Introducción a Itinerario de un hombre honrado, según Galdós

Daniel Gautier, Prof de Lengua y Literatura Université d’Angers

Lo que contribuye a la calidad de Galdós en su búsqueda religiosa es que no da soluciones. No impone nada, no exige ninguna obligación. Cada lector tiene libertad para pensar lo que le da la gana. Galdós solo presenta ideas, honrada y serenamente, después, el lector puede participar en la búsqueda de la verdad a partir de lo que acaba de leer. Actuar así, ¿no es una actitud moderna y respetuosa de la libertad de conciencia?

Se opone a todo proceso dogmático o clerical. Por eso le gustaba situarse en el Ateneo, lugar en el que cada uno podía expresarse, preguntar, compartir. Joaquín Casalduero decía:

La gran influencia del Ateneo en la vida española no se debía exclusivamente a su biblioteca y a brindar un lugar recogido donde poder conversar… Los jóvenes se mezclan con los viejos, los estudiantes con los profesores, los conservadores con los liberales, los religiosos con los librepensadores, y el calor del diálogo, íntimo o público, no impedía nunca la máxima consideración mutua. [1]

En este libro, Galdós nos ofrece un itinerario que podríamos llamar «Itinerario posible de un hombre después del Vaticano II«. La gente de la época y sobre todo la Iglesia no lo comprendían. No podían comprenderlo. Hay profetas que lo adivinan todo, como Félicité Lamennais que, muy joven, decía: «Veo cosas que los demás no ven»[2]. Así Galdós imagina a un hombre religioso, una iglesia diferente, unos caminos distintos por los cuales, podemos andar. No era el único en plantearse el problema de la religión. Gumersindo de Azcarate decía en su Minuta de un Testamento,

Después de muchas vigilias y angustias, que más de una vez me costaron lágrimas de sangre; llegó un día en que, examinando serenamente mi conciencia, encontré que podía formular mi profesión de fe diciendo: creo en un Dios personal y providente, al que me considero íntimamente unido para la obra de la vida… Creo en la vida futura… Creo que la providencia de Dios alcanza, con su amor, a todos los pueblos y a todas las épocas…[3]

Gumersindo hubiera apreciado el texto de Vaticano II cuando dice:

La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que este se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella…. La orientación del hombre hacia el bien solo se logra con el uso de la libertad, la cual posee un valor que nuestros contemporáneos ensalzan con entusiasmo y con toda razón.[4]

El mundo ha cambiado, la Iglesia ha hecho su aggiornamento antes de mayo del 68. Pero si pudo hacerlo, fue gracias a aquellos hombres de todos los países que lo prepararon sin saberlo. En este libro queremos indicar los aspectos positivos que presintió Galdós y que presentó a sus lectores en sus novelas. No fue por casualidad, un caso aislado en que el escritor español habló de religión y, de hecho, coincidió con la filosofía cristiana post-vaticana. Vamos a ver cómo, en las 7 novelas elegidas, el autor presentó, explicó, defendió sus ideas con unos conocimientos teológicos y bíblicos que podrían sonrojar a muchos de nuestros contemporáneos.

Doña Perfecta es como el contrapunto, el itinerario que no debemos seguir, a pesar del título. La Desheredada nos muestra a Isidora a quien un error hubiera colocado en los suburbios más pobres de la sociedad madrileña, cuando ella soñaba con nobleza y grandeza. Ángel Guerra es ese combatiente revolucionario, que desea siempre renovar la sociedad para que todos vivan mejor. Empieza por ser revolucionario y acaba haciendo su propia conversión. Marianela, la pequeña guía de ciego que lo envuelve todo en una visión poética y que va a morir asesinada por la mirada de los demás. La Familia de León Roch nos presenta la lucha entre ciencia y misticismo. Miau es la novela de la mirada pura de un niño que tiene visiones. Ve a Dios y Dios le habla. Por fin, de manera más larga, en Gloria se presenta el problema de las religiones en España. ¿Qué debemos hacer para buscar la verdadera religión y convertirnos a ella? ¿Cómo responde Galdós a este anuncio de Jesucristo sobre el Reino? ¿Es verdad que el amor sobrepasa y domina todos los problemas de los hombres?

Galdós reivindica el derecho a decir «no», el derecho a la rebelión. Cualquier dictador puede obligar a su pueblo a cantar himnos a la libertad, pero, muerto el dictador, el pueblo recupera sus ideas como el agua de un río su cauce después de un período de inundación.

 Galdós cree en la duda. «No es la duda sino la certidumbre que vuelve loco» decía Nietzsche. Quien duda sigue buscando mientras que quien está seguro de sus ideas se muere por creer haberlo encontrado todo.

