Hagnódica: una leyenda fundacional sobre mujeres, medicina y autoridad

Rosa Amor del Olmo

Hagnódica —también llamada Hagnódice, Agnódice o Agnodice— pertenece a esa clase de figuras antiguas cuya importancia no depende solo de que puedan probarse documentalmente como biografía, sino de la potencia cultural de la historia que transmiten. Su relato aparece en las Fábulas atribuidas a Higino, en la sección dedicada a los inventores y descubridores. Allí se la presenta como una joven ateniense que desea aprender medicina en una ciudad donde las mujeres y los esclavos tienen prohibido formarse en ese arte. Para hacerlo, se corta el cabello, viste como hombre y se pone bajo la enseñanza de Herófilo. Una vez instruida, atiende a mujeres que, por pudor, se niegan a ser tratadas por médicos varones. Cuando sus colegas advierten que las pacientes prefieren acudir a ella, la acusan de seducirlas; llevada ante el Areópago, Hagnódica revela que es mujer. Entonces la acusación cambia: ya no es culpable de seducción, sino de haber ejercido una profesión vedada a su sexo. La escena se resuelve con la intervención de las mujeres atenienses, que defienden a quien les ha dado salud y seguridad; según Higino, la ley se modifica para que las mujeres libres puedan aprender medicina.[1]

La historia es breve, pero de enorme densidad simbólica. Hagnódica no aparece simplemente como “la primera médica” o “la primera ginecóloga” en un sentido moderno, sino como la protagonista de un conflicto entre saber, cuerpo y ley. La medicina está institucionalmente cerrada a las mujeres; sin embargo, el cuerpo femenino necesita una mediación que los médicos varones no pueden ofrecer sin violentar el pudor de las pacientes. Esa es la paradoja que organiza todo el relato: la mujer no puede aprender medicina porque es mujer, pero precisamente por ser mujer puede entrar en una zona de confianza clínica inaccesible para los hombres. Hagnódica se ve obligada a pasar por hombre para adquirir saber autorizado, y después debe revelarse como mujer para ejercerlo eficazmente.

El gesto central de la leyenda es doble. Primero, Hagnódica se descubre ante una paciente que la toma por hombre y no quiere entregarse a sus cuidados. Esa revelación no tiene una función exhibicionista, sino terapéutica: mostrar el cuerpo permite abrir un espacio de confianza. Después, en el juicio, vuelve a descubrirse ante los jueces para demostrar que no es el seductor que sus rivales denuncian. Pero ahí la misma prueba que la absuelve de una acusación la expone a otra más grave: confirma que ha violado la ley que prohibía a las mujeres ejercer la medicina. El cuerpo de Hagnódica se convierte así en prueba judicial, argumento profesional y signo político. Su desnudez parcial no la reduce; la hace legible frente a un tribunal masculino que solo puede comprenderla cuando ella rompe el disfraz.

Conviene, sin embargo, escribir sobre Hagnódica con cautela histórica. La fuente antigua principal es una sola: Higino, Fábulas 274.[2] Además, el propio relato contiene problemas que han hecho dudar a la crítica moderna de su historicidad. El texto atribuye a la Atenas antigua la ausencia de obstétricas o parteras antes de Hagnódica, algo difícil de sostener si se atiende a los testimonios literarios y epigráficos sobre mujeres dedicadas al parto y a los cuidados femeninos. También plantea dificultades la mención de Herófilo: si se trata del célebre Herófilo de Calcedonia, médico vinculado a Alejandría y activo entre finales del siglo IV y comienzos del III a. C., la cronología y el escenario ateniense del relato se vuelven problemáticos.[3]

Por eso no es recomendable presentarla sin matices como “la primera ginecóloga histórica”. Es más sólido decir que Hagnódica es una figura legendaria, quizá apoyada en realidades sociales reconocibles, que condensa un problema histórico: el acceso de las mujeres al saber médico y la tensión entre autoridad masculina y experiencia femenina del cuerpo. Higino la llama obstetrix, término latino que suele traducirse como partera, comadrona u obstétrica, aunque la crítica ha advertido que trasladar directamente categorías modernas como “ginecóloga”, “obstetra” o “médica titulada” al mundo antiguo puede ser anacrónico. Helen King ha insistido en que en la Antigüedad no existía un sistema de licencias médicas comparable al moderno, por lo que conviene no separar con demasiada rigidez las categorías de partera, médica y obstetra.[4]

