Julián Zugazagoitia sobre Rasputín

Eduardo Montagut

Entre la infinidad de tesoros que te brinda bucear en las hemerotecas digitales hoy compartimos con los lectores la reseña que el importante intelectual socialista Julián Zugazagoitia realizó en las páginas de El Socialista en el final del invierno de 1929 sobre un libro de un autor completamente desconocido del público español de hoy pero que fue famoso en las primeras décadas del pasado siglo y, especialmente, en entreguerras, René Fülop-Miller, que en 1927 publicó el libro, Rasputín: el santo diablo y que posteriormente, Ediciones y Publicaciones Iberia de Barcelona sacó en castellano con el título de El diablo sagrado: Rasputín.

Antes de adentrarnos en las siempre sugerentes palabras del socialista vasco, debemos ofrecer algunas notas del escritor. Nacido en 1891 en Karásebes (Imperio austrohúngaro, hoy Rumanía), de padre inmigrante alsaciano y madre serbia, murió en 1963 en New Hampshire.

Estudió farmacia, anatomía y psiquiatría en Viena, Berlín, París y Lausana entre 1909 y 1912. Tuvo como profesor a Freud. Trabajó después en la farmacia de su padre, pero por poco tiempo. En la Gran Guerra combatió en el frente ruso, y en esa época conoció a la que sería su esposa, la célebre cantante de ópera de Budapest, Hedy Bendiner.

Al acabar la contienda trabajó de periodista en varios idiomas, porque Fülop-Miller fue un verdadero protagonista del cosmopolitismo de la época. Escribió en húngaro para periódicos de Budapest y Brassó, pero también para periódicos alemanes y en Bucarest lo hizo en rumano.

Fue un hombre de una curiosidad insaciable y quería saber qué pasaba en la Unión Soviética. De esa experiencia sacó dos libros, siendo el primero de ellos su primer éxito editorial, La mente y el rostro del bolchevismo: un examen de la vida cultural en la Rusia soviética. El segundo es el que en nuestra pieza tratamos. En la primera obra expresaba el contraste entre un revolucionario violento y un rebelde pacífico, mientras que en el segundo planteaba la contradicción entre un hombre santo pero con una intensa sexualidad.

Su obra más exitosa fue El poder y el secreto de los jesuitas.

Consiguió ser muy reconocido en aquel tiempo, especialmente en Alemania. Pero en los años treinta decidió marcharse y lo hizo a los Estados Unidos. Allí se puso a analizar que era el “americanismo” y también la historia del teatro y el cine norteamericano. Publicó un importante ensayo en 1955, Dehumanization in Modern Society.

También escribió mucha ficción e impartió conferencias sobre la cultura europea. Y luego cayó en el olvido.

Zugazagoitia confesaba que había leído el libro con avidez como si fuera una novela porque la vida de Rasputín había sido como una novela interesantísima, tanto por sus peculiaridades como por el escenario en que se desarrollaba. Se preguntaba si era un fanático o un farsante, pero según había expuesto el autor del libro era lo primero, un creyente, y bueno y malo. Pero el lector creía habérselas con un bandido redomado que cultivaba interesadamente su puesto poder milagrero.

Se podía hacer la identificación con Don Juan por su poder de seducción y que, consciente del mismo, se cuidaba de enfocar principalmente entre las damas de la corte imperial y aquellas que pudieran ayudarle en sus empresas. Sería como un Don Juan eslavo, que empleaba su arma favorita, su pacto con Dios. Se movía entre iconos y oraciones, pero sin negar la satisfacción de los apetitos de la carne.

El intelectual vasco era consciente del interés de su figura: una vida juvenil borrascosa y disipada, como borracho y mujeriego. Pero un buen día acompañaba a un monje que iba al convento de Verkhotuié, y por el camino recibía las enseñanzas de su acompañante, decidiendo ingresar en el convento, abandonando a su mujer e hijos.

Y en ese momento estaba decidida la suerte de Rasputín. El convento donde ingresó se encontraba minado por la herejía. Estaba hablando de una doctrina, la de los Klysti que se acomodaba perfectamente al espíritu de nuestro protagonista. Se trataba de una fe un tanto misteriosa. Para unirse con el Espíritu Santo era necesario morir en una suerte de “muerte mística”. Pero lo que más se ajustaba a Rasputín era la parte de la doctrina que defendía la santificación por el pecado, formándose verdaderas orgias después de haberse mortificado con largas disciplinas, alcanzando con los castigos y las oraciones que el Espíritu Santo albergarse sus cuerpos.

Zugazagoitia consideraba que el libro, aunque fundado en documentación consultada y con lecturas, podía contener un poco de fantasía, por lo que creía que convenía “hacer el descuento de muchas páginas”, pero, en todo caso, la silueta compleja de Rasputín quedaba bien dibujada en el mismo.

Zugazagoitia seguía insistiendo en su teoría de ver a Rasputín como un Don Juan eclesiástico que cotizaba sus seducciones al poder sobrenatural que los demás suponían que administraba a su capricho, dando y quitando felicidad. Por eso sus enemigos temían su fuerza de atracción y necesitasen concentrar sus fuerzas, como el príncipe Yussupov, para escapar a la sugestión de los ojos de Rasputín.

Por eso se comprendía que un hombre con estas características, con la aureola de santidad del pueblo, muy habilidoso y consciente de su superioridad llegara a conseguir un gran predicamento en la corte imperial, muy zarandeada por el espectro del miedo y amenazada continuamente por la desgracia. Debemos recordar, en este sentido, la extrema gravedad de la enfermedad del hijo de los zares. Así la zarina había buscado en el poder milagrero de Rasputín una especie de tabla de salvación. Esa fue la puerta para el éxito del monje y la utilizaba en su provecho, para satisfacer sus deseos, viniendo como venía de un medio muy humilde lleno de privaciones. Ahora vivía en la abundancia, tenía tratos femeninos e influencia, y todas estas pasiones humanas las disfrazaba con maneras de religioso. Ese fue el momento cuando el fanático, perdida la noción del sacrificio, devino en farsante que explotaba el prestigio alcanzado. Era el momento de recoger los frutos, y se veía fuerte. Pero, curiosamente, esa fuerza no estaría en él sino fuera, entre sus admiradores y devotos. Tenía enemigos, pero eran menos y permanecían a distancia. Si no hubiera estallado la Guerra, Zugazagoitia creía que no se hubiera pensado en eliminarle.

La escena de su muerte que la refirió en su momento el propio Yussupov coincidía con los explicado por Fülop-Miller, y fue realmente extraordinaria.

Zugazagoitia consideraba que en la de la Rusia zarista que liquidó el comunismo, Rasputín era, por muchas razones, la figura más atrayente. Los personajes de la corte palidecerían ante él. La verdad sobre Rasputín era más atrayente que la verdad sobre el zar. El autor del libro habría tratado de inquirirla. No era fácil responder sobre si habría logrado su objetivo. Pero el libro se leía con gusto, además de estar muy bien ilustrado.

La reseña se publicó en el número 6260 del 3 de marzo de 1929 de El Socialista.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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