Rechazar la duda lleva a todo tipo de crispaciones: intolerancia, puntillismo ritual, rigidez doctrinal, demonización a los incrédulos, fanatismo que puede ir hasta la violencia mortífera. Los integristas de todas las religiones se parecen porque rechazan la duda, esa cara oscura de la fe, indispensable corolario de ella. Madre Teresa reconoció tener sus dudas, difíciles de vivir y expresar, pero a pesar de todo, el amor animaba su fe. Los integristas no acogerán ni admitirán las dudas porque su fe se apoya sobre el miedo. Y el miedo prohíbe la duda. [5]

Los teólogos y los filósofos  luchan por explicar con argumentos… cuando los novelistas o los poetas sugieren temas y conmueven mucho más que los sabios. Recordemos a Péguy, Bernanos, Unamuno, Calderón, Verlaine Dostoievski y otros muchos…

Doña Perfecta

En la Biblia el libro de los Salmos empieza por el salmo 1 que nos presenta dos caminos, «porque el Señor cuida el camino de los justos, pero el camino de los malvados termina mal»[6]. Galdós también nos presenta a doña Perfecta. El título no debe engañarnos. La perfección de esa señora es precisamente una perfección falsa, una religión hecha de ritos, de apariencias, de caciquismo sin compasión. En su presentación del protagonista, Pepe Rey, Galdós nos muestra con mucha ironía cómo comprender la novela.

Fuerza es decirlo, aunque su prestigio se amengüe; Rey no conocía la dulce tolerancia del condescendiente siglo que ha inventado singulares velos de lenguaje y de hechos para cubrir lo que a los vulgares ojos pudiera ser desagradable.[7]

Si en un momento de presunción se atreve a decir: «Todos los milagros posibles se reducen a los que yo hago en mi gabinete cuando se me antoja con una pila de Bunsen»[8]… añade enseguida, al oído de su prima: «No me hagas caso, primita. Digo estos disparates para sulfurar al señor canónigo.»[9]

El canónigo y doña Perfecta, como muchos en la España de Galdós, tildan de ateos a los científicos y matemáticos porque quieren volar con sus propias alas, quieren deshacerse del poder de la Iglesia. En realidad, el cura y la señora se oponían a todo poder y todos los de Orbajosa les seguían.

Lo que principalmente distinguía a los orbajosenses del Casino era un sentimiento de viva hostilidad hacia todo lo que de fuera viniese.[10]

 No es una guerra de religión en esta novela, sino una guerra por conservar el poder.

¡Cuán difícil es para el historiador que presume de imparcial depurar la verdad en esto de las opiniones y pensamientos de los insignes personajes que han llenado el mundo con su nombre…[11]

¿Puede la Iglesia ayudar al mundo defendiendo una causa política? Puede ser, pero, pensando que «no triunfarán los malvados en el juicio, ni los pecadores en la asamblea de los justos»[12].

El ciego dijo a Lazarillo de Tormes, después de la cornada: «Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo»[13]. Galdós también nos advierte en el último capítulo: «Esto se acabó. Es cuanto por ahora podemos decir de las personas que parecen buenas y no lo son.»[14] Y podríamos añadir «las personas que parecen religiosas y no lo son.»

La desheredada

Avisado el lector, puede seguir con la historia de Isidora. Podrá decidir él mismo si la protagonista es una loca o una santa, una embustera o una noble verdadera. El hombre sigue con la nostalgia del Paraíso perdido, el Edén en el cual había vivido en compañía de Dios, y de donde le han echado.

En el manicomio de Leganés es difícil saber quién pertenece al mundo de los enfermos. Y Galdós lo confiesa:

Cualquiera que despertara súbitamente a la razón y se encontrase en el departamento de pobres entre turba lastimosa de seres que solo tienen de humano la figura, volvería seguramente a caer en demencia, con la monomanía de ser bestia dañina.[15]

O sea que Isidora no es la única en vacilar sobre su verdadera identidad. Todo hombre tiene derecho a preguntarse si es de origen humano o divino. Bien le decía su tía: «Parecías el Cristo de las enagüillas»[16] Cuando Isidora está paseando con Miquis por el Retiro, dice el texto:

Se cogían las manos, charlaban, convidados de la hermosura del día y del lugar, donde todo parecía recién criado, como en aquellos días primeros de la fabricación del mundo, en que Dios iba haciendo las cosas y las daba por buenas[17]