Ese matiz no debilita la figura; al contrario, la hace más interesante. Hagnódica no representa una profesión perfectamente delimitada, sino una frontera: entre el cuidado empírico y el saber aprendido, entre la casa y la escuela médica, entre la asistencia femenina tradicional y la medicina masculina institucionalizada. Su historia habla del momento en que el conocimiento del cuerpo de las mujeres deja de estar únicamente en manos de mujeres prácticas y empieza a quedar regulado por una autoridad médica masculina. Ella atraviesa esa frontera mediante una mascarada: adopta signos masculinos —cabello cortado, vestimenta de hombre, acceso al maestro— para obtener una formación que su sexo le impide recibir.

Desde una perspectiva contemporánea, ese disfraz resulta especialmente poderoso. Hagnódica no se disfraza para negar lo femenino, sino para entrar en el lugar donde se produce el saber. Su masculinidad aparente es instrumental: le permite aprender. Después, su feminidad revelada es profesional: le permite curar. Monica H. Green ha leído esta tradición como una de las primeras escenas de “performance” de género en la historia de la medicina: una mujer debe actuar como hombre para adquirir autoridad, pero puede usar luego ese saber precisamente porque comparte con sus pacientes una condición corporal y social que los médicos varones no poseen.[5]

El conflicto con los médicos varones también es revelador. La acusación de seducción no surge porque Hagnódica haya cometido una falta, sino porque su éxito altera el monopolio masculino de la práctica. Sus colegas no la denuncian primero por ser mujer, pues creen que es hombre; la denuncian porque las mujeres la prefieren. La calumnia sexual funciona como mecanismo de defensa profesional. Cuando una autoridad femenina o feminizada gana prestigio en un territorio controlado por hombres, la respuesta es convertir el cuidado en sospecha: si las pacientes la buscan, dicen sus rivales, no será por competencia médica, sino por deseo ilícito. La leyenda muestra así una estrategia antigua y persistente: desacreditar el saber de las mujeres sexualizándolo.

La defensa colectiva de las mujeres atenienses es el otro gran momento de la historia. En Higino, ellas acuden al tribunal y reprenden a sus maridos con una frase durísima: no se comportan como esposos, sino como enemigos, porque condenan a quien ha descubierto para ellas la seguridad.[6] El centro del relato deja entonces de ser solo Hagnódica. La leyenda se transforma en una escena de alianza femenina: las pacientes no son cuerpos pasivos, sino testigos, defensoras y fuerza política. Ellas saben quién las ha cuidado; ellas reconocen el valor de la práctica; ellas presionan para que la ley cambie. La medicina aparece así no solo como técnica, sino como relación de confianza y como comunidad de experiencia.

La posteridad de Hagnódica confirma su fuerza simbólica. Desde la Edad Moderna, su historia fue utilizada en debates sobre la partería, la medicina de las mujeres y la entrada femenina en profesiones sanitarias. En el siglo XVII, Elizabeth Cellier pudo presentarse como una especie de Hagnódica moderna; en los siglos XVIII y XIX, la figura reapareció tanto en discusiones sobre los hombres-parteros como en la lucha de las mujeres por acceder a la formación médica.[7] En ese sentido, Hagnódica es menos un dato biográfico cerrado que un argumento histórico recurrente: cada época la ha leído según sus propias tensiones entre sexo, saber y autoridad.

Por eso su valor no consiste en decidir de manera tajante si “existió” tal como Higino la cuenta. La pregunta importante es otra: ¿por qué una cultura necesitó imaginar una mujer que se disfraza de hombre para aprender medicina, que revela su cuerpo para curar y que obliga a modificar una ley mediante la solidaridad de otras mujeres? La respuesta está en la estructura misma del relato. Hagnódica encarna una verdad social: cuando una institución excluye a un grupo del saber, ese grupo puede buscar vías oblicuas para acceder a él; y cuando ese saber responde a una necesidad real, la prohibición queda moralmente deslegitimada.

