¡Qué viene el Papa!

Francisco Massó Cantarero

Un símbolo es un constructo social y cultural, que constituye un cúmulo de proyecciones psicológicas, capaz de desencadenar convulsiones de energía física, psíquica y espiritual. Hay símbolos positivos, sagrados, sobre los que se vierten características maravillosas y expectativas de excelencia que tienen poder soteriológico, hacen posible que haya milagros. Los símbolos del mal pueden desencadenar enfermedades, suscitar aquelarres y propiciar trastornos de toda índole, incluido el caos y la entropía.

Siempre hay un diálogo entre el bien y el mal. El equilibrio es una avenencia entre ambos, porque nada, ni nadie, es absolutamente bueno, ni absolutamente malo.

Detrás del fragor humano, está la energía psíquica, un poder del que apenas somos conscientes, que alienta la confianza en nosotros mismos, el afán promotor de la motivación, la  curación de un trauma, la resiliencia tras el sufrimiento de un síndrome, el poder constructor de un proyecto, la fuerza reconstructiva tras la frustración. Son las funciones de la dopamina maniobrando sobre el sistema reticular ascendente y descendente. Son procesos físicos que se producen en la frontera entre el cuerpo y la psiquis. Son cuerpo y dejan de serlo para convertirse en aliento, en ánimo, en fragor estruendoso, con el que ocultamos, o disimulamos al menos, nuestra fragilidad.

Sobre nuestra fragilidad antropológica no voy a hablar; hoy no toca, ante una espléndida y solemne visita papal. La pompa del momento no casa bien con la nimiedad subjetiva, ni con la circunstancia ocasional de las multitudes avenidas que, aun cuando son  muy numerosas, no cambian la sustancia de los sujetos que las conforman.

Por lo pronto, quedémonos con que somos frágiles y fragorosos. Yo soy nadie, dejó dicho Ulises y el sintagma se hizo plural y se convirtió en tópico; pero, aun siendo nadie, hacemos mucho ruido, a veces cantando, con ritmo y armonía de inteligentes; en otras ocasiones, gritamos como jolgorio gozoso o algarabía confusa y, en otros momentos, nos desgañitamos para aparentar que somos fuertes y muchos y que no nos moverán, como si todos juntos fuéramos alguien.

Ciertamente, el ser humano es un ser gregario que mitiga su fragilidad antropológica, viviendo en grupo. Éste es un suplido de humanidad que redondea al alza, y con mucho, la insignificancia del sujeto. De hecho, Kurt Lewin dejó dicho que dos más dos son más de cuatro en Psicología Social. Es una sentencia firme.

Al grito de “qué viene el Papa” los medios de propaganda han sembrado de inquietud y anhelo la esperanza. Las autoridades han corrido de aquí para allá a preparar el terreno: visitas preambulares, construcción de escenarios, previsión de medios de desplazamiento y avituallamiento, habilitación de lugares de pernocta. Han creado un himno adrede, para solemnizar la ocasión y han anotado voluntarios por miles, y también por miles agentes de seguridad. Todo en aras de una ocasión excepcional de gregariedad.

Para todo creyente, el Papa es un pastor que, por orden divina, no sólo apacienta a la grey, sino que constituye un símbolo místico. Es el Vicario de Cristo sobre la Tierra y su designación obedece a la inspiración del Espíritu Santo. Con estas dos circunstancias, su carisma está asegurado para 1.422 millones de católicos, un océano de conciencias.

Si algún católico, frágil en su fe, dudase del simbolismo místico del Papa, sería inmediatamente arrollado por el tsunami de sus correligionarios, porque la fe, además de una virtud teologal, vista de tejas para abajo, es un fenómeno de multitudes. Siendo tantos los que creemos, no es posible que todos estemos equivocados. A menor multitud, mayor es el espacio para la duda y la incertidumbre, porque más emerge la fragilidad.

Como por ensalmo, de modo casi milagroso, de Norte a Sur y de Este a Oeste peninsular han acudido peregrinos, romeros y palmeros a escuchar el Verbo, la palabra de Dios, que predica el Papa y recibir sus bendiciones y sonrisas. No es menguada la dádiva. La Palabra es claridad, toda bendición es un augurio gozoso y la sonrisa un acto de amor, de caridad, que es virtud teologal, porque Dios es caridad, según dejó dicho San Juan Evangelista. El Buen Pastor no puede defraudar y se prodiga por deber, por oficio y por carisma.

Como líder espiritual, el Papa preside multitudes de creyentes, que reafirman su fe, precisamente, porque son multitud. Con eso, que no es poco, basta. Puede que no se sientan Cuerpo Místico de Cristo, que es un concepto esotérico, sólo apto para iniciados; pero, son muchos alzando la mirada y proyectando bondad sobre el  Pastor, dando crédito a su palabra y gozando de su sonrisa y bendiciones.

Evidentemente, una multitud no es un raciocinio, ni hace silogismos. Tampoco es una masa en los términos que preconizó Le Bon y luego confirmó Freud, porque hay un líder, una figura de gran poder espiritual, del que se esperan palabras de certidumbre, buenas vibraciones, consuelo, perdón por las fragilidades y amor incondicional. Es decir, seguridad, paz, comprensión y aceptación. Todos sentimientos eufóricos, que tienen de base endorfinas, serotonina y oxitocina. La multitud se reúne para ser feliz, de momento. Y tras experimentar una vez, repite cuantas oportunidades haya, como por adición a experiencias cumbre.

El Papa es, pues, un relámpago de felicidad, una luz en la penumbra del consumismo, un momento para  alzar la mirada, aceptar la propia pequeñez, o fragilidad, y hacer fragor, mucho ruido de humanidad sedienta de ética y hambrienta de certidumbres. No importa que el relámpago sea fugaz, es inconsútil y atrapa porque fascina y la fascinación es uno de los sentimientos primarios más absorbentes.

La multitud acude para ser fascinada y experimentar su magnifica humanitas.

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