Galdós: la casa y las deudas que no se pagan

Vivienda, apariencia y responsabilidad en Torquemada en la hoguera, La de Bringas, Miau y Misericordia

Rosa Amor del Olmo

Los inquilinos de Torquemada empiezan a encontrarse mal el sábado. El propietario llegará el domingo a cobrar, pero su visita ya ocupa la víspera: quienes no pueden pagar puntualmente «andaban desde el sábado por la tarde con el estómago descompuesto». En el primer capítulo de Torquemada en la hoguera, Galdós presenta una casa de corredor como una inversión, con sus habitaciones, gastos y rendimiento; enseguida introduce el cuerpo de quienes viven dentro. Para uno, el inmueble produce renta; para otros, produce miedo. No hay todavía una expulsión: las personas conservan sus habitaciones, aunque estas hayan dejado de protegerlas de la angustia. La inseguridad doméstica comienza antes de que alguien cambie la cerradura. Una cuenta y un estómago describen la misma relación desde posiciones que no conviene confundir.

Pero Galdós no concede inocencia automática a quienes deben dinero. Entre los clientes del prestamista aparecen empleados con demasiados hijos para su sueldo, cesantes y viudas necesitadas, junto a tramposos y embusteros. El narrador distingue «el bueno y el malo, el desgraciado y el pillo». La precisión importa: sufrir un abuso no vuelve irreprochable una conducta; cometer una falta tampoco autoriza a los demás a desconocer todo sufrimiento. La compasión resulta frágil cuando depende de fabricar víctimas perfectas: bastará descubrirles un defecto para retirarla. La novela exige algo más difícil, reconocer a la persona sin aprobar necesariamente sus actos. Las obligaciones no desaparecen porque exista necesidad. Lo que debe examinarse es si alguien no puede cumplir, si se desentiende de hacerlo o si utiliza deliberadamente a otros para sostenerse.

Leer las casas galdosianas supone atender a esa diversidad. La vivienda puede ser negocio, representación social, refugio o lugar de dependencia. No cumple siempre la misma función ni convierte todos los conflictos en variantes del desahucio. En La de Bringas, el narrador recorre con Pez el laberinto de los pisos altos del Palacio Real, donde las viviendas desmienten la regularidad de la fachada. Pasillos, cocinas, ropa tendida y distribuciones alteradas revelan una vida que el exterior monumental oculta. Los Bringas bautizan sus habitaciones con nombres de estancias palaciegas: Salón de Embajadores, Gasparini, Salón de Columnas. La casa no solo se habita: se interpreta. Nombrar un comedor como un salón regio permite ensayar una importancia que la economía familiar no necesariamente sostiene. Galdós encuentra en esa nomenclatura doméstica una comedia de la posición social.

El contraste reaparece, con otra temperatura, en Miau. Villaamil escribe peticiones de auxilio y recomendaciones en un despacho pequeño y oscuro, mientras la familia espera las entradas del Teatro Real que proporciona Ponce. No basta con condenar el gusto por el teatro para comprender la escena: esas entradas son un obsequio, y el disfrute cultural no demuestra por sí mismo irresponsabilidad. Lo significativo es la convivencia entre el esfuerzo por mantener una imagen y la urgencia material de la casa. El prestigio persiste como costumbre cuando los recursos se han reducido. La portera Paca censura a los Villaamil, pero sus palabras no deben confundirse sin más con la sentencia del novelista. Galdós deja hablar a sus personajes, con sus razones y prejuicios, sin convertir a ninguno en propietario exclusivo de la verdad.

Luisito introduce una medida distinta. Recibe la merienda de la portera y lleva por Madrid las cartas con que su abuelo solicita ayuda. El niño se convierte en mensajero de una ansiedad adulta. La casa no lo resguarda por completo: exporta sus dificultades a través de sus pasos, lo obliga a esperar en recibimientos ajenos y a aprender las diferencias entre quien pide y quien puede conceder. Desde esta lectura, la obligación de proteger a un menor no se agota en darle techo. Importa qué preocupaciones se le hacen transportar. Villaamil merece comprensión sin que eso vuelva inocuo cuanto exige al nieto. El afecto familiar puede ser verdadero y coexistir con una carga que el niño no está en condiciones de elegir. Galdós permite ver ambas cosas sin reducir al abuelo a una caricatura.

Torquemada también ama a su hijo. La enfermedad de Valentín introduce en su casa una necesidad que no domina mediante el cálculo. Intenta hacer el bien, dar, desprenderse de algo, pero conserva la esperanza de que sus gestos obtengan a cambio la salvación del niño. La caridad corre el peligro de convertirse en otra operación. No hay motivo para negar la autenticidad de su dolor; precisamente esa autenticidad complica el personaje. Se puede querer profundamente a alguien y tratar con dureza a otras personas. El amor doméstico no constituye un certificado general de bondad. Tampoco sería justo leer al hijo como una moneda destinada a pagar las culpas paternas: el sufrimiento infantil pone un límite a cualquier interpretación demasiado complacida con la idea del castigo.

