
Un refrán del repertorio toledano leído desde Tembleque
Rosa Amor del Olmo
El error empieza al abrir demasiado la mano. Uno cree que podrá arrancar de una vez cuanto ha conseguido sujetar. Tira, se encorva, vuelve a tirar. Los juncos siguen en su sitio. La escena tiene algo de comedia, sobre todo para quien mira, y cabe entera en seis palabras: «Quien muchos juncos abarca, pocos arranca».
Abraham Madroñal Durán recoge esta expresión en la página 11 de su Refranero popular toledano, publicado en 1991. La presenta como equivalente del conocido «Quien mucho abarca, poco aprieta». La variante merece que nos detengamos: basta que aparezcan los juncos para que una advertencia que hemos escuchado tantas veces recupere su cuerpo. Vemos la mano, el esfuerzo y la desproporción entre lo que se pretende y lo que se consigue. [1]
Podemos leerla desde Tembleque, dentro de ese horizonte de palabras compartidas por los pueblos toledanos. Conviene precisar su alcance: Madroñal reúne un repertorio provincial y advierte que sus refranes no son exclusivos de aquellas localidades. La documentación permite situar el dicho en esa tradición, pero no afirmar que naciera en Tembleque. La memoria de un pueblo también se compone de palabras que han viajado. [1]
Lo hermoso de esta fórmula es la modestia de su escenario. Para explicar una equivocación humana le bastan unas plantas y alguien empeñado en llevárselas. El personaje anónimo ni siquiera parece perezoso. Está trabajando, quizá con mucho empeño. Su dificultad se encuentra en el tamaño de lo que ha decidido agarrar. Es fácil reconocerlo: todos hemos tenido entre las manos un manojo semejante, aunque estuviera hecho de asuntos pendientes.
El propio verbo conserva la imagen. El Diccionario de la lengua española relaciona abarcar con el brazo y recoge tanto el sentido de ceñir algo con los brazos o la mano como el de ocuparse de muchos asuntos al mismo tiempo. En una sola palabra conviven el gesto físico y la ambición de la agenda. Todavía hablamos con el cuerpo cuando creemos estar hablando únicamente de proyectos. [2]

También el sonido hace su trabajo. Abarca y arranca se aproximan por su rima asonante; muchos y pocos se enfrentan y dejan visible el fracaso. Al pronunciar el refrán, la segunda mitad corrige a la primera. La boca avanza y encuentra un freno. Esa pequeña construcción verbal ayuda a recordar una experiencia sin tener que contar de nuevo todo lo que sucedió. Quien escucha puede aportar sus propios juncos. Tembleque cuenta, además, con una presencia literaria precisa. En el capítulo XXXI de la segunda parte del Quijote, Sancho explica, durante uno de sus relatos, que había ido «por aquel tiempo a segar a Tembleque». Es una digresión breve, casi una indicación de dónde se encontraba cuando sucedieron otras cosas. Pero basta para introducir en la novela un lugar asociado al trabajo del campo. [3]
La mención resulta especialmente fértil al leer este refrán. Sancho lleva consigo un mundo en el que el cuerpo ha de responder de lo que promete la voluntad. Desde esa perspectiva, cuesta imaginar que una cosecha pueda resolverse a fuerza de buenas intenciones. El campo literario que se abre con aquella frase contiene faenas, desplazamientos y cansancio. Leerlo como una estampa de tranquilidad sería una comodidad nuestra. Podemos trasladar ahora el manojo a una mesa cualquiera. Alguien empieza a contestar un correo y recuerda una llamada pendiente. Abre un documento para buscar un dato, ve otro encargo, escribe dos líneas y vuelve al mensaje inicial. Al cabo de una hora ha tocado todos los asuntos y ninguno ha quedado resuelto. Si le preguntan qué ha hecho, probablemente diga, con razón, que no ha parado. Los juncos caben perfectamente en una pantalla.
