Gregorio Marañón y la responsabilidad de los médicos contra la guerra

Eduardo Montagut

En el suplemento dedicado por El Socialista en el mes de agosto de 1932 a combatir la guerra, Gregorio Marañón colaboró con una reflexión, que nos atreveríamos a calificar de intensa, sobre los médicos y la guerra.

Marañón se presentaba como un hombre de orden, no favorable a la inestabilidad social, pero, sobre todo, como radicalmente contrario al empleo de la guerra para evitar ese problema. Pero, sobre todo, apelaba a la responsabilidad de los médicos para impedir que hubiera guerra, combatiendo que fueran cómplices de las mismas.

Marañón explicaba que acababa de recibir el manifiesto que habían dirigido a todos los médicos del mundo un grupo de “grandes maestros universales: los profesores Biedl, de Praga; Brupbacher, de Zurich; Kantorowicz, de Bonn; Meng, de Frankfurt; Simmel, de Berlín; Zuelzer, de Berlín”. Le invitaban a firmarlo, y lo había hecho, pero, a su vez, quería dirigirse, por medio del artículo, a todos los médicos españoles y de América latina para pedirles su adhesión al empeño pacifista que suponía el manifiesto. Marañón consideraba que, ante el desorden, “triste pero inevitable”, de la lucha social algunos querían remediarlo con una nueva guerra. Se alarman al estallar una huelga, porque caían en las calles algunos hombres luchando por un ideal, “muchas veces absurdo”, pero “tocado con la gracia del desinterés y de la fraternidad”, y porque se quebraban los “preceptos de la disciplina social”, es decir el orden. En todo caso, el médico quería dejar claro que eso no le gustaba, que él no quería eso, porque deseaba que las naciones tuvieran una vida en paz, pero también dejaba muy claro en su escrito que se indignaba contra los que, para remediar este mal, provocaban uno mayor, infinitamente mayor, y que no era otro que la guerra.

La guerra enriquecía a unos cuantos, a los que no exponían sus vidas, y era a cambio de la miseria y la destrucción de pueblos enteros, generando dolor en innumerables hogares. Marañón recordaba, en ese sentido, que la devastación de la última guerra había sido tal que era imposible olvidarla. En la Gran Guerra los pueblos habían caído en el engaño de morir en nombre de cosas tan sagradas como la patria, la razón y el derecho, cuando, en realidad, se había servido al interés de una minoría de avaros y ambiciosos del poder. La Humanidad tenía que purgar durante muchos años el gran pecado cometido en nombre de su dignidad, en nombre de la patria, contra lo que era más “hondamente la patria”, que no era otra cosa que la vida de los individuos, en nombre de Dios, pero que era contra el precepto primordial de todas las religiones, que no era otro que procurar el reinado de la paz.

Por eso era preciso que todos los médicos del mundo se juramentasen contra la guerra. Si estallase una guerra futura sería de una crueldad inusitada, porque no se limitaría a los frentes, sino que llegaría a la retaguardia civil, a los hogares alejados del campo de batalla, mediante los gases, y los bombardeos.

Si un sacerdote se prestase a bendecir esa infamia debía ser exonerado y maldito, pero si era un médico que se resignaba a colaborar con la ayuda indirecta de sus auxilios a dicha obra de destrucción no podía ser un hermano de los demás médicos en la lucha contra el dolor. Como vemos, Marañón era muy radical en este tema. Nada podía obligar a quebrantar el deber del médico de evitar el dolor a los hombres. ¿Quería esto decir, nos preguntamos, que un médico no podía auxiliar a los heridos en la guerra? Marañón insistía en la responsabilidad de los médicos a la hora de impedir la guerra. Dejar que estallase para luego aparecer como héroes amputando piernas o cosiendo heridas en los campos de batalla era considerado por nuestro protagonista como una indignidad.

El heroísmo de los médicos debía ser “opaco y civil”, preventivo, de resistencia contra los provocadores de la guerra.

Nadie como los médicos, consideraba, para declarar la guerra a la guerra.

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Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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