
Rosa Amor del Olmo
La palabra «traición» suele hacernos pensar en un delito cometido contra una nación o un Estado. Sin embargo, esta idea no puede trasladarse sin más a la Grecia antigua. Los griegos no formaban un país políticamente unificado, sino que estaban distribuidos en numerosas ciudades-Estado independientes, como Atenas, Esparta, Corinto, Tebas o Argos. Cada una poseía sus propias leyes, instituciones, ejército, cultos religiosos e intereses. Por ello, el traidor no era principalmente quien traicionaba a «Grecia», entendida como una nación, sino quien entregaba, abandonaba o perjudicaba a su propia ciudad, la polis.
Los términos griegos más relacionados con esta idea eran prodosía, que significa traición, y prodótēs, el traidor. Ambos pertenecen a la misma familia que el verbo prodídōmi, cuyo sentido es entregar, abandonar o poner algo en manos ajenas. Esta raíz ayuda a comprender la imagen que los griegos tenían del traidor: era aquel que entregaba al enemigo algo que debía proteger. Podía entregar una ciudad, abrir una puerta, revelar un camino secreto, comunicar los planes del ejército, rendir una fortaleza, abandonar una flota o favorecer una conspiración contra el gobierno. El concepto no se limitaba, además, al terreno político. También podía hablarse de traición cuando alguien rompía un juramento, abandonaba a sus compañeros o actuaba deslealmente contra familiares y amigos. La palabra prodótēs designaba, por tanto, tanto al traidor político como al individuo que quebrantaba una relación de confianza.

La gravedad de la traición se explica por la importancia que la comunidad tenía en la vida griega. El ciudadano no se concebía como un individuo aislado, sino como miembro de una ciudad formada por los vivos, los antepasados, los dioses protectores, las leyes y los lugares sagrados. Defender la polis significaba proteger las casas, los templos, las tumbas familiares y la libertad de los ciudadanos. Traicionarla suponía atacar el orden completo al que pertenecía el individuo.
Por eso, la traición poseía una dimensión política, pero también moral y religiosa. Los acuerdos entre ciudades, los compromisos militares y las obligaciones públicas solían confirmarse mediante juramentos pronunciados ante los dioses. Quien rompía esos juramentos no solo engañaba a otros hombres, sino que se exponía a ser considerado impío. En diversos textos griegos, la traición aparece relacionada con otros delitos especialmente graves, como el intento de establecer una tiranía, el robo de bienes sagrados o la destrucción del régimen político.
El ejemplo más conocido es el de Efialtes de Traquis, cuya conducta quedó unida para siempre a la batalla de las Termópilas. Según Heródoto, en el año 480 a. C. Efialtes comunicó al rey persa Jerjes la existencia de una senda que permitía rodear el paso defendido por Leónidas y sus hombres. Lo hizo con la esperanza de recibir una gran recompensa. Gracias a esa información, las tropas persas pudieron atravesar la montaña y atacar a los defensores por la retaguardia.
Heródoto afirma que Efialtes tuvo que huir a Tesalia, que se puso precio a su cabeza y que más tarde fue asesinado por otro motivo. Aunque quien lo mató no actuó directamente para vengar las Termópilas, los espartanos lo honraron. La historia convirtió así a Efialtes en la imagen del traidor movido por el beneficio personal: frente a Leónidas, que acepta la muerte para cumplir con su deber, Efialtes sacrifica a la comunidad para obtener una recompensa.
Sin embargo, incluso este episodio obliga a introducir una precisión. Efialtes no era espartano, sino natural de la región de Malis, próxima a las Termópilas. Su traición debe entenderse dentro de una alianza militar formada por varias comunidades griegas contra la invasión persa. Durante las guerras médicas surgió con especial fuerza la idea de una defensa común de los helenos, pero esa unidad nunca fue completa. Algunas ciudades se enfrentaron a Persia, otras permanecieron neutrales y otras colaboraron con el invasor.
La colaboración con los persas recibió frecuentemente el nombre de «medismo». Acusar a alguien de ser partidario de los medos significaba presentarlo como enemigo de la libertad de los griegos o, más concretamente, de los intereses de su ciudad. En Atenas se han conservado incluso fragmentos de cerámica empleados en las votaciones de ostracismo que calificaban a determinados ciudadanos de traidores o de colaboradores con los persas. Estas acusaciones muestran que la sospecha de traición podía influir poderosamente en la lucha política. En Atenas, donde se conserva la mayor cantidad de información jurídica, la traición podía ser perseguida mediante distintos procedimientos. Uno de ellos fue la eisangelía, una acusación pública destinada a delitos especialmente graves. La documentación del siglo IV a. C. relaciona este procedimiento con tres tipos principales de conducta: intentar derribar la democracia, traicionar a la ciudad o a sus fuerzas armadas y aceptar dinero para aconsejar al pueblo en contra de sus intereses. En estos casos podía imponerse la pena de muerte.
La severidad del castigo revela que la traición era considerada un ataque contra la supervivencia de la comunidad. En algunos casos, la condena no terminaba con la muerte o el exilio del acusado. La pérdida del honor, la confiscación de bienes o la prohibición de recibir sepultura en el territorio de la ciudad podían extender el castigo a la memoria del condenado. La intención era separar simbólicamente al traidor de la comunidad a la que había perjudicado. El ciudadano honorable debía ser recordado por sus servicios; el traidor, en cambio, podía quedar privado de reconocimiento, derechos y pertenencia.
