
Benito Pérez Galdós
I
Quiero hoy decir algo acerca de las corridas de toros y de la debatida cuestión de si deben suprimirse o no.
Ante todo, conviene hacer constar que, lejos de disminuir la afición de los españoles a esta fiesta, aumenta o parece aumentar de día en día. Y lo más particular es que el entusiasmo taurómaco crece a medida que escasean los diestros y degenera la poderosa raza de toros bravos. Cada día es menor el número de matadores, y su habilidad en el llamado Arte parece más dudosa.
Las antiguas ganaderías no dan ya aquellas tremendas fieras de otros tiempos.
Hoy se lidian bueyes, más o menos valientes; pero el gran toro tradicional va desapareciendo rápidamente, según aseguran los que de estas cosas entienden.
La degeneración de los lidiadores es más evidente aún; apenas hay dos o tres que merezcan el nombre de matadores y, sin embargo, ganan mucho más dinero del que ganaron en los tiempos clásicos los famosos maestros Pedro Romero, Montes, Pepe-Hillo y otros.
También los toros valen hoy mucho más que antes, y por un Veragua, un Miura, o un Aleas, se paga doble o triple de lo que se pagaba por sus antecesores en los tiempos de Carlos IV y Fernando VII.
De esta subida en el precio de los elementos principales del toreo se desprende, naturalmente, la subida del precio de las localidades de la Plaza.
Hoy cuestan los asientos cuatro o cinco veces más que costaban cuando las corridas eran admirable muestra de la destreza del hombre y del poder de una fiera.
Pues bien; siendo los toros malos, los toreros peores y el espectáculo infinitamente más caro, la afición del público aumenta de año en año.
Ya puede el empresario poner los precios que quiera: siempre tiene la seguridad de que los billetes serán disputados a empellones.
Se hablan mil pestes de los empresarios, de las ganaderías y de los diestros; pero el público acude siempre en grandes y afanadas masas.
Sucede con los toros como con la ópera.
Cuando parece que se extingue la raza de los grandes cantantes y no existe ningún compositor de genio que escriba óperas notables, la afición aumenta desafiando las escandalosas subidas de precio.
Hace veinticinco años costaba muy poco dinero oir a la Penco, a la Grissi, a la Trezzolini, a Mario, a Tamberlik y a Franchini.
Hoy se paga cinco veces más por oir artistas que valen mucho menos: Salvo una media docena de cantantes que se hacen pagar fabulosamente sus gorgoritos, todo el personal de ópera se compone de partiquinos más o menos tolerables. Y, no obstante, cuesta un ojo de la cara el oirlos.
La situación es la misma (si así puede decirse) en el Arte, bastante ménos noble, del toreo. Partiquinos que cobran un sentido por hacerlo muy mal, y ganaderías, degeneradas, que debieran criar sus reses para carne.

II
Equivocáronse de medio a medio los que veinte o treinta años ha profetizaron que el toreo se extinguiría por sí mismo. Entonces era moda hablar muy mal de este espectáculo y suponerlo origen de infinitos males. Los enemigos de los toros hacían propaganda para que se prohibieran las corridas, y desconfiando de poderlo conseguir, esperaban que la afición disminuiría y que la fiesta popular española moriría por consunción.
¡Qué error tan grande!
En este período de tiempo hemos visto que la Plaza antigua era sustituida por otra mucho mayor; y si se diera permiso para ello, es evidente que no faltarían en Madrid empresas particulares que construyeran una o dos plazas más.
Es que, aparte de las emociones de la lidia, existen las emociones del espectáculo y el pueblo español tiene profundamente arraigada en su alma la necesidad de estas emociones.
Dos cosas hay en las corridas: la lidia y el espectáculo. En la primera, los profanos, entre los cuales me cuento, se divierten poco; carecen de criterio para juzgar las suertes y se sienten desagradablemente impresionados por el sangriento cuadro de la muerte de los indefensos caballos.
