
Rosa Amor del Olmo
Hay personas que no contestan: despliegan. No responden a una cuestión concreta, sino que la rodean de detalles, nombres, circunstancias, anécdotas, horarios, parentescos, vehículos disponibles, personas muy ocupadas, llamadas imposibles, generosidades repentinas y una cordialidad tan abundante que empieza a parecer una cortina. A esa tendencia contemporánea a decir demasiado, a contar más de lo necesario, a introducir información irrelevante en contextos que exigen precisión, se la conoce como oversharing.
El término procede del inglés y podría traducirse, imperfectamente, como “sobrecompartir” o “exceso de exposición”. Pero esa traducción se queda corta. El oversharing no consiste solo en hablar mucho. Tampoco equivale simplemente a sincerarse. Hay una sinceridad luminosa, necesaria, incluso reparadora. El oversharing, en cambio, tiene algo de derrame: una acumulación de datos que, en lugar de aclarar, enturbia. Es la expansión desmedida de lo personal, lo accesorio o lo sentimental en un espacio donde hacía falta otra cosa: una respuesta limpia, una posición concreta, una responsabilidad asumida, una decisión verificable.
En la vida cotidiana puede resultar simpático. Alguien pregunta “¿puedes venir mañana?” y el otro responde con la historia entera de su semana, la cita del dentista, la avería del coche, el resfriado del niño, la llamada de la prima y la mudanza del vecino. No dice sí, no dice no: produce un clima. En apariencia se muestra vulnerable; en la práctica desplaza el centro de la conversación. El interlocutor ya no sabe si está ante una negativa, una excusa, una petición de compasión o una maniobra para que nadie le exija demasiado.
El problema se vuelve más serio cuando el oversharing aparece en situaciones contractuales, laborales, familiares o jurídicas. Ahí el exceso de detalle puede operar como una forma de dominación blanda. No se impone por grito ni por amenaza, sino por saturación. Se introduce tal cantidad de información lateral que la cuestión principal queda envuelta en una niebla de cordialidad. El mensaje parece humano, razonable, incluso generoso. Pero, si se limpia de adornos, quizá contiene algo muy simple: “quiero que aceptes mi fecha”, “quiero reservarme una reclamación”, “quiero que reconozcas una deuda”, “quiero que firmes antes de tener todo cerrado”.

Esa es la trampa del oversharing: su apariencia de transparencia. Quien comparte demasiado parece estar abriendo la casa entera, cuando a veces solo está llenando de muebles el pasillo para que no se vea la puerta cerrada. La acumulación de datos personales crea un efecto de cercanía artificial. Se mencionan nombres propios, compromisos, vehículos, familiares, urgencias, ocupaciones, buena voluntad. Todo eso puede ser verdadero y, sin embargo, irrelevante. La verdad de los detalles no garantiza la honestidad del conjunto.
En comunicación conflictiva, el oversharing puede cumplir varias funciones. La primera es diluir el conflicto. Donde había una discrepancia concreta, aparece un paisaje sentimental. La segunda es desviar la atención. En lugar de discutir el punto jurídico, económico o moral, se invita al receptor a responder a una constelación de asuntos menores. La tercera es condicionar emocionalmente. Si el otro se muestra tan amable, tan disponible, tan cargado de circunstancias, parece ingrato contestarle con frialdad. La cuarta es preparar coartadas: cada detalle introducido hoy puede convertirse mañana en argumento, matiz o excusa.
Por eso, frente al oversharing, conviene practicar una virtud casi olvidada: la reducción. Reducir no es empobrecer. Reducir es limpiar. Es separar el trigo verbal de la paja narrativa. ¿Cuál es el hecho? ¿Cuál es la fecha? ¿Cuál es la cantidad? ¿Qué se pide? ¿Qué se ofrece? ¿Qué se firma? ¿Qué consecuencias tiene? Todo lo demás puede esperar. En contextos de cierre, de acuerdo o de conflicto, la claridad no es descortesía: es protección.
También hay que distinguir entre empatía y absorción. Uno puede comprender que el otro tenga problemas, reuniones, coches, familiares, urgencias o imprevistos. Pero comprender no significa cargar con el desorden ajeno. El exceso de explicación suele invitar a que el receptor entre en una red emocional que no le corresponde. Y una vez dentro, ya no negocia desde su posición, sino desde la culpa, la fatiga o la confusión.
El oversharing contemporáneo tiene además una dimensión cultural. Vivimos en una época que ha convertido la exposición en prueba de autenticidad. Parece que quien cuenta mucho es más sincero, más real, más cercano. Las redes sociales han educado a millones de personas en la idea de que la intimidad es una moneda comunicativa. Pero la vida civilizada no puede funcionar solo con torrentes de subjetividad. Hay espacios donde lo decente no es contarlo todo, sino decir exactamente lo que corresponde.
La sobriedad, en ese sentido, es una forma de respeto. Un buen mensaje no debe arrastrar al otro por un bosque de circunstancias innecesarias. Debe permitirle entender, decidir y responder. Cuando alguien necesita escribir demasiado para decir algo sencillo, conviene preguntarse qué se está intentando cubrir. A veces no hay mala fe, solo ansiedad. Otras veces hay estrategia. En ambos casos, la respuesta más inteligente no es entrar en el laberinto, sino volver al plano.
“Gracias. Para evitar malentendidos, concretemos fecha, entrega, liquidación, estado de bienes y renuncia recíproca de acciones.” Esa frase, seca y educada, desactiva muchas novelas.
Porque el oversharing es precisamente eso: una novela insertada donde hacía falta un acta. Un exceso de relato donde hacía falta un acuerdo. Una aparente abundancia comunicativa que puede acabar funcionando como escasez de claridad. Y en tiempos de ruido, la claridad no solo es una cortesía: es una defensa.
























