
Rosa Amor del Olmo
Tiempo ha que me sentí cautivado por la tradición de Alceste, reina de Tesalia, ejemplo y cifra de abnegación sublime, alma candorosa y poética que ilumina las edades remotas en que la historia se confunde con la mitología.
Asunto tan bello parecióme muy adecuado para presentarlo en forma teatral, con procedimiento y estilo modernos. Mi primera labor fue escudriñar en las lejanías obscuras de la vida helénica los hechos que determinaron aquel caso de altruismo heroico, desde la sentencia de Admeto hasta la muerte y resurrección de la joven y amorosa reina.
En la confusión que envuelve esta leyenda he podido determinar la fecha probable. Eumelo, hijo mayor de Alceste, a quien presento con ocho años de edad, figura en la Iliada, canto segundo, mandando once de las naves que fueron a la conquista de Troya. Estaba casado con una hermana de Penélope y combatió valerosamente en las huestes de Aquiles y Agamenón. En la Odisea también habla el padre de la Poesía de las proezas del hijo de Alceste. Determinemos, pues, con la vaguedad de la cronología helénica, que nuestro asunto fluctúa entre los años 950 y 980 antes de la Era cristiana.
Viejecillo es el tema: estamos en la época arcaica. Decidido a llevar al Teatro la leyenda de Alceste, la opinión de José Ramón Mélida y las expresivas observaciones de María Guerrero, maestra insuperable en todas las artes de la escena, moviéronme a trasladar la acción al tiempo de Pericles, el más apropiado para dar esplendor a los accesorios de la fábula teatral. Ya en el terreno de las licencias, hube de tomarme otras. La primera fue sustituir el personaje de Apolo por Mercurio, pues esta divinidad, más en contacto con los mortales, me facilitaba la modernización de mi tragicomedia, dando a tal figura el carácter irónico y familiar que me convenía. Otra licencia, de la que no me arrepiento, es sacar a escena a la madre de Admeto, con el nombre imaginario de Erectea, formando con ella un carácter tan acentuado como el del anciano Pherés, padre del Rey de Tesalia. Nuevas licencias o libertades, lícitas en todo arte, advertiréis en la presentación de los parásitos, agasajados en el palacio y mesa de los reyes: el historiador Gorgias, el filósofo Aristipo, Cleón el astrónomo y el citarista Polícatres.
Reforma tan arbitraria como legítima es utilizar el Anfictionado, o Federación tesálica, como resorte dramático que determina y refuerza el hermoso acto de Alceste.

Ni esto, ni los parásitos, ni los caracteres de Pherés y Erectea, encariñados con la Regencia Trina; ni la intervención de Hermes, humanizado y ecléctico; ni el indumento vistoso, se acomodaban a la época arcaica, en la cual la tosquedad de la arquitectura, la simplicidad de los trajes y la barbarie de las costumbres amenguarían el encanto del artificio teatral.
La más hermosa obra, entre las muchas que inspiró la leyenda de Alceste, es la tragedia de Eurípides, representada en Atenas el año 438 antes de Jesucristo. Atentamente leída una y otra vez, pensé que para interesar al público de nuestros días érame forzoso desarrollar la acción con método absolutamente distinto al seguido por el maestro helénico, que, naturalmente, se cuidaba de agradar a sus coetáneos. La prolija disputa entre Apolo y el Genio de la Muerte; las lamentaciones del Coro, por cuya boca expresa el poeta sus pensamientos, suplicando en ocasiones el sentir de los personajes vivos; la Parabase, el discurso del Escoliasta ante la caterva de comediantes, huelgan en nuestro tiempo, como no revistan el carácter de curiosidad arqueológica. Pero he prescindido de ello en la firme creencia de que tales curiosidades son más para leídas que para representadas.
El único contacto que tiene la obra que vais a leer con la tragedia de Eurípides está en el paisaje de ternura en que la Reina moribunda se despide de sus hijos, de su esposo y de su servidumbre. Por caminos enteramente distintos a los de Eurípides llego al desenlace: la resurrección de Alceste. Presento a Hércules como el héroe invicto, cuya misión es limpiar de monstruos toda la tierra y restablecer la justicia entre los mortales. Dignifico al personaje omitiendo los actos crapulosos y de glotonería, que daban ocasión a las risotadas y bullanga de los espectadores atenienses en la representación de la obra de Eurípides. La solemnidad trágica se convertía en jácara bufonesca, según consta en documentos literarios que han llegado hasta nosotros. Para precipitar la solución final, el hijo de Júpiter, que se ha expresado con la mesura y elocuencia propias de su abolengo divino, se convierte en taumaturgo ante el cadáver de la hermosa Reina, y con ardoroso conjuro la saca del sombrío imperio de la Muerte.
Termino asegurando que la abnegación de la reina de Tesalia tiene todo el valor ético de un sacrificio cristiano. Ni en la mitología india, ni en la caldea, ni en la escandinava encontramos un acto semejante al de la divina Alceste, consumado diez siglos antes de Jesucristo.
B. Pérez Galdós.

























