
Por Rosa Amor del Olmo
«Dicen que soy un ángel», escribe Manuel Altolaguirre, pero ese ángel tiene que subir andando. En «Para alcanzar la luz», los demás le atribuyen una naturaleza celestial mientras él reconoce que necesita «usar las piernas». La contradicción tiene algo de respuesta a un elogio incómodo. Quien nos cree hechos de una materia superior puede terminar por no ver lo que nos cuesta vivir. El poema introduce el cansancio en una figura a la que suponíamos libre de él. Y enseguida la caída: el ángel rueda escaleras abajo. 1
Hay humor en esa torpeza, aunque el destino del personaje dista de ser cómico. La ascensión no está garantizada por el nombre que recibe. Entre ser llamado ángel y poder volar queda una distancia que el cuerpo conoce perfectamente. Esa distancia ofrece una buena entrada a Altolaguirre. Conviene no acercarse a él con una admiración tan bien dispuesta que ya sepa de antemano cómo debe ser el poeta. Sus versos tienen más dificultades que su reputación de delicadeza.
Algunos nombres de la literatura llegan asociados a un servicio. En Altolaguirre, el impresor y el editor tienen razones suficientes para ocupar nuestra memoria: participó en Litoral, promovió revistas y continuó haciendo libros durante el exilio. Pero a su lado existe una escritura propia, desde Las islas invitadas y otros poemas, en 1926, hasta los libros americanos. Recordar lo que hizo por los demás no debería eximirnos de leer lo que firmó. 2
Tampoco es necesario convertir sus poemas en confesiones que la biografía vendría a descifrar. El ángel pertenece a una construcción verbal. Al principio escucha una opinión ajena sobre sí mismo; después tiene que responder desde su experiencia. El procedimiento permite representar algo más preciso que la bondad o la pureza: la incomodidad de habitar una imagen que otros han compuesto. En el poema, la figura prestigiosa empieza a resultar verdadera cuando pierde el equilibrio.
La caída añade un descubrimiento menos decoroso. Abajo hay placer, perfume, una atracción que no puede eliminarse mediante la promesa de volver a subir. Lo vivido conserva su fuerza después del despertar. La voluntad de ascender no nace de haber permanecido intacto, sino de reconocer una experiencia que lo ha alterado. Esa convivencia del deseo y de la aspiración espiritual le da espesor al personaje. Su dificultad no consiste solamente en encontrar una escalera, sino en saber qué lleva consigo al utilizarla. 1
La ligereza de algunas imágenes de Altolaguirre admite así una lectura poco tranquilizadora. Un ala puede elevar, pero también dejar una herida cuando desaparece. En «Tus palabras», el contacto de la persona amada proporciona esa posibilidad de vuelo. La segunda estrofa encuentra al hablante sentado ante una mesa, con dolor en la espalda. La ausencia ha adquirido una localización corporal. Allí donde la imagen prometía ascenso, queda ahora una lesión. 3
El cambio ocurre sin una larga explicación sentimental. Bastan dos palabras, «Exaltación. Silencio.», para interrumpir el movimiento. El poema no nos entrega una historia de amor completa ni las razones de su final. Nos hace experimentar una sustitución: el impulso compartido se ha convertido en inmovilidad. El lector entiende el dolor porque ha visto de qué manera se formó la imagen que ahora se rompe. La emoción es inseparable de esa operación.
La metáfora deja de ser una comparación que embellece lo que sentimos. Introduce consecuencias. Si alguien podía actuar como una parte del cuerpo, su retirada no será una simple distancia entre dos personas. El poema somete su primera imagen a una prueba: se pregunta qué ocurre después. En ese después se encuentra a menudo lo más interesante de Altolaguirre. La belleza inicial no queda protegida de la experiencia; tiene que atravesarla.
Otro poema empieza y acaba con un veredicto que parece una paradoja: «Era dueño de sí, dueño de nada». Se titula «El egoísta». Entre las dos apariciones del verso, el hombre aislado pierde la posibilidad de la alegría y también la de una angustia fecunda. No está expuesto a los demás, pero esa seguridad tiene el aspecto de la esterilidad. El poema no describe una independencia victoriosa: presenta una propiedad que se ha quedado sin contenido. 4
La reiteración modifica nuestra manera de oír la frase. Al comienzo puede parecer una afirmación ingeniosa; al final sabemos algo de su coste. La construcción se cierra sobre sí misma, como la existencia del personaje. Es una economía expresiva rigurosa: no hace falta atribuirle numerosas acciones porque su problema consiste precisamente en lo que ha quedado excluido. El poema organiza alrededor de un dueño la experiencia de no tener nada que compartir.
La autonomía que no admite vínculos puede confundirse con una vida disponible. En realidad, nada obliga a que una cosa conduzca a la otra. Es posible defender tanto la propia integridad que acabemos sin ocasiones de emplearla. Leído junto a «Tus palabras», «El egoísta» deja una dificultad sin resolver del todo: la relación puede herir y la inmunidad puede esterilizar. Altolaguirre no distribuye esas posibilidades entre una solución correcta y otra equivocada. Les concede imágenes capaces de incomodarse mutuamente.
