
Eduardo Montagut
Una de las mayores preocupaciones que me asaltan y como docente es el crecimiento de expresiones, actitudes, acciones y sentimientos de odio en las aulas.
Cada día observo más machismo, más xenofobia y más homofobia. No me gusta el alarmismo, pero creo que la mayoría de los docentes de este país estarán de acuerdo en que este fenómeno se está generalizando.
Creíamos que estas cuestiones se habían superado ya y que debíamos centrarnos en otros temas, pero la ola del odio nos inunda. La causa es muy clara. En el panorama político español, por vez primera, desde hace muchos años, parece que se normalizan estos discursos porque alguna formación los expande, además de la ayuda que recibe por parte de determinados grupos y personas en las redes. El odio inunda nuestros terminales móviles con una facilidad pasmosa por mucha denuncia e intento de control que se den.

Lo grave es la normalización de estos discursos y actitudes, pero más grave es que otros sectores políticos e ideológicos, en principio, plenamente democráticos, acepten que se vayan colando, aunque sea tamizados en la gestión pública. Cuando un partido, pilar del sistema político español, acepta para poder gobernar el principio de la “prioridad nacional” está permitiendo que se cuele el odio. Lo siento, pero eso es así por mucho que haya españoles y españolas que lo deseen, porque eso también es verdad.
El odio no avanza por gritos e insultos, por una verborrea incendiaria, sino a través de la tinta de la firma de acuerdos en salones tranquilos con aire acondicionado o calefacción con el fin de conformar una mayoría para gobernar un Ayuntamiento o una Comunidad Autónoma. Y eso es responsabilidad de quien lo firma, aunque no haya sido iniciativa suya.
En este país hay partidos, grupos y ciudadanos que se rasgan las vestiduras por la supuesta destrucción de España promovida por las izquierdas, cuando eso no se ha producido ni se produce. Pero otros muchos españoles sentimos un temor muy fundado cuando se habla de prioridades nacionales que promueven el odio entre la ciudadanía y entre nuestros adolescentes y jóvenes. Pero el temor y la preocupación no paralizan, sino que movilizan.
Espero que en la derecha clásica haya quienes sientan esta honda preocupación porque se firme un acuerdo de prioridades nacionales. Es el primer paso, señores y señoras de dicha derecha, pero no el último; ya vendrán otros; no lo duden. Ejemplos históricos hay a montones.
¿Cuándo dirán que no?














