Pablos o la enfermedad de ser otro: cuatrocientos años de El Buscón

Por Rosa Amor del Olmo

Hay libros que envejecen y libros que se limitan a cambiar de disfraz. El Buscón pertenece a los segundos. En 1626 apareció en Zaragoza la primera edición de la novela de Francisco de Quevedo, después de haber circulado durante años en copias manuscritas y, según buena parte de la crítica, probablemente sin el consentimiento expreso de su autor. Cuatrocientos años después, lo que se ha vuelto antiguo es el jubón, la capa, la espada fingida, la venta y la casa de pupilaje. La enfermedad moral que recorre el libro conserva, sin embargo, una inquietante actualidad.

Esa enfermedad podría formularse de una manera sencilla: la imposibilidad de soportar la propia identidad.

Pablos no inicia su relato contando qué desea, qué ama o qué teme. Comienza explicando de quién es hijo. Antes de que pueda presentarse como individuo, su genealogía ya lo ha condenado. Su padre es barbero y ladrón; su madre carga con la sospecha, la hechicería y la alcahuetería; su hermano muere castigado; la justicia, la cárcel y el patíbulo forman parte del paisaje familiar. La primera violencia de El Buscón no es el hambre ni la paliza, sino el nombre. Pablos nace dentro de una identidad escrita por otros.

Por eso su ambición de llegar a ser caballero no debe entenderse únicamente como afán de riqueza. Quiere ascender, desde luego, pero sobre todo quiere dejar de ser él mismo. La nobleza representa para Pablos una operación de borrado: borrar a sus padres, borrar la pobreza, borrar la infamia, borrar el cuerpo humillado en la escuela y el hambre padecida en casa del dómine Cabra. No desea construir una vida distinta desde su propia historia, sino fabricar una historia que le permita negar la anterior. Cada disfraz es una venda; cada mentira, un pasaporte provisional; cada cambio de ciudad, la esperanza de que nadie reconozca al muchacho de Segovia.

Sería impropio sentar a un personaje del siglo XVII en un diván y atribuirle retrospectivamente un diagnóstico clínico. Pablos no es un paciente y la literatura no es una historia médica. Sin embargo, el trastorno narcisista de la personalidad ofrece una lente especialmente fértil para interpretar su conducta. La psiquiatría contemporánea no define este trastorno como simple vanidad, sino como un patrón persistente de grandiosidad, necesidad de admiración y falta de empatía. También reconoce una dimensión vulnerable, marcada por la hipersensibilidad ante la crítica, la derrota, la vergüenza, la degradación y el sentimiento de vacío. Tener algunos rasgos narcisistas, además, no equivale a padecer el trastorno: para hablar clínicamente de él, esos rasgos deben ser rígidos, duraderos y causar un deterioro significativo.

Pablos no es Narciso enamorado de su reflejo. Es Narciso aterrorizado ante la posibilidad de que el espejo diga la verdad.

Su grandiosidad no nace de una seguridad excesiva, sino de una identidad quebradiza. Necesita proclamarse superior porque se siente radicalmente inferior; necesita parecer noble porque considera insoportable ser visto como hijo de sus padres; necesita engañar porque ha aprendido que la verdad de su vida solo provoca desprecio. El narcisismo vulnerable funciona precisamente así: la fantasía de grandeza protege un yo que se siente pequeño, defectuoso o indigno. La soberbia es, a menudo, una armadura colocada sobre la vergüenza. Pablos comprende muy pronto que, en el mundo al que aspira, el rango social depende menos de la virtud que de la representación. Cuando decide abandonar los estudios, concluye que, para su propósito de ser caballero, lo necesario era “escribir mal”. La frase contiene toda la ferocidad de Quevedo: la ignorancia, lejos de impedir el ascenso, puede convertirse en credencial cuando va acompañada del traje, el ademán y el apellido adecuados.

El muchacho aprende así a tratar la identidad como una escenografía. Cambia de ropa, de compañía, de nombre, de oficio y de relato. Se convierte sucesivamente en criado, estudiante, pretendiente, falso caballero, jugador, actor y delincuente. No hay en él un centro firme desde el que se produzcan esas transformaciones. Hay, más bien, una desesperada sucesión de personajes. Pablos no se pregunta quién es, sino quién debe parecer para que nadie vuelva a humillarlo.

La suya es una personalidad construida ante un público. Necesita la mirada ajena, aunque esa mirada sea siempre peligrosa. Cuando los demás creen su impostura, experimenta una momentánea sensación de poder; cuando lo descubren, la caída resulta devastadora. Su vida oscila entre la fantasía de superioridad y el terror al desenmascaramiento. El mundo entero se convierte en un tribunal y cada encuentro social, en un examen que debe superar mediante la apariencia.

