¿Molesta no querer ir a una guerra “donde no pintamos nada”?

Rosa Amor del Olmo

Cada cierto tiempo, la realidad internacional se cuela en el salón de casa y nos coloca delante una pregunta desagradable: ¿debe España implicarse en un conflicto que se agrava entre potencias y en el que, sinceramente, tenemos poco margen de decisión? En el caso de una escalada con Irán, la discusión se vuelve aún más sensible porque no hablamos solo de diplomacia o de titulares; hablamos de riesgos concretos: seguridad, represalias, costes, polarización interna y una cadena de decisiones que, una vez iniciada, es difícil frenar.

En ese contexto, decir “no quiero que España vaya a esa guerra” no es una postura infantil ni egoísta. Es, como mínimo, una opinión democrática legítima. También es una forma de recordar algo que se nos olvida con facilidad: una democracia no demuestra firmeza por entrar en guerras, sino por saber evitarlas cuando no hay una razón clara, un objetivo realista y una cobertura jurídica incuestionable. Si faltan esas tres cosas, el “apoyo automático” no es responsabilidad: es renunciar a decidir.

Aquí aparece el punto que más irrita a algunos: la neutralidad. Se entiende mal, se caricaturiza y se usa como insulto. Pero ser neutral —en el sentido político serio— no significa “me da igual todo”, ni implica simpatía por nadie. Significa separar planos: una cosa es condenar actos concretos, defender el derecho internacional, proteger a civiles y apoyar vías diplomáticas; otra cosa es prestar territorio, bases o logística para acciones ofensivas que pueden ampliar el conflicto y convertirte en objetivo indirecto. España, por su posición geográfica y por la existencia de bases utilizadas por aliados, tiene un margen de decisión que no debería regalar sin más.

¿Molesta no querer ir a una guerra “donde no pintamos nada”? Sí, molesta. Porque el debate público se ha acostumbrado a exigir adhesiones rápidas: “con nosotros o contra nosotros”. Y esa forma de pensar, además de ser intelectualmente pobre, es peligrosa. Un país puede ser aliado y, aun así, exigir legalidad, claridad estratégica y límites. No es deslealtad: es soberanía. No es cobardía: es prudencia. No es ponerse de perfil: es negarse a que te arrastren por inercia.

Además, hay una razón íntima que conviene decir sin vergüenza: ya tenemos suficiente guerra dentro. Guerra social, guerra cultural, guerra política, guerra económica. Una sociedad tensada, con problemas serios en vivienda, salarios, servicios públicos y convivencia, debería pensarse dos veces abrir un frente exterior que multiplique la presión. La experiencia demuestra que los conflictos lejanos acaban teniendo factura doméstica: en seguridad, en energía, en inflación, en radicalización y en el clima emocional. Y cuando se pide “unidad” a golpe de bandera, suele ser para tapar preguntas que son perfectamente razonables.

¿Qué harían “los demás” si España entrara en una guerra contra otro país? Depende. Europa nunca ha sido un bloque uniforme. Hay gobiernos que se alinean por reflejo atlántico, otros por cálculo económico, otros por estrategia de seguridad, otros por presión interna. La pluralidad de respuestas no es un fallo: es la prueba de que las decisiones no deberían tomarse por imitación. Copiar la postura de otro sin analizar la propia realidad es una manera cómoda de equivocarse con elegancia. La pregunta correcta no es “¿qué hacen ellos?”, sino: “¿qué ganamos, qué perdemos, con qué legitimidad y con qué plan de salida?”.

Porque esa es la trampa: casi todas las guerras se venden como “limitadas”, y demasiadas acaban siendo eternas. Empiezan con apoyo logístico, siguen con cooperación de inteligencia, luego con protección de instalaciones, y terminan con implicación directa o con consecuencias que ya no controlas. A veces lo más responsable es cortar la cadena al principio. No por ingenuidad, sino por memoria.

España puede —y debe— sostener una posición firme sin convertirse en beligerante: exigir desescalada, defender el marco legal internacional, apoyar soluciones diplomáticas, reforzar la protección de ciudadanos, y fijar límites claros al uso del territorio nacional para operaciones ofensivas que no estén respaldadas por un mandato y un objetivo verificable. Eso no te convierte en “neutral” por comodidad; te convierte en un actor que intenta no añadir fuego a un incendio.

Al final, la frase “por encima de todo no tenemos que ir a otra guerra” no es un capricho. Es una brújula moral y política. Y quizá sea también una forma de sensatez: si el mundo se desordena, lo último que necesita un país es participar por impulso en un conflicto del que, con mucha probabilidad, saldría más inseguro, más caro y más dividido. En ocasiones, la postura más valiente no es entrar. Es saber decir: hasta aquí.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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