En su primera visita a Joaquín Pez, Isidora descubre unos cuadros que representaban a Mefistófeles y don Quijote,  la perversión y el idealismo… pero «mirando y remirando, los ojos de Isidora toparon con el Cristo de Velázquez, y estaba ella muy pensativa, tratando de averiguar qué haría nuestro redentor entre tanta diosa…»[18]

Isidora no podía apartar esa búsqueda de su origen y «pedir que no insistiera era como pedir al sol que no alumbrase. Era toda convicción, y la fe de su alto origen resplandecía en ella como la fe del cristiano dando luz a su inteligencia, firmeza a su voluntad y sólida base a su conciencia. El que apagase aquella antorcha de su alma habría extinguido en ella todo lo que tenía de divino, y lo divino en ella era el orgullo»[19].

Cuando el tío Santiago Quijano-Quijada, en su última carta le da sus consejos: «Aguanta, resiste, y no degrades tu corazón dándolo a algún mequetrefe que lo tome por vanidad… Consérvate digna, recatada, siempre señora inexpugnable»[20], creemos oír a san Pablo escribiendo a Timoteo: «En lo que a ti concierne, hombre de Dios, huye de todo esto. Practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la constancia, la bondad,»[21] o también: «Llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas. Tú, en cambio, vigila atentamente, soporta todas las pruebas, realiza tu tarea…»[22]

Al final de la novela, Isidora se siente abandonada de Dios como Cristo en la cruz. «Dios no quiere favorecerme, Dios me persigue, se me ha declarado la guerra…»[23] Hasta Joaquín lo reconoce: «Eres un ángel, un ángel mundano que derrama sobre el corazón del desgraciado bálsamo eficaz… Podrás equivocarte, cometer faltas; pero ser innoble, jamás»[24]. La pueden meter en prisión, seguía «inocente, sufría persecuciones inauditas: luego tenía bastante motivo para erigirse en criatura celestial.»[25]  A pesar de todo, Isidora sigue manteniendo la esperanza.

Las persecuciones, los martirios, son nuestras coronas por ahora…; pero esto ha de cambiar. ¿Quién sabe lo que pasará el mejor día? Yo he leído que los soberbios serán humillados y los humildes ensalzados.[26]

Miquis, con mucha pena, hace la constatación siguiente: «Nuestra pobre amiga, ha descendido mucho, y no es eso lo peor, sino que ha de descender más todavía…»[27] Y al desaparecer, «la presa fue devorada, y poco después, en la superficie social, todo estaba tranquilo».[28] Como se dice de Cristo en el credo que «descendió a los infiernos»[29], también Isidora desapareció y don José quiso ir a buscarla porque decía: «La huri ha bajado a los infiernos, y yo voy… en busca suya.»[30] Reaparecerá la muchacha en Torquemada en la hoguera, al servicio de un artista tuberculoso. Sigue en la miseria pero, triunfando por amor a los demás. Las apariencias son desastrosas pero, es el triunfo del amor, ¿no es eso el mensaje evangélico?

Ángel Guerra

Félicité Lamennais, filósofo francés, decía a una amiga, la barona Cottu: «Le repos n’est pas fait pour moi ; je suis né pour le combat, et chacun doit remplir sa destinée.» [31] Parece ser el lema de Ángel Guerra. Lamennais empezó como sacerdote y terminó como revolucionario. Galdós, que leyó unos libros de Lamennais, hace como una copia inversa de la vida del francés.

Dulce ya presenta su deseo más íntimo al principio de la novela: «No me gusta la libertad… Me siento mejor sometida. Obedecer queriendo es mi delicia, y servir a mi dueño, siendo también por mi parte un poco dueña de él…»[32] La proximidad de Guerra y de Dulce forma un oxímoron y «bien mirado el asunto, las ideas de Guerra sobre la supremacía de la Historia no excluían las de Dulce sobre la importancia de las menudencias domésticas, pues todo es necesario.»[33]

El deseo de volver a ver a su hija Cion, le hace conocer a Leré o sea Lorenza. Era una muchacha muy religiosa y lo de vivir cerca de Ángel Guerra, llevó a este a ser el más tolerante y respetuoso de los creyentes.

No creas que me disgusta notar en ti esa fe ardiente, ciega, como debe ser la fe, y capaz de llevarse tras si las montanas. Yo no creo lo que tú crees, pero me da por admirar a los que creen así, con toda su alma, sin hacer de la fe una máscara para engañar al mundo y explotar las debilidades ajenas.[34]

De revolucionario, Ángel pasa a ser admirador de los creyentes y hasta piensa que «lo mejor sería que hubiera en cada persona una medida o dosificación perfecta, de lo material y lo espiritual.»[35] Galdós ha advertido  que «queda el lector en libertad de creer o no lo que se le cuenta, y aunque esto se tache de impostura, allá va el retrato con toda la mentira de su verdad, sin quitar ni poner nada a lo increíble ni a lo inconcuso.»[36] La conversión del protagonista se hace bajo la influencia de la dulzura, de la religión, de la sinceridad. Todo no depende de la voluntad de cada uno, las circunstancias aportan su peso en la vida humana.

