
Rosa Amor del Olmo
Hablar de una “obra menor” de José María de Pereda no significa hablar de una obra insignificante. En un escritor tan asociado a títulos de gran arquitectura novelesca como Sotileza o Peñas arriba, lo menor puede entenderse como aquello que queda fuera del centro del canon: textos más breves, más ocasionales, menos ambiciosos en apariencia, pero capaces de revelar con especial nitidez las obsesiones del autor. Ese es el caso de Pachín González, novela corta publicada originalmente en 1896, según la ficha bibliográfica de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
La propia historia editorial de la obra invita a leerla como pieza secundaria. En la “Carta-Prólogo”, Pereda se refiere a ella como una “trágica novelita” y alude a la “pequeñez material de la obra”; incluso la llama, con falsa modestia o con sincero desdén, “librejo”. Pero esa modestia externa contrasta con la intensidad del asunto narrado: el drama del vapor Cabo Machichaco, cuya explosión marcó la memoria santanderina de finales del siglo XIX. Pereda afirma en ese prólogo que el drama narrado es histórico “hasta en sus menores detalles”, lo que coloca el relato en una zona híbrida entre la novela, la crónica y la meditación moral.
El argumento es sencillo y eficaz. Pachín González, un muchacho aldeano, llega a Santander con su madre en los primeros días de noviembre de 1893. Viene cargado de ilusiones: quiere embarcarse, marchar lejos, buscar fortuna, escapar de la pobreza rural. La ciudad aparece ante sus ojos como un espectáculo de riqueza, ruido, movimiento y promesa. El puerto, los vapores, los edificios, los trámites y la circulación de dinero componen para él una especie de teatro moderno. Pereda concentra esa fascinación en una idea obsesiva: el dinero como fuerza que lo mueve todo. El narrador insiste en que, para Pachín, aquella ciudad se resume en “mucho dinero”, “muchísimo dinero”.
Ahí empieza lo verdaderamente perediano del relato. La ciudad no es solo un escenario: es una tentación. Frente al mundo rural, pobre pero moralmente reconocible, Santander representa el vértigo de la ambición, la movilidad social, el deseo de salir de la aldea y convertirse en otro. Pachín no es malo; al contrario, es ingenuo, trabajador, creyente y afectuoso con su madre. Pero está poseído por una imaginación de ascenso social que Pereda mira con recelo. El muchacho quiere cambiar de vida, y ese deseo, tan legítimo desde una sensibilidad moderna, queda sometido en la obra a una lectura providencialista: la catástrofe le enseñará que la ambición puede ser una forma de extravío.
El incendio del Cabo Machichaco introduce el gran giro narrativo. Pachín y su madre se acercan al muelle, atraídos por la multitud que va a contemplar el vapor ardiendo. El relato describe con enorme eficacia el mecanismo de la curiosidad colectiva: la gente se desplaza como arrastrada por una corriente. Nadie sabe bien qué ocurre, pero todos quieren verlo. La escena es inquietantemente moderna: una masa urbana convertida en público ante el desastre. Pereda no necesita teorizar sobre la sociedad del espectáculo; la intuye narrativamente. El incendio convoca a la ciudad como si fuera una función pública.
La tensión aumenta cuando aparece la palabra decisiva: dinamita. Pachín sabe lo que significa, porque la ha visto usar en canteras. El lector también comprende que la curiosidad se ha convertido en peligro. La información circula de manera confusa: se habla de cajas de dinamita, de que quizá han sido retiradas, de que tal vez ya no hay riesgo. Esa incertidumbre es uno de los mayores aciertos del relato. Pereda no presenta la catástrofe como un simple golpe melodramático, sino como una suma de imprevisión, confianza, rumor, autoridad insuficiente y fascinación popular por el peligro.
Cuando llega la explosión, Pachín González se transforma. El relato abandona la expectativa del viaje y se convierte en descenso al horror. Pachín busca desesperadamente a su madre entre escombros, heridos, cadáveres, barro, restos humanos y gritos. La ciudad moderna, antes prometedora y brillante, aparece ahora desfigurada por una violencia casi apocalíptica. La mirada del muchacho, que antes convertía todo en promesa de riqueza, se ve obligada a leer el reverso de esa modernidad: la fragilidad de los cuerpos, la incompetencia de las seguridades humanas, la brusca igualdad de todos ante la muerte.
Desde un punto de vista literario, lo mejor de la obra está en esa focalización. Pereda no narra la catástrofe desde arriba, con distancia de historiador, sino desde el desconcierto de un aldeano joven que no domina la ciudad ni sus códigos. Esa limitación de perspectiva produce intensidad. Pachín entiende poco, pregunta, mira, se deja llevar, interpreta a medias. Justamente por eso, el lector siente el desastre como experiencia inmediata, no como dato histórico. El muchacho funciona como conciencia herida: a través de él, la catástrofe se vuelve lección moral.
El reencuentro final con la madre, viva, desplaza el relato hacia una resolución religiosa y conservadora. Pachín interpreta lo ocurrido como aviso providencial. Renuncia al viaje y decide volver a la aldea. La madre ha sobrevivido, pero el muchacho ya no es el mismo. Aquello que antes deseaba —irse, enriquecerse, buscar fortuna— queda moralmente contaminado. La experiencia del horror le hace volver a valorar el trabajo humilde, la vida pobre y honrada, el “rinconuco” de origen. El propio personaje formula la conclusión con claridad: frente al trabajo que honra, maldice la “cubicia tirana” y el hambre de dinero.

Aquí reside tanto la fuerza como el límite de la obra. Para un lector actual, la moraleja puede parecer demasiado cerrada: la ciudad equivale a tentación; la ambición, a pecado; la vuelta a la aldea, a salvación. Pereda reduce un problema social complejo —la pobreza que empuja a emigrar, la desigualdad, el deseo legítimo de mejorar— a una lección moral cristiana. Sin embargo, esa misma rigidez ideológica hace visible el núcleo de su mundo literario. Pachín González condensa el Pereda más característico: regionalista, católico, desconfiado ante la modernidad, compasivo con los humildes y severo con las ilusiones de progreso cuando estas rompen el orden tradicional.
Por eso Pachín González merece atención. No tiene la amplitud descriptiva ni la ambición estructural de sus novelas mayores, pero posee una cualidad singular: convierte un hecho histórico traumático en una parábola moral. La catástrofe del Cabo Machichaco no aparece solo como desastre material, sino como revelación. La explosión destruye el puerto, pero también destruye la fantasía de Pachín. El muchacho llega a Santander creyendo que el dinero es la puerta del futuro; sale de allí convencido de que la verdadera riqueza está en la madre, la fe, el trabajo y la pertenencia a la tierra.
Como obra menor, Pachín González es reveladora precisamente porque no disimula sus costuras. Su sentimentalismo, su providencialismo y su moral anticapitalista de raíz tradicional están a la vista. Pero también lo están su vigor narrativo, su dominio de la escena multitudinaria, su capacidad para producir angustia y su sensibilidad hacia el dolor popular. En ella, Pereda no alcanza la gran novela total, pero sí una pieza intensa, sombría y significativa. Es un texto pequeño solo en extensión; en cambio, como testimonio de una sensibilidad literaria ante la modernidad, resulta mucho más grande de lo que su lugar secundario en el canon parece indicar.

