Pero el espectáculo ofrece encantos a que nadie que tenga ojos puede permanecer insensible.
La inmensa y variada muchedumbre, la anchura del circo, los magníficos trajes de los lidiadores, la belleza imponente del toro y, por fin, el movimiento y animación de los distintos lances de la corrida, ofrecen un conjunto tan pintoresco y hermoso que difícilmente se hará cargo de él quien no lo haya visto.
En la lidia hay lances verdaderamente feroces, otros enteramente rastreros e innobles. Si la suerte de caballos fuera cambiada por otra menos repugnante; si no viéramos a los soeces gandules que llaman monossábios apaleando al infeliz animal reventado para que se levante y se ponga otra vez delante de la fiera, la lidia sería tan bella quizás como el espectáculo y tendría más partidarios aún de los que tiene. En tal caso, habría menos motivo para pensar en la abolición de las corridas como determinación civilizadora.
En pro de los toros habla siempre el hecho indudable de que es la única originalidad profunda y castiza que conservamos.
En medio de este trabajo de nivelación general, cuando hemos asistido a la desaparición de nuestros trajes, de nuestras costumbres, cuando nuestra literatura misma no ofrece caracteres absolutos de españolismo, es imposible dejar de volver los ojos a una fiesta que por sus elementos y todas las circunstancias que en ella concurren, no tiene semejanza en parte alguna.
Ni aun siquiera se ha dado el caso de que los extranjeros nos la copien e imiten como nosotros hemos imitado y copiado el sport inglés, las kermeses alemanas, tomando a los italianos la ópera y a los franceses mil cosas de la vida común.
Los toros son inimitables, incopiables e intraducibles.
De los Pirineos para allá no existen ni pueden existir, salvo las contadas manifestaciones taurófilas del mediodía de Francia, que en rigor son caricaturas del verdadero toreo.
III

La fiesta nacional, como elemento pintoresco, es asimismo inagotable.
Inspira a nuestros artistas y también a los extranjeros, que cuando se dejan caer por acá, la interpretan a su manera, falseando los tipos casi siempre.
Esto prueba la grandísima originalidad del espectáculo y su españolismo rancio, profundo, intraducible.
Subsistirán, pues, las corridas de toros mientras exista en el alma española este anhelo de lo pintoresco, del espectáculo brillante y movido, esta apreciación del color y esta propensión a la alegría estrepitosa.
Y subsistirán aunque se extinga la raza de toreros valientes y entendidos y la casta de toros bravos.
Cuando la degeneración de ambas estirpes sea irremediable, se lidiarán bueyes o becerros; las suertes serán cualquier cosa, y el último de los chulos hará lo que hoy hacen Frascuelo y Lagartijo.
Pero como quiera que sea, siempre se agolpará el público en la plaza ávido de aquella libertad omnímoda, anhelando gritar, reir, vociferar y embriagarse con el regocijo que desprende de su inmenso ámbito la Plaza.
Muchísimos años, siglos tal vez, han de pasar antes de que esto se modifique, y yo dudo mucho que pueda llegar un tiempo, ni aun suponiéndolo muy lejano, en que los madrileños gusten de irse los domingos por la tarde a filosofar en los parques o a gustar en praderas y bosques los placeres puros de la rusticación. Parodiando una frase célebre, se puede decir que el día que no haya toros los españoles tendrán que inventarlos.
El día en que, por la degeneración de la raza bovina, no haya ningún individuo de ella que quiera embestir, se inventarán las corridas de carneros, machos cabríos o algún otro bicho más o menos cornúpeto.
Los que gastan tinta y saliva en abominar de la tauromaquia, están tocando el violón a toda orquesta, como se suele decir, porque declaman estérilmente contra un apetito, contra una pasión que está en el fondo mismo del carácter nacional.
Benito Pérez Galdós
Fisonomías sociales
Artículo: La fiesta nacional
Páginas impresas: 113-119
Nota: texto extraído del PDF y limpiado de forma conservadora para lectura.