Yo soy el que ha variado, yo no soy el que era. La muerte de mi madre, la posesión de mi fortuna y de mi casa han hecho de mí otro hombre.[37]

La enfermedad de su hija y su muerte pueden más en Guerra que cualquier revolución política. «Hoy nuestro organismo social y político es una farsa, un verdadero Carnaval sin disfraces, porque todos los poderes viven engañándose unos a otros…»[38] Pero, ante la desgracia de una niña enferma, todo es posible.

Cuando la tribulación le cierra a uno todas las puertas de la tierra, no hay más remedio que abrir algún ventanillo que mire hacia arriba.[39]

Hay que ser santo para ver en los demás lo positivo. Hasta Ángel no sabe contemplarse a sí mismo. «Es usted más bondadoso de lo que parece.»[40] Cuando entró Leré en la congregación que se dedicaba a recoger y cuidar a ancianos o a asistir a los enfermos, Guerra se fue tras ella, atraído por su generosidad y un amor secreto. La santidad parece atraer tanto como el amor. Si se unen los dos, pueden hacer milagros.

Había llegado Leré a ejercer sobre él un dominio tan avasallador que llegó a representársele como la primera persona de la humanidad, como un ser superior, excepcional, investido de cualidades y atributos negados al común de los mortales.[41]

De seguidor, Ángel Guerra pasa a imaginarse fundador de «una congregación destinada a realizar los fines cristianos que a Leré más le agradasen.»[42] Irá más allá, porque, «delirante, fascinado por su ídolo, se arrancó a decir: ‘seré sacerdote'».[43] Galdós da a la última parte el título de «Hombre nuevo». Se refiere así a la carta de san Pablo a los Efesios que dice:

De él (Cristo) aprendieron que es preciso renunciar a la vida que llevaban, despojándose del hombre viejo, para renovarse en lo más íntimo de su espíritu y revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad.[44]

¿Es realmente una vocación, la de Ángel Guerra? Un consejero le dice:

Amigo don Ángel, la vocación de usted es una vocación contrahecha. La loca de la casa le engaña. Su inclinación a la vida mística no tiene más fundamento que el hallarse revestida de misticismo la persona de quien anda enamorado…

Con esta constatación, Ángel vuelve a ser más realista y antes de morir, dice: «Declaro que la única forma de aproximación que en la realidad de mi ser me satisface plenamente no es la mística, sino la humana, santificada por el sacramento.»[45]

Y eso nos lleva directamente al tema de la novela siguiente.

La familia de León Roch

La novela empieza por una carta de María Egipcíaca y termina por una carta de Pedro Fúcar, padre de Pepa. Vamos a entrar en la intimidad de un matrimonio entre un científico y una mística. Ciencia y religión dentro de una familia. El Concilio Vaticano II desarrolla la idea que Galdós presenta en su novela:

Muchos contemporáneos nuestros exaltan también el amor auténtico entre marido y mujer, manifestado de varias maneras según las costumbres honestas de los pueblos y las épocas. Este amor, por ser eminentemente humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona, y, por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal.[46]

La primera carta es una rectificación de María, a propósito de otra mujer que se suponía amante de León. También «hay en tu alma un rinconcito oscuro que no me gusta.»[47] El matrimonio entre la chica algo «mojigata» y un librepensador sorprende. Pero León se explica:

Voy a mi fin, que es legítimo, noble, bueno, honrado, profundamente social y humano, conforme en todo a los destinos del hombre y al bienestar del cuerpo y del espíritu; en una palabra, me caso…[48]

Con María, esta belleza tan acabada que parecía sobrehumana, esta mujer divina, se casó León Roch. Este tenía una fama de ateo, como ocurre muchas veces en las novelas de Galdós así como en la sociedad de aquella época, a cualquier sabio científico lo consideraban como librepensador o ateo. Cada uno tenía su idea: «León le había dado libertad para practicar el culto, pero trataba de influir en el carácter de ella, no para arrancarle su fe sino por el deseo de establecer entre ambos la mayor armonía posible.»[49] Mientras tanto, la aspiración de María era ser piadosa sin perder al hombre que tan vivamente había realizado la ilusión de su fantasía. Llevarle a la iglesia era su afanoso empeño.»[50]

