Los alumnos con talento y los socialistas en vísperas de la Segunda República

Eduardo Montagut

Tradicionalmente, se ha considerado que la izquierda se ha preocupado exclusivamente del principio de igualdad y promoción social en relación con la educación, tanto en la historia como en el presente, pero conviene conocer otras iniciativas que fueron encaminadas, en esa historia a apoyar a los alumnos con talento, aquellos alumnos que son conocidos popularmente como “superdotados”, y que hoy nombramos más como de altas capacidades. Pero esas iniciativas también tenían y tienen una clara dimensión social, bajo el principio de igualdad, al apoyar a alumnos con posibilidades de alcanzar grandes éxitos educativos, pero que no contaban con recursos, sin olvidar que todo ello redundaría en todo el país al elevar el nivel educativo de los alumnos. Este artículo trata de esta cuestión justo en vísperas de la proclamación de la Segunda República.

Ante la evidencia de que muchos alumnos que poseían altas capacidades no podían desarrollar las mismas porque sus familias no disponían de medios, en un sistema educativo donde los hijos de las clases populares no podían ir mucho más allá de la etapa de primaria, hubo quejas y protestas de no pocos maestros españoles. Este sentir fue recogido por Fernando de los Ríos que llevó al Congreso de los Diputados una propuesta, que consiguió sacar adelante, para que se consignara en los Presupuestos del Estado una partida para costear carreras a alumnos que lo merecieran por su talento, aunque, al parecer, no debió funcionar muy bien por trabas de tipo administrativo, como denunciaba el maestro y socialista Dionisio Correas, que tuvo un destacado protagonismo en la FETE y en El Socialista, sin olvidar su condición de masón. Precisamente, a primeros de marzo de 1931 publicó un artículo en el periódico socialista sobre esta materia.

Pues bien, Correas relataba como Andrés Saborit había conseguido sacar adelante una iniciativa parecida a la de Fernando de los Ríos, pero en el Ayuntamiento de Madrid. Saborit, uno de los políticos más prácticos, a nuestro entender, que ha tenido el socialismo español por su infinidad de iniciativas y gestiones, tanto en el nivel municipal, como en el parlamentario, había propuesto que el Consistorio de la capital destinase en su presupuesto para becas la inestimable cifra para la época de 100.000 pesetas, y que pretendía ser inicial, es decir, que fuera aumentando con el tiempo. Correas quería demostrar que era un ejemplo de cual era el pensamiento socialista en esta materia.

Al parecer, Luis Álvarez Santullano había recogido la iniciativa de Saborit en El Imparcial, elogiándola. Debemos recordar que Santullano fue un eminente profesor y pedagogo, que se destacó en la Institución Libre de Enseñanza, en las Misiones Pedagógicas, y que estuvo estrechamente vinculado a Manuel Bartolomé Cossío. Lo que preocupaba al eminente pedagogo era que la iniciativa del socialista degenerarse por una “falsa orientación” hacia una dimensión caritativa.

Correas defendía que esa no podía ser la naturaleza de la iniciativa de Saborit. La concesión de becas no podía estar asociada a la caridad, sino ser un acto de justicia, de la necesidad que tenía España de aprovechar para toda la comunidad los talentos, y que se perdían por falta de recursos de las familias.

El derecho a la educación, a la cultura, como decía Correas, era uno de los primeros que debían defender y reivindicar los socialistas, como habían exigido De los Ríos y Saborit. Las becas era un ejercicio de justicia social en relación con los alumnos desfavorecidos con talento, pero también un ejercicio en beneficio de la colectividad, como hemos expresado. Ese era impulso que necesitaba España, y que, según Correas no vendría de la “burguesía decadente”, sino del proletariado.

En conclusión, los socialistas no querían “becas por caridad”, sino como un derecho y como una necesidad social.

Sobre Dionisio Correas podemos acudir al Diccionario Biográfico del Socialismo Español, y su artículo se publicó en el número 6883 de El Socialista, del primero de marzo de 1931.

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