
Francisco Massó Cantarero
Así de escatológico y contundente sonó la aleluya de un mozo, presumiblemente catalán, en televisión. El muchacho, aprovechando que había permiso institucional y masa crítica suficiente, había salido por Barcelona dispuesto a oficiar de español, revestido con una camiseta roja, también estelada, y faldón rojo y gualda. El equipo de la selección española de fútbol había ganado y él mostró así su euforia reivindicativa.
Ese taco final es altamente expresivo. Indica que el autor, aunque joven, acumula años de silencio, cargado de angustia, culpa o vergüenza por ser español y no poder ejercer. Por fin, gracias al gol de Mikel, tenía un pretexto que justificaba el alarde y aprovechó ufano la oportunidad. ¡Qué pena que esto de presumir de ser español sea una acción oportunista y casual!
Mikel, el protagonista de la gesta de meter un gol, gritó ¡Viva San Fermín!. También es un retrato: el nacionalismo es lugareño, y él no celebra su propio éxito; está lleno de nostalgia; añora la bacanal de vino, sudor y pañuelo rojo de su pueblo; pero, está obligado a apoyar a la selección (sic). No dice de qué es la selección, ni a qué país representa. Ya escribe su nombre en euskera…, aunque su apellido habla de las Merindades.
Ambos chicos son fruto de la España plurinacional, que andan fabricando Zapatero, el joyero, junto al marido de la contable de los prostíbulos, para desmontar aquello de ¡Una, grande y libre!, y sustituirlo por ¡Muchas, pequeñas y manejables!, porque dividen para vencer, o mejorar sus caudales.
Para gestas de vascos, por las que los españoles podemos estar muy orgullosos cabe recordar la de otro Miguel, con g y con u, López de Legazpi (1502-1572), nacido en Zumárraga, fundador de las ciudades de Cebú y Manila y primer gobernador de Filipinas. Blas de Lezo que, con 3000 hombres ganó la batalla de Cartagena de Indias, donde los ingleses habían llevado 23.000 soldados en 180 navíos. Otro Miguel, vasco de Bilbao, el de Unamuno, poliglota, filósofo, hombre de debate fluido y humor cáustico, que supo enfrentarse a Millán Astray y se dejó enterrar por los falangistas de José Antonio Primo de Ribera. Indurain, alias Miguelón, más moderno y de Navarra, supo ganar el Tour de Francia hasta cinco veces, sin que se le oyera vitorear a San Fermín, pese a que se perdía las cabalgadas todos los años.
Hablando del genio español para presumir de figuras universales, no podemos silenciar al super Miguel de Alcalá de Henares, cuya novela es la más traducida y editada de todos los tiempos, exceptuando la Biblia. Hay más españoles de trapío, pero tampoco se trata de agotar la nómina.
Produce una gozosa congoja que sea el fenómeno del fútbol el aglutinante de la identidad nacional, En los pueblos pequeños y en las ciudades grandes, la niñez, la juventud, la madurez y la senectud de todos los tiempos, hombres y mujeres, todas las clases sociales desde el Rey hacia abajo, universalmente, incluidos los de la nación plurinacional, que es una antinomia en sí misma, vibran al unísono, se entusiasman juntos, corean los triunfos y se ponen la españolidad por montera.
El fenómeno se extiende a un lado y otro del Atlántico, como si los españoles de allá, que nunca fueron colonia, hicieran suya la españolidad de hoy.
Ciertamente, se trata de un juego. Pero como demostró Huizinga con su homo ludens, no dejamos de jugar a lo largo de la vida de cada uno de nosotros; y lo más serio que hacemos es, precisamente, jugar. Lástima, que el fútbol sea también uno de los tres negocios más rentables, junto al tráfico de armas y la droga. Tal vez, se trate de otro tóxico cuando levanta tantos intereses.
No obstante, en este caso, el fútbol es un tóxico que levanta toneladas de adrenalina, convierte la sillas en camas elásticas, hace que las gargantas sean megáfonos, que la euforia sea contagiosa y orgiástica y la apoteosis del entusiasmo roce con un estado de gracia supremo, al borde de lo místico.
Bien es cierto que, en el fenómeno que contemplamos, median las cervecitas para paliar la ansiedad ante las eventualidades del juego y que no se puede pedir coherencia con la intoxicación etílica y, menos aún, en un fenómeno de masas de emociones desbordantes. Sin embargo, el germen está ahí, señala que hay ambición de ser y hambre de reconocimiento, de auto-reconocimiento, dijéramos.

Porque España es un país denostado dentro y fuera de nuestras fronteras. No es sólo Trump quien nos desuella; dentro de casa, el hombre y la mujer masa nos hace un corte de mangas, aunque no venga a cuento, mientras se hace a sí mismo el haraquiri psicológico. Ortega decía del hombre masa que es quien no se exige a sí mismo lo suficiente y vive en el limbo, entre lo que cree que sabe y lo que ignora pero debía saber.
El limbo no es lo que ocurre ante una camiseta, una bandera, unos colores y un símbolo nacional. Ahí se produce la exaltación de una identidad que se comulga, en un frenesí del apego. Éste sentimiento tiene dos caras: es al mismo tiempo pertenencia y posesión. En la bacanal del fútbol, el espectador participa como dueño de su selección y parte activa de la misma, posee y pertenece a…, en un continuo fluir. Bien es cierto que el protagonista es el hombre y la mujer masa.
Si toda la energía que desplegamos ante un partido de la selección española de fútbol se aplicara convenientemente nos sobrarán dos millones y medio de funcionarios y varios miles de políticos, porque cada español, consciente de su identidad, se esmerará en dejar alto el pabellón de su pertenencia política y estar acorde con la historia que posee.
En el espesor del presente (Julián Marías) no hay actos intrascendentes, todo es evocación de algo pasado, o premonición de algo por venir. La selección española puede ganar el trofeo o no, conquistar o no otra estrella, pero está haciendo una retrato de lo que somos emocional y vocacionalmente. Escatologías aparte.

