Una idea nueva es la salvación colectiva. Cuando en aquella época cada uno pensaba en salvarse a sí mismo, María se preocupa por salvarse ella pero también a su marido. Ella piensa en eso cuando le dice: «Uno solo rema y han de salvarse los dos.»[51] León, quería una esposa cristiana, no una odalisca mojigata. Sin embargo, se dispone a conceder algo. «Si reduces tus visitas a la iglesia, iré a ella contigo.»[52] Pero fue inútil. Entonces, enojada, María le dijo: «¡Miserable ateo, te salvarás aunque no quieras!»[53]Cuando el fanatismo mata hasta el último y más débil sentimiento, cuando ha secado hasta la compasión y la caridad, ¿se puede realmente hablar de religión? León, le dijo a María: «No sé de qué sirve la santidad que ignora hasta el fundamento primero de toda doctrina. Nunca tuviste entrañas.» Lo divino sin lo humano deforma la visión del hombre tal como Dios lo quiso. «El misticismo es un agua figurada que no satisface a los sedientos».[54]María terminó reconociendo sus límites y su amor por León: «Si me puedo salvar con él, que Dios me reciba en su seno tal cual soy».[55] Sin embargo, Galdós, sin condenarla, le desea comprender, una vez en el otro mundo, la verdadera idea de la religión y del amor.

Su espíritu, más bien egoísta que generoso, había entrado ya quizás con gemido de sorpresa y temor en la región ignota del saber de amores y de la apreciación exacta del bien y del mal.[56]

Marianela

Si el amor en un matrimonio debe superar todo otro sentimiento, la poesía en esta novela revela el corazón de las personas. Empieza por una lucha entre el sol y la noche, entre la luz y las tinieblas.

Se puso el sol. Tras el breve crepúsculo vino tranquila y oscura la noche, en cuyo negro seno murieron poco a poco los últimos rumores de la tierra soñolienta y el viajero siguió adelante en su camino, apresurando su paso a medida que avanzaba el de la noche.»[57]

Un médico oftalmólogo estaba perdido en la noche y quien lo iba a guiar en las tinieblas era un joven ciego, Pablo.

Soy ciego, sí, señor, añadió el joven; pero sin vista sé recorrer de un cabo al otro las minas. El palo que uso me impide tropezar, y Choto me acompaña, cuando no lo hace la Nela, que es mi lazarillo. Conque sígame usted y déjese llevar.[58]

El cirujano y el ciego van a ser los protagonistas de la ciencia. Marianela aporta un matiz poético y permite acceder a otro mundo. Permite a Pablo oír las cosas. «Cógeme un ramo de flores, aunque no las veo, me gusta tenerlas en mi mano. Se me figura que las oigo.»[59] Marianela ve cosas que los demás no ven, porque habla con su corazón. «Las flores son las estrellas de la tierra… son las miradas de los que se han ido al cielo»[60]. Puede hablar así porque su alma está llena de preciosos tesoros. Si el padre de Pablo puede leerle capítulos sobre la belleza, Marianela le permite alcanzar otro tipo de belleza, la del corazón, del amor. «Concibo un tipo de belleza encantadora, un tipo que contiene todas las bellezas posibles; ese tipo es la Nela.»[61] Sin embargo, la Nela «era como una niña, pues su estatura debía contarse entre las más pequeñas, correspondiendo a su talle delgadísimo y a su busto mezquinamente constituido… Alguien la definía mujer mirada con vidrio de disminución…»[62] Y Pablo no lo sabía, no lo adivinaba, la imaginaba como el Quijote idealizaba a Dulcinea…

Tú eres la misma bondad; tu alma y la mía están unidas por un lazo misterioso y divino; no se pueden separar, ¿verdad? Son dos partes de una misma cosa…[63]

La Nela se observaba en un espejo roto y constataba que las apariencias no correspondían a la expresión delirante del ciego que soñaba con ver su hermosura. ¿Qué es la belleza? ¿Dónde encontrarla? Pablo la encuentra cuando escucha a su Lazarillo. Marianela la encuentra en Florentina a quien confunde con la Virgen María Inmaculada. ¿Era la Naturaleza traidora? ¿Podía rebelarse la Nela al mirarse en un espejo o en un charco?