La leyenda tiene también un carácter profundamente dramático. Todo en ella está organizado como una escena judicial: prohibición, transgresión, acusación, revelación, defensa y reforma. Hagnódica aparece en el centro de un teatro de cuerpos: el cuerpo que se oculta bajo ropa masculina, el cuerpo de la parturienta que no quiere ser visto por un varón, el cuerpo de la médica que se descubre para probar quién es, los cuerpos de las mujeres que acuden al tribunal para defenderla. La medicina, la política y el género se deciden en la visibilidad del cuerpo. En ese sentido, la historia no pertenece solo a la historia de la medicina, sino también a la historia cultural de la mirada.

Es importante no convertir a Hagnódica en una heroína moderna simplificada. No es una feminista en sentido contemporáneo ni una médica titulada según categorías actuales. Es una figura mítica o semilegendaria que permite pensar un problema real: la exclusión de las mujeres del saber regulado y la necesidad de una atención médica sensible a la experiencia femenina. Su relato no dice simplemente “una mujer logró ser médica”; dice algo más radical: una ley injusta puede entrar en contradicción con la vida, y cuando eso ocurre, la práctica del cuidado puede convertirse en una forma de desobediencia.

Hagnódica queda así como una imagen fundacional: la mujer que aprende cruzando una frontera prohibida; la sanadora que convierte su identidad en condición de confianza; la acusada que transforma el juicio en denuncia de la ley; la figura legendaria que, aunque quizá no sea verificable como individuo histórico, sí es verdadera como símbolo. Su historia sigue importando porque condensa una pregunta que no ha dejado de ser actual: quién tiene derecho a saber sobre los cuerpos, quién puede hablar con autoridad sobre ellos y qué ocurre cuando quienes sufren quedan excluidos de las instituciones que dicen cuidarlos.

Notas y referencias

[1] Higino, Fabulae 274, “Inventors and their inventions”. En la traducción inglesa de Mary Grant reproducida por ToposText, Hagnódica aparece como una joven que se corta el cabello, viste como hombre, aprende con Herófilo, trata a mujeres y es defendida por las mujeres atenienses ante el Areópago.

[2] La historia de Hagnódica se conserva esencialmente en Higino, Fabulae 274. La misma sección de ToposText indica que el texto procede de The Myths of Hyginus, traducido y editado por Mary Grant, University of Kansas Publications in Humanistic Studies, n.º 34.

[3] La crítica moderna suele considerar problemática la historicidad de Hagnódica por la dependencia de una sola fuente, por la afirmación dudosa de que no hubiera obstetrices antes de ella y por la cuestión de Herófilo y la cronología alejandrina.

[4] Sobre la dificultad de traducir obstetrix y la advertencia contra categorías modernas demasiado rígidas —“partera”, “obstetra”, “médica”—, véase la síntesis de las posiciones de Sarah Pomeroy y Helen King.

[5] Monica H. Green interpreta la historia de Hagnódica como una temprana escena de actuación de género dentro de la medicina: la protagonista debe hacerse pasar por hombre para aprender, pero su condición femenina resulta decisiva para tratar a sus pacientes.

[6] Higino pone en boca de las mujeres atenienses una defensa colectiva de Hagnódica: acusan a sus maridos de condenar a quien ha encontrado seguridad para ellas.

[7] La leyenda de Hagnódica fue usada desde el siglo XVI como precedente en debates sobre las mujeres en la medicina, la partería y el acceso profesional femenino; se cita, entre otros casos, el uso de la figura por Elizabeth Cellier y su reaparición en debates de los siglos XVIII y XIX.

Bibliografía útil

Higino. Fabulae. En The Myths of Hyginus, trad. y ed. Mary Grant. University of Kansas Publications in Humanistic Studies, n.º 34.

Green, Monica H. Making Women’s Medicine Masculine: The Rise of Male Authority in Pre-Modern Gynaecology. Oxford: Oxford University Press, 2008.

King, Helen. “Agnodike and the Profession of Medicine”. Proceedings of the Cambridge Philological Society, 1986.

King, Helen. The One-Sex Body on Trial: The Classical and Early Modern Evidence. Farnham: Ashgate, 2013.

Pomeroy, Sarah B. “Technikai kai mousikai: The Education of Women in the Fourth Century and in the Hellenistic Period”. American Journal of Ancient History, 1977.

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