
Por Rosa Amor del Olmo
Hay quien, cuando le descubren temblando, echa la culpa al frío. Peñasco encuentra una explicación bastante más original: su lugar de nacimiento. No es cobardía, viene a decir; es geografía. Ha nacido en Tembleque y considera que eso debería aclararlo todo. Así introduce Enrique Zumel el nombre de la villa en una de las conversaciones de Batalla de diablos.
La obra se estrenó el 15 de noviembre de 1865 en el Teatro de Novedades de Madrid. Era una comedia de magia en tres actos y en verso, con música de José Arche y decorado y maquinaria de Luis Muriel. La propia portada de la edición anuncia esos ingredientes: una función concebida para entrar tanto por los ojos como por los oídos.
Y, a juzgar por la prensa, entró con éxito. La Gaceta de Madrid del día siguiente destacó sus diecinueve decoraciones, el teatro lleno y los repetidos llamamientos del público al escenógrafo. Muriel tuvo que salir a recibir los aplausos: los espectadores también querían ver al hombre que había fabricado los prodigios. Entre tanta maquinaria, Tembleque aportaba un efecto especial que no necesitaba poleas. Bastaba con quitarle una sílaba.
Zumel, malagueño nacido en 1822, fue un dramaturgo extraordinariamente prolífico. David T. Gies, en su estudio sobre las comedias de magia del autor, reúne una producción de al menos ciento veintidós obras dramáticas y subraya su intensa presencia en los escenarios del siglo XIX. El mismo investigador llama la atención sobre la libertad que encontraba Zumel en este género para experimentar con los versos y los juegos de palabras.
Uno de esos juegos nos espera en la escena tercera del primer acto. Elvira pregunta a Peñasco por su miedo. Él lo niega, aunque la acotación exige que esté «temblando más». Acorralado por la evidencia, presenta su peculiar argumento:
¡Es que yo nací en Tembleque;
y como que no hay el qué,
faltando ese qué, aunque peque,
Tembleque, queda en temblé.
La operación tiene algo de prestidigitación escolar. Se toma un nombre de pueblo, se le retira el final y aparece un verbo. El qué sirve primero para preguntar por el motivo del miedo y después para desmontar el topónimo. Una sílaba entra en la conversación como pregunta y sale de ella como pieza sobrante. No estamos ante una explicación del origen del nombre. Estamos ante una excusa. Peñasco no pretende hacer historia de la lengua: pretende conservar la dignidad mientras le fallan las piernas.

Y hay una segunda gracia, quizá menos ruidosa, en el propio nombre del personaje. Se llama Peñasco, como si debiéramos esperar de él la firmeza de una roca. Sin embargo, toda su elocuencia se emplea en explicar por qué tiembla. La comicidad nace también de esa distancia: lleva un nombre de fortaleza y necesita una localidad entera para justificar su fragilidad.
Lo más curioso es que Zumel no abandona la ocurrencia después de utilizarla. Cuando Elvira desciende con el torreón hasta el escenario, Peñasco vuelve a asustarse y se considera otra vez en su pueblo. Mucho más adelante, en el tercer acto, recupera expresamente Tembleque para anunciar un nuevo acceso de miedo. La broma queda incorporada a su manera de hablar. Podemos leer esas reapariciones como un pequeño estribillo del personaje. Para Peñasco, regresar al lugar natal ya no requiere camino, equipaje ni diligencia. Le basta un sobresalto. La geografía se ha convertido en un estado de ánimo.
Naturalmente, no conviene pedirle a esta escena una descripción de Tembleque. No hay aquí una visita narrada, un elogio de su plaza o una relación de sus costumbres. Lo que encontramos es otra cosa: un escritor que descubre posibilidades cómicas en el sonido de su nombre.
Y eso también merece conservarse. La presencia literaria de un pueblo no tiene por qué estar compuesta únicamente de homenajes solemnes. Puede alojarse en una réplica, en una rima, en la habilidad de un actor para negar con la voz lo que está mostrando con todo el cuerpo.
No hace falta convertir a Zumel en un genio olvidado ni a Peñasco en representante de los temblequeños. Basta con reconocer el hallazgo y disfrutarlo. Entre diablos, encantamientos y decoraciones aparatosas, el nombre de Tembleque le proporciona a un hombre asustado su mejor defensa.
A Peñasco le tiembla todo menos la lengua.
Fuentes: Enrique Zumel, Batalla de diablos, Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1865, especialmente pp. 14-15 y 94; Gaceta de Madrid, 16 de noviembre de 1865, «Boletín de teatros», p. 4; y David T. Gies, «In re magica veritas: Enrique Zumel y la comedia de magia en la segunda mitad del siglo XIX», disponible en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

