Las nubes del cielo y las flores de la tierra hacían en su espíritu efecto igual al que hacen en otros la pompa de los altares, la elocuencia de los oradores cristianos y las lecturas de sutiles conceptos místicos.[64]

El anuncio de la próxima operación de su amo la sumergía una profunda desesperanza. Al recuperar la vista, la Nela no tendría ninguna utilidad y Pablo se daría cuenta de su equivocación sobre su hermosura. El nuevo mundo, el milagro de uno se transforma en el infierno de otro. La pobre chiquilla «iba decadente y marchita, como una planta que acaba de ser arrancada del suelo…»[65] La hermosura de una convertía en adefesios a las demás mujeres. Los ojos matan. Las ilusiones y la realidad compiten sin que sepamos decir dónde esté el vencedor, dónde está la felicidad.

Los ojos del alma ven mucho más allá que los ojos del cuerpo. El médico oftalmólogo le dice a la Nela: «Hazte cargo de que hay una porción de dones más estimables que el de la hermosura, dones del alma, que ni son ajados por el tiempo ni están sujetos al capricho de los ojos.»

Miau

“Jesús los hizo llamar y dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos.»[66] Bien podríamos pensar que esta novela se dirige a los niños porque comienza con la chiquillería de la escuela pública que sale de la clase y termina con un abuelo que se encomienda a Dios y a san Luisito Cadalso, «mi adorado santín…»[67] como dice Villaamil.

Los temas de la novela son numerosos, la familia, el mundo de la administración, la política, el paro… Nosotros solo hemos subrayado los elementos que presentan al pequeño Cadalso, nieto de Villaamil. Es un niño como todos los niños, en el mundo escolar, en el mundo familiar, en su propio mundo. Tímido, poco propenso a los estudios, desgarrado entre su padre y la familia de su madre, disfruta de sus paseos por Madrid con su amigo Canelo, el perrito del vecino. Sin ser ni santo ni religioso, va a tener apariciones de Dios Padre. Marianela había pensado ver a la Virgen María bajo los rasgos de Florentina, Cadalsito, sin mérito alguno, tiene el privilegio de ver a Dios. En la Biblia, solo Moisés tenía el favor de ver a Dios.

El Señor conversaba con Moisés cara a cara, como lo hace un hombre con su amigo.[68]

La sorpresa, la incredulidad del pequeño le impide hablar… como siempre, desde Adán, el hombre tiene miedo a Dios… «Oí tus pasos por el jardín, respondió él, y tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí».[69] También Dios tiene que intervenir: «Parece que estás asustado. No me tengas miedo. Si yo te quiero, te quiero mucho»[70]. Es la llamada conmovedora de Dios hacia la humanidad: no tengáis miedo, os quiero a todos.

Luisito se restregaba los ojos, miraba por todas partes… la maravillosa visión había desaparecido. Ilusión, sueño, invención, imaginación… «Que lo vio y le habló no tenía duda»[71]. Como los apóstoles en los Hechos se presentan como testigos, » aquí también… el niño está seguro… y tiene un testigo… «Dios acarició dos o tres veces la cabeza de Canelo, y que éste le miraba sacando mucho la lengua… Luego Canelo podría dar fe…»[72] Es que para los niños, los animales forman parte de su mundo tanto como las personas. En la segunda visión, Luis reconoce al «mismo sujeto de la barba blanca»[73] pero, esta vez, no habla. Se contenta con escribir a la manera del vecino del chiquillo que era memorialista… ¡El Dios Padre tiene un aspecto físico que a su vez, tiene algo de felino como toda la familia «Miau»! «Concluida la carta, la metía el Padre Eterno en un sobre más blanco que la nieve, lo acercaba a su boca, sacaba de ésta un buen pedazo de lengua fina y rosada para humedecer con rápido pase la goma»[74]

En el tercer sueño, pues, siempre interviene durante el sueño del niño, Dios-Padre se presenta con los anillos que el maestro había destrozado… Dios sigue atento a lo que pasa en el mundo, y en particular en la escuela de Cadalso. Como a muchos, «le entraron dudas respecto a la autenticidad y naturaleza divina de la aparición»[75]. El lector se divierte también con las apariciones, reconociendo al ciego, al memorialista o al maestro de la escuela. Sin embargo, la lógica del lector no es la de los niños. Las dudas de Cadalso residen en que Dios «no tiene ángeles». Si Dios no coloca al abuelo de Luis podría ser porque no trabaja bastante en la escuela… Y el pobre chiquillo va a esforzarse por obedecer a la visión divina para que coloquen a Villaamil. La cuarta visión interviene después de la muerte de Posturitas, el amigo de Luis, a pesar de sus mofas sobre la familia Miau. Esta vez, la aparición llega con una nube de «cabecitas de granujas… en cueros vivos y con alas».[76] Es la prueba de que la visión es auténtica, según las características del niño. Dios se adapta a cada uno. La quinta y última visión pasa en su casa mientras dormía.

