
Extractos de Fisonomías sociales, Benito Pérez Galdós · Obras inéditas, volumen I · Renacimiento, Madrid, 1923
Vida de sociedad · Solidaridad
Observatorio Negrín-Galdós
I
Con la aproximación del invierno, ha entrado en su plenitud la vida característica y peculiar de la sociedad madrileña.
Terminada la epidemia, todas las familias ricas han vuelto a sus hogares; los veinte teatros que hay en esta capital están llenos de gente, y los salones adquieren animación y alegría. La vida de sociedad es en Madrid tan agradable, que al decir de personas entendidas, supera en esto nuestra capital a todas las de Europa. Hay aquí, por punto general» menos etiqueta que en el célebre «faubourg Saint Germain»; pero, en cambio, hay más cordialidad.
Es que nuestra sociedad se ha hecho esencialmente democrática, conservando el culto de las buenas formas.
La nivelación social es un hecho, y a nadie se le pregunta quién es ni de donde viene, con tal que tenga, por lo menos, las apariencias de la buena educación.
En Francia y en Inglaterra es difícil penetrar en un salón de la alta nobleza no llevando un timbre nobiliario. Aquí no hay nada de eso.
Cualquier humilde periodista es recibido en los grandes saraos de la grandeza sin que se exija de él otra cosa que dar cuenta en su periódico de las magnificencias de la fiesta y ponderar la belleza y elegancia de las damas que a ella concurren.
Cualquier persona que, con su talento o su trastienda o su malicia se haya hecho un puesto en la literatura sin la política, es recibida poco menos que con un palio en las casas más alcurniadas, y aunque el tal sea hijo de un albeitar o pariente de un barbero, nadie se lo hecha en cara ni lo estima por eso en menos de lo que realmente valga.
Este espíritu democrático se manifiesta también en las alianzas. Hablando en puridad, hoy no hay más aristocracia que el dinero. Los mejores pergaminos son las acciones del Banco de España. Todos los días estamos viendo que tal o cual joven, cuyo apellido es de los que retumban en nuestra historia con ecos gloriosos, toma por esposa a tal o cual señorita rica, cuyos millones tienen por cuna una honrada carnicería o el comercio de vinos.
Como es hoy tan fácil decorarse con un título nobiliario, que siempre suena bien, vemos constantemente marqueses y condes cuya riqueza es producto de los adoquinados de Madrid, del monopolio del petróleo o de las acémilas del ejército del norte en la primera y segunda guerra civil. Esto mismo ha contribuido a desmoralizar nuestra sociedad. Los individuos de la antigua nobleza se han convencido de que para nada les valen sus pergaminos sin dinero, y sólo piensan en procurarse éste, ya por medio de los negocios, ya por medio de sus alianzas.
De las grandes casas nobles, apenas hay dos o tres que no se hayan desmembrado ya, las unas por las dilapidaciones, las otras por el desgaste natural en las cosas humanas, todas ellas por la ley de los mayorazgos y la desvinculación.
Destruido el poder, es natural que se haya abatí» do el orgullo, y el principio igualitario se ha abierto camino. Los grandes y los ricos han convenido en ser amigos por mutuo interés, y unos y otros agasajan a las personas de talento, aun siendo pobres. De aquí la dulce cordialidad, la tolerancia y la armonía que en nuestra sociedad reina y que la hacen más agradable.

II
Como decía antes, ya ha principiado la animación en los salones, aunque recientes desgracias obligan a muchas familias ricas a vestir de luto. La muerte del marqués de la Torrecilla, emparentado con las casas de Medinaceli y Villagonzalo, con el duque del Infantado y otros personajes de elevada alcurnia, ha afectado mucho a la sociedad madrileña. Era el marqués persona muy estimada. Poseía una gran fortuna, que había sabido aumentar rápidamente, y se distinguía por una cualidad no común en nuestra aristocracia, la economía y el arreglo y buena disposición para el manejo de sus intereses.
Murió en París a los cincuenta años de edad, a consecuencia de haberse tragado en la comida un huesecillo de chocha. Tenía, según dicen, ciento sesenta mil pesos de renta y poseía grandes fincas rústicas y urbanas. Era senador del reino. Su trato era afable y distinguidísimo. ¡Qué lances tan particulares nos ofrece el destino humano! Los que tanto envidian a los ricos, los que, pensando en las mesas opulentas maldicen su suerte, que sólo les permite regalarse con un plato de judías o lentejas, desconocen la inmensa ventaja de no estar jamás expuestos a tragarse la muerte en la invisible astilla del hueso de un ave. A pesar de esto y del ejemplo del infortunado marqués de la Torrecilla, la sobriedad tiene cada día menos partidarios, y todos los que consumen inmensas raciones de legumbres desean cambiarlas por chochas, capones y faisanes.
