
Francisco Massó Cantarero
A lo largo del siglo pasado, Rof Carballo, médico psicosomático, titular de la medicina psíquica y la psicología médica, describió la urdimbre primigenia, un espacio sagrado entre madre e hijo, cargado de energía, donde la madre, bajo los efectos de la oxitocina y la prolactina, intuye y enseña a intuir, alardea de empatía y da modelo a su espejo, sonríe y comparte felicidad, vive el momento y da permiso para vivir, juega lúdicamente e interactúa con su alter ego. Es una etapa epifánica que alberga el germen de lo que podrá ser el proyecto de vida del neonato.
En 1910, René Spitz –Primer año de la vida del niño- describió el síndrome del hospitalismo, según el cual, el dolor de la ausencia desborda el esmero de las condiciones físicas y de los cuidados orgánicos. Él observó a un grupo de niños huérfanos, o abandonados en casa cuna, que eran muy bien atendidos en cuanto a condiciones de higiene, alimentación y cuidados médicos. Pudo estudiar, al mismo tiempo, un grupo de niños criados en familias normales, que no gozaban de tantas atenciones y dedicación profesional.
Se percató que los niños huérfanos eran más propensos a enfermar por infecciones oportunistas, crecían menos y presentaban retrasos en la bipedestación, marcha y desarrollo del lenguaje, con relación a lo que ocurría en el caso de los niños de familia, los “peor tratados” físicamente. Su sorpresa resultó inexplicable hasta que agudizó la observación.
El huérfano recibía su biberón de manos de una funcionaria, que tenía a la espera nueve bebés, llorones, acosados por el hambre. No tenía tiempo, ni paciencia, para esperar a que el recién comido expulsara el gas; lo depositaba en su cuna, agobiada por la prisa de atender al siguiente. Si se producía un vómito, la urgencia de tanto llanto no le permitía acudir de inmediato. En el mejor de los casos, los niños permanecían con los ojos abiertos a la espera de nadie; y, si lloraban, tarde, recibían reprimendas antes de ser atendidos según el protocolo.
Los niños que vienen en pateras, ni siquiera son víctimas del síndrome del hospitalismo; sufren orfandad de oficio. Nacieron, irremediablemente y para ser explotados a partir de los seis o siete años. En su choza, no había espacio para la urdimbre primigenia, sino para el hambre y el maltrato físico y psíquico, como pan nuestro de cada día.
Cuando llegan aquí son resentidos de la vida, candidatos a la psicosis destructora y agentes de la revancha existencial, madre de la sociopatía. Llegan muy enfermos psíquica y sociogenéticamente y su adaptación es una eventualidad poco menos que imposible.

La población carcelaria autóctona, en una altísima proporción, proviene de la marginación social. La propia de una sociedad evolucionada del primer mundo. Aun así, constituye el 30% de los presidiarios. El otro 70% lo aportan los niños de las pateras y los adultos, que han realizado su proceso psicogenético en los extrarradios de la marginación; allí, donde la imaginación se pierde inventando la miseria. Además, han consumado una peregrinación espantosa en busca de su tierra prometida, que no los ha recibido, porque, hoy, las murallas de Jericó no caen al toque de trompeta.
Es una desgracia de la humanidad, lacerante; resultado de una Humanae vitae entendida a lo bestia; producto vergonzoso de la falta de políticas sanadoras.
China también exporta humanidad. Tampoco es un modelo de salud. El falansterio es adecuado para el desarrollo de la grey, no de la persona y su dignidad. Por eso, el emigrante chino viene escamado del orden y la disciplina y busca hacerse un hueco, sin molestar. Muy al contrario, desentona por el polo opuesto. En nuestro contexto legal, el emigrante chino se muestra pasivo-agresivo, a reventar de deshumanización: hacen jornadas interminables, comen y duermen en el lugar de trabajo, trabajan siete días a la semana y pagan cantidades inconmensurables a sus propias mafias. Por eso, su modelo psicogenético, realizado en el ámbito social de un comunismo delirante, tampoco es encomiable. Los chinos, históricamente, nunca han dejado de ser esclavos; no es ponderable qué ocurrirá el día que se cansen de serlo.
¿Qué hacer?, ¿dónde anida la esperanza?, ¿es una condena tantálica a la que estamos condenados por los dioses?
A problemas complejos, las soluciones no pueden ser simples, ni inmediatas. Tampoco cabe esperar un milagro, que nunca llegará, porque es la propia humanidad la que ha generado el problema. Durante muchos años, seguirán llegando pateras llenas de resentidos existenciales dispuestos a tomarse su revancha, camino del presidio.
Recientemente, hace pocos días, el ministro Marlaska, el Grande, se ha percatado que la venalidad de los dirigentes alauitas, malienses, sudaneses, congoleños, etc., no se aminora enviando dinero, por cientos de millones, de los sufridores contribuyentes europeos, para que esos mismos millones vuelvan, con propietario nominativo, a la Bolsa de París. Es como pretender apagar el fuego echando gasolina. Desde aquí abajo, parece una obviedad casi de Perogrullo; pero, ha costado muchos millones obtener una conclusión empírica. Hay que ensayar otros remiendos, a ser posible más perspicaces.
¿Qué ocurriría si se ensayaran políticas de restricción de la natalidad?. Sin llegar a los extremos de China, que tampoco…, los mil millones de habitantes de África podrían estabilizarse, no seguir con el creced y multiplicaos indefinido; porque, como los africanos se multipliquen sólo por dos, las pateras vendrían por cientos a diario, porque la miseria resultaría casi infinita y no habría pandemias capaces de diezmarlos.
Esta medida no se puede imponer desde fuera, pero se puede informar y dar formación. Las ONG y la OMS como es su deber; incluso la UNESCO, porque la cultura también puede ser viva, no necesariamente relacionada con los fósiles; y, por supuesto, las confesiones religiosas que operan en aquellas latitudes también pueden dar un mensaje moral más pretencioso que la simple estimulación de la reproducción. Los conejos se reproducen al tuntún, porque tienen muchos depredadores. El hombre sólo tiene uno: él mismo. Y la guerra, como mecanismo regulador de la natalidad, no parece muy aconsejable. Es preciso ser más inteligentes.
Con estabilizar la población, no habríamos conseguido más que consolidar el problema actual, hacerlo ordinario, pero no estaría solucionado. Sólo sería un avance.
El mundo financiero, tan remilgado con la legalidad estable, también podría contribuir no admitiendo inversores de países del tercer mundo. Los afortunados, reyes o plebeyos, que tienen excedentes de capital, lo obtienen de forma obtusa, cuando no lo roban directamente a sus conciudadanos. Esto no se puede obviar. Es necesario estimular que esos excedentes e capital se inviertan en su país, que abran fuentes de riqueza que palie el hambre de sus compatriotas. El Derecho Internacional dejaría cancelado el camuflaje de capitales mediante sociedades opacas interpuestas y, por supuesto, impediría la inversión directa de los sátrapas de turno.
Pisando el terreno firme, puede haber soluciones complejas y obvias, grandes y pequeñas, arriesgadas y prudentes, porque atajar la orfandad de oficio es un reto de todos.

























