconados ánimos y poner una mordaza a las diatribas; pero los católicos no han tardado en andar otra vez a la greña, diciéndose cosas tan furibundas como divertidas, con escándalo de las buenas almas.
Para que se comprenda bien el sentido y significación de cada una de estas banderías, conviene decir que los puros son los carlistas inmaculados, intransigentes, no tocados de mancha alguna liberalesca, ardientes partidarios, hasta la muerte, del pretendiente don Carlos, y tienen por cabeza visible al señor Nocedal, con plenos poderes del amo y señor, para gobernar a su antojo el rebaño.
Los mestizos, cuyo núcleo es la Unión Católica, son carlistas conversos, desengañados o desahuciados, gente del antiguo partido moderado, que fué siempre fiel a Isabel II, guerrilleros convertidos que cobran puntualmente sus pagas del Erario liberal. De tal modo transigieron con lo existente, que han llevado dos de sus hombres más notables a la situación dominante: Pidal, que, como orador, es realmente admirable, y el conde de Tejada, persona de estudio y de buenas disposiciones administrativas.
La saña con que estas dos fracciones pelean entre sí supera a cuanto la demagogia más desatinada ha podido acumular en papeles clandestinos. Son el agua y el fuego, el espíritu y la carne; son incompatibles, y antes se darán un abrazo la filosofía y el libre examen que estas dos familias católicas, que antes eran una sola durante la cruel guerra civil, y después del vencimiento han venido a ser enemigos irreconciliables.
Realmente da fatiga el considerar las amarguras que el buen cardenal ha de pasar para tenerlos a raya y poner diariamente su freno a la mordacidad y furor de los periódicos que las representan. Es de notar que ambas hacen gala de obedecer las órdenes de su eminencia, y ambas le respetan, al menos en la forma, lo que supone en el arzobispo un trabajo de habilidad casi superior a las fuerzas humanas.
Bien se comprende que no es un hombre vulgar el que ha sabido mantener su autoridad en medio de este laberinto de odios y malas pasiones, y que si el insigne purpurado no despunta en las teologías que dieron fama a sus predecesores, es peritísimo maestro en otras, fruto natural de los tiempos y las circunstancias.
Pues bien: a este hombre tan ducho en el manejo de personas dió el Gobierno el encargo de arreglar el desagradabilísimo asunto del padre Mon. Cuentan que aquel día —el siguiente del suceso— almorzó su eminencia en Palacio; que de allí salió para conferenciar con el presidente del Consejo, y más tarde visitó en su humilde morada al fogoso jesuíta, autor de lo que se llamó desacato a la familia real.
Entretanto algunas damas de las más afectas al Sagrado Corazón se personaban aparatosamente en la cámara de la infanta, para darle como satisfacciones de la ofensa recibida. No había motivo, según ellas, para un serio disgusto, y no debían tomarse tan al pie de la letra las reprimendas lanzadas desde el púlpito por un señor sacerdote en uso de su derecho, como pastor de almas y órgano de las verdades religiosas.
Mas ya no era ocasión de echar tierra sobre el asunto. Aquella tarde el padre Mon no subió a la religiosa cátedra con gran descontento y refunfuño de sus vehementes partidarios. El cardenal, no contento con prohibirle la predicación, ordenóle salir lo más pronto posible para Sevilla. Parece que el jesuíta no estaba dispuesto a obedecer si no se lo mandaba su jerárquico superior, el provincial de la Orden. De las conferencias que celebraron éste y el primado nada se sabe; pero es lo cierto que Mon no volvió al púlpito, y tres días después salió para la capital de Andalucía, no sin dar ocasión a nuevos incidentes y comentarios que no quitan ni aumentan el interés del conflicto.

























