Lo que vale una casa y lo que cuesta perderla

Desarraigo y responsabilidad en Blasco Ibáñez, Antonio Ferres e Italo Calvino

Rosa Amor del Olmo

El tío Barret busca los fósforos. Tiene delante la barraca de la que lo han expulsado: las paredes levantadas por su abuelo, las dependencias construidas por su padre, la cubierta que él mismo renovó. Quiere incendiarla antes de que otros aprovechen aquel trabajo, pero siente que quemaría los cuerpos de sus antepasados. Tira los fósforos. La casa continúa en pie; él sigue fuera. En esta escena de La barraca cabe una historia de la vivienda que ninguna descripción de sus materiales conseguiría contar. Barret no ve una superficie disponible, sino una sucesión de manos. La paradoja es dolorosa: el hombre obligado a marcharse resulta ser quien no puede destruir el lugar porque lo siente demasiado suyo. Pero Blasco Ibáñez no se detiene en esa identificación entre desahuciado y hogar. Después mostrará cómo una comunidad puede solidarizarse con el expulsado y hacer imposible la vida de otra familia necesitada. Haber conocido una injusticia no garantiza reconocer la siguiente.

Barret ha pagado durante años la renta. Cuando don Salvador la aumenta, intenta compensarlo trabajando hasta el agotamiento. Pierde sus ahorros, ve morir al caballo del que depende y termina expulsado. En esa trayectoria, sin embargo, también toma decisiones: oculta sus dificultades a la familia, se obstina en sostener una explotación superior a sus fuerzas y llega a sustraer agua a los vecinos. El detalle del riego impide una compasión demasiado cómoda: su necesidad es real, pero también la del cultivador perjudicado. Comprender su desesperación no obliga a convertir en justas todas sus respuestas. Tampoco señalar sus errores permite justificar cuanto padece. La novela conserva ambas exigencias y alcanza así una precisión que perdería si distribuyera inocentes y culpables según su patrimonio. El asesinato de don Salvador no repara la pérdida: no devuelve la estabilidad familiar ni recupera el hogar. La hoz con que Barret obtenía alimento se transforma en instrumento de destrucción.

También el arraigo contiene una ambivalencia. Barret se siente obligado a conservar lo que conservaron sus mayores, como si abandonar aquellas tierras demostrase que no merece sucederlos. El pasado le proporciona identidad y, a la vez, le exige un sacrificio que su cuerpo no puede sostener. La casa guarda afectos, pero también expectativas. A veces permanecemos en un lugar porque lo amamos; otras, porque no sabemos cómo explicar una marcha que interpretaríamos como derrota. Esa diferencia apenas se ve desde fuera. Para Barret, abandonar la tierra no sería únicamente cambiar de ocupación: supondría romper la continuidad con la que ha medido su valor. Ocultar las dificultades parece una manera de proteger a los suyos; acaba dejándolo solo ante una realidad que concierne a todos. Hay una obligación poco reconocida en los relatos del sacrificio: permitir que quienes comparten nuestra vida conozcan sus condiciones. Cargar silenciosamente con todo puede ser generoso, pero también priva a los demás de ayudar, decidir o prepararse. El amor no garantiza el acierto. Fuera de la barraca, Barret pierde algo más que alojamiento y trabajo: pierde el lugar donde sabía ser quien creía que debía ser.

Batiste llega después, con otra familia que alimentar. Los herederos del propietario le ofrecen dos años sin renta para recuperar unas tierras abandonadas durante diez. Aceptar rompe el veto con que los vecinos recuerdan el agravio de Barret. Lo que para unos es resistencia, para otros representa una posibilidad de vivir. Batiste no llega como un vencedor instalado en la desgracia ajena; llega con necesidades que no desaparecen porque exista una historia anterior. Su obligación con los hijos entra en conflicto con el sacrificio que la comunidad pretende imponerle. Conviene preguntar quién decide esa renuncia y quién habrá de soportarla. Es relativamente sencillo defender que alguien rechace una oportunidad cuando su rechazo no obliga a reducir la comida de nuestra mesa. La solidaridad pierde autoridad cuando deja de considerar a las personas a quienes exige demostrarla.