«A un olmo» desplaza la pregunta hacia un árbol. El ser que no puede caminar parece haber alcanzado una libertad que el hombre, con toda su movilidad, no posee. «Tú permaneces, pero te renuevas», le dice el hablante. El comienzo reúne dos palabras poco acostumbradas a ir juntas: «lenta libertad». La conquista no adopta la forma de una fuga. Tiene la duración de un desarrollo que apenas se percibe mientras ocurre. 5
El contraste tiene una historia textual. José Francisco Val Álvaro estudió las variantes de «A un olmo» y recordó su presencia en la edición de Las islas invitadas de 1936. Su análisis atiende a la oposición entre la permanencia del árbol y los límites que angustian al hablante. No estamos ante una ocurrencia espontánea que el poeta hubiera dejado caer sobre el papel. Las modificaciones entre versiones permiten reconocer una escritura que vuelve sobre su propia precisión. 6
El árbol ofrece continuidad entre lo que recibe y lo que produce. A partir de él, el hablante imagina una relación entre sus antepasados, sus hijos y sus versos. Es importante que esa aspiración permanezca en el terreno de lo deseado. El hombre contempla una forma de existencia que no puede adoptar literalmente. La naturaleza le proporciona un modelo y, al mismo tiempo, hace visible su distancia respecto de él. La contemplación no concluye con una reconciliación fácil. 5
Esa diferencia evita convertir el poema en una recomendación de arraigo. Sus raíces no son un lema ni su copa una promesa que todos puedan cumplir. Un árbol puede crecer donde está; una persona puede necesitar marcharse para conservar alguna posibilidad de vida. La imagen poética no reemplaza esa experiencia. Permite formular otro deseo: avanzar sin que cada transformación obligue a perderlo todo. Hay una necesidad de continuidad incluso en quien ha debido cambiar de lugar.
Altolaguirre salió de España en 1939 y vivió su exilio en Cuba y México. Esa trayectoria añade resonancias a la lectura, pero no debe utilizarse para fechar retrospectivamente cada imagen de desarraigo. «A un olmo» era anterior a la salida. La cronología impide explicar todo su mundo poético mediante una sola catástrofe. Las preguntas sobre la soledad, los vínculos y el tiempo existían ya; la historia habría de darles otra gravedad. 2 6
Una lectura atenta al tiempo descubre también un poema sorprendente dentro de Fin de un amor, publicado en 1949. «No quiero eterna juventud», declara «Rubor», y busca otra posibilidad: renovarse como se renuevan los árboles. La diferencia es sustancial. Permanecer joven exigiría que la transformación se detuviera; recuperar vida supone aceptar que antes ha habido desgaste. El deseo se dirige hacia una nueva capacidad de sentir, no hacia la conservación indefinida de una apariencia. 7
La propia elección del título altera la imagen vegetal. El verde del árbol deja paso al color que puede subir a un rostro. Lo que interesa es la posibilidad de que el cuerpo vuelva a responder. El envejecimiento no se niega; se imagina atravesado por una renovación que permita todavía sorpresa, calor, vergüenza o deseo. La esperanza conserva algo físico. No basta con declararse interiormente joven si nada logra ya afectarnos.
El poema transforma una aspiración imposible en una comparación comprensible sin fingir que son lo mismo. Sabemos que las personas no viven exactamente como los árboles. Esa evidencia no destruye la imagen: permite medir cuánto contiene de anhelo. La poesía no nos proporciona un procedimiento para rejuvenecer. Encuentra una forma de decir qué se teme perder cuando el calendario sigue avanzando.
Árboles, alas, escalones: hay algo concreto y casi elemental en estos materiales. Su eficacia depende de lo que el poema les hace hacer. Un ala proporciona una elevación que después se recuerda como dolor; una raíz sostiene una libertad; una escalera obliga al ángel a reconocer sus piernas. No forman un diccionario estable en el que cada objeto equivalga siempre a una idea. Cambian al entrar en relación con una voz y con una situación.

Por eso la sencillez verbal no debe confundirse con un pensamiento simple. Se entiende cada palabra y, sin embargo, la relación entre ellas queda abierta. La lectura no tropieza con un vocabulario que necesite traducción; tropieza con una experiencia que no se deja resolver enseguida. El poema puede ser breve sin ser pequeño. Su trabajo consiste en concentrar una dificultad, no en disimular que existe.
La continuidad religiosa de estas imágenes tampoco se agota en una decoración. Dios aparece expresamente en «El egoísta»; el ángel del primer poema busca una luz que no posee. Los seres no se bastan a sí mismos. Conviene conservar esa dimensión sin convertir cada texto en la ilustración de un dogma. La pregunta espiritual se vuelve poética porque encuentra un cuerpo vulnerable, una voz que duda y una experiencia que no obedece con facilidad. 1 4
El impresor sabía que un libro se compone de unidades diminutas. El poeta permite ver cuánto puede cambiar un texto mediante una interrupción, una reiteración o el regreso alterado de una imagen. No es necesario deducir su estética de su oficio para reconocer la afinidad. Ambas actividades requieren una atención que no se confunde con el tamaño del resultado. Una palabra corriente puede soportar una tensión que un adjetivo solemne habría dejado escapar.
Volvamos al ángel. Al término del poema todavía desea subir, pero el destino del ascenso ya no tiene la vaguedad de una recompensa luminosa: está ligado a su propia muerte. Haber caído no lo convierte en un ser que pueda prescindir del esfuerzo. Tampoco le devuelve las alas. Sigue necesitando encontrar cómo dar el paso siguiente. 1
Ese Altolaguirre merece salir del lugar secundario que le reservamos cuando lo recordamos únicamente por sus compañeros. Sus poemas no piden indulgencia para una voz delicada. Ponen a prueba lo que cuesta depender, cambiar, envejecer y continuar. La escalera del comienzo no conduce a una inocencia recuperada. Conduce a un hombre que acepta subir con las piernas que tiene.
Fuentes
1. Manuel Altolaguirre, «Para alcanzar la luz»
2. Instituto Cervantes, biografía y trayectoria de Manuel Altolaguirre
3. Manuel Altolaguirre, «Tus palabras»
4. Manuel Altolaguirre, «El egoísta»

























