
Redacción
Rabat, mayo de 2026.
En una ciudad proclamada Capital Mundial del Libro, el Salón Internacional de la Edición y del Libro (SIEL) desplegaba durante esos días una intensa actividad cultural, convirtiendo la lectura en un espacio de encuentro entre lenguas, tradiciones y memorias compartidas.
En ese contexto tuvo lugar la presentación del número 42 de Isidora. Revista de Estudios Galdosianos, dedicada en esta ocasión a la relación entre Benito Pérez Galdós y Marruecos: un tema que, lejos de ser marginal, atraviesa su obra como una presencia constante, especialmente en torno a ciudades como Tánger o Tetuán, convertidas en símbolos de un imaginario común entre España y el norte de África.
La mesa redonda, celebrada en el estand de España y en colaboración con el Instituto Cervantes de Rabat, reunió a Alberto Gómez Font, Driss Ouladelhaj y Rosa Amor del Olmo en un diálogo que fue, más que una presentación editorial, una reflexión compartida. Se habló de literatura, pero también de historia, de representación, de cómo se construye —y se revisa— la mirada sobre el otro.
No fue una conversación cerrada ni académicamente distante. Más bien al contrario: hubo una sensación de cercanía, de terreno común, como si la literatura sirviera aquí para reconocer algo que ya existía antes del discurso. Galdós aparecía no solo como un autor español, sino como un testigo de ese espacio compartido que, con todas sus tensiones, sigue articulando una parte importante de la relación cultural entre ambos países.
Entre el Instituto Cervantes y el SIEL se establecía, además, un interesante contraste. El primero ofrecía el marco, la reflexión ordenada; la feria, en cambio, introducía el movimiento, la circulación, el contacto directo con el público. Dos formas complementarias de entender la cultura: una que piensa, otra que pone en circulación.
En ese tránsito entre espacios, la presentación adquirió un matiz particular. La revista, objeto central del encuentro, no tuvo la presencia material que cabría esperar en un contexto como el de una feria del libro. Pero lejos de deslucir el acto, esa circunstancia acentuó, de forma casi involuntaria, el carácter de lo que allí estaba ocurriendo: una reivindicación de la palabra y del pensamiento más allá de su soporte inmediato.
Porque, en última instancia, Isidora 42 estaba allí. En las ideas, en el diálogo, en la atención del público. Y quizá eso bastó para confirmar algo esencial: que la literatura —cuando es verdadera— no depende únicamente del objeto que la contiene, sino de la conversación que es capaz de generar. ‘Mañana llegan’ como dijo la escritora Ana Francamal.
Al final, lo que quedó no fue tanto la presentación de una revista como la constatación de una continuidad: la de un diálogo entre España y Marruecos que sigue encontrando en la literatura uno de sus espacios más fértiles y más necesarios.