La familia limpia, cultiva y repara la vivienda. Aprovecha materiales de derribo, arregla la cubierta y pinta de azul puertas, ventanas y recipientes convertidos en macetas. El cuidado aumenta la irritación de los vecinos. Ese azul, aparentemente decorativo, compromete un futuro: quien adorna una casa imagina que tendrá tiempo para disfrutarla. Por eso molesta a quienes desean que la estancia sea provisional y vergonzosa. No reprochan a los recién llegados que descuiden el lugar, sino que consigan habitarlo. Incluso una disputa por las ovejas del tío Tomba queda subordinada al rechazo colectivo. El anciano quiere continuar pastando donde acostumbraba; Batiste protege una tierra ya sembrada. Los vecinos invocan el respeto al viejo y omiten el trabajo del otro. La edad merece consideración, pero no vuelve inexistentes las necesidades ajenas. Una costumbre puede haber sido razonable y dejar de serlo cuando cambian las circunstancias. El viejo vínculo con el terreno no permite ignorar la nueva siembra. Sin embargo, reconocerla obligaría a conceder algo al hombre al que se pretende negar toda legitimidad. Cuando una comunidad ha decidido quién es el intruso, cualquier conducta puede convertirse en acusación.

Tampoco Batiste queda absuelto en todas sus relaciones por la injusticia que sufre. Comprende el dolor de Roseta, separada de Tonet, pero lo reprime con una severidad que mezcla preocupación y autoridad. El hombre maltratado fuera puede descargar dentro parte de su angustia. Querer proteger a los hijos no permite hacerles pagar el miedo a su porvenir. Frente a una idea sentimental del hogar, la novela muestra que la puerta no separa limpiamente el peligro exterior del cuidado doméstico. Una casa puede proteger a alguien y obligar a otro a esconder lo que siente. Trabajar, alimentar y pagar son responsabilidades fundamentales; cumplirlas no concede dominio ilimitado sobre los afectos familiares. La puntualidad con que Batiste entrega el dinero de la escuela revela su atención a los hijos, pero no convierte todos sus actos en acertados. Reconocer el esfuerzo exige algo distinto de idealizar a quien lo realiza. Tampoco esos pagos deben convertirse en certificado de merecimiento: sus hijos habrían tenido el mismo derecho al cuidado aunque su padre hubiese incumplido. La atención a una conducta responsable enriquece el retrato; no establece un examen que una familia deba aprobar antes de que su sufrimiento nos importe.

La muerte de Pascualet interrumpe la hostilidad. Los vecinos se acercan, ayudan y participan en el duelo, aunque procuran atribuir a otros la responsabilidad principal de la persecución. Aceptar una culpa compartida puede resultar más fácil que reconocer un acto propio: «todos contribuimos» evita, a veces, decir «yo hice esto». El dolor es probablemente sincero; la cuestión es qué transforma. Llorar una desgracia no garantiza dejar de sostener aquello que la hizo posible. Cuando finalmente arde la barraca, los golpes en las puertas no encuentran respuesta: «La huerta era sorda para ellos». La emoción del entierro no se ha convertido en obligación duradera. No todos son autores del incendio, pero contemplarlo sin auxiliar tampoco deja intacta su conducta. La simetría resulta cruel: Barret no pudo quemar la casa porque reconocía el trabajo de sus muertos; quienes reivindican su memoria consienten después la destrucción de la vivienda restaurada. El pasado ha servido para seleccionar a los dignos de cuidado, no para cuidar mejor.