Los griegos distinguían, no obstante, entre la traición y otras formas de incumplimiento militar. Abandonar el puesto en una batalla, no presentarse al servicio, demostrar cobardía o negarse a combatir con una nave eran conductas castigadas, pero no siempre equivalían jurídicamente a entregar la ciudad al enemigo. Algunas de ellas podían acarrear la atimía, es decir, la pérdida del honor o de determinados derechos ciudadanos. La frontera entre cobardía, deserción y traición podía ser discutida en los tribunales, especialmente cuando los acusadores intentaban presentar una conducta vergonzosa como una amenaza para toda la ciudad.
Un caso significativo fue el de Leócrates. Después de la derrota ateniense ante Macedonia en Queronea, en el año 338 a. C., abandonó Atenas. Años más tarde, el orador Licurgo lo acusó de traición. Leócrates no había entregado una fortaleza ni revelado secretos militares, pero Licurgo sostuvo que había abandonado a la patria en el momento de mayor peligro. Para el acusador, huir significaba dejar indefensos los templos, las familias y las tumbas de los antepasados. El proceso demuestra que la traición no era siempre un concepto jurídico completamente cerrado: también podía convertirse en una acusación moral y retórica contra quien parecía anteponer su seguridad personal al deber ciudadano.
Todavía más complejo es el caso de Alcibíades. Este influyente político y general ateniense fue llamado a regresar desde la expedición a Sicilia para responder de varias acusaciones religiosas. En lugar de volver a Atenas, huyó y se refugió entre los espartanos, enemigos de su ciudad en la guerra del Peloponeso. Allí proporcionó información y recomendaciones militares. Entre otras medidas, aconsejó ayudar a Siracusa y ocupar Decelia, una posición estratégica desde la que los espartanos podían ejercer una presión permanente sobre el territorio ateniense.
Desde la perspectiva ateniense, su conducta podía parecer una traición evidente: un antiguo general estaba utilizando su conocimiento contra su propia ciudad. Sin embargo, Tucídides pone en boca de Alcibíades una defensa sorprendente. Alcibíades sostiene que no combate contra su verdadera patria, sino contra quienes lo expulsaron injustamente. Afirma incluso que el auténtico patriota no es quien acepta perder su ciudad sin resistencia, sino quien hace todo lo posible por recuperarla. Este razonamiento muestra uno de los grandes problemas del concepto de traición: ¿a qué se debe fidelidad cuando la ciudad persigue o expulsa al ciudadano? Para sus enemigos, Alcibíades era un traidor; para él, los verdaderos traidores eran los dirigentes que habían convertido a un ciudadano útil en enemigo de Atenas. Su caso demuestra que la palabra «traidor» también podía utilizarse como arma política. Quien controlaba las instituciones y el relato público podía decidir quién era presentado como defensor de la patria y quién como enemigo.
La tragedia griega examinó profundamente estos conflictos de lealtad. En Antígona, de Sófocles, Polinices ha atacado Tebas acompañado por un ejército extranjero. Creonte lo considera un traidor y prohíbe que sea enterrado. Antígona, por el contrario, entiende que su deber hacia su hermano y hacia las leyes divinas está por encima de la orden del gobernante. La obra no niega que Polinices haya combatido contra su ciudad, pero plantea una pregunta decisiva: ¿puede la traición política eliminar todos los derechos humanos, familiares y religiosos del condenado?
En Las fenicias, de Eurípides, el enfrentamiento entre Eteocles y Polinices vuelve a presentar el mismo problema. Eteocles acusa a su hermano de atacar la patria, mientras Polinices recuerda que fue expulsado injustamente. Cada uno considera que el otro ha quebrantado el orden legítimo. De esta manera, la tragedia no ofrece una definición sencilla del traidor, sino que enfrenta distintas fidelidades: la obediencia a la ciudad, el respeto a la justicia, la defensa de la familia y el cumplimiento de las leyes divinas.
En la Grecia antigua, por tanto, el traidor era la figura opuesta al buen ciudadano. Mientras este debía defender la ciudad, respetar las leyes, cumplir los juramentos y permanecer junto a sus compañeros, el traidor entregaba lo común para obtener una ventaja privada. Su crimen era especialmente grave porque destruía la confianza de la que dependían el ejército y la vida política.
Pero la literatura y la historia griegas también enseñan que la acusación de traición nunca fue completamente neutral. Efialtes representa el caso casi indiscutible del hombre que vende a los defensores por dinero. Alcibíades representa, en cambio, la ambigüedad del exiliado que combate contra quienes lo expulsaron. Antígona plantea el conflicto entre la autoridad política y una justicia superior. Por ello, el concepto griego de traición no se limita a condenar al enemigo interior: obliga a preguntarse quién tiene derecho a exigir fidelidad y qué sucede cuando la patria, la ley, la familia y la conciencia ordenan cosas diferentes.

