III
El teatro Real o de la Opera hállase estos días en todo su explendor. Dicen que no hay dinero o que se esconde, que el año es calamitoso para todas las clases sociales. Podrá ser así; pero en la ópera no se conoce que haya tal escasez de metálico, porque la concurrencia es grande, cada vez son más altos los precios de las localidades y el lujo que en la gran Sala se manifiesta una y otra noche, representa desmedidas riquezas. La compañía es este año tan buena como en los tiempos mejores. Stagno y Antón ahora, después Gayarre y al fin de la temporada Massini. Pero la great airaction de este año será la Patti, que vendrá con Nicolini en enero próximo.
Este lujo de cantantes costosísimos, y los demás lujos dispendiosos que la afición a la ópera trae consigo, no asustan a los madrileños, que siempre están de humor de gastar dinero, y lo gastan, venga de donde viniere, aunque los años sean malos como este.
Y el invierno se presenta rudo para las clases proletarias. Se están estableciendo a toda prisa cocinas económicas para mejorar la situación de la clase obrera y, gracias a esto, no habrá hambre en Madrid.
IV
¡El lujo! ¡Cuánto se puede escribir sobre este fenómeno de la vida moderna! Y Madrid es una especialidad en la importancia que se da a lo superfino. En ninguna ciudad de Europa hay más teatros. Relativamente a su población, que hoy pasa de quinientas mil almas, Madrid tiene muchos más coches particulares que París, Londres y Viena. En Madrid es raro encontrar una mujer que no vaya bien vestida. Las criadas de aquí suelen ser más elegantes que las señoras de ciudades famosas, muy distintas de las nuestra en el ramo de las costumbres. Los establecimientos de muebles riquísimos, de porcelanas y bronces, de objetos de gusto y de los mil primores que se usan para regalos, se han generalizado tanto aquí que es incomprensible cómo viven y cómo encuentran despacho para tantos y tan variados artículos. Pero lo que más duramente manifiesta que en las importaciones del lujo vamos llegando al extremo, es un fenómeno social del cual voy a hablar un poquito con la discrección conveniente.
Desde hace algún tiempo se ha ido introduciendo en nuestras costumbres un tipo que hace algunos años habría parecido inverosímil; pero que ya entra en el dominio de lo vulgar y de lo corriente. Este tipo es el de la señora (llamémosla así) del demi-monde: tipo esencialmente parisiense, que se* ha extendido por toda Europa al amparo de los ricos disipados, y que al fin ha venido a pedir carta de naturaleza entre nosotros. Y lo peor es que se la hemos dado. Este refinamiento del vicio lo toman algunos como refinamiento de cultura; pero tales sofisterías ño pasan.
Lo que esto significa es el rebajamiento de los caracteres y el envilecimiento de las clases privilegiadas, que en vez de ser guía y ejemplo de las inferiores, sancionan con su conducta cuantas violencias vengan de abajo.
Pero sea lo que quiera, y bien a la vista está que es cosa mala, ello es que de algún tiempo a esta parte andan por ahí unas cuantas madamas (verdaderamente, no se cómo llamarlas) ostentando un lujo insensato; y habitan palacios y gastan lujosos trenes, y se comen en pocos meses la fortuna de algún inocente y están dispuestas a devorar cuanto se les ponga por delante.
Ya se cuenta que el duque Tal da a la Fulana (al nombrarlas simpre se las trata con la mayor confianza) veintemil pesos de renta; ya que la Zutana ha traído de París soberbios troncos de caballos normandos; ya, en fin, esta o la otra historia que no repito; porque, si bien es cierto que el tipo este de la tía elegante ha entrado en nuestras costumbres y ya no choca encontrarla en paseos y teatros, alternando con la gente honrada, todavía no hemos llegado a admitir a esas tales en la literatura periodística. La prensa no las menciona jamás sino valiéndose de hipócritas perífrasis. No se atreven aún nuestros diarios a hacer crónica de los escándalos del vicio elegante; mas es probable que algún día consagren buena parte de sus columnas a la chismografía mundana y a las anécdotas picantes, traduciendo a nuestra lengua, como se ha traducido a nuestras costumbres el tipo parisiense.

