La tía Roma desarma la generosidad que el prestamista cree estar estrenando. Torquemada le ofrece unos colchones; ella los rechaza porque imagina que contienen sus pensamientos, infiltrados en la tela como una suciedad imposible de eliminar. El objeto doméstico conserva, en esa imagen, la conducta de quien lo ha usado. La blandura no garantiza descanso. Pero Roma aporta además una memoria que contradice las cuentas del supuesto benefactor: había llevado alimentos a Silvia cuando la avaricia del marido la mantenía en la privación. Quien ofrece hoy ha recibido antes de alguien mucho más pobre. Roma lo precisa: «Yo no tenía obligación de traer nada: lo hacía por la Silvia». El cuidado excedió lo exigible; no creó para Torquemada el derecho a reclamarlo. Su riqueza no demuestra que nunca haya dependido de otros.

Conviene detenerse en esa diferencia entre obligación y generosidad. Cumplir un compromiso no es hacer un favor; ayudar más allá de lo comprometido tampoco convierte la ayuda en prestación perpetua. Una familia puede acostumbrarse tanto al esfuerzo de alguien que termine considerándolo una cualidad natural, semejante a la luz que entra por la ventana. Entonces deja de preguntar cuánto cuesta. Elogiar la fortaleza de esa persona resulta más cómodo que repartirse sus tareas. La escena de Roma permite preguntarse por esa deuda sin exigir una devolución equivalente: reconocer lo recibido ya obliga a revisar la imagen de quien siempre se presenta como benefactor. El regalo posterior no cancela una injusticia anterior. Tampoco debe comprar una gratitud que prohíba decir lo ocurrido.

Misericordia lleva esa inversión hasta un episodio decisivo. Ante la ruina de doña Francisca, Benina impulsa el traslado a una vivienda más barata. Para evitar un desahucio entrega sus ahorros, «tres mil y pico de reales». No sostiene únicamente la alimentación o la limpieza: compromete su pequeña reserva económica para conservar el alojamiento de la familia. El narrador habla entonces de una comunidad de intereses en la adversidad y en la prosperidad. Esa última posibilidad resulta dolorosa cuando se conoce el desenlace. Años después, la mejoría de la fortuna no asegura a Benina un lugar entre quienes ayudó a sostener. No ha comprado la casa ni adquirido autoridad sobre sus habitantes, pero ha contribuido de una manera que vuelve insuficiente describirla como alguien que simplemente recibió cobijo.

Galdós tampoco borra las faltas de Benina. Recuerda sus sisas, los conflictos con el ama y las separaciones seguidas del regreso. Su apego comprende a los niños, a la señora, a las paredes y a las cosas. No vuelve solamente a un empleo, sino al lugar donde ha depositado una parte de su vida. Reconocer esa pertenencia no convierte en correcto quedarse con dinero ajeno; reconocer la falta no permite reducir toda su existencia a ella. La trayectoria del personaje evita que la bondad parezca un atributo inmóvil. Importan los actos, su evolución y sus efectos. La mujer que ha discutido, sisado y cometido errores es también quien entrega sus ahorros y atiende a los enfermos. Su grandeza no necesita una biografía sin manchas.

Cuando los recursos se agotan, Benina pide limosna y oculta su actividad mediante la invención de don Romualdo, el sacerdote para quien supuestamente trabaja. La casa sobrevive con dinero real y una explicación ficticia. Doña Paca puede conservar una imagen de su situación porque otra persona soporta la vergüenza que ella no conoce. La imaginación cumple aquí una función material: permite comer sin que el ama se reconozca alimentada por la mendicidad. Pero esa protección tiene un coste. Cuanto más eficaz es Benina, más fácil resulta confiar en que siempre resolverá lo que venga. El esfuerzo desaparece detrás de su resultado. La seguridad de una persona descansa en una dificultad que otra administra a solas. El hogar puede mantenerse precisamente porque no todos saben lo que cuesta mantenerlo.

El retorno de Benina revela el precio de esa desigualdad. Doña Paca ha mejorado de fortuna y encuentra razones para no recibirla. Benina viene acompañada de Almudena, enfermo, y no acepta abandonarlo. No asistimos a la ejecución de un desahucio, sino a una exclusión doméstica donde se mezclan prejuicio, conveniencia y una gratitud incapaz de comprometerse. La antigua ama invoca el espacio, el decoro y sus escrúpulos. Benina recuerda que se acogió a Frasquito Ponte y pregunta por qué no puede hacerse lo mismo con Almudena. La diferencia entre ambos huéspedes expone una caridad selectiva: la necesidad parece más aceptable cuando conserva una apariencia reconocible de respetabilidad. No se discute únicamente si cabe otro cuerpo, sino qué cuerpo se considera admisible.

