
Francisco Massó Cantarero
En su Canto general, Pablo Neruda no pudo olvidarse de una pléyade de políticos chilenos que –previo pago- dicen hablar, oh Patria, en tu sagrado nombre y pretenden defenderte hundiendo tu herencia de león en la basura. No es un consuelo que Chile también cuente con la misma calamidad que España.
Pareciese que la psicología del político estuviera dispuesta, siempre y en todo tiempo y lugar, a vender como oro el oropel, crear añoranzas baldías y tapar los fracasos como fruslerías de cuentos de hadas. Todo vale, con tal de que prevalezca su verdad, que la verdad no es una e insobornable, sino muchas y relativas, según los intereses de quienes las proclaman.
Los mentirosos no tienen pudor para mentir, porque su propósito es embobar al auditorio, seducirlo, hacerle creer en su mensaje, como si el auditorio careciese de criterio, no tuviera conciencia crítica y no discerniera por sí mismo. Esta hipótesis previa señala que su envergadura intelectual es minúscula, propia de liliputienses de entrecejo arqueado y ceño fruncido, porque son enanos amasados como píldoras en la botica del traidor, sigue diciendo el poeta.
La botica del traidor es la ideología, que el mentiroso usa como crisol de su saber y decir. Toda noticia es filtrada a través del tamiz ideológico, introduciendo las deformaciones que sean precisas para que la ideología permanezca intachable, después de asimilada la noticia. A su vez, la botica sirve como marco de referencia para interpretar la noticia, ya deformada y antes de enunciar cualquier valoración para el público y, no digamos, cualquier reacción posterior. Por todo ello, la mentira es fabricada con los almireces y morteros que prescribe el boticario y viene a ser una herramienta hecha en provecho de la propia ideología. Por eso, no hay pudor, ni vergüenza para usarla oportunamente. Es un instrumento de trabajo.

Huelga decir, que los mentirosos son simples ratones del presupuesto, los llama Neruda, y pobres mercenarios de manos extendidas y lenguas de conejos calumniosos. El poeta, sin duda inspirado, hace la exégesis del mentiroso oficial: viven de eso, de elaborar falacias, cobran por los trabajos realizados, calumnian a quienes no comulguen con sus planteamientos y vituperan a quienes contradigan sus elaboraciones.
Todo mentiroso es dogmático. Y a la inversa, los dogmas son una defensa, las atalayas que levantan los mentirosos para sacralizar sus construcciones ideologizadas, por muy inconsistentes que sean. Esto ocurre en Santiago de Chile, Washington y Madrid. No digamos, allí donde la ideología está encaramada en la cúspide del poder, donde ha triunfado y se ha constituido en fuente de poder, su máxima aspiración, que transforma a los ratones del presupuesto en hierofantes, sumos sacerdotes de la verdad, creadores ellos mismos de verdad.
No son mi patria, grita furioso el poeta, no son el hombre grande, no son la sal del pueblo transparente. Sin duda, don Pablo, lleva usted razón que le sobra. El problema es que el mentiroso, nace de la patria, como si fuera albañil de lo cotidiano; actúa y sobreactúa impertérrito, como si fuera grande; se envuelve en la bandera de las solemnidades, el boato y la ostentación, como si fueran atribuciones que le corresponden; se muestra intocable, como si sus planteamientos no pudieran ser revisados; y es inmarcesible al desaliento, porque tiene un manual de resistencia, que consulta a diario, o sabe de memoria.
Por último, concluye el poema no son, no existen, mienten y razonan para seguir, sin existir, cobrando. En esto, don Pablo, discrepo de usted: sí existen, por desgracia, puesto que se comportan; y, si tienen comportamiento, aunque fueran corpúsculos invisibles, son, tienen entidad; no son entes de razón, aunque no tengan razón de ser. Que cobran, y a veces roban, eso sí es cierto; forma parte de su conducta, la oficial y la tácita encubierta. Sin que sirva de justificación, hay que tener en cuenta que todo lo hacen en pro del éxito de su ideología, su labor es una misión soteriológica: buscan la redención del género humano, a base de rendiciones parciales. Cuanto más éxito cobran con sus mentiras, más ensanchan sus huestes, más adictos tienen y más cerca está su triunfo final. De ahí, que el mentiroso sea un peligro a abatir, un mal en sí mismo, cuya estratagema hay que descubrir.
La verdad no se defiende sola, necesita obreros que la piensen, la expresen y la compartan. Hegel, el idealista, decía que la mente humana sólo descansa en la cosa. Creo que llevaba razón. Las ideas son fugaces e inconstantes, si no descansan en la cosa.
La Programación Neurolingüística aún va más cerca, o entra mejor al trapo, que Hegel cuando señala que toda experiencia es, al mismo tiempo, visual, auditiva, olfativa y somestésica (la piel).
Pongamos, como ejemplo, la situación de Ceuta. Un mentiroso dirá que es un episodio de frontera, o un incidente de la emigración de gentes que buscan mejorar sus condiciones de vida. Así la ideología queda a buen recaudo; el mentiroso puede hacer filantropía y ganar votos para el futuro. El colmo del cinismo.
Sin embargo, el acontecimiento es que las casas se han quedado sin ciudad, por lo que dice la vista; la noche se ha quedado sin silencio, por cuanto dice el oído; el ambiente sólo es apto para anósmicos Y la piel no ceja en su temblor, producido por el pasmo del presente y el pánico al porvenir. Posiblemente, todo lo demás sea mentira. Mientras, la población sufre y el dolor aumenta. ¿Hasta cuándo?

























