
Eduardo Montagut
Juan José Morato puede ser considerado como el primer historiador del socialismo español. En junio de 1934 publicó un artículo en El Socialista titulado “La vieja moral”, y que trata sobre la firma en los artículos de la primera prensa obrera española, que nos parece harto sugerente porque trataría sobre la cuestión del protagonismo y del personalismo.
Morato, buen conocedor de la historia de la prensa obrera, explicaba que en enero de 1870 comenzó a publicarse en Madrid el semanario titulado La Solidaridad, el órgano de la Internacional. En su primer número apareció una declaración que firmaba todo el Consejo de Redacción, y se insertaban artículos firmados. Pero cuando iban publicados unos números salió un suelto en la primera página en el que se explicaba que hasta el momento los artículos habían aparecido firmador por sus autores para demostrar que el periódico estaba escrito por verdaderos obreros, pero como la repetición podía fomentar la vanidad y el endiosamiento, en el futuro los trabajos aparecerían sin firma.
A los pocos días, la Federación madrileña celebraba conferencias semanales de propaganda en su local de la calle de las Tabernillas y en las reseñas del periódico aparecían solamente con iniciales los nombres de los oradores y se omitían elogios o juicios lisonjeros. En mayo, cuando se discutió el orden del día del futuro Congreso de Barcelona también se dieron en iniciales el nombre de cada afiliado que intervino.
En marzo de 1870 entró Pablo Iglesias en la Internacional, y en el verano, inspirado por el horror de la guerra franco-prusiana, escribió un artículo que envió al periódico, saliendo con sus iniciales.
Desaparecida La Solidaridad, apareció La Emancipación. Pues bien, tardó mucho en aparecer nombre alguno, y sería con Anselmo Lorenzo como secretario del Consejo de Redacción al publicarse un manifiesto para contestar a la persecución que ejerció Sagasta contra la Internacional. Cuando desde La Igualdad se acusó de vendidos a los redactores de La Emancipación, el semanario respondió con un artículo firmado por sus redactores: «Hipólito Pauly, tipógrafo; Francisco Mora, zapatero; Paulino Iglesias, tipógrafo; Víctor Pagés, zapatero; José Mesa, tipógrafo, y Anselmo Lorenzo, tipógrafo.»

Y esa filosofía de no firmar, o como decía Morato, “moral”, se extendió sobre los colaboradores. Ninguno de los importantes artículos que publicó Paul Lafargue en el semanario iba firmado. Bien es cierto que en el relato de actos públicos se daban los nombres de sus protagonistas, pero sin emitir juicios, o a lo sumo se subrayaban los aplausos, pero como constatación de los mismos en el auditorio, no como elogio desde periódico. Mora insertaba, al respecto, algunos ejemplos.
Esa misma moral habría imperado cuando se creó El Socialista. Nadie firmaba los trabajos y si en su cabecera aparecía el nombre del director, es decir, Pablo Iglesias, era porque lo exigía la ley, y para facilitar las relaciones epistolares.
Además, se insertó en el primer número lo siguiente:
«A los zoilos y pedantes a quienes pueda dar ocasión nuestra pedestre prosa para sus impertinentes palmetazos, debemos decirles, por adelantado, que sus censuras no han de hacer la más leve mella en nuestro amor propio. Compuesto el Consejo de Redacción de obreros manuales, no tenemos la más ligera pretensión literaria, aspirando tan sólo a hacernos entender, de los trabajadores y a exponer con la mayor sencillez la doctrina socialista.»
Por su parte, en las reseñas de actos públicos se siguieron las normas de La Emancipación, contra la más leve muestra de “faroleo y afán de exhibición”. Pero también es cierto que Morato afirmaba que poco a poco esa moral se fue quebrando, aunque no tanto que se llegara al “santonismo”.
En conclusión, Morato estaba hablando de la importancia de que en el movimiento obrero no se promoviese el protagonismo personalista, que todos debían ser iguales, siendo fundamental la importancia del grupo, de la organización, del conjunto de afiliados, militantes y trabajadores.

