Allá lejos, muy lejos, distinguió a su amigo el de la barba blanca, que se aproximaba lentamente recogiendo el manto con la mano izquierda y apoyándose con la otra en un bastón grande o báculo como el que usan los obispos[77]

Es que esta vez, Dios tiene algo que anunciar: la muerte del abuelo. Y cuando el pequeño le dice: «Yo no quiero que se muera mi abuelo», Dios, como en Job, comprende perfectamente el rechazo del nieto. «Justo es que no lo quieras… pero ya ves… mejor le irá conmigo que con vosotros.»[78] Pero quién le va a decir esa noticia, pregunta el pequeño. «Adviérteselo tu.»[79] Ya, el niño se transforma en el mensajero divino, porque ‘la verdad sale de la boca de los niños’ dice el proverbio o Jesucristo dijo también: «¿Pero nunca han leído este pasaje: «De la boca de las criaturas y de los niños de pecho, has sacado una alabanza»?[80] El abuelo recibirá la noticia con mucha emoción… reconociendo no ser bastante puro para merecer gracia… pero aceptando la palabra del niño como un mensaje de Dios. «Eran las palabras de su nieto como revelación divina, de irrefragable autenticidad.»[81] La sencillez del niño es una de las vías para llegar a Dios según santa Teresa.

Gloria

Después de leer la novela, José María de Pereda, gran amigo de Galdós, escribe en una carta: «Vista la inclinación, era de temer la caída; y al fin cayó usted. Gloria, le ha metido de patitas en el charco de la novela volteriana.»[82] Eso indica que todos no compartían el punto de vista que vamos a desarrollar aquí. ¿Qué le reprocha realmente el amigo de Polanco? Lo dice claramente en una larga carta de explicación. «Que combate usted no contra el catolicismo, sino contra los malos católicos. ¡Ojala fuera así!… Era preciso que enfrente del grupo de católicos malos o imperfectos de Gloria hubiese usted presentado otro católico con todas las perfecciones que adornan al judío…»[83] Es que para Galdós, no hay perfectos ni entre los católicos ni entre los judíos o lo que sean. Y entre otros temas, Gloria presenta al final lo que a él le parece mejor.

Galdós no deja nada en manos del azar y hasta el número de capítulos de las dos partes tiene un significado. La primera parte tiene 39 capítulos o sea 13 por 3. Trece es considerado como el número de mal augurio, o como una evolución fatal hacia la muerte. En este sentido, la primera parte de Gloria es una marcha hacia la muerte, un sufrimiento, el fin de un ciclo. Le segunda parte lleva el número de los años que Jesucristo tenía tradicionalmente cuando murió. Y las últimas palabras de la novela nos resuelven cualquier duda.

Tu precioso y activo niño Jesús… que naciste del conflicto y eres la personificación más hermosa de la humanidad emancipada de los antagonismos religiosos por virtud del amor… harás sin duda algo grande[84].

Físicamente, Daniel Morton se parecía mucho a Cristo.

Gloria, en aquel breve instante de observación, hizo un paralelo rápido entre la cabeza que tenía delante y la del Señor que estaba en la Abadía dentro de la urna de cristal y cubierto con blanquísimas sábanas de fina holanda.[85]

Gloria es la representación de Cristo en la tierra, se sacrifica para que vivan los demás. «¡Jesuscristo!… ¡Siempre ese nombre!…» dice Morton. «¡Siempre! Sé que entrarás en su reino, le responde Gloria, y ese es mi consuelo, la idea que me ha salvado de la desesperación y del infierno, proporcionándome una dulce muerte, la purificación de mi alma y la seguridad de mi entrada en el cielo.»[86] Y eso nos recuerda lo que dice Cristo al malhechor, crucificado con él: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso»[87], convirtiendo el mal en ‘buen ladrón’. La conversión a marcha forzada como intentaba hacer el obispo don Ángel de Lantigua, conduce a la locura. De qué había muerto Daniel Morton?

Había muerto después de dos años de locura, motivada por la extraña y sin igual manía de buscar una religión nueva, la religión única, la religión del porvenir[88].

Daniel Morton, el judío, ha de confesar que «la religión es hermosa cuando une; horrible cuando separa»[89]. Por eso, ninguna religión puede presentarse como la buena y la única. La verdadera es la que está por venir. Y en eso, Galdós se acerca a Jesucristo que decía a la samaritana:

Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre… Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad[90].