Pero la patología de Pablos no surge en el vacío. Quevedo lo introduce en una sociedad que ha convertido la humillación en método educativo. En la escuela, el niño es hostigado por su origen. En el pupilaje del dómine Cabra, el hambre adquiere dimensiones de tortura. En Alcalá, la violencia contra el recién llegado se acepta como una ceremonia de iniciación. En Madrid, hidalgos arruinados sostienen su honra mediante trajes prestados, comidas imaginarias y ficciones compartidas. Los ladrones poseen su propia jerarquía; los nobles protegen su representación; los pobres aprenden a fingir que no tienen hambre.

En ese universo, la apariencia no encubre la realidad: la sustituye.

Quevedo convierte los cuerpos en caricaturas y el sufrimiento en espectáculo verbal. Sus personajes se alargan, se encogen, se vacían, se descomponen bajo la presión de una lengua que no parece reconocer seres humanos, sino materiales para el ingenio. El lector ríe ante el dómine Cabra, convertido casi en esqueleto; ríe ante las palizas, las caídas, las hambres y los fracasos. Pero esa risa acaba dejando un sedimento incómodo. Para que el chiste funcione, alguien debe ser reducido previamente a objeto.

Pablos aprende esa lección. Si el mundo se ríe de los débiles, él intentará dejar de pertenecer a ellos. Si la vergüenza es inevitable, procurará trasladarla a otro. Si todos engañan, él engañará antes y mejor. El niño humillado no se transforma en un adulto compasivo, sino en alguien dispuesto a reproducir la humillación recibida. Su falta de empatía, su utilización de los demás y su creciente indiferencia ante el daño forman parte de esa metamorfosis. Comprenderlo no significa absolverlo. Haber sido víctima no concede inocencia perpetua. Pablos elige mentir, estafar, aprovecharse de otros y participar en la violencia. Quevedo no lo sentimentaliza ni le ofrece una grandeza secreta. Sin embargo, la novela permite advertir cómo la vergüenza, cuando no se elabora, puede convertirse en desprecio; cómo quien ha sido tratado como una cosa puede terminar tratando a los demás de la misma manera; cómo la necesidad de escapar de una identidad degradada puede degenerar en una vida enteramente falsa.

A ratos resulta difícil decidir dónde se encuentra el verdadero trastorno: si en Pablos o en la sociedad que lo fabrica.

La obra parece castigar no solo sus delitos, sino también su pretensión de abandonar el lugar que le ha sido asignado. El pecado imperdonable de Pablos no consiste únicamente en robar o engañar. Consiste en querer ser caballero sin haber nacido caballero. Quevedo se ensaña con el impostor, pero también protege un orden en el que la sangre pesa más que la conducta y donde ciertos individuos están condenados de antemano a representar siempre el papel de los despreciables. Ahí reside una de las contradicciones más poderosas de El Buscón. Su extraordinaria libertad verbal convive con una visión social rígida. La lengua de Quevedo rompe todas las formas, pero su mundo apenas permite que nadie rompa la forma heredada. El escritor es revolucionario con las palabras y profundamente desconfiado ante cualquier revolución de las identidades. Pablos puede cambiar de vestido, pero no de condición; puede aprender todos los códigos de la nobleza, pero su origen acabará apareciendo como una mancha que ninguna representación logra cubrir.

Cuatro siglos después, ese mecanismo no nos resulta extraño. Nuestra época proclama que cualquiera puede reinventarse y, al mismo tiempo, exige que esa reinvención sea visible, admirada y rentable. La genealogía fingida de Pablos ha sido sustituida por el perfil cuidadosamente editado; la capa prestada, por los signos alquilados del éxito; el falso título nobiliario, por el currículum inflado; la aprobación de los caballeros, por una cantidad mensurable de seguidores.

Pablos habría entendido perfectamente la economía contemporánea de la apariencia. Habría sabido qué fotografía publicar, qué viaje fingir, qué amistad exhibir y qué parte de su origen ocultar. No porque las redes sociales conviertan automáticamente a nadie en narcisista, sino porque ofrecen una maquinaria formidable para sostener identidades dependientes de la mirada ajena. El problema comienza cuando la persona ya no puede distinguir entre vivir y representar que vive; cuando cualquier crítica se experimenta como una demolición; cuando el reconocimiento externo deja de ser un placer y se convierte en oxígeno.

Al final de la novela, Pablos decide marcharse a las Indias. Es su última mudanza y su último disfraz: cambiar de continente para escapar de sí mismo. Pero allí, según confiesa, le va todavía peor. Quevedo cierra el relato con una de sus sentencias más conocidas: “nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres”.

Leída desde la psicología, la frase adquiere una profundidad inesperada. Ninguna geografía cura una identidad construida sobre la huida. Pablos puede abandonar Segovia, Alcalá, Madrid o Sevilla, pero lleva consigo el tribunal que lo condena. Lleva la vergüenza, la necesidad de fingir, el miedo al desenmascaramiento y la convicción de que ser él mismo constituye una desgracia. No cambia de vida porque nunca ha llegado a poseer una vida propia: solo dispone de personajes sucesivos.