El diálogo permite seguir cómo se fabrica una negativa sin renunciar a la propia imagen afectuosa. Doña Paca dice querer a Benina mientras acumula impedimentos. Juliana la acompaña hasta la puerta y le perdona un préstamo. La deuda pequeña queda saldada por quien no reconoce adecuadamente la grande. El procedimiento es revelador: se ofrece una concesión concreta que permite evitar una responsabilidad más incómoda. Agradecer, sin embargo, no debería reducirse a una palabra que acompaña el cierre de una puerta. Tampoco el afecto garantiza hospitalidad. Puede expresarse sinceramente y no vencer una preferencia, un prejuicio o el deseo de conservar la comodidad. La novela no necesita decidir que todo cariño es falso; muestra la insuficiencia de un cariño que nunca modifica la conducta.

La separación termina adquiriendo una forma espacial muy precisa. Juliana dispone que Benina recoja las sobras en el portal, entregadas por otra persona que deberá acercarse lo menos posible. Puede recibir comida, pero no compartir la casa. La ayuda preserva la distancia y confirma quién determina sus condiciones. No toda precaución ni todo límite constituye desprecio; en esta escena importa cómo se inserta la disposición en el rechazo precedente. Benina ha pasado de sostener la intimidad doméstica a esperar sus restos fuera. La puerta administra una degradación de su pertenencia. Se la reconoce como necesidad que puede atenderse, pero ya no como persona cuya historia forma parte de la vida familiar.

Ella no responde convirtiendo la bondad en una declaración. Busca alojamiento con Almudena, se lava, ordena, compra comida y atiende al enfermo. El narrador insiste en su capacidad de gobierno: la fortaleza moral no la distrae de las necesidades materiales. Cuidar exige conocimientos, decisiones y continuidad; no basta sentir compasión. La contraposición es fértil: una vivienda mejor puede excluir, mientras un cuarto modesto puede organizarse como refugio. Eso no convierte la pobreza en virtud ni vuelve innecesaria la comodidad. Las condiciones materiales importan. Lo que cambia es la relación entre quienes las comparten. Benina ha perdido un lugar y conserva la capacidad de hacer habitable otro. La novela devuelve así el cuidado a sus tareas concretas, lejos de una bondad que se contente con elogiarse. Wikisource

Más tarde contempla los muebles de la familia durante la mudanza. Esos objetos deteriorados le parecen casi suyos porque contienen su historia. La escena devuelve a la vivienda algo que la propiedad no explica por completo: el vínculo adquirido mediante el uso, el trabajo y el recuerdo. Quien ha limpiado, reparado y cuidado también reconoce una vida en las cosas, aunque no pueda disponer de ellas. Benina mira sin incorporarse al traslado. Los muebles siguen perteneciendo al hogar del que ha quedado fuera; ella sigue vinculada a una intimidad que ya no la admite. Galdós sitúa esa contradicción en una mirada, sin necesidad de resolverla mediante una declaración abstracta sobre la casa.

Estas novelas permiten hablar de obligaciones sin convertirlas en una reprimenda dirigida siempre al más débil. Quien habita debe cuidar lo que utiliza, respetar a los demás y afrontar honestamente sus compromisos. La necesidad no autoriza el engaño deliberado; tampoco exigir un cumplimiento permite humillar. Pero existen deudas de otra clase: reconocer el trabajo recibido, no descargar todas las dificultades sobre quien suele resolverlas, compartir responsabilidades cuando las circunstancias lo permiten. La gratitud no exige obediencia perpetua, aunque sí pueda exigir incomodidad. Y nadie debería tener que demostrar una virtud extraordinaria para merecer un trato digno. Benina puede ser excepcional; su excepcionalidad no debe convertirse en una norma que obligue a los demás a sacrificarse sin límite.

El final de Misericordia reúne compasión y exigencia. Juliana acude angustiada por el temor de que sus hijos mueran, aunque están sanos. Benina la tranquiliza y rechaza llamarse santa. No utiliza el miedo para vengarse, pero tampoco declara indiferente lo ocurrido. Sus últimas palabras incluyen una exigencia moral: «vete a tu casa, y no vuelvas a pecar». La resonancia evangélica no cancela la responsabilidad; permite imaginar una conducta distinta. Se puede aliviar el sufrimiento de alguien sin aprobar lo que ha hecho. Perdonar no obliga a fingir que no hubo daño. La casa a la que Juliana regresa será la misma; lo que se le pide que cambie es su manera de estar entre los demás.

Entre el sábado de los inquilinos y esa despedida, la pregunta por la vivienda ha cambiado de dirección. Al principio, un propietario sabe exactamente qué le deben. Al final, una mujer excluida recuerda, sin presentar cuentas, que también debe responder quien conserva su sitio. La seguridad doméstica no consiste únicamente en que nadie nos eche. Depende de lo que hacemos con quienes entran, trabajan, necesitan o cuidan. Galdós no confunde el recibo con la vida entera, pero tampoco borra el recibo: coloca a su lado cuanto falta. Una casa puede estar al corriente de sus pagos y mantener otras deudas intactas.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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