Donde arda el amor, ahí se encontrará la verdadera religión, la verdadera felicidad. ¿Gloria encontraría «su ideal donde alguien le espera impaciente, quizá con hastío del paraíso mientras él no llegase?… Es forzoso contestar categóricamente que si o dar por no escrito el presente libro.»[91]


[1] Joaquín Casalduero, Vida y obra de Galdós, Ed. Gredos, Madrid, 1974, p. 17.

[2] Georges Hourdin, Lamennais, prophète et combattant de la liberté, Librairie Académique Perrin, Paris, 1982, p. 27.

[3] Minuta de un Testamento, Estudio preliminar por Elías Díaz, Ediciones de cultura popular, Barcelona, 1967, p. 116-117.

[4] Gaudium et Spes, n° 16-17.

[5] Frédéric Lenoir, Le monde des religions, novembre-décembre 2007.

[6] Salmo 1,6.

[7] Doña Perfecta, Alianza Editorial, Madrid 1998, p. 32.

[8] Ibidem. p. 51.

[9] Ibidem.

[10] Ibidem, p. 92.

[11] Ibidem, p. 178.

[12] Salmo 1, 5.

[13] Lazarillo de Tormes, Novelas y cuentos, Madrid, 1973, p. 30.

[14] Doña Perfecta… p. 267.

[15] La Desheredada, Cátedra, Madrid, 2007, p. 71.

[16] Ibidem, p. 101.

[17] Ibidem, p. 119.

[18] Ibidem, p. 233.

[19] Ibidem, p. 266.

[20] Ibidem, p. 285.

[21] 1Timoteo 6, 11.

[22] 2 Timoteo 4, 3-5.

[23] La Desheredada, p. 404.

[24] Ibidem, p. 418.

[25] Ibidem, p. 431.

[26] Ibidem, p. 441.

[27] Ibidem, p. 485.

[28] Ibidem, p. 500.

[29] Catecismo de la Iglesia Católica, n° 631.

[30] La Desheredada, p. 501.

[31] A la baronne Cottu, le 6agt31, p. 17. (El descanso no es para mí; nací para el combate, cada uno debe cumplir su destino).

[32] Ángel Guerra, Librería Hernando, Madrid, 1970, p. 20.

[33] Ibidem, p. 28.

[34] Ibidem, p. 132.

[35] Ibidem.

[36] Ibidem, p. 41.

[37] Ibidem, p. 147.

[38] Ibidem, p. 157.

[39] Ibidem, p. 170.

[40] Ibidem, p. 185.

[41] Ibidem, p. 365.

[42] Ibidem, p. 374.

[43] Ibidem, p. 479.

[44] Efesios 4, 22-24.

[45] Ángel Guerra, p. 706.

[46] Gaudium et Spes, n° 49.

[47] La familia de León Roch, Alianza Editorial, Madrid, 1996, p. 14.

[48] Ibidem, p. 43.

[49] Ibidem, p. 88      

[50] Ibidem.

[51] Ibidem, p. 92.

[52] Ibidem, p. 100.

[53] Ibidem, p. 168.

[54] Ibidem, p. 422.

[55] Ibidem, p. 378.

[56] Ibidem, p. 440.

[57] Marianela, Editorial Porrúa, México, 1976, p. 5.

[58] Ibidem, p. 8.

[59] Ibidem, p. 29.

[60] Ibidem.

[61] Ibidem, p. 34.

[62] Ibidem, p. 14.

[63] Ibidem, p. 39.

[64] Ibidem, p. 73

[65] Ibidem, p. 87.

[66] Lucas 18, 16.

[67] Miau, Catedra, Madrid, 2007, p. 420.

[68] Exodo, 33, 11.

[69] Genesis, 3, 10.

[70] Miau, p. 107

[71] Ibidem, p. 109.

[72] Ibidem, p. 110.

[73] Ibidem, p. 122

[74] Ibidem, p. 122- 123.

[75] Ibidem, p. 156.

[76] Ibidem, p. 310.

[77] Ibidem, p. 384.

[78] Ibidem, p. 386.

[79] Ibidem, p. 387.

[80] Mateo, 21, 16.

[81] Miau, p. 398.

[82] Carta de José María de Pereda a Galdós, el 9 de febrero de 1877.

[83] Ibidem, el 17 de marzo de 1877.

[84] Gloria, Alianza Editorial, Madrid, 1999, p. 471.

[85] Ibidem, p. 80.

[86] Ibidem, p. 459.

[87] Lucas 23, 43.

[88] Gloria, p. 470.

[89] Ibidem, p. 154.

[90] Juan 4, 22-24.

[91] Gloria, p. 471.

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