En La piqueta, Antonio Ferres desplaza la mirada hacia las chabolas de Orcasitas. Maruja y su familia viven bajo la amenaza del derribo; su relación con Luis, vecino de Lavapiés, queda atravesada por ella. La novela comienza con la espera de la destrucción y retrocede hacia la vida que esa amenaza altera. El futuro pesa sobre cada escena: la casa empieza a perderse antes de convertirse en escombros. No desaparecen solamente unas paredes; se deteriora la capacidad de organizar el tiempo con confianza. Reparar, guardar o hacer planes adquiere otro sentido cuando no se sabe dónde continuará la vida. Los muchachos imaginan la llegada de quienes derribarán las viviendas con un lenguaje de guerra; una calle aparece comparada con una cicatriz. El espacio cotidiano se vuelve lesión y exposición. También las distancias entre el barrio de Maruja y el de Luis intervienen en su relación: la ciudad no es un fondo indiferente. Encontrarse y regresar suponen atravesar lugares que ofrecen seguridades distintas. Ferres hace entrar esa desigualdad en la intimidad sin reducir el encuentro amoroso a una ilustración del mapa. La amenaza no es un asunto que pueda dejarse fuera al cerrar la puerta.

Durante una tormenta, mientras buscan refugio y se acercan, Maruja comunica a Luis que van a derribar su casa. La escena reúne dos futuros: el deseo promete algo todavía abierto y la noticia impone una fecha a la pérdida. La muchacha no es primero una enamorada y después alguien amenazado de desalojo; ambas experiencias pertenecen a la misma vida. La precariedad no suspende los demás sentimientos hasta que llegue una solución. Se continúa deseando, esperando una respuesta, interpretando una mirada. Esa persistencia evita reducir a los personajes a su problema habitacional. Tampoco autoriza a embellecer sus condiciones. Una vivienda inadecuada puede contener un hogar verdadero; reconocerlo no obliga a celebrar sus carencias. El apego y el deseo de vivir mejor son compatibles. Admirar la adaptación de alguien no debería servir para considerar suficiente aquello a lo que se ha visto obligado a adaptarse.

Cuando se acerca el derribo, la familia debe dispersarse: el hermano pequeño de Maruja será acogido por otros y ella vivirá con Luis y su tía. Encontrar un sitio para cada uno no equivale a conservar una casa. Desaparece una organización de cuidados: compartir la mesa, atender una enfermedad, distribuir tareas, saber que un niño ha llegado. La pérdida obliga además a otras personas a ceder espacio y modificar su vida. Ayudar importa precisamente porque cuesta algo, no porque pueda suponerse ilimitado. Quien recibe ayuda conserva su dignidad y no debe gratitud servil, pero tampoco puede desconocer el esfuerzo ajeno; quien acoge no adquiere autoridad sobre toda la existencia del acogido. Ferres permite pensar esas obligaciones sin exigir heroísmo a los amenazados ni inventarles defectos para compensar su desgracia. Las responsabilidades deben encontrarse donde están. Considerar las alternativas reales no elimina el juicio: lo hace más justo.

Calvino nos coloca en otra posición. Quinto Anfossi, protagonista de La especulación inmobiliaria, no busca techo ni teme quedarse sin él: decide participar en una operación que convierte parte del terreno familiar en oportunidad económica. La diferencia es decisiva. Ya no observamos únicamente la pérdida, sino la participación. Quinto contempla una transformación que no ha iniciado y termina incorporándose a ella. No lo mueve solo el beneficio. Quiere demostrarse capaz de actuar, abandonar el papel de intelectual que comenta y entrar en el mundo práctico. Caisotti, el constructor, encarna una energía que lo atrae y le incomoda. La curiosidad puede convertirse en indulgencia: aquello que censuraría como conducta individual le interesa como manifestación de una época. Participa sin renunciar a sentirse observador. La ironía nace de esa doble posición: quiere probar que sabe desenvolverse y conservar, al mismo tiempo, la distancia del hombre que comprende lo que ocurre. Pero comprender no equivale a permanecer fuera. Su lucidez puede acompañar la decisión sin llegar a corregirla. La cultura no impide necesariamente el autoengaño; a veces proporciona un vocabulario más elaborado para sostenerlo.