Sin embargo, la moraleja de Quevedo queda incompleta si toda la responsabilidad recae sobre el pícaro. Para que Pablos cambie de vida y costumbres, el mundo tendría también que dejar de convertir el nacimiento en sentencia, la pobreza en culpa y la humillación en diversión. De otro modo, siempre habrá individuos que imaginen el engaño como única forma de movilidad y la desaparición de sí mismos como única posibilidad de salvación.

A los cuatrocientos años de su publicación, El Buscón continúa perturbándonos porque retrata una enfermedad rigurosamente moderna: no el exceso de amor propio, sino la incapacidad de habitar la propia identidad. Pablos quiere ascender, pero cree que para hacerlo debe borrarse; desea ser admirado, aunque no sabe quién recibiría esa admiración bajo tantos disfraces; huye de todos los lugares porque desconoce que el perseguidor viaja dentro de él.

Quizá el trastorno más profundo de la novela no pertenezca únicamente a su protagonista. Quizá se encuentre también en una sociedad que convierte a las personas en apariencias, que confunde el valor con el rango y que necesita humillar a alguien para confirmar la superioridad de los demás. En ese espejo quebrado, Pablos sigue mirándose cuatro siglos después. Y nosotros, aunque nos incomode reconocerlo, seguimos apareciendo detrás.

Isidora Revista

Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

Related Posts

Tembleque, por culpa de una sílaba

Por Rosa Amor del Olmo Hay quien, cuando le descubren temblando, echa la culpa al frío. Peñasco encuentra una explicación bastante más original: su lugar de nacimiento. No es cobardía, viene a decir; es geografía. Ha nacido en Tembleque y…

Sobre Paraíso inhabitado

Por Rosa Amor del Olmo Más o menos por aquellos tiempos en que vi echar a correr al Unicornio, fui enterándome, poco a poco, de que había nacido a destiempo. Paraíso inhabitado, pág.8 En la narrativa delicada y profundamente emotiva…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

TODO CANARIAS

Canarias no habla en borrador

Canarias no habla en borrador

Isabel Zendal: la mujer que llevó la vacuna al otro lado del océano

Isabel Zendal: la mujer que llevó la vacuna al otro lado del océano

«Partí a Chile en el Winnipeg»: Nicolás Mingorance y Domingo Calero, dos canarios en el barco de Neruda

«Partí a Chile en el Winnipeg»: Nicolás Mingorance y Domingo Calero, dos canarios en el barco de Neruda

Ocho peñas bajo la sombra del Sol

Ocho peñas bajo la sombra del Sol

La Guerra Civil en Canarias: una retaguardia marcada por la violencia y el silencio

La Guerra Civil en Canarias: una retaguardia marcada por la violencia y el silencio

Juan Negrín: el canario europeo al que la historia tardó en hacer justicia

Juan Negrín: el canario europeo al que la historia tardó en hacer justicia

La nevera llena, la isla vacía: el alquiler vacacional y el turismo que devora Canarias

La nevera llena, la isla vacía: el alquiler vacacional y el turismo que devora Canarias

‘Godo serás’ las casas cerradas de la patria que cierra la puerta

‘Godo serás’ las casas cerradas de la patria que cierra la puerta

José Fraguas: el violín ante la memoria sonora de Canarias

José Fraguas: el violín ante la memoria sonora de Canarias

El Atlas que escuchó hablar a Canarias

El Atlas que escuchó hablar a Canarias

Mercedes Pinto: una mujer que convirtió la partida en palabra

Mercedes Pinto: una mujer que convirtió la partida en palabra

El Día de Canarias: celebrar lo que somos

El Día de Canarias: celebrar lo que somos

Canarias contra la postal: Agustín Espinosa y la invención poética de Lanzarote

Canarias contra la postal: Agustín Espinosa y la invención poética de Lanzarote

1937: Juan Negrín, el canario que cargó con la República

1937: Juan Negrín, el canario que cargó con la República

Alonso Quesada: modernidad, ironía y desasosiego en la literatura canaria

Alonso Quesada: modernidad, ironía y desasosiego en la literatura canaria

La calima en las islas: el día en que el aire se vuelve enemigo

La calima en las islas: el día en que el aire se vuelve enemigo

La mujer en Canarias: historia, territorio y desigualdades persistentes

La mujer en Canarias: historia, territorio y desigualdades persistentes

El Río en Arico: el pueblo que vive entre pinos secos, barrancos con memoria y arqueología industrial

El Río en Arico: el pueblo que vive entre pinos secos, barrancos con memoria y arqueología industrial

Carnaval bajo los focos: la resaca crítica tras la Gala de la Reina

Carnaval bajo los focos: la resaca crítica tras la Gala de la Reina

Filoxera en Canarias: historia, situación actual y estrategias de futuro

Filoxera en Canarias: historia, situación actual y estrategias de futuro

Canarias ante el cambio climático: biodiversidad, economía y patrimonio en riesgo

Canarias ante el cambio climático: biodiversidad, economía y patrimonio en riesgo

El habla canaria en la literatura

El habla canaria en la literatura

‘El Ferna’ o el oficio de encender una plaza

‘El Ferna’ o el oficio de encender una plaza