En esa escena hay una confusión que el refrán permite examinar: el movimiento puede darnos una impresión engañosa del avance. Marcar una obligación como pendiente, trasladarla de día o darle un color distinto produce el alivio de haber intervenido sobre ella. Entretanto, la tarea espera. Una lista muy cuidada puede convertirse en el inventario de lo que seguimos sin hacer. Y todavía encontramos un hueco para añadir algo más. A veces, además, nos cuesta soltar porque hemos empeñado la palabra. Aceptamos por afecto, por entusiasmo o por miedo a decepcionar. Cada encargo tiene una razón atendible; el problema aparece cuando todos llegan a las mismas manos. Entonces la voluntad de cumplir empieza a producir incumplimientos. La imagen del refrán incomoda precisamente porque permite ver que también nuestras mejores intenciones necesitan una medida.
Ahora bien, hay que escuchar quién lo dice y a quién se lo dice. Una persona que sostiene dos trabajos y cuida de un familiar quizá tenga muy poco margen para reducir su carga. Reprocharle que abarca demasiado puede convertirse en una crueldad pronunciada con aire de sabiduría. Antes de aconsejar que alguien suelte un junco, habría que preguntar qué ocurre si lo suelta. Algunos tienen atado el alquiler; otros, la comida de mañana. Esa pregunta cambia el alcance social del dicho. Si una oficina reparte entre tres personas las tareas que antes hacían seis, la dificultad exige revisar el reparto. Pedir a cada trabajador que se organice mejor deja intacta la causa. Leído en una situación así, el refrán podría dirigirse a quien distribuye el trabajo: también debe conocer la capacidad de las manos ajenas. La prudencia resulta bastante cómoda cuando siempre se exige al que carga.

Por eso los refranes necesitan conversación. Su brevedad les da fuerza, pero deja fuera las circunstancias. Podemos reconocer en ellos una observación certera y discutir su aplicación. Esa discusión mantiene viva la lengua: permite que una frase heredada entre en relación con una experiencia nueva. Repetirla de memoria es apenas el principio; lo interesante ocurre cuando alguien pregunta si viene a cuento. El dicho deja espacio para la curiosidad. Tener muchos intereses y pretender atenderlos todos a la vez son cosas distintas. Una persona puede aprender un idioma y escribir un libro sin exigir a ambas tareas el mismo calendario. Si olvidamos esa diferencia, la advertencia sobre la desmesura corre el riesgo de convertirse en un elogio de la estrechez.
Desde Tembleque, recuperar una expresión de este repertorio ofrece una manera cercana de conversar sobre esas decisiones. Se podría preguntar quién la recuerda, en qué ocasión la oyó y qué variante utilizaba su familia. Las respuestas darían al refrán voces concretas. Quizá alguien lo recibiera como una regañina y otro como un consejo oportuno. Esa diferencia importa tanto como la frase: nos dice qué hacían las personas con las palabras.
Tampoco hace falta imaginar un pasado en el que todo el mundo supiera vivir con equilibrio. El propio dicho conserva la huella de la desmesura. Si hubo necesidad de advertir sobre tantos juncos, alguien quiso agarrarlos. En esa equivocación podemos reconocernos sin convertir a nuestros mayores en santos de la sensatez ni a nosotros en inventores exclusivos del agobio. La distancia entre dos épocas se acorta bastante cuando ambas tropiezan con el mismo manojo.
Me gusta pensar que la frase aún puede llegar a tiempo. La escena final sería sencilla: alguien mira lo que tiene entre las manos, afloja los dedos y escoge por dónde empezar. Tal vez necesite ayuda. Tal vez descubra que había aceptado una carga imposible. Los juncos siguen delante, pero ya puede distinguirlos. El primero cede.
Fuentes consultadas
[1] Madroñal Durán, Abraham. Refranero popular toledano. Toledo: Diputación Provincial de Toledo, Instituto Provincial de Investigaciones y Estudios Toledanos, 1991. Introducción, pp. 7–8, y entrada Junco, p. 11. Consultar fuente
[2] Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. Diccionario de la lengua española, voz abarcar, etimología y acepciones 1 y 4. Consultar fuente
[3] Cervantes Saavedra, Miguel de. Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615), capítulo XXXI. Texto digital en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Consultar fuente

