La operación responde también a cargas económicas familiares. Calvino no enfrenta simplemente una naturaleza inocente a un dinero perverso: conservar cuesta y poseer patrimonio no garantiza disponer de efectivo. Pero la necesidad de actuar no vuelve equivalentes todas las decisiones. Quinto mira el terreno como una posibilidad; su madre, que permanece y cuida el jardín, lo conoce dentro de una continuidad de tareas. El espacio que parece sobrante depende de quién lo contemple. Habitar proporciona un saber que no siempre coincide con el poder de decidir: conocer la luz, los recorridos, el trabajo que mantiene aquello que parece conservarse solo. No todo debe permanecer por haber existido, pero transformar un lugar compartido exige escuchar a quienes vivirán entre sus consecuencias. La madre no representa únicamente un apego irracional. Percibe un coste que el cálculo no registra por sí mismo.

En la firma del contrato, Quinto contempla a Caisotti solo frente a los Anfossi, el abogado y el notario. Primero lo imagina como Daniel entre los leones; enseguida invierte la imagen y lo convierte en león rodeado de Danieles. La ironía permite ver cómo fabrica una interpretación favorable a su fascinación. El constructor debe conservar una fuerza indómita; los hombres instruidos han de representar una virtud demasiado cautelosa. Pero acordar plazos, pagos y garantías no constituye una mezquindad. Cumplir una promesa limita voluntariamente nuestra conducta para que otro pueda organizar la suya. Quinto corre el riesgo de confundir energía con irresponsabilidad y prudencia con cobardía. Su deseo de ser diferente puede llevarlo a despreciar lo que lo protege. Aun así, Calvino no propone confiar ciegamente en la corrección documental: una escritura puede contener compromisos precisos y ocultaciones consentidas.

Después aparece un documento privado con las cifras verdaderas, distintas de las oficiales. La madre pregunta por qué no decir las cosas como son, aunque resulte más caro. Los demás rechazan esa posibilidad. La escena transforma una contradicción intelectual en complicidad concreta. Ella no exige renunciar al negocio ni conservar eternamente el jardín: pregunta por la verdad. Su sencillez desarma las explicaciones que convierten la ocultación en habilidad práctica. La honestidad cuesta; por eso importa. Defenderla mientras no modifica nuestros beneficios resulta fácil. La repetición de una conducta tampoco la justifica: únicamente permite encontrar compañía. Quinto puede acabar perjudicado, pero perder dinero no borra lo que aceptó hacer. Un mal cálculo no demuestra una buena intención. La madre comparte las necesidades familiares; su diferencia consiste en no creer que esas necesidades cancelen todas las obligaciones.

Las tres novelas impiden reservar la responsabilidad para los demás. Barret necesita el agua que también necesitan sus vecinos; la comunidad defiende a un expulsado mientras persigue a otra familia; Quinto exige garantías mientras consiente una ocultación. No son acciones equivalentes ni responsabilidades intercambiables. Tampoco la amenaza sufrida por Maruja puede equipararse a una operación voluntaria. Juzgar requiere distinguir capacidades, alternativas y consecuencias. Quien habita debe cuidar, respetar y afrontar honestamente sus compromisos; quien posee tampoco puede reducir su relación con los demás al rendimiento. No poder cumplir no es lo mismo que desentenderse. Necesitar ayuda no autoriza a aprovecharse; prestarla no concede dominio. La dignidad no depende de ser impecable, pero las obligaciones no desaparecen porque seamos vulnerables. Estas novelas nos interpelan cuando imaginamos perder nuestra casa y, sobre todo, mientras todavía la tenemos. Queda una pregunta fuera de cualquier tasación: qué hacemos para conservar nuestro lugar sin volver inhabitable el de los demás.

Isidora Revista

Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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