Pablo Iglesias, el cardenal Reig y la corrupción moral en 1923

Eduardo Montagut

En marzo de 1923, el cardenal primado, Enrique Reig Casanova (1858-1927), publicó con motivo de la Cuaresma una pastoral en relación con la corrupción. El cardenal consideraba que la corrupción lo inundaba todo. La pornografía imperaba en las publicaciones, en el teatro, el cine, los anuncios y la moda. Había un ansia de placer, al recurrir a medios morbosos para liberarse del dolor físico, provocando que se llenasen los hospitales y los manicomios. La Iglesia era la única enemiga, en su opinión, de la inmoralidad reinante, y la que desarrollaría las principales acciones contra esas lacras sociales.

Pablo Iglesias se hizo eco de la pastoral, admitiendo la existencia de esa corrupción denunciada por el cardenal Reig, pero pensaba que otra cuestión era aceptar las afirmaciones de que la Iglesia era la única enemiga de la inmoralidad y que sería ella quien acabaría con este tipo de corrupción.

En primer lugar, el viejo líder socialista consideraba que los enemigos de los males apuntados por el cardenal eran todos los que, sin pertenecer a la Iglesia, querían el bien y el progreso de sus semejantes, y luchaban porque desapareciesen. En ese sentido, Iglesias se interrogaba como podría armonizar el cardenal la idea del carácter irreconciliable de la Iglesia con la inmoralidad y el predominio de la misma en muchas épocas a pesar de su poder. La conclusión era que, en realidad, la Iglesia, teniendo en cuenta sus fines reales, no los aparentes, no había hecho campaña alguna contra la injusticia, ni contra el atraso, ni contra la inmoralidad. Se había limitado a “hacer que hacemos”.

Y aquí se desplegaba el argumento, que podríamos calificar, de social, para atacar la postura de la Iglesia por parte del líder socialista. En primer lugar, el lujo era una causa fundamental de la corrupción. El juego, y el mundo de las “cocotes” estaban alimentados por los aristócratas, los plutócratas, en fin, por los poderosos, pero la Iglesia nada hacía contra todo eso. Es más, la mayoría de los obispos vivían una vida de lujo, y sancionaban con su presencia actos de gente adinerada organizados para satisfacer más la vanidad que para proteger a los humildes, en clara alusión a los actos de caridad, tan comunes, como sabemos en la España de la Restauración y de Alfonso XIII.

La ignorancia y miseria eran fuente para que las costumbres se maleasen, y la Iglesia tampoco hacía nada contra ambas.

Cuando el socialismo en España había comenzado a organizar los trabajadores para mejorar moral y materialmente sus condiciones, la Iglesia se había puesto frente al mismo y al lado de los que explotaban. Así interpretaba Iglesias la creación de los Círculos Católicos, tan activos como rompehuelgas, y haciendo campañas contra los obreros organizados, que tanto había combatido contra la asistencia a la taberna, la afición al juego y todo lo que tuviera que ver con el vicio o la corrupción.

El caciquismo era otra fuente de corrupción, pero la Iglesia solamente había procedido a ayudar a sus protagonistas.

Ante el hambre que padecían miles de niños en el centro y este europeos, el papa concedía una rosa de oro a la reina de España.

Pero el problema no sólo era que la Iglesia no hacía nada para evitar la corrupción social y para corregir los males, sino que ni tan siquiera, siempre en opinión de Iglesias, ofrecía un “espíritu lo suficientemente humano” para que los católicos no tratasen como enemigos a sus semejantes. Casi todos los gobernantes españoles eran católicos y la vista estaba lo que hacían por el bien general del país y por sus buenas costumbres. Católicos era, en fin, la mayor parte de los “explotadores”, y era de sobra conocido hasta que extremos llegaba su codicia y crueldad. Y el argumento se repetía con los acaparadores, los usureros y los que habían reprimido a los trabajadores, sin olvidar a las señoras que derrochaban lujo en su vestir y adorno personales.

En conclusión, para Pablo Iglesias era imposible que la Iglesia defendiese la idea de que ella era la que más hacía por acabar con los males a los que se refería el cardenal Reig en su pastoral. Esos eran otros, los que peleaban por un régimen de solidaridad y justicia.

Hemos trabajado con el número 4399 de El Socialista. Por otro lado, podemos consultar el expediente del cardenal como senador en distintas legislaturas como arzobispo de distintas sedes y también como senador por derecho propio, en la página del Senado.

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